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Si yo arrojo a los demonios por el poder de Dios, eso significa que ha llegado a ustedes el Reino.

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Tiempo Ordinario

Viernes de la XXVII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (11, 15-26)

En aquel tiempo, cuando Jesús expulsó a un demonio, algunos dijeron: “Este expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios”. Otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal milagrosa.

Pero Jesús, que conocía sus malas intenciones, les dijo: “Todo reino dividido por luchas internas va a la ruina y se derrumba casa por casa. Si Satanás también está dividido contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo arrojo a los demonios con el poder de Satanás. Entonces, ¿con el poder de quién los arrojan los hijos de ustedes? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero si yo arrojo a los demonios por el poder de Dios, eso significa que ha llegado a ustedes el Reino de Dios.

Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros; pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, entonces le quita las armas en que confiaba y después dispone de sus bienes. El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.

Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo, y al no hallarlo, dice: ‘Volveré a mi casa, de donde salí’. Y al llegar, la encuentra barrida y arreglada. Entonces va por otros siete espíritus peores que él y vienen a instalarse allí, y así la situación final de aquel hombre resulta peor que la de antes”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús acababa de liberar a un hombre poseído por un demonio «mudo». Impedir la palabra significa reforzar o, en cualquier caso, hacer más dura la soledad de quien la sufre. La comunicación a través de la palabra es uno de los pilares de la vida humana. Por eso, cuando aquel hombre fue liberado del demonio y pudo hablar, explotó la maravilla de la gente. Pero el espíritu del mal no se rindió, sino que reforzó su oposición a Jesús y al Evangelio.

Toda la historia de Jesús y de sus discípulos de todos los tiempos es una historia de oposición y de lucha contra el mal. En este caso se trató de liberar a aquel hombre del mutismo, de la incapacidad de comunicarse con los demás.

¿Cómo no pensar en la triste situación de una gran parte de hombres y mujeres que son incapaces de entenderse, comprenderse y comunicarse? Si por una parte hoy es cada vez más fácil intercambiar noticias y conocerlas en tiempo real, no por ello es fácil que las personas, las etnias, los pueblos y los países se comuniquen realmente entre ellos. El príncipe del mal opera para que la división y la enemistad crezcan.

El Evangelio, por su parte, continúa invitando a los discípulos a estar atentos y a vigilar, a no cerrarse en sus recintos para no dejar campo libre al demonio de la incomunicabilidad. No son infrecuentes las acusaciones y las calumnias contra Jesús y los mismos discípulos. Era lo que hacían los fariseos. Pero Jesús continúa exhortando a todo el mundo a mirar los frutos de su misión y, podemos añadir, también los de los discípulos y de la Iglesia a lo largo de los siglos.

Son estas obras de amor las que demuestran la presencia del «dedo de Dios» en la historia. Jesús es la presencia misma de Dios en la historia. Él es el hombre «más fuerte» que el «fuerte» maligno que entra en la casa, lo vence y lo desarma. La casa de la que habla el pasaje evangélico es el corazón de cada uno, es la comunidad cristiana, donde el amor es más fuerte que el mal. Y todo aquel que esté ciego ante este amor, en realidad se pone de parte del enemigo y se convierte en su necio siervo.

Por eso Jesús afirma de manera intransigente: «El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama». Debemos estar atentos. La lucha contra el mal nos acompañará toda la vida. En ese sentido, ha habido quien ha hablado de cristianismo «agónico», es decir, en un continuo estado de lucha. El «espíritu impuro», dice Jesús, aunque se haya ido, intentará volver. Dramática es la situación de aquel que deja que el mal entre en su corazón por pereza y por la preocupación por las cosas vanas. Esta vez, añade Jesús, entrarán en el corazón «otros siete espíritus». Y la nueva situación es peor que la anterior.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 378-379.

Si yo arrojo a los demonios por el poder de Dios, significa que …

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Textos

† Del evangelio según san Lucas (11, 15-26)

En aquel tiempo, cuando Jesús expulsó a un demonio, algunos dijeron: “Este expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios”. Otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal milagrosa.

Pero Jesús, que conocía sus malas intenciones, les dijo: “Todo reino dividido por luchas internas va a la ruina y se derrumba casa por casa. Si Satanás también está dividido contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo arrojo a los demonios con el poder de Satanás. Entonces, ¿con el poder de quién los arrojan los hijos de ustedes? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero si yo arrojo a los demonios por el poder de Dios, eso significa que ha llegado a ustedes el Reino de Dios.

Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros; pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, entonces le quita las armas en que confiaba y después dispone de sus bienes. El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.

Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo, y al no hallarlo, dice: ‘Volveré a mi casa, de donde salí’. Y al llegar, la encuentra barrida y arreglada. Entonces va por otros siete espíritus peores que él y vienen a instalarse allí, y así la situación final de aquel hombre resulta peor que la de antes”. Palabra del Señor.

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Mensaje

En la enseñanza del “Padre Nuestro”, la segunda invocación que Jesús le pide a los discípulos que pronuncien es “Venga tu Reino”. El “Reino” viene en la persona de Jesús y el mayor de todos sus dones es el Espíritu Santo. 

Pues bien, el pasaje de hoy da un paso adelante en este tema mostrándonos que gracias a la venida del Reino un discípulo de Jesús vive bajo el Señorío de Dios, descartando completamente cualquier dominación de Satanás. La vida en el Reino de Dios supone victoria sobre las fuerzas del Mal.

Por experiencia personal, los discípulos, quienes ya han estado en misión saben que cuentan con un respaldo que les permite vencer el mal: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo”, les dijo Jesús cuando ellos regresaban felices de su experiencia misionera.

