En el evangelio vemos a Jesús restaurando la vida, en dos momentos distintos: en una persona enferma, primero, y en una niña ya difunta, después. Llama la atención que él se sabe y siente dueño de esa fuerza de vida, y que sabe cuándo ha «salido» de él, como se nota por la historia de la mujer que quiso «sacarle» un milagro a escondidas.
Es decir: Jesús es propiamente Señor de la vida y así se manufiesta. No sólo la tiene y la concede, sino que sabe el don que ofrece y a quién lo da.
Miremos, ademas, la escena cargada de fuerza y de ternura en la que el Señor Jesús levanta con su mano y con su voz a la niña muerta. Esa palabra no va hacia un muerto sino a crear de nuevo la vida. Y esa mano extendida tiene su sentido espiritual también. La Ley de Moisés prohibía tocar cadáveres, y quien los tocara quedaba «inmundo» por siete días (Números 19,11). Pero Jesús no se ensucia al tocar a la niña sino que la limpia de las sombras de la muerte.
Textos bíblicos y mensaje del domingo XIII del tiempo ordinario. Ciclo B.