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¿Y quién es mi prójimo?

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buen samaritano.jpgTiempo Ordinario

Domingo de la XV semana

Ciclo C

Textos

† Del evangelio según san Lucas (10, 25-37)

En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús le dijo: “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?” El doctor de la ley contestó: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús le dijo: “Has contestado bien; si haces eso, vivirás”.

El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús le dijo: “Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’.

¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” El doctor de la ley le respondió: “El que tuvo compasión de él”. Entonces Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Seguimos caminando con Jesús hacia Jerusalén, los últimos dos domingos, como en un díptico contemplamos por un lado, las actitudes fundamentales requeridas para ser sus discípulos y que se podrían sintetizar en libertad afectiva, libertad ante los bienes y libertad ante la propia historia; por otro lado, en el envío de los setenta y dos discípulos apreciamos el horizonte universal de la misión, la importancia del testimonio, los criterios para realizar la misión y los ámbitos en los que ésta se despliega y el regreso a la intimidad de la comunidad para retroalimentar a los hermanos compartiendo con ellos la obra de Dios.

Este domingo, continuamos con el tema de la misión; el evangelista nos lleva ahora a considerar tres distintivos de quien camina con Jesús: la misericordia, la escucha y la oración. Hoy consideramos el primero: el discípulo misionero se distingue por el amor al estilo de Jesús.

El texto

Para hacernos entender lo que significa la práctica de la misericordia, Lucas nos presenta una de las parábolas más impresionantes y conocidos de su evangelio: la del Buen Samaritano; es un relato que cuestiona si nuestro amor es egoísta o es un amor como el de Dios.

El marco del relato es el diálogo entre Jesús y un experto en la Ley. Distinguimos tres partes: el diálogo inicial con el doctor de la ley sobre el mandamiento principal; la parábola del buen samaritano y el diálogo conclusivo con el doctor de la ley.

I. El diálogo inicial con el doctor de la ley

El diálogo inicia con una pregunta mal intencionada, formulada para poner a prueba a Jesús: «¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?» El interés del sabio que hace la pregunta es práctico; como experto él sabe que la vida eterna es un don de Dios, que exige un compromiso, por eso insiste en saber: «¿qué debo hacer…»

La pregunta es provocativa; más allá de los intereses de la vida ordinaria, quien la formula sabe que la vida no termina con la muerte y que la existencia está destinada a una vida eterna; se descubre en el fondo un sentido de responsabilidad: la vida no puede vivirse como venga sin más, cada persona es responsable de orientarla.

En este horizonte entendemos la respuesta de Jesús. Si una persona ha descubierto a Dios en la vida, pero no siente ninguna responsabilidad con los dones con los que ha sido bendecida, se vuelve indiferente ante los demás, vive sólo para sí, es incapaz de compartir y de ayudar.

Jesús responde con una pregunta certera, centrando a su interlocutor en el querer de Dios: «¿qué está escrito en la Ley?» El doctor de la ley responde con toda lógica: la responsabilidad con Dios esta unida a la responsabilidad con el prójimo. No se puede amar a uno y despreciar al otro: «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo».

Hasta aquí los interlocutores, Jesús y el doctor de la Ley están de acuerdo: el punto de partida para la comunión de vida con Dios en la eternidad se encuentra en el presente: amar a Dios y amar al prójimo es tan necesario como suficiente: «Haz esto y vivirás»

Pero… surge una cuestión «¿quién es mi prójimo?» La pregunta tiene una connotación práctica; plantea la cuestión de los límites, ¿hasta dónde se ha de llegar?; dicho de otra manera ¿a quiénes se ha de amar como a uno mismo?

No olvidemos que en el tiempo de Jesús el sentido de pertenencia a la familia, al clan y a la nación era muy  fuerte y las tensiones con quienes no formaban parte de estos grupos no eran insignificantes. Para ilustrar lo anterior, recordemos que los samaritanos no quisieron recibir a Jesús con sus discípulos porque sabían que eran judíos y que se dirigían a Jerusalén.

II. La Parábola del buen samaritano

El relato lo podemos dividir en tres partes: la primera, presenta la situación; un hombre queda medio muerto en el camino víctima de violencia; la segunda, dos caminantes, vinculados con el culto del Templo, pasan de largo y la tercera, la ayuda se recibe de quien menos se espera, de un enemigo.

