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No soy digno de que entres en mi casa

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centurión 3
Tiempo Ordinario

Sábado de la XII semana

Textos

+ Del evangelio según san Mateo (8, 5-17)
En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un oficial romano y le dijo: “Señor, tengo en mi casa un criado que está en cama, paralítico, y sufre mucho”. El le contestó: “Voy a curarlo”.
Pero el oficial le replicó: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; con que digas una sola palabra, mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; cuando le digo a uno: ‘¡Ve!’, él va; al otro: ‘¡Ven!’, y viene; a mi criado: ‘¡Haz esto!’, y lo hace”.
Al oír aquellas palabras, se admiró Jesús y dijo a los que lo seguían: “Yo les aseguro que en ningún israelita he hallado una fe tan grande. Les aseguro que muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos. En cambio, a los herederos del Reino los echarán fuera, a las tinieblas. Ahí será el llanto y la desesperación”.
Jesús le dijo al oficial romano: “Vuelve a tu casa y que se te cumpla lo que has creído”. Y en aquel momento se curó el criado.
Al llegar Jesús a la casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama, con fiebre. Entonces la tomó de la mano y desapareció la fiebre. Ella se levantó y se puso a servirles.
Al atardecer le trajeron muchos endemoniados. El expulsó a los demonios con su palabra y curó a todos los enfermos. Así se cumplió lo dicho por el profeta Isaías: El hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El segundo milagro de Jesús también se realiza con un marginado. El centurión romano, en cuanto gentil o pagano, era considerado religiosamente impuro por el hecho de no pertenecer al pueblo de Israel. De él Jesús dirá: «No he encontrado en nadie una fe tan grande».

Las costumbres de la época enseñaban que los judíos no podían conversar con los gentiles ni tocarlos ni mucho menos entrar en sus casas. Por eso es sorprendente que Jesús desde el primer instante manifieste un vivo interés por entrar en la casa del romano: «Voy a curarlo». La intención de Jesús aparece como la respuesta pronta a la noticia de que el criado «sufría mucho». A una persona de la más baja categoría social ¡Jesús le da valor!.

Pero no sucede como Jesús planeó en un primer momento. El diálogo que sostienen Jesús y el centurión romano ocupa la mayor parte del relato. Sólo al final se dirá muy brevemente: «Y en aquel momento se curó el criado». En realidad lo que se coloca en primer plano es la fe del centurión. Llama la atención la manera como el romano expresa siempre más clara y decididamente su propia fe, y cómo Jesús la valora.

Veamos el proceso. En primer lugar, el centurión se aproxima a Jesús, no le formula ninguna petición, sino que –de forma breve y concisa- se limita a describir la dolorosa situación de su criado: «Señor, tengo en mi casa un criado que está en cama, paralítico, y sufre mucho». Desde el principio deja a Jesús tomar la decisión que considere conveniente. Llama la atención que el centurión se presenta ante Jesús casi como un papá preocupado por su hijo.

En segundo lugar. vemos la reacción del centurión. Cualquiera, en el lugar del centurión, se habría puesto contento ante la noticia: «Voy a curarlo» , que implica un “voy a entrar en tu casa”. En cambio, el centurión ve las cosas desde otro punto de vista: expresa una profunda y clara comprensión de su posición y de su poder. Al renunciar a la visita que le ofrece Jesús, está reconociendo –no sólo con palabras- sino efectiva y realmente, que Jesús tiene una dignidad superior y un poder indiscutible: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa”.

En tercer lugar, el centurión hace un parangón en el que refleja su manera militar de concebir la autoridad, lo cual le sirve de lenguaje para expresar que reconoce en Jesús un poder superior capaz de actuar con plena eficacia: «con que digas una sola palabra, mi criado quedará sano».

Por su parte, Jesús, quien no tuvo ningún escrúpulo para tocar al leproso ni tampoco para decidir entrar en la casa del pagano, se detiene para apreciar con admiración la claridad objetiva y la sobria solidez de la fe del centurión. El centurión no dijo quién era Jesús, pero lo dio a entender de forma práctica y real: Jesús tiene poder para ayudar y curar, ¡el puede salvar!

Jesús toma posición ante la fe del centurión y se la valora: ¡Ésa es la actitud que se necesita para entrar en el Reino de los Cielos! El Reino aparece representado aquí en la mesa (del final de los tiempos) de los patriarcas. La novedad del Reino aparece en la imagen gráfica de unos que son admitidos y otros que son expulsados de la mesa. El pueblo de Abraham se reconoce por su “fe”. Juan Bautista y Jesús ya dijeron: una fe que da frutos. Pues bien, el centurión demostró la fe necesaria para la salvación, lo cual lo hace digno del pueblo de Dios.

Así, el Reino de Dios no tiene barreras, la única exigencia es la fe en Jesús y la aceptación de su propuesta de vida y fraternidad que ya comenzó a plantearse en el Sermón de la Montaña. Al final Jesús le responde dándole una orden a aquel que confió absolutamente en el poder de su palabra para alcanzar la salvación: «que se te cumpla lo que has creido».

[1] Cf. F. Oñoro. Una fe que sorprende hasta al mismo Jesús. Mateo 8, 15-17.