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El sembrador de la buena semilla es el Hijo del hombre

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trigo y cizaña 2 Tiempo Ordinario

Martes de la XVII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (13, 36-43)

En aquel tiempo, Jesús despidió a la multitud y se fue a su casa.

Entonces se le acercaron sus discípulos y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo”.

Jesús les contestó: “El sembrador de la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del demonio; el enemigo que la siembra es el demonio; el tiempo de la cosecha es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles.

Y así como recogen la cizaña y la queman en el fuego, así sucederá al fin del mundo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados, y los arrojen en el horno encendido.

Allí será el llanto y la desesperación.

Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

En el evangelio de hoy, encontramos la explicación de la parábola del trigo y la cizaña.

Jesús usa la imagen del campo para explicar tanto la presencia del bien como la del mal en el mundo y para ilustrar cómo esas fuerzas se manifestarán al final de los tiempos.

La buena semilla es plantada por Jesús, quien por su luz y amor nos ayuda a crecer y a florecer, de manera que podamos producir una buena cosecha y brillar como el sol en el reino celestial.

Jesús explica a los discípulos que la semilla buena y la cizaña crecen juntas y se separan en la cosecha. La semilla buena sirve para la vida, la semilla mala la destruye. Al discípulo toca discernir antes de juzgar y decidirse a ser semilla buena y no cizaña.

En cada uno de nosotros las fortalezas y debilidades de nuestra personalidad están juntas, así como nuestras bondades y flaquezas. Dios nos ve completos, como somos y así nos acepta; mira el campo total y, por supuesto, espera cosechar la semilla buena.

En los evangelios la imagen predominante de Dios que Jesús nos muestra es la de la misericordia, que no nos rechaza por nuestra debilidad o pecado, por el contrario, se acerca, ve la bondad de nuestro corazón y viene a nuestro encuentro, como el padre del hijo pródigo.

En nuestra oración, ofrezcamos a Dios el bien qué hay en nosotros y el bien que hacemos a los demás  para que lo fortalezca; presentémosle también lo que es débil y frágil para que lo sane.

Demos gracias por los frutos de la fe y por la bondad que Jesús infunde en nuestrai vida. Reconozcamos en su presencia cualquier debilidad que nos impida florecer como hijos o hijas de Dios, y a la luz de su gran amor por nosotros pidámosle que nos perdone.

 

 

Explícanos la parábola de la cizaña

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espigadores.jpgTiempo Ordinario

Martes de la XVII semana

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (13, 36-43)

En aquel tiempo, Jesús despidió a la multitud y se fue a su casa.

Entonces se le acercaron sus discípulos y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo”.

Jesús les contestó: “El sembrador de la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del demonio; el enemigo que la siembra es el demonio; el tiempo de la cosecha es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles.

Y así como recogen la cizaña y la queman en el fuego, así sucederá al fin del mundo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados, y los arrojen en el horno encendido.

Allí será el llanto y la desesperación.

Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los discípulos le piden a Jesús que les explique la parábola de la cizaña. Hay momentos de intimidad entre Jesús y los discípulos en los que es más fácil pedir y sincerarse. Podemos comparar estos momentos a los que toda comunidad vive cuando se reúne para la oración común. Jesús está presente allí donde se reúnen dos o tres en su nombre. Escuchar en común la Palabra de Dios tiene un valor y una gracia particulares, que provienen de su presencia.

Jesús, tras reunir a los discípulos, les explica la parábola casi palabra a palabra, imagen a imagen, para que no quede nada oscuro. Es aquella relación de amistad que destaca sobre todo Juan cuando, por ejemplo, Jesús dice a los discípulos: «No los llamo ya siervos … porque todo lo que he oído a mi Padre se los he dado a conocer» (Jn 15, 15).

La amistad con Jesús permite entrar de manera profunda en el sentido del Evangelio. Él mismo explica a los discípulos que la semilla buena y la cizaña crecen juntas. No hay campos separados, como en una división maniquea: los buenos a un lado y los malos, al otro. La cizaña, el mal, está presente en el mundo y en el corazón de los creyentes, así como en la misma comunidad de discípulos.

El bien y el mal viven en todos los pueblos, en todas las culturas, en todas las comunidades, en todos los corazones. Y mientras que a lo largo de la historia hay el momento de la paciencia, cuando llegue el fin de la historia habrá la siega, el tiempo del juicio y de la separación. En el corazón del Señor siempre hay esperanza de que la cizaña se pueda transformar en trigo, y todos somos responsables de eso.

Es necesario que los creyentes se comprometan a cambiar aquella cizaña que hay en ellos, y a transformar la que hay en el corazón de los demás.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 297-298.