Ecos de la Palabra

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¿De dónde ha sacado éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos?

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rechazo 

Tiempo Ordinario

Viernes de la XVII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (13, 54-58)

En aquel tiempo, Jesús llegó a su tierra y se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal forma, que todos estaban asombrados y se preguntaban: “¿De dónde ha sacado éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos? ¿Acaso no es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama María su madre y no son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Qué no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde, pues, ha sacado todas estas cosas?” Y se negaban a creer en él.

Entonces, Jesús les dijo: “Un profeta no es despreciado más que en su patria y en su casa”. Y no hizo muchos milagros allí por la incredulidad de ellos. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Con el texto del evangelio que leemos hoy, comenzamos una nueva etapa en nuestro caminar de la mano del Evangelio de Mateo. Una vez que se ha expuesto cuál es la nueva visión que caracteriza a un discípulo de Jesús, éste es interrogado por su experiencia de fe.

Los próximos días, mientras leemos los siguientes cuatro capítulos de este evangelio encontraremos una serie de cuadros evangélicos en los que podemos confrontarnos sobre cómo es nuestra relación con Jesús.

El primer cuadro es el de la falta de fe en Jesús. El escenario su pueblo. Los protagonistas, sus paisanos que “se negaban a creer en él.” Es interesante notar que en la actitud de la gente se da un vuelco radical: al principio «todos estaban asombrados» después murmuraban y no creían.

Quienes viven este cambio de actitud ante Jesús no son las personas lejanas, los pecadores, los paganos, etc., sino precisamente aquellas personas que más estaban familiarizadas con el Señor: lo conocían desde niño en la pequeña aldea de Nazareth, allí no era ningún extraño, incluso se podía identificar bien a cada uno de los de su familia.

¿Cuál es el escándalo que cierra el corazón a la fe entre las personas más cercanas a Jesús? Está en ver en Jesús nada más que un hombre, una persona común y corriente, y por lo tanto un encantador que ofrece cosas que sería incapaz de realizar.

¿Por qué sucede esto? Es lo que se podría llamar el “escándalo de la encarnación”: la humanidad plena de Jesús puede llevar a familiarizarse tanto con Él de manera que, “ya no dice nada”, es decir, no consigue penetrar el misterio de su persona.  La familiaridad excesiva lleva a la rutina, la rutina a la superficialidad en el trato, la superficialidad a las resistencias ante la novedad del otro y, entonces, la resistencia cierra a la fe.

Es lo mismo que nos sucede con alguna frecuencia en las relaciones humanas: ponemos “etiquetas” a las personas y les negamos la oportunidad de mostrarnos algo novedoso de sí mismas. En la vida espiritual esto es peor ya que con Dios corremos el riesgo de caer en la actitud de la gente de Nazareth, esto es, caer en la rutina espiritual, perder el encanto y el sabor de los ‘cosas’ del Señor que son siempre novedosas, porque su misterio es sorprendente.

La fe supone fascinación por Dios que se descubre y se expresa en la apertura a la novedad que siempre está por revelarse. Si queremos conocer a Jesús es necesario que nos dejemos sorprender y que la maravilla que nos causan sus palabras y sus obras sea la pista para descubrir su verdadero origen en Dios y el gran valor de la obra que quiere realizar entre nosotros permanentemente.

Esta apertura de la fe es condición para que su actuar tenga efecto en y entre nosotros.  Digámosle hoy a Jesús: “Que todo mi ser se abra más a ti, Señor, para que tú obres más en mi”.

 

La incredulidad de la gente de Nazaret

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Tiempo Ordinario

Viernes de la XVII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (13, 54-58)

En aquel tiempo, Jesús llegó a su tierra y se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal forma, que todos estaban asombrados y se preguntaban: “¿De dónde ha sacado éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos? ¿Acaso no es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama María su madre y no son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Qué no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde, pues, ha sacado todas estas cosas?” Y se negaban a creer en él.

Entonces, Jesús les dijo: “Un profeta no es despreciado más que en su patria y en su casa”. Y no hizo muchos milagros allí por la incredulidad de ellos. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús vuelve a Nazaret, a su «patria», entre los «suyos». Los habitantes de Nazaret conocían bien a Jesús: lo habían visto crecer, habían jugado con él, habían estado con él en la sinagoga. Ahora vuelve a estar entre ellos.

Jesús no se presenta como otro hombre, no asume otras apariencias. Continúa siendo el mismo, pero con una sabiduría que los suyos no logran entender y que les escandaliza. La reacción de los habitantes de Nazaret -reacción del miedo, de la costumbre, del conformismo, de la superficialidad- es profundamente triste: cada cual es lo que es, nadie puede cambiar de verdad; si siempre somos iguales, ¡es inútil soñar!

Pueden cambiar algunos rasgos, las apariencias, pero al final ¡uno es siempre igual! La consecuencia es que nunca se puede hacer nada, no vale la pena. Es la sabiduría resignada y realista de este mundo: la gente cree saberlo todo, pero no conoce el amor, el corazón, la vida.

Estamos informados de todo lo que pasa en el mundo; tenemos noticias en directo, pero no entendemos con el corazón, sabemos amar poco y al final todo es igual a lo poco que ya conocemos.

Los que de verdad conocen a Jesús son los pobres, los pecadores, aquellos que confían en él, que necesitan ser amados, que no hacen de la desconfianza la verdad, que no se creen justos. Los pequeños -y todos estamos llamados a volvemos pequeños- comprenden quién es Jesús. ¡Cuántas veces somos como los habitantes de Nazaret! ¡Es nuestro corazón, el que es siempre igual, no Jesús! ¡Al Señor no se le conoce de una vez por todas! Si lo escuchamos con el corazón nos revelará, en las distintas épocas de nuestra vida, el misterio siempre nuevo de su amor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 300-301.