Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivo de la etiqueta: vocación

Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres

0
SíguemeTiempo Ordinario

Lunes de la I Semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (1, 14-20)

Después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio”. Caminaba Jesús por la orilla del lago de Galilea, cuando vio a Simón y a su hermano, Andrés, echando las redes en el lago, pues eran pescadores.

Jesús les dijo: “Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante, vio a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que estaban en una barca, remendando sus redes. Los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre con los trabajadores, se fueron con Jesús. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

El Evangelio nos muestra los primeros encuentros de Jesús. Es el inicio de una fraternidad que nunca se ha interrumpido. Y en la medida en que esta vive la misma intensidad, manifiesta su fuerza de cambio. No es algo del pasado. Es una forma de vivir el cristianismo todavía hoy.

El cristianismo es una cuestión de encuentro, encuentro con Jesús y encuentro con los demás. Pero es una forma de encontrar propia de Jesús. Él, podríamos decir, sigue recorriendo las calles de hoy pero siempre con el mismo estilo. El estilo de Jesús no es mandar: no da órdenes como un general, sino que habla como alguien que tiene autoridad.

El Evangelio no es un código moral, aunque nos enseña lo que cuenta de verdad y nos ayuda a confrontarnos con el amor. No es un libro que una vez leído se deja, es más, cuanto más lo abrimos más lo comprenden Es Evangelio, es decir, una noticia bella.

¡Cuántas noticias malas escuchamos, que a veces producen angustia y miedo! El Evangelio es la noticia más hermosa que nos puede llegar: es el anuncio de que Dios -es decir, el amor, el misterio de la vida, el sentido de la existencia- te habla, se dirige a ti personalmente, quiere que tú le sigas, le gusta que estés con él. El Evangelio te necesita.

Nuestra situación es análoga a la descrita en el Evangelio para Simón y Andrés, su hermano, ocupados con su trabajo de siempre, Jesús les encontró mientras estaban echando las redes y les llamó: «síganme y haré de ustedes pescadores de hombres». Lo mismo sucede un poco más adelante con otros dos hermanos, Santiago y Juan, también ellos enfrascados en su pesca. Los cuatro dejaron las redes.

De aquella decisión nacieron los primeros discípulos, y nadie puede encontrar un camino distinto a este indicado por Marcos. ¿Por qué seguir a aquel joven maestro? ¿Por qué dejar las ocupaciones de siempre? El Evangelio no muestra a Jesús explicando su programa y pidiendo adhesión. En definitiva, Jesús no se detiene a convencer. Sólo dice: «Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres».

Les pide que dejen de pescar sólo para ellos, que lo hagan para los demás; que no pierdan su corazón y su única vida buscando cosas para ellos, y que le ayuden a encontrar con amor a otros hombres; que le ayuden a sacar del mar confuso del mundo, de la soledad que muchas veces da miedo, a muchos otros hombres y mujeres alcanzándoles con las redes de la amistad.

Todos los hombres necesitan ser amados. El Evangelio no nos hace sacrificar nada de nuestra vida. Al contrario, nos ayuda a perder lo que no sirve, es decir, el orgullo, el egocentrismo y el amor miope por nosotros mismos. Y nos da cien veces más en hermanos, hermanas, padres y madres. Aquellos cuatro primeros llamados intuyeron la fuerza y la belleza de la llamada. Y, de inmediato, dejaron las redes. Había prisa. El tiempo se había hecho breve.

Así es también para nosotros. ¡No somos eternos! El amor quiere llegar pronto, no quiere desperdiciar las ocasiones. Ciertamente, aquellos hombres no habían comprendido todo. ¡Tampoco nosotros hemos comprendido todo! Pero escogieron tomar en serio esa palabra de amistad.

Decían los Padres de la Iglesia: «Comprende que eres un universo en pequeño. ¿Quieres escuchar otra voz para no considerarte pequeño y vil?». Esa voz es el Evangelio de Jesús que entra en el universo pequeño de nuestro corazón para abrirlo con dulce insistencia y hasta el final, incluso cuando sólo vemos oscuridad ante nosotros, sigue diciéndonos: «Sígueme».

