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El Padre nuestro: una escuela de oración

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Tiempo Ordinario

Domingo de la XVII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (11, 1-13)

Un día, Jesús estaba orando y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”.

Entonces Jesús les dijo: “Cuando oren, digan: ‘Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas, puesto que también nosotros perdonamos a todo aquel que nos ofende, y no nos dejes caer en tentación’ ”.

También les dijo: “Supongan que alguno de ustedes tiene un amigo que viene a medianoche a decirle: ‘Préstame, por favor, tres panes, pues un amigo mío ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle’. Pero él le responde desde dentro: ‘No me molestes. No puedo levantarme a dártelos, porque la puerta ya está cerrada y mis hijos y yo estamos acostados’. Si el otro sigue tocando, yo les aseguro que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su molesta insistencia, sí se levantará y le dará cuanto necesite.

Así también les digo a ustedes: Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá. Porque quien pide, recibe; quien busca, encuentra, y al que toca, se le abre. ¿Habrá entre ustedes algún padre que, cuando su hijo le pida pan, le dé una piedra? ¿O cuando le pida pescado le dé una víbora? ¿O cuando le pida huevo, le dé un alacrán? Pues, si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos,

¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este domingo, el evangelio de Lucas nos presenta el tercer distintivo de los discípulos misioneros de Jesús, hasta ahora hemos considerado la misericordia y la escucha, el turno es de la oración. El discípulo es una persona orante al estilo de Jesús. El evangelista san Lucas recoge nos permite detenernos a considerar el talante, el estilo, la forma y el espíritu que debe impregnar la oración del cristiano.

La página que leemos este domingo es una catequesis sobre la oración cristiana; de manera persona y comunitaria, los discípulos tienen necesidad de orar, en su forma de dirigirse a Dios y en el efecto que la oración tiene en sus vidas expresan también la alegría del evangelio.

Señor enséñanos a orar

Lucas insiste en la oración de Jesús; en su evangelio encontramos distintas alusiones a ella; la que hacía en los momentos más solemnes, los de las grandes decisiones o los de las grandes pruebas, y también la cotidiana, porque orar, formaba parte del estilo de vida ordinario del Señor.

Su oración debía ser muy atractiva; no era ajeno a los discípulos el tiempo que dedicaba y el efecto que la oración tenia en su vida; por ello querían aprender a orar. Leemos en nuestro texto, que los discípulos dijeron: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos»; ¿qué significaban estas palabras? Pensemos en dos posibles respuestas: los apóstoles querían aprender orar al estilo de Juan, de la misma manera que el Bautista había enseñado a sus seguidores o bien, querían que Jesús les enseñara a orar como él oraba, para identificarse también con Él en el estilo de oración.

Orar como los discípulos de Juan

Es posible que los discípulos quisieran tener formas de orar parecidas a las de Juan Bautista; el movimiento espiritual que había suscitado su predicación había calado hondo, era recordado como un hombre de Dios y sus seguidores habían aprendido de Él a dirigirse a Dios. Los discípulos de Jesús parecen querer formas ritualizadas, que den solidez e identidad al grupo que se esta formando; ellos saben que Jesús ora, pero el Maestro busca momentos y lugares solitarios para hacerlo; saben poco de la oración de Jesús, por ello es probable que quieran aprender formas de oración como las que Juan enseñó a sus discípulos.

La novedad es que Jesús no les enseña una oración ritualizada, sino una oración personal, llena de confianza y de compromiso personal; una oración en la que el orante se pierde en la multitud de los que repiten las mismas palabras, sino que en primera persona, se dirige a Dios como un hijo le habla a su padre. Jesús inicia una nueva escuela, propone una forma de orar novedosa.

Recordemos algunos detalles de como era la oración judía oficial, para apreciar la novedad que introduce Jesús. Primero, ésta, se realizaba en el templo, el lugar de Dios por excelencia; Jesús enseña a los suyos a convertir el lugar en el que se encuentran en lugar adecuado para la oración. Segundo, la religión judía, al igual que las demás religiones, en su oración se dirigían a un Dios lejano al que trataban de aplacar; Jesús sustituye el temor por el amor y la lejanía en cercanía. Tercero, la oración judía se basaba en la repetición de fórmulas que había que aprenderse de memoria, la oración de Jesús expresa una actitud, un estilo de vida que se identifica con el proyecto de Dios. Cuarto, los judíos no pronuncian el nombre de Dios, YHWH es un tetragrama sagrado impronunciable, se dirigen a él refiriéndose al cielo, a las alturas, o a través de imágenes, la oración de Jesús invoca a Dios como Padre, con lo que resume la certeza de la cercanía de Dios, la convicción de su amor y fidelidad y la confianza y compromiso.

