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¿Qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?

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Lunes de la XX semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (19, 16-22)

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un joven y le preguntó: “Maestro, ¿qué cosas buenas tengo que hacer para conseguir la vida eterna?” Le respondió Jesús: “¿Por qué me preguntas a mí acerca de lo bueno? Uno solo es el bueno: Dios.

Pero, si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos”.

El replicó: “¿Cuáles?” Jesús le dijo: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, ama a tu prójimo como a ti mismo.

Le dijo entonces el joven: “Todo eso lo he cumplido desde mi niñez, ¿qué más me falta?” Jesús le dijo: “Si quieres ser perfecto, ve a vender todo lo que tienes, dales el dinero a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme”.

Al oír estas palabras, el joven se fue entristecido, porque era muy rico. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La pregunta sobre cómo alcanzar la vida eterna nos la hacemos todos en algún momento de la vida. Jesús, como si quisiera evitar todo equívoco, dice que solo Dios es bueno, no nosotros. Tal vez quiere ayudarle a entender a quien le pregunta que ha encontrado realmente al único bueno y que todo lo bueno viene de Dios.

Aquel joven contesta diciendo que nunca ha dejado de observar los mandamientos. Quizás siente una cierta inquietud, pero no sabe salir de las reglas. Comprende que las reglas no son suficientes, tal vez busca otras o quiere solo tranquilizar su conciencia. En realidad la vida eterna no la podemos obtener con nuestros méritos.

La vida eterna es elegir a Jesús por encima de cualquier otra cosa, por encima incluso de mí mismo y de mis riquezas. Jesús no replica añadiendo un undécimo mandamiento; solo dice: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos. Luego sígueme». Es la propuesta de un ideal elevado: «Si quieres ser perfecto».

La perfección es para todos y está al alcance de cada uno de nosotros porque se alcanza por el corazón. El corazón es perfecto cuando ama y se deja amar. Solo el amor puede permitir una decisión tan radical, la misma del mercader que encuentra una perla o de aquel que encuentra un tesoro escondido en un campo y rebosante de alegría vende todo lo que tiene para comprar aquel campo.

El creyente perfecto es el que ama como un niño, el que confía y deja que le amen, como uno de los pequeños a los que abrazaba Jesús. Si alguien ama a Dios por encima de todas las cosas, es lógico que reparta sus riquezas entre los pobres.

San Francisco es el ejemplo de un hombre perfecto, joven rico que no se avergüenza de devolvérselo todo a su padre para amar al Padre del cielo y para poseerlo todo porque es pobre de todo. El reino empieza en su alegría, en aquella alegría franciscana que es fruto de un amor pleno por el Señor y, por tanto, por los hermanos y los pobres.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 319-320.