Ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído
La fe cristiana no es fatalista. Lo discípulos de Jesús no creemos que haya un destino marcado, sino que el futuro es un libro que no está escrito, un libro en el que tenemos el derecho a escribir nuestras propias páginas; incluso cuando hemos errado tenemos el derecho a corregir, a mejorar, a recapacitar. No estamos hechos, nos vamos haciendo poco a poco. Cada decisión que tomamos nos transforma.
La conversión es posible. Si cambia nuestra mente y nuestro corazón, cambia también nuestra vida. No estamos atados a nuestro pasado; ni siquiera las decisiones equivocadas tienen por qué atarnos. El segundo hijo de la parábola que leemos hoy en el evangelio fue uno que había dicho en voz alta: «¡No quiero!» Pero una decisión sabia pudo deshacer lo que dijo una palabra necia. Los grandes pecadores «van delante» de los demás no porque sean pecadores sino porque han acogido de corazón el llamado a la conversión.
Jesús nos pide que pensemos si nuestras palabras y nuestras acciones están alineadas. Es fácil hablar, pronunciar y hacer declaraciones. Es más difícil dedicar tiempo, esfuerzarnos y estar atentos. Preguntémonos si profesamos nuestra fe sólo los domingos con palabras o si también lo hacemos en el tiempo que dedicamos a trabajar por el reino de Dios durante la semana. Jesús valora más los pequeños actos de amor que muchas buenas palabras.
1 octubre 20923. Textos bíblicos y mensaje del Domingo de la semana XXVI del tiempo ordinario.
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