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Ustedes, los fariseos, limpian el exterior del vaso y del plato; en cambio, el interior de ustedes está lleno de robos y maldad.

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Tiempo Ordinario

Martes de la XXVIII semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (11, 37-41)

En aquel tiempo, un fariseo invitó a Jesús a comer. Jesús fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. El fariseo se extrañó de que Jesús no hubiera cumplido con la ceremonia de lavarse las manos antes de comer.

Pero el Señor le dijo: “Ustedes, los fariseos, limpian el exterior del vaso y del plato; en cambio, el interior de ustedes está lleno de robos y maldad.

¡Insensatos! ¿Acaso el que hizo lo exterior no hizo también lo interior? Den más bien limosna de lo que tienen y todo lo de ustedes quedará limpio”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús, que está invitado a casa de un fariseo, no cumple las prescripciones rituales antes de comer. Este comportamiento le comporta un duro juicio. Jesús, que se da cuenta, contesta al fariseo desplazando la cuestión ritual a otro plano, al plano de las prácticas al del corazón. Y aclara que en la vida lo importante no es la apariencia, lo que se ve, aunque sea correcto, sino ser un hombre y una mujer con el corazón misericordioso.

En una sociedad de apariencias, como la nuestra, esta breve página evangélica vuelve a poner en el centro de atención lo que realmente vale en la vida. En el corazón, en el interior es donde se decide la vida del hombre, su felicidad y su salvación. Si el corazón está lleno de maldad, los actos serán en consecuencia.

Por eso Jesús, sin condenar la observancia de los rituales, reconduce al corazón la raíz de los comportamientos. Lo que cuenta es lo que hay en el corazón, no lo que aparenta. No sirve de nada que observemos ciertos ritos si por otra parte transgredimos la justicia y estamos lejos del amor.

En ese sentido, no tiene valor alguno multiplicar gestos y acciones si el corazón está lleno de «rapiña y maldad». Jesús exhorta más bien a dar «limosna de lo que tienen», es decir, dar al mundo el amor que ha sido derramado en nuestro corazón. Y la verdadera riqueza es el amor gratuito que cada creyente recibe de Dios en su corazón.

La riqueza del discípulo no consiste en multiplicar los ritos que practica, sino más bien tener un corazón misericordioso y dispuesto a amar. Es importante la afirmación de Jesús: la limosna nos hace puros. Por desgracia, cada vez son más las ordenanzas que prohíben la mendicidad y que desalientan la limosna, que muchas veces gozan de una triste complicidad por parte de cristianos.

Toda la tradición bíblica, que en el Evangelio encuentra su exaltación, exhorta a los cristianos a dar limosna, no porque «resuelva» el problema social sino porque es el primer paso del amor: la limosna obliga a apartar la mirada de uno mismo y dirigirla hacia los necesitados y a darles algo, aunque sea poco. ¡Ay de nosotros si impedimos este primer paso del corazón que va más allá de nosotros mismos, pues nos quedaremos encerrados en nuestro egoísmo!

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 383-384.

Jesús fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa

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Martes de la XXVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (11, 37-41)

En aquel tiempo, un fariseo invitó a Jesús a comer. Jesús fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. El fariseo se extrañó de que Jesús no hubiera cumplido con la ceremonia de lavarse las manos antes de comer.

Pero el Señor le dijo: “Ustedes, los fariseos, limpian el exterior del vaso y del plato; en cambio, el interior de ustedes está lleno de robos y maldad.

¡Insensatos! ¿Acaso el que hizo lo exterior no hizo también lo interior? Den más bien limosna de lo que tienen y todo lo de ustedes quedará limpio”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

En el evangelio de hoy, vemos a Jesús que entra como huésped en la casa de un fariseo. En el evangelio de Lucas, en otra ocasión, ya había hecho lo mismo y, capítulos adelante, lo hará una vez más. Cuando llega a esta casa, Jesús intencionalmente omite el lavatorio de las manos que prescribía la Ley para el momento de sentarse en una comida. Esto sorprende al anfitrión: «se extrañó de que Jesús no hubiera cumplido con la ceremonia de lavarse las manos antes de comer».

La mesa de comedor, que es el lugar de la comunión de los amigos, puede convertirse también en el lugar de las rupturas. Este episodio en casa del fariseo terminará mal: «Cuando salió de allí, comenzaron los escribas y fariseos a acosarle implacablemente».

Pero veamos antes por qué es que termina tan mal. La observación suspicaz del anfitrión da a Jesús la ocasión para una enseñanza contra los fariseos y los escribas. El fariseo se sorprende de que Jesús no respete los rituales de purificación en la mesa, a lo cual Jesús le responde denunciando la “pureza” camuflada, la falsa “justicia” que en realidad es hipocresía.

