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Quién… si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo

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Tiempo Ordinario

Miércoles de la XXXI semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (14, 25-33)

En aquel tiempo, caminaba con Jesús una gran muchedumbre y él, volviéndose a sus discípulos, les dijo: “Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.

Porque, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que, después de haber echado los cimientos, no pueda acabarla y todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: ‘Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar’.

¿O qué rey que va a combatir a otro rey, no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro del que viene contra él con veinte mil? Porque si no, cuando el otro esté aún lejos, le enviará una embajada para proponerle las condiciones de paz.

Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús acababa de salir de la casa de uno de los jefes de los fariseos, donde había participado en un banquete, durante el cual no habían faltado palabras decisivas e incisivas. Retomaba el camino seguido por una muchedumbre. Al darse cuenta de que mucha gente lo seguía, Jesús «volviéndose» les miró. 

No es una simple descripción de la situación. En aquel «volverse» está toda la pasión de Jesús por la gente. ¡Cuántas veces había repetido a los que le seguían que no había venido para él mismo sino para ellos! Desde entonces, Jesús no deja de «volverse» hacia las muchedumbres cansadas y abatidas de este mundo. Las muchedumbres de ayer y las de hoy. Y con ellas, también nosotros. 

Efectivamente, cada vez que se nos anuncia el Evangelio, especialmente en la liturgia dominical, se hace realidad de nuevo este «volverse» de Jesús. Su palabra se proclama para nosotros; se proclama para que llegue a nuestro corazón. El «volverse» de Jesús es un volverse serio, porque su amor es serio. Él cargó con nuestra causa hasta tal punto que dio su propia vida por nosotros. Y espera de nosotros que le sigamos con la misma seriedad: « Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo». 

Son las condiciones para seguir a Jesús. En ningún otro momento del Evangelio se habla con tanta seriedad de cómo seguir a Jesús. A diferencia del pasaje paralelo de Mateo (10, 37), Lucas enumera detalladamente las distintas relaciones de parentela, parece no querer excluir a nadie; y todos están sometidos al irritante verbo «odiar».

Para ser mis discípulos, dice Jesús, no basta con venir tras de mí fisicamente y soportar algún sacrificio; es necesario cortar de raíz con todos los vínculos del pasado, hasta llegar a «odiar» al padre, a la madre, a la esposa, a los hijos, a los hermanos, a las hermanas e incluso a uno mismo. La pretensión de Jesús fue y sigue siendo extremamente dura por sí misma porque es exigente. 

Jesús y el Reino de Dios exigen anular todos los ordenamientos de vida válidos hasta el momento para crear otros nuevos. Decantarse radicalmente por Jesús hace renacer las relaciones, también las relaciones familiares. Si alguien quiere amar a Jesús de la misma manera que ama a otros, no amará de manera seria ni a uno ni a otros. Así pues, la sustancia de este pasaje evangélico consiste en decantarse radicalmente por el Señor. 

El versículo siguiente lo aclara: «el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo». Jesús pronuncia esta frase mientras camina hacia Jerusalén, donde le espera, precisamente, la cruz. Así pues, «ir en pos de Jesús» significa tomar parte en su destino, ser una sola cosa con él. No es tarea fácil ni de poca monta. 

Para emprender ese camino hay que reflexionar a conciencia y valorar las decisiones que se toman. Jesús aclara este concepto con dos ejemplos extraídos de la vida de cada día. El hombre que quiere construir una torre calcula al detalle si dispone de suficientes medios económicos para realizar la empresa. También un rey, antes de empezar una guerra, valora si con sus fuerzas podrá derrotar al enemigo ; de lo contrario, negocia las condiciones de paz antes de que sea demasiado tarde. 

Eso no significa que haya que hacer cálculos, como si hubiera una alternativa a seguir al Señor. En absoluto. Jesús termina afirmando: «cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo». Parece que el único cálculo que hay que hacer sea, precisamente , renunciar a todo para elegir a Jesús y ser su discípulo.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 301-303.

El que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo

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Jesús y sus discípulos 9Tiempo Ordinario

Miércoles de la XXXI semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (14, 25-33)

En aquel tiempo, caminaba con Jesús una gran muchedumbre y él, volviéndose a sus discípulos, les dijo: “Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.

Porque, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que, después de haber echado los cimientos, no pueda acabarla y todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: ‘Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar’.

¿O qué rey que va a combatir a otro rey, no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro del que viene contra él con veinte mil? Porque si no, cuando el otro esté aún lejos, le enviará una embajada para proponerle las condiciones de paz.

Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús, después de una larga parada en casa de uno de los jefes de los fariseos, reanuda el camino hacia Jerusalén. Lo sigue una muchedumbre, indica el evangelista. Jesús siente la exigencia de aclarar qué significa seguirlo, qué significa ser discípulo suyo. Ya había hablado de ello anteriormente, cuando había dicho: «Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo». Jesús pide un vínculo exclusivo, más fuerte incluso que el que tenemos con los miembros de nuestra familia.

El evangelista Lucas detalla una larga lista de personas a las que no hay que amar más que a Jesús. Esta lista nos puede sonar chocante, pero de ese modo Jesús destaca la exclusividad del amor que requiere. Debe quedar completamente claro que la decisión de seguir a Jesús está por delante de cualquier afecto y cualquier empresa.

En ese contexto hay que comprender el concepto «preferir» que algunos traducen por una palabra muy fuerte: «odiar»: Jesús la dice en el sentido de no preferir a nadie más que a él. Se trata de una decisión, sin duda ninguna, radical. Y por eso requiere cortes y divisiones, empezando por los instintos y los pensamientos malvados que hay en el corazón de cada uno de nosotros. El amor exclusivo por Jesús constituye el fundamento de la vida del discípulo.

«Tomar la cruz» equivale a estar disponible hasta la muerte. Lo que Jesús pide a los discípulos se lo ha pedido en primer lugar a sí mismo. Si pretende un amor exclusivo hasta la muerte es porque también él nos ama hasta la muerte, y una muerte en la cruz. Él cargó sobre sus hombros la cruz del amor por nosotros.

Resulta imposible entender el Evangelio sin comprender con qué amor nos ama Jesús. Si fue cierto para Jesús, lo es también para nosotros. Sin este amor, que lleva hasta la muerte, como continúan demostrando los numerosos mártires de ayer y de hoy, la vida no es firme, es como construir una torre sin cimientos o acometer una batalla sin tener el ejército adecuado. La pretensión de un amor radical es la sustancia del Evangelio y también de la vida del discípulo. De ese amor los discípulos son responsables también ante el mundo, que lo espera.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 408.