Orar como Jesús

La otra posibilidad es que Jesús le enseñara a orar como él oraba, para identificarse también con Él en el estilo de oración, así lo había hecho Juan con los suyos. Los discípulos quieren sentir lo que Jesús sentía, repetir lo que decía, tomar la postura física que él tomaba, descubrir los lugares apropiados como Él lo hacía, pero sobre todo, salir de la oración como él salía. Dice nuestro texto que la petición la hicieron un día que “Jesús estaba orando y cuando terminó…» ¿Cómo veían a Jesús al término de su oración?

Cuando oren, digan: Abba, Papá

Dirigirse a Dios como Abbá, utilizando el diminutivo cariñoso para decir Padre, era revolucionario; no tiene precedentes en el Antiguo Testamento, ni siquiera cuando relata la historia de los grandes amigos de Dios como Abraham y Moisés.

Como decíamos, la gente no llamaba a Dios por su nombre propio, utilizaba nombres sustitutos, como “Adonaí”; pretendían mostrar hasta en la forma de invocarlo un gran respeto a Dios. Pero Jesús se dirige a Él de manera diferente, se presenta como un pequeño, como un hijo que ama y se sabe amado.

Con esta palabra, que encierra una actitud para ponerse en la presencia de Dios, Jesús derriba cualquier barrera en el trato con Dios. No hay lejanía entre Dios y las personas, cada uno se puede dirigir a Él, directamente, sin intermediarios.

En la palabra Abba (papito), Jesús nos hace conocer el misterio de Dios y el misterio de su persona. Por una parte, la confianza e intimidad que el Hijo siente por el Padre y por otra, la ternura protectora del Padre hacia cada uno de sus hijos.

Ahora, lo discípulos pueden orar como Jesús; a la petición que le hicieron, Él respondió enseñándoles a orar como el lo hace, invitándoles a experimentar la cercanía del Padre que hace se presente con todo su amor y colmando a los discípulos del don del Espíritu Santo: «¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?»

En la oración al estilo de Jesús la causa de Dios y la del hombre van de la mano

Ahora, los discípulos pueden orar como Jesús; a la petición que le hicieron, Él respondió enseñándoles a orar como el lo hace, invitándoles a experimentar la cercanía del Padre que hace se presente con todo su amor y colmando a los discípulos del don del Espíritu Santo.

La forma de orar que Jesús enseña a sus discípulos los acerca a Dios; les hace tomar que Él siempre está ahí, que no es distante sino cercano. No es una oración individualista, concentrada en las necesidades del orante; el Padre Nuestro articula el TU de Dios y el NOSOTROS de la humanidad, haciéndonos pasar de la alianza con Dios como compromiso que somete a la Alianza con Dios como experiencia de amor que libera.

La primera parte del Padre Nuestro hace referencia a la causa de Dios; la segunda parte se refiere a la causa del hombre. Entre ambas constituyen la única oración de Jesús, la verdadera oración cristiana. En primer lugar, Jesús nos enseña a confesar la fidelidad de Dios y a reconocer su amor condicional pidiendo la santificación de su nombre, es decir, que este sea reconocido, honrado y glorificado por todos; a suplicar por el advenimiento de su reino de amor y de justicia y el cumplimento de su voluntad, que todos lo reconozcan como Padre y le den el obsequio de la obediencia.

En segundo lugar, Jesús nos enseña a presentar a Dios la causa de la humanidad. El orante pasa del reconocimiento de Dios al reconocimiento de la condición humana  y a la conciencia de lo que es esencial para, conforme la voluntad de Dios, todas las dimensiones de su existencia: la vida corporal: «danos hoy nuestro pan de cada día»; las relaciones fraternas «perdona nuestras ofensas, puesto que también nosotros perdonamos a todo aquel que nos ofende» y el triunfo sobre el ego: «no nos dejes caer en tentación».

