Ecos de la Palabra

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Rueguen al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campo

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Tiempo Ordinario

Martes de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 32-38)

En aquel tiempo, llevaron ante Jesús a un hombre mudo, que estaba poseído por el demonio, Jesús expulsó al demonio y el mudo habló. La multitud, maravillada, decía: “Nunca se había visto nada semejante en Israel”. Pero los fariseos decían: “Expulsa a los demonios por autoridad del príncipe de los demonios”.

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los milagros no expresan solo su fuerza divina; son el signo de que la vida puede cambiar, de que es posible curarse, de que es posible tener un corazón distinto. En los Evangelios se dice que Jesús predicaba y curaba. Es la misma consigna para los discípulos de entonces y de hoy.

Jesús envía a la Iglesia a predicar el Evangelio y a curar a los hombres de todas sus enfermedades. Debemos volvernos a interrogar sobre la consigna que nos hace el Señor sobre el «poder», es decir, una fuerza eficaz, de «tocar el corazón» con la predicación del Evangelio y de llevar a cabo milagros de curación.

El Evangelio nos presenta a un «endemoniado mudo», un enfermo que era incapaz de hablar. Jesús le devuelve la palabra. Realmente el único que sabe conmoverse ante los débiles, el único que antepone los problemas de los demás a los suyos es aquel que es compasivo.

Hoy nuestras ciudades están llenas de hombres y de mujeres mudos porque no saben con quién hablar, no tienen nadie a quien dirigirse para presentarle sus peticiones, sus angustias, sus derechos. Solo hay que pensar en los muchos ancianos que viven cada vez más solos a medida que se van haciendo mayores.

También somos mudos y sordos cuando no tenemos a nadie que nos plantee preguntas, alguien que pueda devolvernos la palabra, como hizo Jesús con aquel hombre. Si, necesitamos escuchar el evangelio para poder volver a hablar. Muchas veces estamos mudos porque estamos llenos de palabras vacías. Y todo aquel que deja que el Evangelio toque su corazón vuelve a hablar, a rezar, a exhortar, a perdonar y también a corregir.

También nosotros podemos expresar nuestro asombro junto a aquellas muchedumbres que rodeaban a Jesús: «Nunca se había visto nada semejante en Israel». Jesús continúa su misión y nosotros, junto a él, somos invitados a recorrer las calles y plazas de nuestras ciudades con su misma compasión para llevar a cabo «milagros» de misericordia.

La compasión de Jesús nos abre los ojos y nos permite ver sobre todo a los pobres y débiles, nos permite inclinarnos ante todas las personas que en este mundo están «extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor». Y Jesús continúa diciendo: «La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos».

Hace falta rezar al Padre para que envíe obreros misericordiosos. Descubriremos que el Señor nos invita también a nosotros a convertirnos en obreros para todos aquellos que están a merced de la violencia, de la soledad, de la tristeza, de la guerra y de la pobreza.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 275-276.

Jesús expulsó al demonio y el mudo habló

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curación mudoTiempo Ordinario

Martes de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 32-38)

En aquel tiempo, llevaron ante Jesús a un hombre mudo, que estaba poseído por el demonio, Jesús expulsó al demonio y el mudo habló. La multitud, maravillada, decía: “Nunca se había visto nada semejante en Israel”. Pero los fariseos decían: “Expulsa a los demonios por autoridad del príncipe de los demonios”.

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

En un relato muy breve, el evangelio de este día, nos presenta el último milagro de esta sección y un resumen de la actividad de Jesús en favor del pueblo necesitado.

La curación de «un hombre mudo, que estaba poseído por el demonio» es el culmen de los milagros, pues además de curar el cuerpo y el espíritu, al ser liberado del poder del enemigo malo, el que es curado queda habilitado para proclamar la fe.

De la misma manera como Jesús habilita a un paralítico para caminar, es decir para que lo siga en el camino del discipulado, habilita al mudo para proclamar la confesión de fe, que lo integra a la comunidad de discípulos.

Frente al milagro las opiniones se dividen. Los que siguen a Jesús y son testigos de los signos de su misericordia, proclaman con admiración una afirmación muy cercana a la confesión de fe: «Nunca se había visto nada semejante en Israel», reconociendo así la novedad absoluta de la obra salvífica de Jesús.