  1. La situación: un hombre queda medio muerte en el camino, víctima de la violencia.

El relato nos ubica de entrada en el marco geográfico: «un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó». Se trata de una ruta que une dos ciudades importantes; paso preciso de peregrinos que iban o regresaban de Jerusalén. Es un camino que atraviesa el desierto, peligroso no sólo porque el ambiente natural hostil sino por la inseguridad; no era raro que aparecieran delincuentes que, aprovechándose de la geografía inhóspita, asaltaban las caravanas o a los viajeros solitarios.

Leemos en nuestro texto que este hombre «cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto». Con pocas palabras se describen tres acentos del drama terrible de este caminante: 1. lo robaron, literalmente sería ‘lo desnudaron¨; 2. lo vejaron, fue brutalmente golpeado al grado de quedar «medio muerto» y 3. lo dejaron, abandonándolo en descampado, en medio del desierto, sin posibilidad de auxilio, prácticamente condenado a muerte.

Se describe así la situación de una persona en una situación extrema de fragilidad, que depende totalmente de la ayuda de quien, pasando por ahí, fuera capaz de compadecerse; sin embargo, quien intente ayudar a este hombre, arriesga su vida pues se expone al mismo peligro y cualquier tipo de ayuda exige modificar el proyecto de su viaje.

  1. Dos caminantes, vinculados con el culto del Templo, pasan de largo

La oportunidad de ayuda se presentó en dos ocasiones, pero la actitud de los caminantes hizo evidente lo difícil de la situación del hombre herido y la dificultad para superar los prejuicios culturales y religiosos. Leemos en nuestro texto: «sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante».

El relato destaca el verbo «ver», uno y otro, el sacerdote y el levita, vieron, se dieron cuenta de las implicaciones de la situación y optaron por no alterar su ruta, por no exponerse, por no salir de su zona de confort y por ello, rodeando la situación, pasaron de largo.

El primero en negar la ayuda fue un «sacerdote»; con probabilidad se trataba de alguien que después de prestar su oficio sacerdotal en el Templo regresaba a casa. Jericó era una ciudad en la que había muchas casas de sacerdotes.

El segundo en negar la ayuda, fue un «levita»; pertenecía a una categoría sacerdotal inferior; era miembro de una elite prestigiosa en la sociedad judía de la época que era responsable del esplendor de la liturgia y de la vigilancia del Templo; los levitas eran muy respetados.

¿Por qué pasaron de largo? Se podrían dar muchas explicaciones, por ejemplo: 1. pudieron haber pensado que el hombre estuviera ya muerto y al ser hombres del culto del Templo, quedarían inhabilitados al incurrir en impureza por  tocar un cadáver; 2. No quisieron detenerse para no exponerse a ser asaltados; 3. Vieron la gravedad de la situación y las implicaciones que la ayuda tenía para su economía… etc…

El caso es que por la razón que haya sido, al pasar de largo estos dos hombres, cuya vida estaba marcada por el culto a Dios fueron incapaces de un acto de amor al prójimo; seguramente encontraron excusas e hicieron buenos razonamientos para tranquilizar sus conciencias; su propia seguridad, la realización de los planes que tenían, la pureza ritual necesaria para el culto, fueron más fuertes que la compasión por un hombre agonizante y abandonado a su suerte en el camino. En este caso, su conducta práctica puso al descubierto la disociación entre el amor a Dios, el amor al prójimo y el amor a sí mismos.

  1. La ayuda se recibe de quien menos se espera, de un enemigo

El drama llega a su punto culminante cuando aparece el tercer personaje; el solo enunciado de su origen, crispa los nervios de los oyentes. Leemos en nuestro texto: «un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él

Las relaciones entre los judíos y los samaritanos no era buenas, las razones se enraizaban en la historia y sus diferencias tenían que ver, entre otras cosas, con el culto a Dios, sobre el que tenían conceptos y pretensiones radicalmente distintas. Recordemos el diálogo de Jesús con la samaritana.

El samaritano también «vio» la situación, seguramente la razonó, pero fue capaz de ir más allá, además de ver, «se compadeció», es decir, se puso en la situación del hombre herido, hizo suyo su sufrimiento y actuó dispensándole la atención y cuidado que le hubiera gustado recibir, él o para los suyos, en situación semejante.

En el evangelio la compasión no se identifica con la lástima; se trata de una experiencia interior, un removerse las entrañas hasta lo más profundo, liberando un dinamismo, que en el caso que contemplamos se concretó en una sucesión de gestos que lo implicaron directamente, pues el dolor del hombre moribundo llegó hasta su propio corazón.

Leemos en nuestro texto: «se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’

Basta poner cuidado en los verbos, para darnos cuenta del dinamismo que se desplegó desde el interior del samaritano en favor del hombre herido. A diferencia del sacerdote y el levita que pasaron de largo, se acercó; los tocó, curando y vendando sus heridas con aceite y vino; no lo abandonó, lo llevó consigo, montándolo en su cabalgadura y lo trasladó a una posada en donde personalmente cuidó de él; se hizo cargo de los gastos, incluyendo los necesario para su completa rehabilitación, mostrándose disponible para seguir respondiendo por él.

Notemos que la ayuda que ofrece el samaritano tiene dos finalidades; la primera, es inmediata, asistir al hombre herido en la emergencia, en el peligro de muerte; en esta situación el herido es completamente dependiente, no puede hacer nada por si mismo; la segunda es rehabilitarlo, es apostar por su recuperación total, que se alcanzará cuando sea capaz de hacerse cargo de su propia vida. Un detalle que no debe pasar por alto, es la relación interpersonal, que se expresa de diversas maneras: cercanía, contacto, curación, cuidado y responsabilidad; llama la atención también la intención de volver a verlo con la disponibilidad de seguirle tendiendo la mano si fuera el caso.

Concluye la parábola, pero no en el diálogo con el doctor de la ley.

III. Diálogo conclusivo con el doctor de la ley

El diálogo de Jesús con el doctor de la ley había quedado en suspenso; la pregunta «quién es mi prójimo» requería una respuesta precisa que determinara a quién se debe amar y con quienes no se tiene esa obligación.

A partir de la parábola, Jesús retoma la conversación con el doctor de la ley, para llegar a la conclusión práctica que él buscaba. Leemos en el texto: «¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” El doctor de la ley le respondió: “El que tuvo compasión de él”

La respuesta del doctor de la ley lleva a una primera conclusión: el prójimo no forma una categoría de personas definida por los lazos de la sangre o de la nacionalidad; prójimo es el que se acerca, el que se aproxima. El samaritano no se preguntó si el hombre herido era su prójimo o no, si entraba en la categoría de personas a las que debía dispensar su amor; él vio su situación, se compadeció, se acercó a él haciéndose así prójimo suyo.

Una segunda conclusión a la que llega el doctor de la ley es que el amor a Dios y el amor al prójimo no pueden desarticularse en la vida práctica; que el amor que Dios nos tiene es misericordioso y que de la misma calidad debe ser nuestro amor a los demás; que no puede se puede restringir el amor a quienes “lo merecen” por ser de los nuestros.

El doctor de la ley, aprendió, como tercera conclusión, que la misericordia no tiene límites, que está por encima de la enemistad; que el amor misericordioso supone ver y compadecerse; tomar la iniciativa y acercarse; entender la realidad, pero además, sentirla, hasta apropiarse el sufrimiento ajeno; desplegar desde el interior del corazón todos los gestos necesarios para asistir a quien sufre cuando no puede valerse por si mismo hasta que se rehabilite y pueda hacerse dueño de su vida.

Jesús apreció la respuesta del doctor de la ley y más allá de la mala intención de la pregunta inicial descubrió una preocupación sincera, por ello sin más concluye el diálogo diciéndole: «anda y haz tú lo mismo».

Conclusión

En nuestros días, como en los tiempos de Jesús, hay muchas personas que yacen «a la orilla del camino» porque son víctimas de la violencia; no sólo de la violencia criminal, sino también de la violencia familiar y social, de la violencia estructural, enraizada en redes de corrupción, en ambientes de desigualdad, y legitimada por los intereses de gente ávida y voraz que, en distintos ámbitos, desprecia la vida, lucra con ella y la destroza cuando no le es útil.

En pueblos y comunidades de fe cristiana escuchar la parábola del buen samaritano es un llamado a la conciencia. Si seguimos a Jesús, no podemos pasar de largo, sino detenernos y como el samaritano bondadoso, ver y sentir, permitiendo al Espíritu que se despliegue en nosotros el dinamismo necesario para asistir a quienes la violencia ha dejado inhábiles para valerse por si mismos, para impulsar su rehabilitación y puedan así con toda dignidad ser sujetos de su desarrollo y para participar, como ciudadanos responsables, en la transformación de las condiciones familiares, sociales, culturales, políticas y económicas que causan tanto dolor y sufrimiento.

 

 

[1] F. Oñoro, ¿Cómo hacerse prójimo del necesitado. La praxis de misericordia del Bien Samaritano. Lectio Divina Lucas 10, 25-37. CELAM/CEBIPAL.