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Al entrar, saluden así: ‘Que haya paz en esta casa’

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pazTiempo Ordinario

Jueves de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (10, 7-15)

En aquel tiempo, envió Jesús a los Doce con estas instrucciones: “Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente.

No lleven con ustedes, en su cinturón, monedas de oro, de plata o de cobre. No lleven morral para el camino ni dos túnicas ni sandalias ni bordón, porque el trabajador tiene derecho a su sustento.

Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, pregunten por alguien respetable y hospédense en su casa hasta que se vayan.

Al entrar, saluden así: ‘Que haya paz en esta casa’. Y si aquella casa es digna, la paz de ustedes reinará en ella; si no es digna, el saludo de paz de ustedes no les aprovechará. Y si no los reciben o no escuchan sus palabras, al salir de aquella casa o de aquella ciudad, sacudan el polvo de los pies. Yo les aseguro que el día del juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas con menos rigor que esa ciudad”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Después de haber elegido a los doce y de haberles confiado la misión de anunciar la llegada del Reino de Dios, Jesús continúa explicando el contenido del anuncio que deben hacer a aquellos que encuentren. Jesús les dice: «Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios»; y añade que deben hacer llegar la paz a las casas de los hombres.

Es un contenido esencial e inderogable para aquellos discípulos y para la Iglesia de todos los tiempos, así como para todas las comunidades cristianas. Esta debe ser la primera y verdadera preocupación de los discípulos. Jesús les advierte de que no se dejen superar por otras preocupaciones. Y las enumera: Oro, plata, cobre, alforja, dos túnicas, sandalias, bastón. Parecen útiles e incluso necesarias para la misión. Pero en realidad, de manera insidiosa a menudo alejan a los discípulos de la primacía absoluta del Evangelio.

Tenemos que meditar frecuentemente esta página evangélica para comprender el verdadero tesoro que se confía a nuestras manos y que solo en Jesús encontramos nuestra fuerza, y no en nuestras formas organizativas, en nuestras programaciones o en nuestras estrategias. Jesús indica que los discípulos deben llevar la paz a las ciudades, los pueblos y a las casas de los hombres.

Lucas, en el pasaje paralelo, habla del «saludo de la paz» (10, 5). Es un saludo que hoy el mundo necesita especialmente. El mundo todavía está marcado por la violencia y por conflictos que envenenan la vida de mucha gente. A menudo son precisamente nuestras casas, nuestras familias, las que buscan aquella paz que no encuentran y que es fundamental para tener una vida más serena y feliz.

La comunidad cristiana está llamada a ser creadora y portadora de paz en los conflictos que infligen heridas en los pueblos y en las casas de nuestras ciudades. Los discípulos de Jesús en este mundo son como corderos, es decir, como hombres y mujeres débiles, pero pacíficos y pacificadores. Pero su camino no está exento de obstáculos y oposición. El Evangelio nos advierte: «si no los reciben…». La falta de acogida y el rechazo no disminuyen la fuerza y la conciencia de que la única misión de la Iglesia es anunciar el Evangelio, preparar la paz y llevarla a todo el mundo.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 277-278.