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El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

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Cruz y me siga Tiempo Ordinario

Domingo de la XIII semana Ciclo A

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (10, 37-42)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o su hija más que a mí, no es digno de mí, y 

El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.

Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.

Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

Este domingo, continuamos la formación de los apóstoles, que además de saber qué es lo que deben hacer, deben aprender a saber cómo hacerlo y una dimensión que no se puede descuidar es la de los “afectos”. Jesús enseña a sus discípulos a integrar los afectos más entrañables, los de la familia, en la vida apostólica.

Instrucciones acerca de la familia

Mateo se inspira en el profeta Miqueas que dice: «porque el hijo desprecia al padre, la hija se alza contra su madre, la nuera contra su suegra. ¡Sus propio parientes se convierten en enemigos!» (7,6) y nos presenta de manera reformulada el costo de la opción cristiana para las habituales relaciones familiares.

La ruptura familiar, que es uno de los fenómenos que caracteriza la tribulación final en la predicación profética de Miqueas, aparece anticipada para la hora misma en la cual se da el paso de la fe.

En la vida familiar, así como en muchos otros ámbitos de relación, se viven situaciones que se aceptan como normales, pero una vez que se ha conocido el evangelio de Jesús, éstas ya no pueden ser toleradas. Definitivamente el evangelio es un acontecimiento de vida que subvierte y transforma toda estructura social.

El encuentro con Jesús en principio lo que genera es una nueva capacidad de amar. Pero el verdadero amor es profético: no puede tolerar la injusticia, no se pude acomodar a lo que no es correcto. La experiencia de Dios tiene una gran capacidad para remover las estructuras más compactas, una de las cuales –quizás la más visible en la sociedad patriarcal israelita- es la familia.

Un segundo grupo de dichos que pronuncia Jesús, es más fuerte que el primero. La jerarquía de valores comienza a jugar su papel aquí: este breve texto nos introduce en la dinámica del seguimiento radical del Señor desde las mismas prioridades afectivas del discípulo. Jesús es el valor fundamental del discípulo. Él está por encima –se le “ama más”- de los más grandes amores que uno puede tener en la vida (papá, mamá, hijo, hija, la persona misma), si no el discípulo-misionero “no es digno de mí” (se repite tres veces en este pasaje).

De esta forma se vuelve a presentar la exigencia de romper con toda clase de seguridades, mientras que un nuevo horizonte se le abre a la vida del discípulo. Todo ello está simbolizado en el gesto de “tomar la cruz y seguir detrás de Él” (10,38), mediante el cual se deja de lado toda clase de intereses netamente personales para abrazar la Cruz como expresión de una vida toda ella entregada a la causa de Jesús.

Instrucciones acerca de la identificación de Jesús con sus misioneros

En la lectura que hicimos del Sermón de la Montaña, vimos cómo toda la primera parte se centra en mostrar que un verdadero hijo de Dios se parece a su Padre en su actuar (5,16). Ahora bien, lo mismo es afirmado en este capítulo misionero con relación a Jesús y sus discípulos: “Quien a ustedes recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado” (10,40).

El discípulo plenamente identificado con Jesús recibe aquí tres títulos:

Primero. Es “profeta”. Como ya vimos antes, el misionero se presenta como “profeta” de palabra exigente y clara, pero también como animador de la vida en Señor para todos sus hermanos.

Segundo. Es un “justo”, porque –por la vivencia de las bienaventuranzas- a aprendido la justicia nueva del Reino, la cual le enseña a sus hermanos.

Tercero. Es un “pequeño” del Reino que en su humildad se reconoce como persona siempre en crecimiento, necesitada de los demás, consciente que no basta con invitar a otros a entrar en el Reino sino entrar él primero. El hermano “mayor” de la Iglesia, que es su misionero que la ha formado y animado, no olvida nunca que él es un “pequeño” del evangelio.

Como misioneros que trabajan por la vida y el crecimiento de los demás, pidámosle al Dueño de la Mies que no se nos olvide nunca quiénes somos ante él: sus pequeños, sus justos y sus profetas al estilo de Jesús.

Qué el éxito no nos lleve a creernos más que los demás y que el fracaso nos aplaste. No demos ni un paso atrás en la entrega al Señor del Reino, así nos sobrevenga uno que otro sinsabor.

 

[1] F. Oñoro. Mateo 10, 34 – 11,1 El manual de los buenos obreros del Evangelio. CEBIPAL/CELAM: