Ecos de la Palabra

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Los endemoniados le gritaron a Jesús: “¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios?

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Tiempo Ordinario

Miércoles de la XIII semana

Textos

+ Del evangelio según san Mateo (8, 28-34)

En aquel tiempo, cuando Jesús desembarcó en la otra orilla del lago, en tierra de los gadarenos, dos endemoniados salieron de entre los sepulcros y fueron a su encuentro.

Eran tan feroces, que nadie se atrevía a pasar por aquel camino. Los endemoniados le gritaron a Jesús: “¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Acaso has venido hasta aquí para atormentarnos antes del tiempo señalado?” No lejos de ahí había una numerosa piara de cerdos que estaban comiendo.

Los demonios le suplicaron a Jesús: “Si vienes a echarnos fuera, mándanos entrar en esos cerdos”. El les respondió: “Está bien”.

Entonces los demonios salieron de los hombres, se metieron en los cerdos y toda la piara se precipitó en el lago por un despeñadero y los cerdos se ahogaron.

Los que cuidaban los cerdos huyeron hacia la ciudad a dar parte de todos aquellos acontecimientos y de lo sucedido a los endemoniados.

Entonces salió toda la gente de la ciudad al encuentro de Jesús, y al verlo, le suplicaron que se fuera de su territorio. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La orilla oriental del mar de Galilea, a la que llega Jesús, limita con la región semipagana de las diez ciudades, conocida como Decápolis; una de esas ciudades es Garlara, pequeña localidad situada en una zona llena de cuevas.

Dos personas que no son dueñas de sus actos salen de una de aquellas cuevas y corren hacia Jesús. Puede parecer extraño, pero nuestras ciudades y pueblos se parecen a un conjunto de cuevas, oscuras, habitadas por hombres aislados, incapaces de dialogar, de encontrarse con los demás, de relacionarse.

No conocemos la historia de aquellos dos hombres. Jesús no los juzga y no tiene miedo de ellos, al contrario de los hombres, que con su actitud agudizan la penosa y violenta situación en la que viven aquellos que no son dueños de sus actos. ¡Cuántos espíritus de soledad y de división se convierten en auténticas patologías! Pensemos en el rencor que se transforma en odio; en la maledicencia, que siempre siembra división y nos hace mudos y sordos. La vida acaba siendo como aquellos desiertos espirituales y humanos en los que los hombres son incapaces de pensar en un futuro común.

Los dos hombres agreden a Jesús: «¿Qué tenemos nosotros contigo? », «¿Qué tienes tú que ver con nuestra vida?». El maestro sabe reconocer qué piden en realidad aquellos dos, entiende que están pidiendo ser liberados, aunque lo expresan de manera negativa. Jesús quiere que cada persona sea dueña de su vida y tiene el poder de expulsar los numerosos espíritus de división, realmente inmundos porque ofuscan nuestra humanidad y belleza. Los habitantes de la ciudad quedan atónitos por lo sucedido y, puesto que la piara tenía un elevado valor, invitan a Jesús a alejarse de aquel territorio.

Frente a los cambios que hay que hacer para disfrutar de una vida más digna -tal vez ese es el significado de la muerte de la piara de cerdos-, los hombres prefieren continuar la vida de siempre y sobre todo conservar sus cosas. El consumismo hace que muchas veces sea más importante poseer cosas que las personas; tener dinero, que hacer que quien había perdido el control de su vida lo recupere. Jesús dio a sus discípulos el poder de expulsar los espíritus de soledad del corazón de los hombres.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 268-269.

Mirando Jesús a sus discípulos, les dijo: “Dichosos ustedes…”

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Tiempo Ordinario

Miércoles de la XXIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (6, 20-26)

En aquel tiempo, mirando Jesús a sus discípulos, les dijo: “Dichosos ustedes los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios. Dichosos ustedes los que ahora tienen hambre, porque serán saciados. Dichosos ustedes los que lloran ahora, porque al fin reirán.

Dichosos serán ustedes cuando los hombres los aborrezcan y los expulsen de entre ellos, y cuando los insulten y maldigan por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Pues así trataron sus padres a los profetas.

Pero, ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen ahora su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que se hartan ahora, porque después tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ríen ahora, porque llorarán de pena! ¡Ay de ustedes, cuando todo el mundo los alabe, porque de ese modo trataron sus padres a los falsos profetas!” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Comienza ahora el primer discurso formativo de Jesús, quien describe el perfil de un discípulo suyo en cuatro lecciones. 

Primera lección: El giro profundo que ocurre en la vida de un discípulo. Los discípulos son distintos, eso es claro. ¿Pero en qué son distintos? ¿Qué ha sucedido en ellos desde que conocieron a Jesús? 

La proclamación de las bienaventuranzas responde a estas preguntas. Retomemos el conjunto de las bienaventuranzas y notemos:  

1. La manera como habla Jesús dice mucho: pronuncia las bienaventuranzas mirando de frente a sus discípulos. Es como si estuviera diciendo: “¡tomen conciencia de lo que les digo!” 

