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Los fariseos se confabularon contra Jesús para acabar con él

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siervo dolienteTiempo Ordinario

Sábado de la XV semana

Textos

†Del evangelio según san Mateo (12, 14-21)

En aquel tiempo, los fariseos se confabularon contra Jesús para acabar con él. Al saberlo, Jesús se retiró de ahí. Muchos lo siguieron y él curó a todos los enfermos y les mandó enérgicamente que no lo publicaran, para que se cumplieran las palabras del profeta Isaías: Miren a mi siervo, a quien sostengo; a mi elegido, en quien tengo mis complacencias.

En él he puesto mi Espíritu, para que haga brillar la justicia sobre las naciones. No gritará ni clamará, no hará oír su voz en las plazas, no romperá la caña resquebrajada, ni apagará la mecha que aún humea, hasta que haga triunfar la justicia sobre la tierra; y en él pondrán todas las naciones su esperanza. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

En el evangelio de hoy podemos apreciar que la posición que Jesús asumió respecto a la observancia del sábado le trajo la persecución: «los fariseos se confabularon contra Jesús para acabar con él».

Pero esta amenaza no lo calla. Jesús da testimonio de lo que ya había enseñado en el discurso misionero: «cuando los persigan en un ciudad huyan a otra»; por ello«se retiró de allí». Jesús no ofreció ninguna resistencia a la hostilidad de los fariseos, ni les devolvió mal por mal; por el contrario, sigue adelante con su misión, «muchos lo siguieron y él curó a todos los enfermos».

Jesús no buscaba la controversia ni la confrontación, por eso a los que fueron curados «les mandó enérgicamente que no lo publicaran»; los milagros no son suficientes para sacar conclusiones inmediatas acerca de su identidad; es Dios quien en su Palabra aclarará quién es Jesús.

Por ello san Mateo, ofrece un texto de Isaías, el gran cántico del Siervo de Yahvé, en el que el Siervo toma conciencia de vocación. A contraluz de este texto, el evangelista interpreta la identidad y el sentido de la misión de Jesús, el porqué y para qué de ella, así como el estilo particular caracterizado por la misericordia.

Meditando este pasaje al tiempo que se colocan al frente las eventualidades del ministerio de Jesús, los discípulos van comprendiendo a fondo la verdadera identidad de Jesús y lo que va implicar para ellos el seguimiento.

A la luz de este Cántico de Isaías, podemos decir que Jesús es el Siervo, es el Elegido, el Amado, es Complacencia de Dios, Ungido por el Espíritu, y proclamador de la justicia de Dios a todas las naciones; sin embargo, lo más sorprendente es su mansedumbre; con esto marca la diferencia respecto al mesías que algunos judíos esperaban.

No es amigo de peleas: «no hará oír su voz en las plazas»; habla con suavidad: «no gritará ni clamará» hace lo posible por no hacer daño a quien es frágil o está convaleciente: «no romperá la caña resquebrajada» y respeta los pequeños signos de vitalidad que encuentra: «ni apagará la mecha que aún humea».

La misión de Jesús, a pesar del escándalo de los fariseos, proviene de Dios. Su estilo misionero había sido profetizado por Isaías. No queda ahora sino seguir leyendo el cumplimiento de la Palabra en cada una de sus acciones, guiados por las claves que el profeta Isaías nos ha dado

Miren a mi siervo… en quien tengo mis complacencias

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Sábado de la XV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (12, 14-21)

En aquel tiempo, los fariseos se confabularon contra Jesús para acabar con él. Al saberlo, Jesús se retiró de ahí. Muchos lo siguieron y él curó a todos los enfermos y les mandó enérgicamente que no lo publicaran, para que se cumplieran las palabras del profeta Isaías: Miren a mi siervo, a quien sostengo; a mi elegido, en quien tengo mis complacencias. En él he puesto mi Espíritu, para que haga brillar la justicia sobre las naciones. No gritará ni clamará, no hará oír su voz en las plazas, no romperá la caña resquebrajada, ni apagará la mecha que aún humea, hasta que haga triunfar la justicia sobre la tierra; y en él pondrán todas las naciones su esperanza. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús acaba de curar en la sinagoga-en sábado- a un hombre con la mano paralizada. Los fariseos ya no tienen ninguna duda y se reúnen para preparar un plan que lleve a la muerte de Jesús. Quieren hacerlo callar a toda costa. Jesús se da cuenta y se aleja retirándose a un lugar apartado. No es para estar tranquilo. Tan es así, que cura a todos los enfermos que le llevan. Pero no quiere hacerse ver.

No ha venido entre los hombres para que le alaben y le admiren, como a veces los discípulos están tentados de hacer, siguiendo, en esto, la actitud de los fariseos. Y con una larga cita de Isaías se presenta como «siervo», un siervo bueno, humilde, manso; no como un hombre fuerte o un poderoso al estilo de los poderosos de este mundo.

La verdadera identidad de Jesús y, por consiguiente, del cristiano es la que evitan los hombres, porque la consideran no adecuada, condenada al fracaso. Con todo, el más grande se hace siervo, porque solo así la vida de los hombres tiene sentido y futuro. Solo aprendiendo a dar, a pensar en los demás, a no tener miedo de amar encontramos nuestro yo.

Jesús, de hecho no emprende acciones políticas o empresas económicas para salvar al mundo del mal. Su compromiso es mucho más profundo: hay que arrancar desde lo más profundo, desde sus raíces que se clavan en el corazón de los hombres. Por eso afirma que «no gritará ni clamará», y que «no romperá la caña resquebrajada, ni apagará la mecha que aún humea». Solo haciéndonos siervos amamos al otro. Ese es el camino de la humildad.

El camino del servicio nos hace útiles, nos hace mejores, fortalece nuestras debilidades, nos hace descubrir siempre lo que hay de hermoso en nuestro prójimo. Por eso el camino del Siervo es el mismo camino de Dios, el de rebajarse por un amor que llega incluso a lavar los pies, a morir para salvar a los demás.

Es el camino que Jesús indica a los discípulos de todos los tiempos. Es el camino que llega hasta el corazón, para cambiarlo, para curarlo, para sanarlo. El mundo empieza a cambiar cuando el corazón empieza a cambiar. La Iglesia y los cristianos están llamados a trabajar teniendo eso en cuenta.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 287.