El Padrenuestro tiene que ver con todas las grandes cuestiones de la existencia personal y social del ser humano de todos los tiempos. El centro lo ocupa Dios juntamente con el hombre necesitado. Es una hermosa lección: hay que ensanchar la mente y el corazón más allá de nuestro pequeño horizonte. Cuando la pasión por Dios se articula con la pasión por el hombre, cuando la pasión por el cielo se une a la pasión por la tierra el Padrenuestro se nos revela como la oración de la revelación integral, como la oración de los hijos de Dios.

Insistencia en la oración

La segunda parte de nuestro texto nos presenta una parábola; en ella se compara a Dios con un amigo a quien otro amigo acude de noche, en hora inoportuna a pedir unos panes; por la insistencia del amigo, el que ya esta recogido en su casa, terminará dándoselos. También Dios, dice Jesús, hará lo mismo.

Por ello, hay que «pedir», «buscar», «llamar», con la seguridad de que «se recibe lo que se pide», «se encuentra lo que se busca» y «se abren las puertas cuando se llama». Esta triple insistencia implica una confianza y búsqueda total.

A continuación Jesús pone una serie de ejemplos, sacados de la vida cotidiana, para remachar la bondad y el amor de Dios, que es el fundamento de la oración. Y concluye con una frase lapidaria: «si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?». En el pasaje paralelo, Mateo dice que  al orante se le darán cosas buenas, Lucas explicita que el don por excelencia es el «Espíritu Santo», o sea, lo mejor de Dios. La oración al estilo de Jesús nos llena de su Espíritu Santo.

¿Cómo es nuestra oración?

A la luz de este texto, es conveniente que revisemos ¿cómo es nuestra oración? Sin darnos cuenta vamos llenando nuestra vida de cosas, actividades, preocupaciones que se constituyen en el mejor pretexto para evadirnos calladamente de Dios. Si se trata de orar, de escuchar su Palabra, de acudir a la oración dominical, no es raro que tengamos otra cosa más importante que hacer, algo más urgente o más útil. ¿Cómo ponernos a orar cuando tenemos tantas cosas que nos ocupan y distraen?

Sin embargo, ¡necesitamos orar! No es posible vivir nuestra fe cristiana y nuestra vocación humana sin orar. A orar sólo se puede aprender desde la necesidad, desde el descubrimiento del amor y la fidelidad de Dios, pues la experiencia nos dice que nosotros no somos fieles. Ese Dios que nos es fiel no suprime nuestros sufrimientos, ni resuelve nuestros problemas, pero la oración si nos puede ofrecer la paz y la luz que necesitamos para situar las cosas en sus verdaderas dimensiones y dar a nuestra vida su verdadero sentido. Ahora bien, Dios no es una conquista sino un regalo. «Quien pide, recibe; quien busca, encuentra, y al que toca, se le abre».

 

 

[1] F.Oñoro. Señor enséñanos a orar. Pistas para la Lectio Divina. CELAM/CEBIPAL, F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 274-276.

Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió (Jn 6,1-15)

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XVII Domingo Tiempo Ordinario

Este domingo inicia un gran paréntesis de la lectura continúa del evangelio según san Marcos para leer, durante 6 Domingos, el Discurso del Pan de Vida del capítulo 6 del evangelio según San Juan. Hoy leeremos los primeros 15 versículos de los 71 que forman este capítulo.

El contexto

La escena inicia en continuidad perfecta con la contemplación del Domingo pasado. Dejamos a Jesús rodeado de la multitud que lo seguía y que esperaba de él la manifestación del poder de Dios como remedio de sus necesidades. Ahora la escena se ubica después de la curación del paralítico en la piscina de Betesda que es el tercer signo de los siete que presenta el evangelio de Juan.

 La multiplicación de los panes es el cuarto signo revelador de la identidad del Señor y de su obra en el mundo. Los personajes son Jesús, los discípulos que lo rodean y la multitud que lo seguía por la fascinación que producen sus milagros.

La escena se desarrolla en la inmediaciones del mar “de Tiberiades”, entre el mar y la montaña, en torno a los días cercanos a la Pascua, la fiesta de los judíos. Esta circunstancia temporal nos ofrece la ruta que podemos seguir para la comprensión del signo. La multiplicación de los panes es don pascual de la vida de Jesús en la cruz.

