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Señor, ¡sálvanos, que perecemos!

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Martes de la XIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (8, 23-27)

En aquel tiempo, Jesús subió a una barca junto con sus discípulos.

De pronto se levantó en el mar una tempestad tan fuerte, que las olas cubrían la barca; pero él estaba dormido.

Los discípulos lo despertaron, diciéndole: “Señor, ¡sálvanos, que perecemos!” El les respondió: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” Entonces se levantó, dio una orden terminante a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma.

Y aquellos hombres, maravillados, decían: “¿Quién es éste, a quien hasta los vientos y el mar obedecen?” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El fragmento de hoy se abre con una nota que, en su aparente normalidad, encierra un elemento clave para la interpretación de este relato, conocido como milagro de la tempestad calmada. Jesús es el primero en subir a la barca, y sus discípulos les siguen.

El mismo Mateo relee el episodio como figura de la Iglesia, que atraviesa el mar tempestuoso de la historia con la presencia de Jesús, una presencia real, si bien escondida y  silenciosa, aunque no por ello la exime de desconcierto y miedos.

Por otra parte, Mateo no habla propiamente de «tempestad», como sí hace, en cambio, el evangelista Marcos en su relato paralelo; usa el término «seis mós», que tiene un claro sabor apocalíptico: se trata, por consiguiente, de una gran tribulación a través de la cual debe pasar la barca de los discípulos de Jesús. Éstos, aterrorizados, le despiertan gritando: «¡Señor, sálvanos!» (Kyrie, sôson), una invocación casi litúrgica y muy diferente de la referida por Marcos: «Maestro, ¿na te importa que perezcamos?» (4,38).

Hay otro detalle particular que nos ayuda a comprender la perspectiva eclesial de Mateo: Jesús -a diferencia del relato de Marcos y de Lucas-, antes de hacer el milagro, regaña a los discípulos por ser hombres «de poca de fe», o sea, por su fe todavía incierta y vacilante. Sólo entonces es cuando Jesús «Se levantó increpó» a los vientos y al mar, como si fueran seres endemoniados.

El pasaje se cierra con una nota de admiración frente al poder de Jesús, capaz de someter hasta los elementos cósmicos. Él, y sólo él, puede dormir en medio de la tempestad porque reposa en el seno del Padre y se despierta en el poder de Dios, que nos salva no de la muerte, sino en la muerte, despertándonos a una vida nueva, resucitada que durará para siempre.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., X, 347-348.