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Si aman sólo a los que los aman, ¿qué hacen de extraordinario?

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Tiempo Ordinario

Jueves de la XXIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (6, 27-38)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los difaman. Al que te golpee en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite el manto, déjalo llevarse también la túnica. Al que te pida, dale; y al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.

Traten a los demás como quieran que los traten a ustedes; porque si aman sólo a los que los aman, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores aman a quienes los aman. Si hacen el bien sólo a los que les hacen el bien, ¿qué tiene de extraordinario? Lo mismo hacen los pecadores. Si prestan solamente cuando esperan cobrar, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores prestan a otros pecadores, con la intención de cobrárselo después.

Ustedes, en cambio, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar recompensa. Así tendrán un gran premio y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno hasta con los malos y los ingratos. Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso.

No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den y se les dará: recibirán una medida buena, bien sacudida, apretada y rebosante en los pliegues de su túnica. Porque con la misma medida con que midan, serán medidos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Continuamos con las lecciones formativas de Jesús en el sermón de la llanura, propio del evangelista san Lucas.

Los destinatarios del discurso son todos los que escuchan a Jesús pero de manera especial los discípulos. Es así como el nuevo pueblo de Dios comienza a ser instruido en los criterios de vida de la Nueva Alianza. 

En el anuncio de las bienaventuranzas Jesús retomó el discurso programático pronunciado en la sinagoga de Nazaret. En él Jesús pronunció cuatro exaltaciones para los que estaban en situación de desventaja: los pobres, los hambrientos, los dolientes y los perseguidos y cuatro advertencias proféticas contra los que creían estar en mejor posición: los ricos, los satisfechos, los que viven en fiesta y los que siempre son felicitados. 

El mensaje de Jesús significa salvación para todos ellos. La última de las bienaventuranzas habla de situaciones conflictivas. Ya vimos que Jesús tenía enemigos, pues también los discípulos los tendrán. ¿Cómo vivirán los discípulos de Jesús estas adversidades? Es el tema de la parte siguiente del sermón de la llanura. 

Con el anuncio de las bienaventuranzas, los discípulos han comprendido que en el seguimiento de Jesús han entrado en una nueva esfera de vida. Ellos son diferentes. El centro de todo está en la acción de Dios quien con su señorío –el Reino de Dios- los conduce progresivamente hacia la plenitud de vida, identificándolos con él. 

De aquí se desprenden un nuevo proyecto de vida cimentado en los valores del Reino, que no son diferentes de las actitudes de Dios con el hombre, los cuales se contraponen a los valores –muchas veces más atractivos- del mundo. Estos valores se aprenden en el camino con Jesús. 

Si le ponemos un poco de mayor atención al pasaje de hoy, veremos cómo Jesús va delineando lo distintivo del discípulo, que es diferente del no, y que se resume en la frase: “sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso”. Al fin y al cabo la nueva realidad del Reino es la de la filiación y si somos hijos de Dios debemos acreditar el apellido. 

¿Cómo se comporta un “hijo del Altísimo”? Pues como su Padre, quien “es bueno hasta con los malos y los ingratos”.

Y esto no es fácil. El discípulo no es “de palo”, es tremendamente humano y le duelen las agresiones de los otros, es frágil y vulnerable. Puesto que no vive en una burbuja de cristal sino que tiene que vérselas todos los días con su familia, sus amigos, vecinos y compañeros de trabajo, él tiene que aprender a vivir todas sus relaciones –y las dificultades que éstas conllevan- desde la óptica del Reino. 

Lo que caracterizará el comportamiento del discípulo, en el ámbito descrito, es la iniciativa en el amor: un amor que salva, porque como ya vimos “hacer el bien” y “salvar” están al mismo nivel. Para ello se depone el sentimiento de desquite, revirtiendo los sentimientos negativos y las agresiones de los otros en impulsos de amor. 

Observemos la fuerza de los siguientes imperativos:  “Amen a sus enemigos”; “hagan el bien a los que los aborrecen” “bendigan a quienes los maldicen“; “oren por quienes los difaman” y nos daremos cuenta de la orientación del corazón de quien se ha apropiado la buena nueva del Reino.

Bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los difaman

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Jesús-y-sus-discípulos.jpgTiempo Ordinario

Jueves de la XXIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (6, 27-38)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los difaman. Al que te golpee en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite el manto, déjalo llevarse también la túnica. Al que te pida, dale; y al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.

Traten a los demás como quieran que los traten a ustedes; porque si aman sólo a los que los aman, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores aman a quienes los aman. Si hacen el bien sólo a los que les hacen el bien, ¿qué tiene de extraordinario? Lo mismo hacen los pecadores. Si prestan solamente cuando esperan cobrar, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores prestan a otros pecadores, con la intención de cobrárselo después.

Ustedes, en cambio, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar recompensa. Así tendrán un gran premio y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno hasta con los malos y los ingratos. Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso.

No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den y se les dará: recibirán una medida buena, bien sacudida, apretada y rebosante en los pliegues de su túnica. Porque con la misma medida con que midan, serán medidos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Nadie queda fuera del Evangelio, del camino de salvación, de la felicidad que indica Jesús. Jesús pide a todo el mundo un amor que va más allá de los cálculos. «Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen». Es una petición realmente extraña para la cultura de este mundo, y algunos pueden llegar a sugerir que son palabras hermosas pero no realistas. No obstante, solo en estas palabras el mundo puede encontrar su salvación, solo desde esta perspectiva se pueden encontrar motivos para detener las guerras Y, sobre todo, impulso para construir la paz y la convivencia entre los hombres y entre los pueblos.

Para Jesús no existen enemigos a los que odiar y combatir. Para él y, por tanto, para todo discípulo, solo existen hermanos y hermanas a los que amar, o en todo caso, corregir, y a los que ayudar siempre en el camino de la salvación. Las palabras de Jesús tienen la fuerza del amor de Dios, que, antes que nadie, es misericordioso y benévolo con todos, incluso con «los malos y los ingratos». El ideal que presenta Jesús a quienes lo escuchan es tan alto como el cielo, y por eso dice: «Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso». No es una exhortación moral; es un estilo de vida.

Y luego añade lo que ,se ha llamado la «regla de oro»: «Traten a los demás como quieran que los traten a ustedes». Esta «regla» está presente en todas las religiones y podemos realmente considerarla como una espina dorsal que une profundamente las relaciones entre los hombres y entre los pueblos.

Esa decisión comporta la conversión de los corazones· de corazones nuevos surge una vida nueva para todos. Por eso Jesús exhorta a «no juzgar» y a «no condenar», sino más bien a perdonar y a dar con «una medida buena, apretada, remecida, rebosante». El que se comporta de este modo, recibe a su vez la misma medida.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 345.