Las palabras

El diálogo inicia con una mirada. Jesús levanta los ojos y ve una multitud que lo busca; alcanza a captar en ellos una necesidad profunda. Toma la iniciativa. Ve el problema y propone la solución: darles de comer. ¿De dónde? La pregunta se la hace a Felipe. A primera vista parece que el problema es encontrar un lugar en el que se pueda conseguir alimento; considerada con detenimiento la pregunta expresa una preocupación más profunda ¿De dónde sacaremos vida para satisfacer las necesidades profundas de esta multitud?

La pregunta parece evaluar o medir en Felipe hasta dónde llega su fe de discípulo y su comprensión del misterio de Jesús. A la pregunta se dan dos respuestas insuficientes. Para Felipe es algo imposible. Doscientos denarios, lo equivalente a un año de salario, no sería suficiente. Ciertamente, con los medios humanos es imposible satisfacer las necesidades profundas de las personas.

La segunda respuesta es la de Andrés. Abre un camino de solución aludiendo a los panes y los peces que un joven lleva consigo, pero ¿qué es eso para tantos? En efecto, hay una gran desproporción entre el alimento disponible y la multitud hambrienta. Aquí está la enseñanza. Jesús parte de lo poco, que entregado con generosidad se hace suficiente.

La enseñanza es clara. Hay una gran diferencia en la vida que se consigue con el propio esfuerzo y la que se recibe como don. La vida plena es don y hay que saber acogerla. Este es el tema que desarrollará el discurso del Pan de Vida: dar vida desde el don de la vida.

Los signos

Lo poco que se pone en manos de Jesús se multiplica. Jesús manda que la gente se siente, toma el pan y ora dando gracias y lo reparte entre todos.

Haciendo sentar a la gente Jesús da forma a la multitud, transformando  la masa en comunidad. Con el gesto de tomar el pan y dar gracias se asume como quien preside la mesa de la comunidad y al mismo tiempo se hace servidor de todos poniendo el pan y el pescado en la mano de los comensales. El alimento se recibe de manos de Jesús.

La enseñanza

La gente quedó satisfecha. En ello encontramos un signo de la vida en abundancia que Jesús da a la humanidad. Esta abundancia es expresión de la generosidad de Dios y de la plenitud hacia la cual Dios quiere conducir a cada ser humano. La abundancia no es sólo cuestión de cantidad, sino ante todo, de calidad. La abundancia es para todos. No sólo para los presentes, sino también para los ausentes, por ello nada se debe desperdiciar.

No se trata sólo de no desperdiciar comida, se trata también de reunir, de congregar. De formar, con los que se han alimentado de un mismo pan, un solo cuerpo para la vida del mundo; un solo cuerpo en el que nadie se pierda, en el que todos se vean preservados de la maldad humana que destruye, disgrega y aniquila.

Las reacciones

El signo de la comida abundante rebasa toda expectativa. La gente se entusiasma con Jesús. Le dan sentido al signo diciendo «este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». La multitud cree haber encontrado al líder que el pueblo necesitaba y que les aseguraría el bienestar completo. Jesús les recuerda a Moisés, que les dio el maná, el pan del cielo en el desierto y por la fuerza quieren hacerlo rey.

La indicación del evangelista «por la fuerza» indica un acto de violencia. Jesús no se deja imponer ningún rol del que se aprovechen otras personas. Se retira y se va sólo a la montaña. Se esconde de la gente.

La gente no lo entendió. El milagro era un signo. Jesús ha demostrado que tiene el poder de vivificar. Su poder es en beneficio de todos, en todos los tiempos y lugares y no de unos cuantos. Hacerlo rey reduciría el sentido de su misión, por eso Jesús huye y el relato termina donde comenzó: en la montaña, en soledad, en oración con Dios. Ni siquiera sus discípulos lo entendieron.

Jesús no se dejó encasillar en las expectativas de la multitud, con toda claridad les habló de lo que Él podía ofrecerles. Jesús no tiene como criterio el éxito numérico o “político” de su apostolado sino la fidelidad a la misión que recibió del Padre.