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Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu nombre

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Tiempo Ordinario

Miércoles de la XXVII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (11, 1-4)

Un día, Jesús estaba orando y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos” .

Entonces Jesús les dijo: “Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas, puesto que también nosotros perdonamos a todo aquel que nos ofende, y no nos dejes caer en tentación”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

¿Cómo sería orar al lado Jesús? Los discípulos tuvieron ese privilegio y el evangelista Lucas nos permite también participar en esta maravillosa experiencia a través del pasaje del evangelio que leemos hoy.

La manera de orar de Jesús debía ser muy atractiva. Cuando lo veían los discípulos quedaban tan impresionados que sentían ganas de orar como él. Un día Jesús oraba y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos»

El que habla en nombre de la comunidad, sabe que está solicitando una oración que identifique la comunidad, por eso coloca una referencia: «como Juan enseñó a sus discípulos». Todo profeta, incluido Juan Bautista, enseñaba a orar a su grupo de seguidores. Los discípulos de Jesús no quieren ser la excepción. Pero hay algo novedoso en Jesús que cautiva y que es la verdadera motivación de los discípulos para querer orar con manera. 

Jesús responde sin tardanza: «Cuando oren, digan: Padre». Sabemos el desconcierto que un apelativo así provocaba en un ambiente en el cual la gente ni siquiera se atrevía a llamar a Dios por su nombre propio diciéndole “Yahvé”, preferían decir “Adonai”. El respeto hacia Dios se mostraba desde la misma forma de invocarlo. Pero Jesús se dirige a él de manera diferente: se presenta como un pequeño, como un hijo que ama y se sabe amado. 

La oración de Jesús manda al piso cualquier barrera que se pueda interponer ante presencia de Dios. No hay lejanía entre Dios y las personas, cada uno se puede dirigir a él directamente sin necesidad de intermediarios. ¡Una verdadera revolución en la historia de las religiones! 

En la palabra “Papá”, Jesús nos hace conocer el misterio de Dios y el suyo propio. Por una parte, la confianza e intimidad que el Hijo siente por el Padre; y por otra, la ternura protectora de Padre hacia cada uno de nosotros. 

Ni siquiera los grandes amigos de Dios en la Biblia habían logrado algo así. Aún cuando el Génesis nos cuenta que Dios se paseaba en el jardín de Adán y Eva, sabemos que ellos compartían el espacio pero no encontramos la comunicación de corazón a corazón que tenía con Jesús. Tampoco con Abraham, ni con Moisés.

Con Jesús es diferente. Lo que parece increíble es saber que también los discípulos pueden orar como Jesús, que Jesús les concede la petición de enseñarles a orar como él lo hace, o sea, experimentando la cercanía amorosa del Padre.

En este ambiente el “” del Padre se hace presente en su obra santificadora y en el Reino que se instaura. De su corazón de Padre proviene el pan de los hijos, el amor que reconcilia y la fortaleza contra el tentador. Todo ello muestra la ilimitada disponibilidad del Padre para venir a nuestro encuentro en la oración. 

El Padre nuestro es pues ante todo una escuela de oración, no se le debe reducir a una plegaria que se musita porque es ante todo un modo de entrar en comunicación con Dios. Cada vez que recemos el Padre Nuestro preguntémonos si nuestra relación con Dios es la de hijos al estilo de Jesús.

Señor, enséñanos a orar

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oración

Tiempo Ordinario

Miércoles de la XXVII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (11, 1-4)

Un día, Jesús estaba orando y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos” .

Entonces Jesús les dijo: “Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas, puesto que también nosotros perdonamos a todo aquel que nos ofende, y no nos dejes caer en tentación”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio de Lucas en varias ocasiones dice que Jesús se retira a lugares solitarios para rezar, y a menudo de noche. Era una experiencia totalmente singular para los discípulos poder asistir a la escena de Jesús orando. Lo observaban atentamente mientras rezaba. Al finalizar uno de estos momentos de oración de Jesús, un discípulo se le acerca y en nombre de todos le pide: «Señor, enséñanos a orar».

Efectivamente, tenemos una extrema necesidad de aprender a orar, y a orar como lo hacía el mismo Jesús, con la misma confianza y la misma cercanía que tenía con el Padre que estaba en los cielos. Jesús se dirigía a Él, precisamente, como Hijo que era.

Lo extraordinario y totalmente inconcebible para la mente humana es que podamos dirigirnos a Dios con las palabras mismas que utilizaba Jesús, con la misma actitud que Jesús tenía hacia Él. Jesús quiere que nos unamos a su oración de Hijo. E inmediatamente aclara que se trata de un Padre que es común a todos nosotros, un Padre «nuestro», el Padre de una familia de hermanos, no un ente anónimo que está lejos de la vida en un olimpo desencarnado.

Jesús quiere que los discípulos se reúnan en una sola familia, la familia de Dios, que tiene su propio Padre. En la oración la primera actitud que Jesús pide que tengan los discípulos es la de reconocerse hijos, es más, niños que confían totalmente en el Padre común.

Más que multiplicar palabras, la oración es un acto de confianza y de abandonarse a Dios. Solo las palabras que nacen en el corazón llegan hasta el cielo de Dios, hasta su corazón. Jesús pone en nuestra boca las palabras de alabanza al Padre para que su nombre sea alabado y venga pronto su reino entre los hombres. Precisamente para eso envió el Padre a su Hijo a la tierra.

El Reino presenta una urgencia que los discípulos deben comprender e invocar. Los hombres están sometidos por muchas tiranías más o menos visibles pero inexorables. Por eso es necesario que venga pronto el reino de Dios, el reino del amor, de la justicia y de la paz.

Y luego Jesús nos hace pedir el pan para cada día y el perdón mutuo: pan y perdón, dos dimensiones esenciales para nuestra vida sobre todo en este tiempo en el que parece que crece la pobreza y aumenta el espíritu de conflicto y de violencia. Esta oración que puebla desde hace siglos el corazón de los cristianos es un tesoro precioso que debe continuar marcando las horas y los días de los discípulos.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 375-376.