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Los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría

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Tiempo Ordinario

Sábado de la XXVI semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (10, 17-24)

En aquel tiempo, los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”.

El les contestó: “Vi a Satanás caer del cielo como el rayo.

A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño.

Pero no se alegren de que los demonios se les sometan. Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo”.

En aquella misma hora, Jesús se llenó de júbilo en el Espíritu Santo y exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por que has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien! Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: “Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven.

Porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

En el evangelio de hoy, seguimos la lectura del episodio del envío de los setenta y dos discípulos, ahora los vemos de vuelta de la misión.

Para el evangelista Lucas, que está interesado en exponer el proceso de formación de los discípulos de Jesús para la misión, no es suficiente presentarnos todos los detalles relativos al envío para él también es importante que aprendamos nuevas lecciones en el regreso. A la salida misionera, corresponde el regreso a la comunidad. 

A diferencia del evangelio de Marcos, los discípulos no vienen a descansar sino que se toman un tiempo para contarle al Maestro lo que han vivido. Y esto se vuelve costumbre entre las comunidades primitivas.  Es lo que le vemos hacer a Pablo y Bernabé al final de su primera misión: «A su llegada reunieron a la Iglesia y se pusieron a contar todo cuanto Dios había hecho juntamente con ellos.». 

El relato de los discípulos es el punto de partida para nuevas lecciones de Jesús para los misioneros. Enumeremos las nuevas lecciones: 

Primera lecciónLa oración. La misión que, comenzó en la oración, debe terminar también en la oración. El mismo reporte que los discípulos le dan a Jesús ya tiene la forma de una oración: «¡Señor

Por su parte, Jesús dirige sus miradas un poco más hacia lo alto: entona un himno de alabanza a Dios Padre, en el gozo del Espíritu, por la obra realizada por su discípulos.  En su oración retoma lo esencial de lo sucedido: la revelación de Dios a los pequeños.  

Los destinatarios, en el perdón recibido, han conocido lo central de la misión de Jesús, y en la persona de Jesús han tenido acceso a lo profundo del misterio de Dios: el rostro de un Padre que se desvela por sus pequeñitos y los ama a través de las acciones de su amado Hijo. Los discípulos están siendo invitados a alabar también al Padre junto con Jesús. 

Segunda lección. La alegría. Los discípulos han sido testigos del poder del nombre de Jesús y por eso irrumpe la alegría festiva. 

Los setenta y dos «regresaron llenos de alegría».  Estaban alegres por el éxito de su trabajo: la victoria sobre el mal, una victoria lograda por la invocación del nombre de Jesús. Ahora los discípulos no sólo conocen más a Jesús sino que conocen también la grandeza del ser discípulo: Jesús les ha dado «poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo». ¿Qué puede causar más alegría que una victoria? 

Pero Jesús les hace caer en cuenta enseguida que la verdadera victoria es la del cielo: «Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo», esto es, no sólo la obra que han realizado por la salvación de otros sino la misma salvación de ellos. 

Jesús, entonces, les enseña a poner su alegría en la suya, es la alegría en el Espíritu Santo, signo de plenitud, del “cielo en la tierra”, como la vivieron María y los primeros testigos del Señor, como lo experimentaron todos aquellos que fueron tocados por la misericordia de Jesús. Es la alegría que se vuelve oración continua ante la contemplación de la obra de Dios todos los días en la historia de la humanidad. 

Tercera lección. La formación continua. Al final queda claro que los misioneros, que ya han comenzado a enseñar, deben volver a la escuela.  El misionero no debe olvidar que él ante todo es un discípulo, que lo que él enseña debe ir en coherencia con lo que vive, que lo que él proclama es la expresión de lo que su vida testimonia, que lo que él da es la expresión de lo que lleva dentro. 

Por eso las últimas palabras de Jesús suenan a una nueva invitación a la escuela. Los discípulos están siendo testigos privilegiados de una revelación que muchos otros de mayor categoría quisieron “ver” y “oír”.   Jesús les llama por esto «dichosos» y al mismo tiempo les recuerda que deben seguir siendo receptores activos de la Palabra.

Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven

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Jesús y sus discípulos 9.jpgTiempo Ordinario

Sábado de la XXVI semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (10, 17-24)

En aquel tiempo, los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”.

El les contestó: “Vi a Satanás caer del cielo como el rayo.

A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño.

Pero no se alegren de que los demonios se les sometan. Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo”.

En aquella misma hora, Jesús se llenó de júbilo en el Espíritu Santo y exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por que has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien! Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: “Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven.

Porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los setenta y dos discípulos en su viaje misionero han podido experimentar la fuerza irresistible del Evangelio del amor que Jesús les había dado. Por la tarde, cuando vuelven, se reúnen con Jesús. Están llenos de alegría mientras le explican los prodigios que han podido hacer entre la gente. Y Jesús, escuchándoles, se alegra y les dice: «Vi a Satanás caer del cielo como el rayo».

Es la alegría que nace de la comunidad cristiana cada vez que el mal retrocede, derrotado por la fuerza débil del amor que mana del Evangelio. Jesús confirma a los discípulos el poder que les ha dado: «A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño». Son palabras que no deberíamos olvidar nunca, aunque, irresponsablemente a veces lo hacemos: no recordarlas significa no creer en la fuerza del Evangelio y, por tanto, hacer perder eficacia al testimonio que estamos llamados a dar. Y Jesús añade que la verdadera alegría, la que nadie podrá quitar jamás al discípulo, consiste en tener sus nombres escritos en el cielo, es decir, cerca del corazón de Dios.

La comunión con Jesús, con el Padre y con el Espíritu Santo es la vida del discípulo hoy y en el futuro. Es su fuerza, y también su alegría. Jesús, todavía emocionado por lo ocurrido durante el día, levanta la mirada al cielo y da las gracias al Padre porque ha decidido confiar el secreto de Su amor a aquellos pequeños discípulos que han confiado en él.

Es una oración dulce que mana del amor profundo que Jesús tiene por el Padre y por los discípulos, y también por nosotros, hijos de la última hora. Tras haber orado se dirige a aquellos setenta y dos y pronuncia una bienaventuranza que se extiende por los siglos y llega a todos los creyentes: «¡Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven!».

También nosotros recibimos la gracia de «ver», de escuchar, de vivir con Jesús de manera directa a través de la vida en la comunidad de creyentes, en la Iglesia: es el «cuerpo de Cristo», del que somos miembros.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 371-372.