Ecos de la Palabra

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Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano

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Tiempo Ordinario

Lunes de la XXIV semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (7, 1-10)

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar a la gente, entró en Cafarnaúm. Había allí un oficial romano, que tenía enfermo y a punto de morir a un criado muy querido. Cuando le dijeron que Jesús estaba en la ciudad, le envió a algunos de los ancianos de los judíos para rogarle que viniera a curar a su criado. Ellos, al acercarse a Jesús, le rogaban encarecidamente, diciendo: “Merece que le concedas ese favor, pues quiere a nuestro pueblo y hasta nos ha construido unasinagoga”. Jesús se puso en marcha con ellos.

Cuando ya estaba cerca de la casa, el oficial romano envió unos amigos a decirle: “Señor, no te molestes, porque yo no soy digno de que tú entres en mi casa; por eso ni siquiera me atreví a ir personalmente a verte.

Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano. Porque yo, aunque soy un subalterno, tengo soldados bajo mis órdenes y le digo a uno: ‘¡Ve!’, y va; a otro: ‘¡Ven!’, y viene; y a mi criado: ‘¡Haz esto!’, y lo hace”.

Al oír esto, Jesús quedó lleno de admiración, y volviéndose hacia la gente que lo seguía, dijo: “Yo les aseguro que ni en Israel he hallado una fe tan grande”.

Los enviados regresaron a la casa y encontraron al criado perfectamente sano. Palabra del Señor. 

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Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

El evangelio de Lucas con alguna frecuencia nos recuerda la importancia que tiene la Palabra como instrumento de salvación. El pasaje de hoy, nos permite comprobar la verdad de esta afirmación y experimentar junto con el centurión romano el poder de la Palabra de Jesús.

 El centurión romano hace la experiencia de la Palabra de esta manera: El relato inicia diciendo que «Jesús terminó de hablar a la gente»; enseguida se presenta la situación del siervo del centurión que se encontraba «enfermo y a punto de morir». La primera y la segunda línea se conectan: de las palabras pasamos a las obras de Jesús, las obras verifican la verdad de la enseñanza.

El centurión escucha acerca de Jesús: «Cuando le dijeron que Jesús estaba en la ciudad». La palabra acerca de Jesús lo hace ir al encuentro del Maestro. Entonces envía donde él unos ancianos de los judíos para rogarle que “venga” para “salvar” a su siervo. Es así como el centurión aparece poniendo en práctica la última enseñanza de Jesús al final del Sermón de la llanura: “el que oiga mis palabras y las ponga en practica…”. El centurión, aún sin serlo, se comporta como un discípulo modelo y proclama el poder de la Palabra de Jesús con la profunda humildad de quien está dispuesto a acogerla: «Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano».

Es importante notar en el relato de hoy, que Jesús está poniendo en practica lo que acaba de enseñar en el sermón de la llanura sobre hacerle el bien a los enemigos. El centurión representa al pueblo romano que ejerce su dominio político y económico sobre Israel. Los lideres del pueblo de Cafarnaúm saben reconocerle el lado bueno cuando lo presentan ante Jesús como alguien que “quiere a nuestro pueblo y hasta nos ha construido una sinagoga”.  

Sin embargo, para Jesús lo importante no es el hecho de que este hombre sea un adversario, ni tampoco lo es el que éste haya acumulado méritos para “ganarse el milagro”; Lo que importa para Jesús es que hay una vida en peligro y que hay que salvarla .

Y Jesús no sólo ve la necesidad del siervo moribundo sino también la apertura de la fe de su jefe. Es curioso que mientras los judíos alaban la buena obra del centurión Jesús lo felicita es por su fe: «Yo les aseguro que ni en Israel he hallado una fe tan grande

La fe del centurión se reconoce en dos detalles: Primero: su humildad: él se declara indigno de recibir a Jesús bajo su techo, reconociendo de esta forma la superioridad de Jesús sobre él, quien también es una persona de autoridad. Segundo, su  reconocimiento del poder de Jesús, el cual considera absoluto y sin límites.  Él puede mandar con una palabra a la enfermedad y ésta desaparecerá.

El centurión, como también tendríamos que hacerlo nosotros, reconoce que la persona de Jesús es grande, pero también lo es su Palabra.

Una palabra tuya basta

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centurión Tiempo Ordinario

Lunes de la XXIV semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (7, 1-10)

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar a la gente, entró en Cafarnaúm. Había allí un oficial romano, que tenía enfermo y a punto de morir a un criado muy querido. Cuando le dijeron que Jesús estaba en la ciudad, le envió a algunos de los ancianos de los judíos para rogarle que viniera a curar a su criado. Ellos, al acercarse a Jesús, le rogaban encarecidamente, diciendo: “Merece que le concedas ese favor, pues quiere a nuestro pueblo y hasta nos ha construido una sinagoga”. Jesús se puso en marcha con ellos.

Cuando ya estaba cerca de la casa, el oficial romano envió unos amigos a decirle: “Señor, no te molestes, porque yo no soy digno de que tú entres en mi casa; por eso ni siquiera me atreví a ir personalmente a verte.

Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano. Porque yo, aunque soy un subalterno, tengo soldados bajo mis órdenes y le digo a uno: ‘¡Ve!’, y va; a otro: ‘¡Ven!’, y viene; y a mi criado: ‘¡Haz esto!’, y lo hace”.

Al oír esto, Jesús quedó lleno de admiración, y volviéndose hacia la gente que lo seguía, dijo: “Yo les aseguro que ni en Israel he hallado una fe tan grande”.

Los enviados regresaron a la casa y encontraron al criado perfectamente sano. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Un centurión romano, un pagano, a pesar de ser el representante del imperio opresor, tiene una atención especial para con los judíos, hasta el punto de que las ha ayudado a construir la sinagoga de la ciudad. Está muy preocupado por la grave enfermedad que sufría uno de sus siervos. Sabe que, por ser considerado pagano por los judíos, no puede atreverse a acercarse a aquel maestro. Por eso les pide a algunos notables judíos de la ciudad que intercedan ante Jesús y le pidan que cure a aquel siervo suyo; aquellos hombres fueron a donde Jesús, intercedieron por el centurión para quien tuvieron palabras de gran estima a causa de su ayuda a la ciudad.

En este soldado romano sobresalen tres actitudes: el amor por su siervo -lo trata como a un hijo-, la gran confianza en el joven profeta de Nazaret y la indignidad que siente ante Jesús.

Mientras Jesús se acerca a su casa, envía a otros amigos a decirle que no se moleste más. Su fe le hace pronunciar aquellas palabras que todos los cristianos todavía hoy repetimos durante la Misa: «Señor, no te molestes, porque yo no soy digno de que tú entres en mi casa; por eso ni siquiera me atreví a ir personalmente a verte. Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano».

Aquel centurión, pagano, se convierte en la imagen del verdadero creyente, es decir, aquel que reconoce su indignidad y que cree en la fuerza de la palabra de Jesús: basta una sola palabra suya para salvar y ser salvado. Por el contrario, nosotros estamos obsesionados por multiplicar las palabras pensando que nuestras palabras mueven el corazón del Señor o cambian las cosas.

Jesús es la «Palabra» del Padre: él es quien cura, quien salva. Las palabras que salen de la boca de Jesús tienen la fuerza de Dios y de su amor sin límites.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 349-350.