En contraste, los fariseos, que se resistían a la novedad del Reino y preferían permanecer en el rigorismo legal, hacen un diagnóstico teológico, completamente errado, de la persona de Jesús: «expulsa a los demonios por autoridad del príncipe de los demonios» y así se cierran ante la evidencia de los signos de Dios que hacen resplandecer la vida, encerrándose en su juicio de que es una fuerza maligna la que respalda a Jesús.

Jesús está congregando al nuevo pueblo de Dios, por eso «recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino»; el evangelista describe el efecto que tiene en Él contemplar las dificultades para la misión: «Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor

La compasión cuando es auténtica lleva a la acción; Jesús no se quedará con los brazos cruzados, enviará a sus discípulos con la tarea de sanar y congregar al pueblo disperso; esta misión la realizarán no como tarea propia, ni confiados en sus propias habilidades; lo primero que deben hacer es ver sus límites y volverse al que envía: «Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos» La misión madura primero en el corazón orante.

No es lo mismo hacer el trabajo de cada día como obligación o por altruismo que realizarlo como una misión. Hacerlo por obligación centra al sujeto en sí mismo; hacerlo por altruismo centra en el otro; hacerlo como apostolado centra en Dios, que es quien envía, actúa, sostiene y fortalece a quien en su nombre comunica con su palabra y con su vida la alegría del evangelio.

La compasión evangélica, sentir con las entrañas de Dios, nos abre los ojos; nos permite ver a los pobres y débiles e inclinarnos ante las personas que están «extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor»; y al orar pidiendo al Señor que envíe obreros a su mies nos hace exclamar ¡aquí estoy, envíame!

 

 

 

La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos…

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cosecha es muchaTiempo Ordinario

Martes de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 32-38)

En aquel tiempo, llevaron ante Jesús a un hombre mudo, que estaba poseído por el demonio, Jesús expulsó al demonio y el mudo habló. La multitud, maravillada, decía: “Nunca se había visto nada semejante en Israel”. Pero los fariseos decían: “Expulsa a los demonios por autoridad del príncipe de los demonios”.

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los milagros no expresan solo su fuerza divina; son el signo de que la vida puede cambiar, de que es posible curarse, de que es posible tener un corazón distinto. En los Evangelios se dice que Jesús predicaba y curaba. Es la misma consigna para los discípulos de entonces y de hoy.

Jesús envía a la Iglesia a predicar el Evangelio y a curar a los hombres de todas sus enfermedades. Debemos volvernos a interrogar sobre la consigna que nos hace el Señor sobre el «poder», es decir, una fuerza eficaz, de «tocar el corazón» con la predicación del Evangelio y de llevar a cabo milagros de curación.

El Evangelio nos presenta a un «endemoniado mudo», un enfermo que era incapaz de hablar. Jesús le devuelve la palabra. Realmente el único que sabe conmoverse ante los débiles, el único que antepone los problemas de los demás a los suyos es aquel que es compasivo.

Hoy nuestras ciudades están llenas de hombres y de mujeres mudos porque no saben con quién hablar, no tienen nadie a quien dirigirse para presentarle sus peticiones, sus angustias, sus derechos. Solo hay que pensar en los muchos ancianos que viven cada vez más solos a medida que se van haciendo mayores.

También somos mudos y sordos cuando no tenemos a nadie que nos plantee preguntas, alguien que pueda devolvernos la palabra, como hizo Jesús con aquel hombre. Si, necesitamos escuchar el evangelio para poder volver a hablar. Muchas veces estamos mudos porque estamos llenos de palabras vacías. Y todo aquel que deja que el Evangelio toque su corazón vuelve a hablar, a rezar, a exhortar, a perdonar y también a corregir.

También nosotros podemos expresar nuestro asombro junto a aquellas muchedumbres que rodeaban a Jesús: «Nunca se había visto nada semejante en Israel». Jesús continúa su misión y nosotros, junto a él, somos invitados a recorrer las calles y plazas de nuestras ciudades con su misma compasión para llevar a cabo «milagros» de misericordia.

La compasión de Jesús nos abre los ojos y nos permite ver sobre todo a los pobres y débiles, nos permite inclinarnos ante todas las personas que en este mundo están «extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor». Y Jesús continúa diciendo: «La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos».

Hace falta rezar al Padre para que envíe obreros misericordiosos. Descubriremos que el Señor nos invita también a nosotros a convertirnos en obreros para todos aquellos que están a merced de la violencia, de la soledad, de la tristeza, de la guerra y de la pobreza.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 275-276.