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¿Es verdad que son pocos los que se salvan?

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puerta estrecha 2 

Tiempo Ordinario

Domingo de la XXI semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (13, 22-30)

En aquel tiempo, Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos, mientras se encaminaba a Jerusalén. Alguien le preguntó: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?” Jesús le respondió: “Esfuércense por entrar por la puerta, que es angosta, pues yo les aseguro que muchos tratarán de entrar y no podrán. Cuando el dueño de la casa se levante de la mesa y cierre la puerta, ustedes se quedarán afuera y se pondrán a tocar la puerta, diciendo: ‘¡Señor, ábrenos!’ Pero él les responderá: ‘No sé quiénes son ustedes’.

Entonces le dirán con insistencia: ‘Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas’. Pero él replicará: ‘Yo les aseguro que no sé quiénes son ustedes. Apártense de mí, todos ustedes los que hacen el mal’. Entonces llorarán ustedes y se desesperarán, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes se vean echados fuera.

Vendrán muchos del oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquete del Reino de Dios. Pues los que ahora son los últimos, serán los primeros; y los que ahora son los primeros, serán los últimos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este domingo, nos encontramos con otra enseñanza de Jesús que confronta nuestra vida cristiana poniéndola a contraluz con su destino último: la salvación o la felicidad eterna.

Nos encontramos con un texto cuyo mensaje es duro por la exigencia que plantea y que pide una lectura profunda, pues si lo leemos superficialmente arriesgamos no hacerlo en su verdadera perspectiva y deformar su mensaje. Una lectura «ligera» de la exhortación de Jesús a pasar por la puerta estrecha podría llevar al rigorismo, a la rigidez en lugar de orientarnos a la verdadera libertad de los hijos de Dios.

La pregunta que se le plantea a Jesús es tan antigua como nueva; querer saber si son muchos o pocos los que se salvan más que una curiosidad, busca afirmar un estilo de vida; unos defienden que son pocos y promueven un rigorismo inhumano en la relación con Dios y un estilo de vida rígido y desabrido, concentrado en la perfección personal, con un trato con Dios aparentemente reverencial pero que más bien es lejano y un trato prejuicioso con el prójimo, al que se ve como un pecador y un potencial peligro para la propia salvación; otros dicen que son muchos los que se salvan para justificar una vida disipada, permisiva, centrada en la satisfacción personal, ciega y sorda a la voz de Dios y a las necesidades de los hermanos.

El mensaje de nuestro texto es tan sencillo como exigente: no basta ser hijo de Abraham para salvarse, es necesario acoger el mensaje del Reino y convertirse. La conversión no es algo teórico que se acepta con la cabeza sin repecutir en el comportamiento diario. La conversión es una decisión que trastoca los criterios que orientan nuestra vida, pide una conducta nueva y un modo nuevo de relacionarnos con Dios, con la personas, con las cosas y con la creación entera.

Jesús va de camino

Leemos en nuestro texto: «En aquel tiempo, Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos, mientras se encaminaba a Jerusalén». Jesús sigue su camino, tiene claro a dónde va y aprovecha y durante el transcurso de su peregrinación va formando a sus discípulos.

Como hemos visto hasta ahora, en el camino, diferentes personajes plantean a Jesús preguntas y requerimientos a los que no vacila en contestar, en ningún caso deja de responder, su mensaje es siempre coherente y no se detiene si lo que tiene que decir resulta incómodo. No quiere engañar a nadie con falsas ilusiones.

Una pregunta

Un desconocido le plantea una de las preguntas más debatidas en la época: «Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan

Para entender la pregunta hagamos dos consideraciones:

Primera. El personaje anónimo conoce a Jesús o ha oído hablar suficientemente de Él y de su enseñanza. El evangelio de Lucas desde las primeras páginas presenta a Jesús como Salvador y, en su ministerio, Él mismo ha planteado las exigencias del Reino que han hecho pensar a algunos que la salvación es algo complicado.

La pregunta formulada plantea indirectamente el tema del éxito de la misión de Jesús medido en términos cuantitativos: ¿cuántos son los que se van a salvar? De fondo está la inquietud: ¿cuántos llegarán a la meta, cuántos perseverarán con Él en el camino?

Segunda. Recordemos además, que en el imaginario religioso judío, existía la idea de un «resto» de salvados en medio de todo un pueblo pecador. Esto hacía decir a algunos que serían pocos los que se salvarían, contrastando con otros que afirmaban que todo israelita por el hecho de serlo tendría parte en el mundo futuro.

Jesús no desprecia la pregunta que se le formula, pero no la aborda como es formulada, no se detiene a dar cantidades ni fórmulas para calcularlas; esto nos indica que cada persona tiene, de alguna forma u otra, que preguntarse por la salvación, sin descuidar el enfoque de la cuestión.

Jesús aprovecha la idea central de la pregunta y lleva a sus oyentes a situarse en un nivel de comprensión más profundo. No da cifras ni aproximaciones, a lo más dice un «muchos tratarán de entrar y no podrán», pero no como una sentencia definitiva sino como una advertencia para estar pendientes y que esto no suceda.

Jesús se distancia del mundo de especulación y se concentra en lo que es necesario para salvarse, diciendo implícitamente que todo el que quiera podrá ser salvado, siempre y cuando oriente su vida en esa dirección: obrar según la justicia, o lo que es lo mismo, configurar la propia vida en la de Jesús.

Para explicar esto, Jesús se vale de dos imágenes, la de la puerta estrecha y la de la puerta cerrada y mediante una proverbio hacer la aplicación de la enseñanza.

La puerta estrecha

Leemos en nuestro texto: «Esfuércense por entrar por la puerta, que es angosta, pues yo les aseguro que muchos tratarán de entrar y no podrán»

La imagen de la «puerta estrecha» es una figura. Sería una torpeza quedarnos con la inquietud de calcular su anchura; tampoco que sea una puerta con obstáculos para entrar por ella; mucho menos que haya que usar la violencia para entrar por la fuerza imponiéndose sobre otros que al mismo tiempo pretenden entrar. Lo que la imagen nos quiere decir es muy simple: que hay que esforzarse, que los buenos propósitos no son suficientes, que hay algo que «hacer» antes para poder entrar.

Hemos aprendido de Jesús que una persona no se salva con sus propios esfuerzos, pues nadie se salva a si mismo; todos somos salvados por Dios, pero la salvación no se logra sin nuestra participación; no sirve la pasividad. Dios quiere salvarnos, pero su voluntad no pasa por encima de nuestra libertad y responsabilidad.

La idea de fondo del verbo «esforzarse» se refiere al esfuerzo intenso que concentra todas las energías de una persona en función de un objetivo. Es como el esfuerzo que hace un deportista para ganar la competencia. Aplicado a la imagen de la puerta estrecha se refiere a la manera como se entra, que requiere canalizar las mejores energías para vivir conforme a las exigencias del Reino no deseando otra cosa que alcanzar la comunión con Dios, superando los obstáculos y distinguiendo lo que es prioritario de lo que es secundario.

Jesús advierte que «muchos tratarán de entrar y no podrán»; se le había preguntado si eran pocos los que alcanzarían la salvación y por respuesta dice que «muchos» no lo lograrán. En principio nadie es excluido de la salvación universal, ¿por qué dice Jesús que muchos no podrán entrar? Se trata de una manera de decir que mucha gente que no quiera entrar ahora, muy probablemente querrá hacerlo más tarde, pero entonces ya no lo logrará. Esto se ilustra con otra imagen.

La puerta cerrada

Leemos en nuestro texto: «cuando el dueño de la casa se levante de la mesa y cierre la puerta, ustedes se quedarán afuera y se pondrán a tocar la puerta» El esfuerzo al que se ha referido hasta ahora Jesús, debe ser oportuno, a tiempo, pues un día, con nuestra muerte, la puerta se cerrarrá y ya no será posible hacer nada. No disponemos del tiempo de una manera indefinida.

Es Dios quien cierra la puerta, no nosotros. La hora de la muerte se escapa de nuestro control. De ahí que haya que estar siempre preparados.

Jesús describe con dramatismo la solicitud fuera de tiempo para entrar: «se pondrán a tocar la puerta, diciendo: ‘¡Señor, ábrenos!’». Ya no es tiempo de tocar la puerta. Con esto se indica la seriedad del tiempo presente; no tenemos soberanía sobre el tiempo; no conviene aplazar la conversión, desde el principio hay que comenzar a vivir el itinerario que nos lleva a Dios. Es una mala decisión dejar para el tiempo de la vejez la preocupación por la salvación.

La respuesta del Señor a la solicitud extemporánea: «No sé quiénes son ustedes’» se repite dos veces. Es una expresión que se utilizaba en el veredicto de excomunión israelita; con ella se declaraba la desvinculación de la comunidad y la ruptura de toda comunión personal con quien era desconocido.

Para participar en la comunión con Dios se exige la identificación con Él; por eso, no basta comer y beber con el Señor, no basta escuchar su predicación si ello no lleva a la conversión: «Apártense de mí, todos ustedes los que hacen el mal...»; estas palabras excluyentes indican que no sólo no hay comunión externa, sino que no hay comunión de vida con Dios; el que hace el mal desprecia la voluntad de Dios, no se compromete con la justicia del Reino, no comparte el estilo de vida de Jesús ni pone en práctica sus enseñanzas.

¿Por qué si Dios es bueno, esa voz tajante de rechazo? Porque Dios no comparte nuestras injusticias. Si una persona no quiere vivir en comunión con la voluntad de Dios, como puede querer aspirar a vivir la comunión definitiva de vida con Él. Dios no excluye a nadie, cada uno es quien se auto excluye. La comunión con Dios comienza a partir de la comunión con su querer. Una persona que lo rechaza se excluye a si misma de la salvación. La salvación consiste en la comunión eterna con Él que es la fuente y la plenitud de la vida.

«Entonces llorarán ustedes y se desesperarán, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes se vean echados fuera.» Los excluidos de la salvación, verán lo que pasa en la sala del banquete, que es el símbolo del Reino definitivo. Se contraponen dos escenas: el llanto amargo de los excluidos y la comunión festiva de los salvados.

Los rechazados sumidos en la más intensa soledad lloran de manera inconsolable la ocasión perdida y la humillación. El «rechinar de dientes» describe la rabia amarga, consigo mismos.

La vida eterna es presentada como una fiesta comunitaria con el Señor en el Reino de Dios. La imagen de la mesa compartida destaca la profunda intimidad con Dios y la participación de su vida. No sólo con Dios, sino también con los demás. La comunión con Dios y los demás es plenitud de alegría y fiesta. La salvación es el máximo de la felicidad.

Los que quedaron fuera de bamquete repasarán con su mirada a los comensales, la comunidad de los salvados y distinguirán a tres grupos de personajes: a los patriarcas: Abraham, Isaac y Jacob; a los profetas y a gente proveniente de los cuatro puntos cardinales, es decir, de todas las naciones de la tierra.

Aprendemos así que la plenitud y riqueza de nuestra vida humana consiste también en la plentud y profundidad de nuestras relaciones con las demás personas. Con la muerte, las relaciones humanas no se acaban sino que alcanzan su máximo nivel de profundidad.

Hay un detalle más. La linea de continuidad que hay en la historia de la salvación que comienza con Abraham y que se extiende a partir de Jesús, a todos los pueblos de la tierra; todos los que entran en el Reino inaugurado en Jesús se hacen miembros del pueblo elegido y éste se hace uno solo, a través de la Alianza con Dios, con todos los pueblos de la tierra, pues todos: «participarán en el banquete del Reino de Dios».

Un proverbio para aplicar la enseñanza

Nuestro texto concluye con un proverbio con el que Jesús hace la aplicación de la parábola: «los que ahora son los últimos, serán los primeros; y los que ahora son los primeros, serán los últimos».

Este proverbio se entiende observando quienes están sentados en el banquete del Reino. Los primeros, el pueblo de Israel, y los últimos, los demás pueblos de la tierra, pasan todos por la misma puerta: la exigencia es la misma para todos. En el intercambio de lugares vemos una crítica para los primeros, que pertenecieron al pueblo de Abraham y de los profetas y un anuncio de esperanza para los últimos, los que tardíamente recibieron y acogieron la novedad del Reino.

Los últimos no excluyeron a los primeros; estos, se hicieron últimos, quedando al nivel de los que antes no conocían a Dios, cuando prefirieron vivir en sintonía con su querer y desconocieron la voluntad de Dios. Ante Jesús cada uno se hace “primero” o “último” según su decisión.

Los que se convirtieron y renunciaron a «hacer el mal» y se decidieron a ser agentes de justicia, saben que su identificación con Jesús les abrió las puertas del Reino, sin necesidad de que primero fueran miembros del pueblo elegido.

Conclusión

Jesús quiere ganar nuestro corazón, pero no lo hace a costa de diluir el mensaje del Reino que al mismo tiempo que gratuito es exigente; Jesús jamás tratara de agradarnos para tener nuestra adhesión; su amor le hace decirnos siempre la verdad, aunque estas lleguen a incomodarnos porque confrontan nuestro estilo de vida.

El mensaje de este domingo no podemos pensarlo dirigido a quienes quieren hacerse diciípulos de Jesús o a quienes apenas lo conocen; más bien se dirige a quienes ya entraron en contacto con él, que lo conocen y se han relacionado con él a través de la predicación y los sacramentos, diciéndoles que la salvación no está asegurada por el hecho de ser israelita o por llevar el título de cristiano. No basta con haber pertenecido al pueblo de Dios por la circuncisión, ni con ser cristiano por el bautismo; tampoco basta con haber enseñado o hablado, si la palabra no ha ido acompañada de un testimonio coherente y no se han tenido entrañas de misericordia.

Muchos cristianos vivimos dentro de la Iglesia convencidos de que éste es el camino seguro que lleva a la salvación, sin tener conciencia de la necesidad que tenemos de entrar por la puerta estrecha de la conversión personal. Ni la Iglesia, ni la comunidad, ni la práctica de unas obligaciones religiosas son un salvoconducto. Por eso, nos debe hacer pensar la frase de Jesús: «los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos»

La salvación de Dios es un don, nos corresponde apropiárnoslo mediante el esfuerzo por vivir según la justicia de Dios que es el camino para llegar a la plenitud de la alegría. No podemos conformarnos con conocer muchas cosas acerca de Jesús y no vivir según la voluntad de Dios, sería arriesgarnos a no llegar a la meta, a exponernos al fracaso y a la desesperación.

El esfuerzo por entrar por la puerta estrecha no significa el rigorismo estrecho y agobiante que roba la alegría de la vida cristiana; si significa la radicalidad de la conversión, de cambiar la orientación del corazón y del esfuerzo por vivir una vida nueva en la que el primer lugar lo tenga Dios y el prójimo.

 

[1] : Oñoro. El camino de la salvación, la mesa abierta para todos. CEBIPAL/CELAM;  F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 295-297.