Ecos de la Palabra

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Nadie remienda un vestido viejo con un parche de tela nueva

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Tiempo Ordinario

Sábado de la XIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 14-17)

En aquel tiempo, los discípulos de Juan fueron a ver a Jesús y le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?” Jesús les respondió: “¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras él está con ellos? Pero ya vendrán días en que les quitarán al esposo, y entonces sí ayunarán.

Nadie remienda un vestido viejo con un parche de tela nueva, porque el remiendo nuevo encoge, rompe la tela vieja y así se hace luego más grande la rotura.

Nadie echa el vino nuevo en odres viejos, porque los odres se rasgan, se tira el vino y se echan a perder los odres.

El vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

El evangelio de hoy, nos permite acercarnos al contraste que hay entre quienes sólo oyen el evangelio y quienes lo escuchan y acogen como novedad de vida.

Un grupo de los discípulos de Juan, atraídos tal vez por la forma de ser y de actuar de Jesús y sus discípulos, se acercan y sin más le preguntan: “¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?”. Esta pregunta que desde el inicio suena a comparación: Nosotros si – ellos no. Aquí radica el conflicto, por así decirlo.

Probablemente ellos habían presenciado el banquete al cual habían participado Jesús y los suyos en casa de Mateo. Para ellos la pregunta era obvia. Jesús no perdió el tiempo en explicaciones. Por toda respuesta les lanza una pregunta: “¿Pueden los invitados a la boda estar tristes mientras el novio está con ellos?” Si quisiéramos decirlo con nuestras palabras, diríamos: ‘¿Pueden mis discípulos estar tristes mientras yo esté con ellos?’

A los discípulos de Juan les era muy difícil entender esta expresión porque estaban aferrados a sus tradiciones, a la vieja mentalidad. Juan estaba con ellos preparando el camino al Señor y exhortándolos a hacerlo mediante ayunos y penitencias. Jesús, en cambio era el Señor, estaba con ellos y debían alegrarse; sin embargo, el Señor deja entrever que, más adelante, ya no disfrutarán de su presencia y entonces sí ayunarán. Este es como un primer anuncio de su pasión.

Jesús explica a sus oyentes aún más y se vale de dos pequeñas parábolas tomadas de la vida diaria y llenas de un gran sentido común:

«Nadie remienda un vestido viejo con un parche de tela nueva, porque el remiendo nuevo encoge, rompe la tela vieja y así se hace luego más grande la rotura.» Es ilógico. A simple vista se sabe que el remiendo nuevo va a hacer que el roto sea aún más grande, no tanto porque el remiendo no sirva, sino, porque el que no sirve es el vestido viejo.

La segunda comparación es tomada del mundo agrícola, de los métodos de fermentación del vino. «Nadie echa el vino nuevo en odres viejos, porque los odres se rasgan, se tira el vino y se echan a perder los odres.» La fermentación del vino se hacía en unos sacos de cuero llamados odres, en los cuales se vertía el vino y allí éste se añejaba. Este proceso hacía que los odres se envejecieran junto con el vino, y no sirvieran para ser usados una segunda vez, pues el proceso era largo y el cuero no resistía, y se reventaba, echando a perder también el vino.

Jesús estaba diciendo claramente que el nuevo mensaje que Él traía no se podía depositar en corazones viejos, aprisionados por las antiguas tradiciones y costumbres, pues éstas no resistían toda la carga de novedad que su Palabra traía y muy probablemente se destruirían, echando a perder también el mensaje.

Acoger con sinceridad la novedad del Reino exige actitudes nuevas, que sintonicen lo que se profesa con los labios, lo que se cree con el corazón y lo que se hace día a día.

 

El vino nuevo se echa en odres nuevos

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disicipulado 2

Tiempo Ordinario

Sábado de la XIII semana

 Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 14-17)

En aquel tiempo, los discípulos de Juan fueron a ver a Jesús y le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?” Jesús les respondió: “¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras él está con ellos? Pero ya vendrán días en que les quitarán al esposo, y entonces sí ayunarán.

Nadie remienda un vestido viejo con un parche de tela nueva, porque el remiendo nuevo encoge, rompe la tela vieja y así se hace luego más grande la rotura.

Nadie echa el vino nuevo en odres viejos, porque los odres se rasgan, se tira el vino y se echan a perder los odres.

El vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los discípulos de Juan, que llevaban una vida más austera que la de los discípulos de Jesús, le preguntan directamente sobre esa diferencia: «¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?». Sabemos que, con la intención de anticipar la llegada del reino, el ayuno ocupaba un lugar preeminente en la piedad de los fariseos, y también en la de los discípulos de Juan.

Los fariseos lo interrogan simplemente para juzgarlo, para hacerle caer en una encerrona y desacreditarlo. Los discípulos de Juan preguntan para comprender. Nunca debemos avergonzarnos de pedir ayuda a Jesús. El maestro responde con la imagen de la llegada del novio y compara a los discípulos con los amigos del novio que participaban en la boda y la preparaban.

A su paso, efectivamente, Jesús creaba un clima nuevo, de alegría, de fiesta, justo como la que se hace en una boda. Con Jesús había llegado el verdadero «esposo», o mejor dicho, el Salvador de los hombres. Por eso hacían fiesta los discípulos y los pobres, los enfermos y los pecadores. Todos se sentían liberados de la esclavitud del mal. Podían estar alegres. No obstante, advierte Jesús, vendrán momentos difíciles. Vendrán para él, y en estas palabras ya había un indicio de los días de la pasión. También vendrán para los discípulos y para las comunidades. ¿Cómo no pensar en las innumerables persecuciones que se abaten todavía hoy sobre los discípulos de Jesús?

Durante los periodos difíciles, los discípulos «ayunarán», añade Jesús. Pero mientras no llegue aquel «esposo», hay que vestirse de fiesta y beber el vino de la misericordia; eso dará fuerza también para los momentos difíciles. Los odres viejos de los que habla Jesús son los anquilosados esquemas mentales y religiosos de siempre. El amor evangélico requiere corazones nuevos, es decir, libres de esquemas y prejuicios naturales, para acoger el mismo amor de Dios.

La resistencia a la novedad de la Palabra de Dios significa cerrarse al Espíritu para aferrarse a tradiciones que muchas veces son caducas, y que, como mucho, se escudan en lo que se ha hecho siempre y en lo que se ha pensado siempre. El Evangelio del amor nos libra de cerrarnos y limitarnos y nos hace vivir en los amplios horizontes de Dios.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 271-272.