Ecos de la Palabra

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Los envío como corderos en medio de lobos

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Tiempo Ordinario

Jueves de la XXVI semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (10, 1-12)

En aquel tiempo, designó el Señor a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; los envío como corderos en medio de lobos. No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Cuando entren en una casa, digan: ‘Que la paz reine en esta casa’.

Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes se cumplirá; si no, no se cumplirá. Quédense en esa casa. Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa. En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’.

Pero si entran en una ciudad y no los reciben, salgan por las calles y digan: ‘Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos, en señal de protesta contra ustedes. De todos modos, sepan que el Reino de Dios está cerca’.

Yo les digo que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

El texto que leemos hoy, nos coloca precisamente ante el perfil de una persona que es servidora de la Palabra. No hemos sido llamados solamente para “oír” la Palabra sino también para “anunciarla” a todos nuestros hermanos.

Con el mes de octubre inicia el mes dedicado a las misiones. El gran ideal de la Iglesia es que cada bautizado sea un misionero y que todos seamos discípulos en salida misionera.

El texto que leemos nos presente en una hermosa síntesis lo que es la conciencia misionera, las exigencias, el mensaje, las precauciones, las estrategias y las recomendaciones que todo misionero debe tener en cuenta. 

Se puede ser misionero en distintos ámbitos, comenzando por la propia familia y el propio ambiente y de allí en círculos concéntricos hasta la misión ad gentes que lleva a dar testimonio de Cristo donde no se le conoce.

Veamos esquemáticamente, a la luz de la Palabra que se proclama hoy, los rasgos de un misionero: 

Primero. El misionero reconoce que no se manda a sí mismo, es Jesús quien escoge y envía. «Designó el Señor… y los mandó».

Segundo.  El misionero sabe que la misión es tarea de todos los discípulos de Jesús, todos son llamados a ser portadores de la Palabra, eso sí, en comunión con los Doce: «…A otros setenta y dos…».

Tercero. El misionero tiene conciencia eclesial, no anda por cuenta propia sino en equipo: «De dos en dos…».

Cuarto. El misionero es ante todo un orante: en la oración capta la urgencia de la misión y la recibe de Dios: «Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos».

Quinto: El misionero es conciente del riesgo de su tarea: anuncian la Palabra en una sociedad llena de conflictos, la persecución será una constante. «los envío como corderos en medio de lobos».

Sexto. El misionero se hace uno con los pobres, la suya es una opción consciente de despojo personal para que lo que brille en él sea la eficacia del mismo Dios; además, no se apega a nada ni a nadie, porque la misión es urgente y no admite distracciones. «No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino

Séptimo. El misionero es una persona de paz, con su manera de ser inauguran un nuevo tipo de relaciones entre las personas donde quiera que entra. «Cuando entren en una casa, digan: ‘Que la paz reine en esta casa’.»

Octavo. El misionero no está afanado por la ganancia o la acumulación de bienes, pero igualmente “merece su salario”. «Quédense en esa casa. Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario».

Noveno. El misionero va prioritariamente donde los marginados y las personas que sufren para que en medio de ellas acontezca el Reino de Dios. «Curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’».

Décimo: El misionero no hace alianzas con la sociedad que rechaza el proyecto de Dios, sino que proféticamente muestra su indignación y su toma de distancia de las actitudes que son contrarias al querer de Dios; le deja le corresponderá a Dios: «Digan: ‘Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos… sepan que el Reino de Dios está cerca’».

Oremos por las misiones y descubrámonos como bautizados, enviados a la misión.

Los mandó por delante… y les dijo

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Bautizados y enviados
 Tiempo Ordinario

Jueves de la XXVI semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (10, 1-12)

En aquel tiempo, designó el Señor a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; los envío como corderos en medio de lobos. No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Cuando entren en una casa, digan: ‘Que la paz reine en esta casa’.

Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes se cumplirá; si no, no se cumplirá. Quédense en esa casa. Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa. En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’.

Pero si entran en una ciudad y no los reciben, salgan por las calles y digan: ‘Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos, en señal de protesta contra ustedes. De todos modos, sepan que el Reino de Dios está cerca’.

Yo les digo que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La decisión de enviar a 72 discípulos-ese era el número de naciones que entonces se pensaba que había en la tierra- quiere indicar que desde la pequeña Galilea el horizonte de Jesús ya abarcaba todas las naciones, todos los pueblos. El Evangelio no excluye a nadie.

Ya en los primeros pasos de este viaje hacia Jerusalén se pone de manifiesto el alcance universal. Y también en Jerusalén la Iglesia da sus primeros pasos hacia todos los pueblos, como sucedió en Pentecostés cuando todos los presentes «les oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios».

Jesús mira a las muchedumbres de las periferias de las grandes ciudades y les dice a los discípulos: «La cosecha es mucha y los trabajadores pocos». Es la invitación a vivir una renovada misión. Ir por las ciudades «de dos en dos», bajo el signo del amor, transforma a los discípulos en hermanos y hermanas universales que saben asumir como propias las alegrías, las esperanzas, las angustias y los dolores del pueblo que vive en aquellas ciudades.

Jesús no oculta a los setenta y dos los problemas que encontrarán: «pónganse en camino; los envío como corderos en medio de lobos». Y no es tarea fácil que un «cordero» haga cambiar de vida a un «lobo»; no es fácil derrotar el individualismo y el interés por uno mismo; del mismo modo que no es fácil vencer el miedo que parece seducir cada vez más a las ciudades de nuestra época; no es sencillo derrotar a los ídolos de la arrogancia, de la competencia, de la fuerza y de los intereses individuales; para afirmar el dominio de Dios.

Es fácil caer en la tentación de armarse con atuendos adecuados, con armas adecuadas, con estrategias adecuadas. En realidad, la única fuerza es el Señor y el amor mutuo. Es una «fuerza débil» que resulta ser la única que puede cambiar el mundo; además ha sido la única cosa que ha cambiado nuestro corazón.

Y, como en un retorno ideal de la misión, también nosotros podemos decir llenos de alegría: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Y Jesús puede repetir en voz alta: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Miren, les he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones, así como cualquier demostración de fuerza del enemigo: nada os podrá hacer daño».

Hagamos nuestra esta alegría del Señor, sigamos recorriendo «de dos en dos» los caminos de las periferias del mundo y alegrémonos porque nuestros nombres están escritos en el cielo de Dios.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 239-240.