Jesús demuestra a estas personas bien formadas en las Escrituras cómo su ciencia obstaculiza su conocimiento de la voluntad de Dios.

Veamos las afirmaciones principales de Jesús: 

1. Con relación al ritual les dice: «Ustedes, los fariseos, limpian el exterior del vaso y del plato; en cambio, el interior de ustedes está lleno de robos y maldad». Todo el ritual que los fariseos hacen para quedar puros puede limpiarlos externamente, pero no ha limpiado lo más importante: el corazón. Ese corazón está lleno de “rapiña y maldad”, es decir, de codicia, de ambición, de egoísmo.  Se puede pensar también que lo que llena los platos durante ese banquete es el fruto de su rapiña.

2. Con relación al sentido de la pureza les dice: «Acaso el que hizo lo exterior no hizo también lo interior?» El Dios creador hizo al hombre completo y la integridad del hombre depende de la coherencia entre lo interior y lo exterior. No hay, entonces, ningún motivo para diferenciar lo exterior de lo interior, preocuparse por lo primero descuidando lo segundo. Hay que comenzar con la limpieza interior.

3. Con relación a cómo es que se purifica verdaderamente el corazón les dice: «acaso el que hizo lo exterior no hizo también lo interior». Cuando hay amor expresado en generosidad, en solidaridad, en compartir desinteresado, el corazón se purifica de su egoísmo, ambición y codicia. Esta es la obra de Jesús, que toca profundamente la vida de todo discípulo.

La generosidad del corazón, que lo lleva a uno a vivir –como el crucificado– en función de los demás, es el camino de la auténtica pureza interior, que es la que cuenta definitivamente.

Den limosna de lo que tienen

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limosnaTiempo Ordinario

Martes de la XXVIII semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (11, 37-41)

En aquel tiempo, un fariseo invitó a Jesús a comer. Jesús fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. El fariseo se extrañó de que Jesús no hubiera cumplido con la ceremonia de lavarse las manos antes de comer.

Pero el Señor le dijo: “Ustedes, los fariseos, limpian el exterior del vaso y del plato; en cambio, el interior de ustedes está lleno de robos y maldad.

¡Insensatos! ¿Acaso el que hizo lo exterior no hizo también lo interior? Den más bien limosna de lo que tienen y todo lo de ustedes quedará limpio”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús, que está invitado a casa de un fariseo, no cumple las prescripciones rituales antes de comer. Este comportamiento le comporta un duro juicio. Jesús, que se da cuenta, contesta al fariseo desplazando la cuestión ritual a otro plano, del plano de las prácticas al del corazón. Y aclara que en la vida lo importante no es la apariencia, lo que se ve, aunque sea correcto, sino ser un hombre y una mujer con el corazón misericordioso.

En una sociedad de apariencias, como la nuestra, esta breve página evangélica vuelve a poner en el centro de atención lo que realmente vale en la vida. En el corazón, en el interior es donde se decide la vida del hombre, su felicidad y su salvación. Si el corazón está lleno de maldad, los actos serán en consecuencia.

Por eso Jesús, sin condenar la observancia de los rituales, reconduce al corazón la raíz de los comportamientos. Lo que cuenta es lo que hay en el corazón, no lo que aparenta. No sirve de nada que observemos ciertos ritos si por otra parte transgredimos la justicia y estamos lejos del amor.

En ese sentido, no tiene valor alguno multiplicar gestos y acciones si el corazón está lleno de «rapiña y maldad». Jesús exhorta más bien a dar «limosna de lo que tienen», es decir, dar al mundo el amor que ha sido derramado en nuestro corazón. Y la verdadera riqueza es el amor gratuito que cada creyente recibe de Dios en su corazón.

La riqueza del discípulo no consiste en multiplicar los ritos que practica, sino más bien tener un corazón misericordioso y dispuesto a amar. Es importante la afirmación de Jesús: la limosna nos hace puros. Por desgracia, cada vez son más las ordenanzas que prohíben la mendicidad y que desalientan la limosna, que muchas veces gozan de una triste complicidad por parte de cristianos.

Toda la tradición bíblica, que en el Evangelio encuentra su exaltación, exhorta a los cristianos a dar limosna, no porque «resuelva» el problema social sino porque es el primer paso del amor: la limosna obliga a apartar la mirada de uno mismo y dirigirla hacia los necesitados y a darles algo, aunque sea poco. ¡Ay de nosotros si impedimos este primer paso del corazón que va más allá de nosotros mismos, pues nos quedaremos encerrados en nuestro egoísmo!

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 383-384.