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¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no la viga que llevas en el tuyo?

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Tiempo Ordinario

Viernes de la XXIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (6, 39-42)

En aquel tiempo, Jesús propuso a sus discípulos este ejemplo: “¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego?

¿No caerán los dos en un hoyo? El discípulo no es superior a su maestro; pero cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo te atreves a decirle a tu hermano: ‘Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo’, si no adviertes la viga que llevas en el tuyo?

¡Hipócrita! Saca primero la viga que llevas en tu ojo y entonces podrás ver, para sacar la paja del ojo de tu hermano”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

En el evangelio de hoy contemplamos a Jesús que forma a sus discípulos para que sepan manejar sus impulsos negativos; esta formación implica un camino que de madurez interior que integre la experiencia de la misericordia del Padre

Se repite la palabra «hermano» y así se va afirmando una dimensión constitutiva del discipulado cristiano: la vida fraterna o vida comunitaria; va constituyéndose así el nuevo pueblo de Dios, germen de la humanidad nueva. 

Una vez que el discípulo ha aprendido esta lección, pasa a la siguiente, la cual es más difícil: el liderazgo positivo dentro de la comunidad.

«El discípulo no es superior a su maestro; pero cuando termine su aprendizaje, será como su maestro» Jesús es el modelo del discípulo: hay que imitarlo, adoptando sus mismas actitudes y comportamientos y asumiéndose como formador de otros discípulos.

La primera tarea del discípulo es seguir trabajándose a sí mismo: discernir y sacar la “viga del propio ojo”. Quien comienza a caminar en el seguimiento de Jesús debe tener cuidado de no precipitarse a la hora de calificar la conducta de los demás. 

Quien comienza a tener la luz del Evangelio en su mirada, ve con mayor facilidad las deficiencias ajenas y se le presenta la tentación de juzgarlas. 

Sin embargo, el discípulo no debe perder de vista que su itinerario espiritual es un proceso, que no tiene la luz suficiente para penetrar el interior de las personas y conocer sus intenciones por lo cual debe abstenerse de emitir juicios; en cambio, si es capaz de conocerse a si mismo y sus intenciones, por lo que la autocrítica es un antítdoto prudente que salva la comunión fraterna del veneno que se vierte cuando se critica sin piedad el comportamiento de los demás.  

La segunda tarea es “guiar” a otros, es todavía más exigente. Si ya es difícil trabajarse a sí mismo, cuánto más el hacerlo con los demás. Este es un nuevo aspecto del ministerio del amor que no puede ser descuidado.  

La imagen del lazarillo tiene también un sentido positivo, es parte del ministerio del amor: todo discípulo de Jesús tiene la responsabilidad de darle la mano a sus hermanos “ciegos”, que no conocen la luz del evangelio, y apoyarlos en un camino de conversión. 

Conducir o acompañar a otros hermanos en su camino, pide de cualquier forma en algún momento ver y sacar la paja que hay en su ojo; hacerlo con la sabiduría del evangelio exige partir del trabajo con uno mismo. 

En el texto que leemos podemos encontrar cinco criterios en la tarea de acompañar por el camino de la vida a quienes el Señor nos ha confiado.

 El primero es evitar constituirnos en la referencia del camino, el punto de referencia es Jesús mismo, ya que «el discípulo no es superior a su maestro»; segundo, habrá que evitar pues formar grupos y rodearse de personas en torno al carisma personal y conducirles hacia Jesús que es el Maestro y, como Él, referirlo todo a la plenitud de Dios Padre; tercero, en esta tarea es necesario tener la visión del evangelio, un ciego no guia a otro ciego; cuarto, se requiere además formarse bien y tener seguridad de conocer el camino antes de proponerlo a otros exponiéndoles a caer y quinto, revisarse constantemente, enderezar las intenciones que se tuercen, reconocer los errores que se cometen y someter a la misericordia de Dios los propios pecados, en consecuencia será más fácil ver a los hermanos con misericordia y acercarse a ellos para corregirles con caridad.

La iluminación interior que va sacando al discípulo progresivamente de la ceguera por medio de las palabras del evangelio y por el misterio pascual de Jesús, le permitirá al discípulo llegar a ser buen apóstol.

Un corazón que se deja purificar por el Señor, vence la tentación de la “hipocresía” que advierte Jesús, y se fortalece para asumir abiertamente y con celo apostólico los desafíos de la misión en distintos ámbitos: familiar, educativo, pastoral, laboral, social, etc.

¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego?

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ciegosTiempo Ordinario

Viernes de la XXIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (6, 39-42)

En aquel tiempo, Jesús propuso a sus discípulos este ejemplo: “¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego?

¿No caerán los dos en un hoyo? El discípulo no es superior a su maestro; pero cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo te atreves a decirle a tu hermano: ‘Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo’, si no adviertes la viga que llevas en el tuyo?

¡Hipócrita! Saca primero la viga que llevas en tu ojo y entonces podrás ver, para sacar la paja del ojo de tu hermano”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Nos encontramos en presencia de tres dichos de Jesús de tipo parabólico, o sea, abiertos a diferentes aplicaciones.

El primero tiene que ver con los ciegos, que no pueden hacer de guías. Se trata de un proverbio profano que también está presente en Platón. En el contexto en el que fue pronunciado podría haber tenido la intención de poner en guardia a los que pretendían tener la verdad sin tomar en consideración la enseñanza de Jesús, luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Sin Jesús somos ciegos para las realidades decisivas.

El segundo dicho tiene que ver con la unicidad de Jesús como maestro. A él no debemos añadirle nada. El discípulo debe ahondar en la enseñanza del maestro, y sólo así será como él.

El tercero es la continuación y el ahondamiento en el «no juzgar para no ser juzgados», con el añadido de la invitación a la autocrítica a fin de evitar la hipocresía.

El discípulo debe llevar cuidado en mejorar él mismo antes de mejorar a los otros. La conversión primera es la personal, no la de los otros. Esta última también la podemos desear, pero después de haber pensado en nosotros mismos y de que nos hayamos preocupado de quitarnos las vigas de nuestros ojos.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., XI, 285.