2. Las bienaventuranzas muestran cómo se vive en la esfera del querer de Dios. 

3. La obra de Dios en el discípulo tiene un punto de partida: el reconocimiento de su necesidad personal. Por eso son los “pobres” los “hambrientos” los que están “de luto” los “rechazados”. Su conciencia de la carencia les abre el corazón al don de Dios, mientras que los autosuficientes, los que creen tenerlo todo (los ricos los hartos, los que ríen, los famosos) perderán lo que creen tener.

4. Pero lo que importa es el punto de llegada: el don de Dios, el cual está caracterizado como: consolación, plenitud y fiesta. 

5. Todos los dones se resumen en uno solo: el Reino de Dios, que es ese giro profundo en la realidad del hombre, que es la obra creadora de Dios que transforma el estado de perdición en estado de salvación. 

6. La vida del discipulado apunta al proyecto de vida de cada uno en la dirección de la “alegría” mientras que una opción equivocada en la vida lleva a la ruina total que aquí se expresa en el grito de lamentación “ay”. 

7. La vida según las bienaventuranzas, conduce a la identidad de vida con Jesús: el discípulo será un profeta como él en el mundo y este es el sentido de su apostolado. Pero compartir la gloria junto con Jesús, en la alegría perfecta, implicará también el mismo camino de sufrimiento, de fracaso y de humillación del Maestro. No hay gloria sin cruz.

La bienaventuranza es un camino que abarca la visión del evangelio entero.

Dos endemoniados salieron de entre los sepulcros y fueron a su encuentro

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enedemoniados

Tiempo Ordinario

Miércoles de la XIII semana

Textos

+ Del evangelio según san Mateo (8, 28-34)

En aquel tiempo, cuando Jesús desembarcó en la otra orilla del lago, en tierra de los gadarenos, dos endemoniados salieron de entre los sepulcros y fueron a su encuentro.

Eran tan feroces, que nadie se atrevía a pasar por aquel camino. Los endemoniados le gritaron a Jesús: “¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Acaso has venido hasta aquí para atormentarnos antes del tiempo señalado?” No lejos de ahí había una numerosa piara de cerdos que estaban comiendo.

Los demonios le suplicaron a Jesús: “Si vienes a echarnos fuera, mándanos entrar en esos cerdos”. El les respondió: “Está bien”.

Entonces los demonios salieron de los hombres, se metieron en los cerdos y toda la piara se precipitó en el lago por un despeñadero y los cerdos se ahogaron.

Los que cuidaban los cerdos huyeron hacia la ciudad a dar parte de todos aquellos acontecimientos y de lo sucedido a los endemoniados.

Entonces salió toda la gente de la ciudad al encuentro de Jesús, y al verlo, le suplicaron que se fuera de su territorio. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La orilla oriental del mar de Galilea, a la que llega Jesús, limita con la región semipagana de las diez ciudades, conocida como Decápolis; una de esas ciudades es Garlara, pequeña localidad situada en una zona llena de cuevas.

Dos personas que no son dueñas de sus actos salen de una de aquellas cuevas y corren hacia Jesús. Puede parecer extraño, pero nuestras ciudades y pueblos se parecen a un conjunto de cuevas, oscuras, habitadas por hombres aislados, incapaces de dialogar, de encontrarse con los demás, de relacionarse.

No conocemos la historia de aquellos dos hombres. Jesús no los juzga y no tiene miedo de ellos, al contrario de los hombres, que con su actitud agudizan la penosa y violenta situación en la que viven aquellos que no son dueños de sus actos. ¡Cuántos espíritus de soledad y de división se convierten en auténticas patologías! Pensemos en el rencor que se transforma en odio; en la maledicencia, que siempre siembra división y nos hace mudos y sordos. La vida acaba siendo como aquellos desiertos espirituales y humanos en los que los hombres son incapaces de pensar en un futuro común.

Los dos hombres agreden a Jesús: «¿Qué tenemos nosotros contigo? », «¿Qué tienes tú que ver con nuestra vida?». El maestro sabe reconocer qué piden en realidad aquellos dos, entiende que están pidiendo ser liberados, aunque lo expresan de manera negativa. Jesús quiere que cada persona sea dueña de su vida y tiene el poder de expulsar los numerosos espíritus de división, realmente inmundos porque ofuscan nuestra humanidad y belleza. Los habitantes de la ciudad quedan atónitos por lo sucedido y, puesto que la piara tenía un elevado valor, invitan a Jesús a alejarse de aquel territorio.

Frente a los cambios que hay que hacer para disfrutar de una vida más digna -tal vez ese es el significado de la muerte de la piara de cerdos-, los hombres prefieren continuar la vida de siempre y sobre todo conservar sus cosas. El consumismo hace que muchas veces sea más importante poseer cosas que las personas; tener dinero, que hacer que quien había perdido el control de su vida lo recupere. Jesús dio a sus discípulos el poder de expulsar los espíritus de soledad del corazón de los hombres.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 268-269.