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¿Quién eres tú?

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vozqueclama 2 de enero

Texto

† Lectura del santo Evangelio según san Juan (1, 19-28)

Este es el testimonio que dio Juan el Bautista, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén a unos sacerdotes y levitas para preguntarle: “¿Quién eres tú?” El reconoció y no negó quién era. El afirmó: “Yo no soy el Mesías”.

De nuevo le preguntaron: “¿Quién eres, pues? ¿Eres Elías?” El les respondió: “No lo soy”. “¿Eres el profeta?” Respondió: “No”.

Le dijeron: “Entonces dinos quién eres, para poder llevar una respuesta a los que nos enviaron.

¿Qué dices de ti mismo?” Juan les contestó: “Yo soy la voz que grita en el desierto: ‘Enderecen el camino del Señor’, como anunció el profeta Isaías”.

Los enviados, que pertenecían a la secta de los fariseos, le preguntaron: “Entonces ¿por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el profeta?” Juan les respondió: “Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen, alguien que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias”.

Esto sucedió en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan bautizaba. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio de hoy nos presenta nuevamente a Juan el Bautista. Es un hombre justo y austero, vive en el desierto, lejos de Jerusalén, la capital religiosa y política de Israel. Sin embargo, una multitud de personas acuden a él para recibir un bautismo de penitencia y ser así regeneradas a una vida más serena. Todos lo estiman, hasta el punto de señalarlo como el Mesías, o como Elías, o como un gran profeta.

En aquel tiempo, como en nuestros días, había una extraordinaria necesidad de esperanza. Siempre necesitamos ayuda, pero todavía más cuando los tiempos son difíciles. La tentación de buscar salvadores es peligrosa, y peligroso es también pensar en nosotros mismos como salvadores. El Bautista lo había comprendido bien y destaca por su honestidad. De sí mismo, reconoció no ser ni el Mesías, ni Elías, ni el Profeta y decía: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: preparen el camino del Señor». Y ¿qué es una voz? Poco más que nada. Sin embargo, las palabras que el Bautista pronunciaba no eran vanas, es más, tocaban el corazón de quienes le escuchaban. Esta era su fuerza: una fuerza débil pero que conseguía tocar el corazón de quien lo escuchaba porque en esas palabras había una fuerza espiritual.

Juan representa a los testigos del Evangelio que en la historia han sido voz que señala a Jesús a los hombres de su tiempo con autoridad espiritual. Juan no se pertenece, no es el centro de la escena; él indica a otro: al Señor.

El testimonio de Juan nos invita a descentrarnos, a renunciar a usurpar el lugar del Señor y a asumir protagonismos estériles; a renunciar a nosotros mismos para conducir a otros al encuentro de la verdad; para llevar a otros a encontrarse con Jesús donde Él ha querido manifestarse: su Palabra, la Eucaristía y los pobres.

 

 

 

[1] Cf. V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 47.