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He venido a traer fuego a la tierra

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fuego

Tiempo Ordinario

Domingo de la XX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (12, 49-53)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “He venido a traer fuego a la tierra iY cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo ¡y cómo me angustio mientras llega! ¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división. De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres.

Estará dividido el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este domingo llegamos al final de una serie de instrucciones de Jesús para los discípulos y que el evangelista Lucas insertó catequéticamente en la sección de la subida destino a Jerusalén.

El contexto

Si queremos comprender el texto que consideramos no podemos perder de vista dos cosas:

La primera: El Reino de Dios es la idea central transversal. El reino de Dios no es una cosa cualquiera; es lo más importante de todo, y ante él hay que decidirse; no se puede perder el tiempo en consideraciones y excusas, pues ya está presente. O se toma o se deja.

La segunda: Fijar la vista en Jesús y verlo entregado, de lleno y con pasión, al anuncio de la buena noticia; desde esta perspectiva se entienden mucho mejor sus palabras: «He venido a traer fuego a la tierra y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!»

Todo el capítulo doce del evangelio de Lucas está lleno de consejos y advertencias a los discípulos. Jesús prosigue su camino a Jerusalén y las resistencias a su misión se hacen más agresivas. Prevé el desenlace y previene a sus seguidores.

Hasta ahora, -recordemos el mensaje de los domingos anteriores- los discípulos han sido instruidos sobre cómo superar “la codicia” que suscita comportamientos hipócritas, a los que Jesús llamó «la levadura de los fariseos».

Se abre ahora una instrucción que tiene la intención de que los discípulos pongan los pies en la tierra y aprendan a ubicarse con los criterios del Reino en las situaciones de conflicto, el telón de fondo de esta enseñanza no puede ser otro que el de la Pasión de Jesús y sus consecuencias.

El texto

El texto que leemos está escrito en términos paradójicos, el evangelista utiliza la paradoja como medio para acercarnos a una realidad compleja controvertida; recordemos que esta figura retórica consiste en la utilización de expresiones que envuelven una contradicción y que lo que afirma parece contrario a la lógica; ejemplo de paradojas son: preparar la paz con la guerra o caminar despacio cuando se va deprisa.

Entre destinatarios del evangelio los hay de origen pagano y de origen judío; viven su fe en medio de la violencia de las persecuciones y de las tensiones internas de la comunidad, comenzando por las que se viven en el seno de la propia familia.

El evangelista presenta a Jesús hablando a sus discípulos de su propia vocación, proyectando inmediatamente su experiencia personal sobre sus seguidores: el destino del discípulo está profundamente unido al del Maestro. El sentido de la vida de Jesús determina el sentido de la vida de sus discípulos.

Dos imágenes

Leemos en nuestro texto: «He venido a traer fuego a la tierra y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo ¡y cómo me angustio mientras llega

Jesús percibe su misión y su destino a partir de dos imágenes contrapuestas: fuego y agua.

Fuego

Jesús compara su venida a la tierra como un fuego que se expande a toda velocidad por un campo semiárido. Probablemente se está refiriendo a un fuego purificador de la humanidad y que es símbolo del juicio de Dios, como aquel fuego que el profeta Elías hizo caer sobre el monte Carmelo que debía llevar al auditorio a elegir entre Baal o Yahvé (ver 1 Reyes 18,21).

Jesús simboliza su mensaje con la imagen del fuego; con ello indica que la proclamación del Reino, con palabras y obras, coloca a sus discípulos y a todas las personas ante su propia verdad profunda, invitándoles a  un cambio radical; el fuego es símbolo del Espíritu que separa el bien del mal, la verdad de la mentira, que acrisola lo bueno y pone al descubierto la escoria de las personas y de la sociedad.

Agua

Jesús será sumergido en las aguas profundas -un bautismo- de la muerte. De esta forma se refiere a su pasión. Cuando Él dice «¡y cómo me angustio mientras llega!», no está diciendo que se quiera morir rápido, sino que su mayor deseo en la vida es llevar a cabo el destino que el Padre le asignó.

Jesús se vio alcanzado por el movimiento espiritual que provocó, y él mismo fue la primera víctima de la fidelidad a su mensaje. Conmueve verle expresar los sentimientos que le embargan ante la misión recibida y ante las consecuencias que ésta tiene sobre su persona. Vemos a un Jesús ardoroso y combativo y, a la vez, angustiado e impaciente ante lo que prevé se le avecina.

¿Dónde quedó el mensaje de la paz?

Leemos en nuestro texto: «¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división.» De manera directa, Jesús proyecta sobre los discípulos las consecuencias de la misión que Él mismo vivirá.

Jesús es mensajero de la paz, pero no de una paz superficial y formal que esconde turbulencias subterráneas, sino de una paz profunda y definitiva. La paz que proclama no es la simple ausencia de conflictos sino la armonía relacional con Dios, con la creación y con las personas y que implica justicia y respeto a los derechos de los más indefensos.

El discípulo también está llamado a ser mensajero de paz, quedó claro en las instrucciones para la misión que ya leímos, sin embargo, no puede perder de perspectiva que su identificación con el Señor hará que su situación personal sea más bien la del conflicto. El conflicto de incomprensión entre aquellos que ya viven la vida nueva y los que todavía no han dado el paso de conversión. Como su Maestro, ellos serán “signo de contradicción”.

Proclamar la paz del Reino encuentra la oposición de quienes se benefician de un orden social injusto. El egoísmo rechaza la fraternidad y niega la condición de hijas e hijos de Dios de todas las personas. Jesús recuerda a sus discípulos que su mensaje es de paz, y que precisamente por ello, sufrirá el «bautismo de fuego», será sumergido en el dolor y en la muerte. Esto no es buscado sino aceptado, es el precio que debe pagar y ello le angustia desde ahora.

La paz es fruto del amor, resultado de una comunión auténtica que elimina las causas de la división y el maltrato entre las personas. Señalar las razones de la falta de fraternidad y de justicia les parecerá a algunos querer provocar divisiones. Hay quienes, en efecto prefieren no ver de dónde vienen los males, porque eso cuestionaría sus privilegios. Jesús es consciente de que su anuncio del reino desvela una realidad en la que, desgraciadamente, las divisiones están ya presentes. Busca eliminarlas yendo a su causa: la falta de amor concreto y comprometido.

Una nueva visión de las situaciones de conflicto

Existe una concepción de la fe cristiana en la que se habla mucho de las dulces y pacificadoras palabras de Jesús; en la que se piensa que su mensaje es contrario al conflicto; en la que el mismo Jesús es presentado siempre envuelto en un halo de bondad. Y así hay cristianos que sueñan ingenuamente con un mundo idílico en el que puedan ir de la mano opresores conscientes y oprimidos sin esperanza, vividores empedernidos y víctimas inocentes.

Sin embargo, el mensaje de Jesús no da pie para ello. Los versículos que consideramos este domingo nos hablan de un Jesús que crea división con sus hechos y sus palabras. Su mensaje es como una espada tajante que se introduce hasta en lo que la sociedad considera más sagrado: en la familia. Pone a todos en tensión, provoca a los bien pensantes y rompe falsas unidades y paces porque anuncia y trae un cambio de situación. Por eso, Jesús suscita, al mismo tiempo, simpatías profundas y movimientos de viva oposición, y esto tanto entre los ricos como entre los pobres

El reino de Dios no viene sin oposición. No sería así, si fuera sólo para el otro mundo, si fuera sólo cuestión de ideas y sentimientos, si fuera sólo algo personal y privado. Pero el reino de Dios tiene que ver con esta sociedad, con sus estructuras de opresión e injusticia, con la riqueza y la pobreza, con la paz y la guerra, con el hambre y el confort, con la vida y la muerte. Por eso, anunciarlo y construirlo provoca conflicto y división. Unos a favor y otros en contra.

Esto ya lo experimentaron los primeros cristianos. El texto que leemos no es sólo un anuncio. Cuando se escribió, ellos ya habían sufrido la división, incluso entre los seres más queridos. La división se hizo pronto persecución en muchas comunidades. Hoy, nosotros, rara vez padecemos divisiones, menos aún persecuciones. Hemos hecho del evangelio un libro de ética personal y nos esforzamos por llegar a todo mal que bien. Justificamos nuestra actitud, nuestra situación, nuestras decisiones. Nos hemos hecho más cautos, más «sabios» … no queremos sorpresas inoportunas. Lo del reino de Dios y sus divisiones y conflictos lo olvidamos hace tiempo. Somos más prudentes …

 

[1] F. Oñoro, El Bautismo de Fuego de Jesús, Lectio Divina Lucas 12,49-53, CELAM/CEBIPAL F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 291-293.