Ahora, con los discípulos detrás de él, después de realizar un exorcismo, Jesús recibe un ataque que saca a relucir el por qué de su confrontación con Satanás. Los adversarios afirman que Jesús expulsa a los demonios «con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios». Él les responde que dicha afirmación no es coherente, porque si así fuera, entonces deberían decir lo mismo de los exorcismos que ellos mismos acostumbraban realizar. 

Puesto que los exorcismos no necesariamente eran prueba de un poder divino, en aquella época acostumbraban pedir «una señal milagrosa». Jesús aclara que sus exorcismos son precisamente una señal del cielo porque se trata del “poder de Dios” realizando esta obra.

Con esto Jesús le dice a sus críticos que mientras Él expulsa los demonios como una manifestación auténtica del obrar de Dios, ellos no hacen más que realizar actos mágicos que, a la hora de la verdad no tienen eficacia a fondo sobre el mal.

En el texto se distingue entre el «Satanás, el príncipe de los demonios» y los «demonios». La idea es que Satán es el jefe de cuadrillas de demonios. Sobre esto, Jesús enseña que las victorias sobre los “demonios” que se realizan a lo largo de su ministerio, son un anticipo de la victoria final sobre Satán que se realizará en la Cruz.

Desde esta perspectiva, el ministerio de Jesús y también nuestra vida como discípulos de Él, se presenta como un campo de batalla en el que tendremos que definirnos: ¿De qué lado estamos?.

Finalmente, Jesús dirige su mirada hacia todo aquél que ya ha comenzado una vida nueva: hay estar siempre vigilante.  No hay que confiarse porque puede haber recaídas y éstas –la experiencia lo demuestra– suelen dejar a la persona en una situación peor que la inicialmente superada. No hay que darle chance al demonio con un retroceso.  Para impedirlo, una persona liberada debe mantenerse en la raya, en el campo de Jesús, construyendo la fidelidad en la renovación continua de la fe y en el aprendizaje del Evangelio. Este es el verdadero «estar y recoger conmigo».

Todo reino dividido perece

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† Del evangelio según san Lucas (11, 15-26)

En aquel tiempo, cuando Jesús expulsó a un demonio, algunos dijeron: “Este expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios”. Otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal milagrosa.

Pero Jesús, que conocía sus malas intenciones, les dijo: “Todo reino dividido por luchas internas va a la ruina y se derrumba casa por casa. Si Satanás también está dividido contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo arrojo a los demonios con el poder de Satanás. Entonces, ¿con el poder de quién los arrojan los hijos de ustedes? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero si yo arrojo a los demonios por el poder de Dios, eso significa que ha llegado a ustedes el Reino de Dios.

Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros; pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, entonces le quita las armas en que confiaba y después dispone de sus bienes. El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.

Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo, y al no hallarlo, dice: ‘Volveré a mi casa, de donde salí’. Y al llegar, la encuentra barrida y arreglada. Entonces va por otros siete espíritus peores que él y vienen a instalarse allí, y así la situación final de aquel hombre resulta peor que la de antes”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús acababa de liberar a un hombre poseído por un demonio «mudo». Impedir la palabra significa reforzar o, en cualquier caso, hacer más dura la soledad de quien la sufre. La comunicación a través de la palabra es uno de los pilares de la vida humana. Por eso, cuando aquel hombre fue liberado del demonio y pudo hablar, explotó la maravilla de la gente. Pero el espíritu del mal no se rindió, sino que reforzó su oposición a Jesús y al Evangelio.

Toda la historia de Jesús y de sus discípulos de todos los tiempos es una historia de oposición y de lucha contra el mal. En este caso se trató de liberar a aquel hombre del mutismo, de la incapacidad de comunicarse con los demás.

¿Cómo no pensar en la triste situación de una gran parte de hombres y mujeres que son incapaces de entenderse, comprenderse y comunicarse? Si por una parte hoy es cada vez más fácil intercambiar noticias y conocerlas en tiempo real, no por ello es fácil que las personas, las etnias, los pueblos y los países se comuniquen realmente entre ellos. El príncipe del mal opera para que la división y la enemistad crezcan.

El Evangelio, por su parte, continúa invitando a los discípulos a estar atentos y a vigilar, a no cerrarse en sus recintos para no dejar campo libre al demonio de la incomunicabilidad. No son infrecuentes las acusaciones y las calumnias contra Jesús y los mismos discípulos. Era lo que hacían los fariseos. Pero Jesús continúa exhortando a todo el mundo a mirar los frutos de su misión y, podemos añadir, también los de los discípulos y de la Iglesia a lo largo de los siglos.

Son estas obras de amor las que demuestran la presencia del «dedo de Dios» en la historia. Jesús es la presencia misma de Dios en la historia. Él es el hombre «más fuerte» que el «fuerte» maligno que entra en la casa, lo vence y lo desarma. La casa de la que habla el pasaje evangélico es el corazón de cada uno, es la comunidad cristiana, donde el amor es más fuerte que el mal. Y todo aquel que esté ciego ante este amor, en realidad se pone de parte del enemigo y se convierte en su necio siervo.

Por eso Jesús afirma de manera intransigente: «El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama». Debemos estar atentos. La lucha contra el mal nos acompañará toda la vida. En ese sentido, ha habido quien ha hablado de cristianismo «agónico», es decir, en un continuo estado de lucha. El «espíritu impuro», dice Jesús, aunque se haya ido, intentará volver. Dramática es la situación de aquel que deja que el mal entre en su corazón por pereza y por la preocupación por las cosas vanas. Esta vez, añade Jesús, entrarán en el corazón «otros siete espíritus». Y la nueva situación es peor que la anterior.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 378-379.