 

[1]V.Paglia– Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 69-71.

¿De dónde me conoces?

0

felipe y natanael 

5 de enero

Texto

+ Lectura del santo Evangelio según san Juan (1, 43-51)

En aquel tiempo, determinó Jesús ir a Galilea, y encontrándose a Felipe, le dijo: “Sígueme”. Felipe era de Betsaida, la tierra de Andrés y de Pedro.

Felipe se encontró con Natanael y le dijo: “Hemos encontrado a aquel de quién escribió Moisés en la ley y también los profetas.

Es Jesús de Nazaret, el hijo de José”. Natanael replicó: “¿Acaso puede salir de Nazaret algo bueno?” Felipe le contestó: “Ven y lo verás”.

Cuando Jesús vio que Natanael se acercaba, dijo: “Este es un verdadero israelita en el que no hay doblez”. Natanael le preguntó: “¿De dónde me conoces?” Jesús le respondió: “Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera”. Respondió Natanael: “Maestro, tú eres del Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”.

Jesús le contestó: “Tú crees, porque te he dicho que te vi debajo de la higuera. Mayores cosas has de ver”. Después añadió: “Yo les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

El encuentro con Jesús no limita ni restringe, ni mucho menos empobrece la vida de quien se acerca a él. Más bien nos abre los ojos y el corazón. Jesús nos hace salir de una vida cerrada para introducirnos en un horizonte más grande. Es una visión opuesta a la de quien sigue pensando que Jesús pide privaciones, limita la libertad o frena la alegría.

A veces la vida evangélica se ha presentado de una forma gris y triste, llena de renuncias. Pero el Señor dona una vida llena de sentido, y, con frecuencia, detrás de las objeciones que se hacen a las exigencias del Evangelio, se esconde el deseo de permanecer prisioneros de una vida pequeña. Pero el Señor  tiene un proyecto ambicioso: confiarnos su diseño de salvación. Y ya estas primeras páginas del Evangelio de Juan nos lo muestran

A partir de aquellos pobres pescadores comienza la historia de esa singular fraternidad que se ha creado en tomo a Jesús, y que todavía hoy continúa en el mundo. Después del encuentro con Andrés, Juan y Pedro, el tumo es de Felipe. También a él le dice Jesús: «sígueme». Y así sucedió. A su vez, Felipe cuenta a Natanael el encuentro que ha tenido con el Rabí de Nazaret: «Hemos encontrado al Mesías».

Natanael replica con su habitual honestidad y perspicacia, actitud que Jesús alaba, pero que no es suficiente para salvarlo. Sólo el encuentro con Jesús de Nazaret -aunque se piense que de Nazaret no puede venir nada bueno- ilumina el corazón de ese justo que se siente conocido en profundidad. Jesús le promete que verá cosas mucho mayores que las que acaba de ver. Es el proyecto de este peculiar Maestro hacia aquel pequeño grupo de seguidores. Tal vez ellos ni siquiera se den cuenta, pero el Señor les confía su misma misión. Más adelante dirá a Pedro y a todos los discípulos que le siguen que recibirán cien veces más de cuanto han dejado.

En el discipulado cristiano  no es el discípulo quien busca al mejor maestro para nutrirse de su sabiduría y prestigio; por el contrario, es el maestro quien elige al discípulo, lo conoce, sabe cuáles son sus límites y posibilidades y así, lo llama y  lo incorpora a compartir su vida.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 49-50.

“… lo siguieron y se quedaron con El”

3

discipuladoLos textos bíblicos de este Domingo tienen densidad vocacional. Nos ayudan a detenernos un poco a reflexionar en quién somos para el Señor y a qué nos llama.

Iniciamos con la vocación de Samuel. Dios siempre que proyecta alguna obra importante para la salvación de su pueblo elige al intermediario que la ha de llevar adelante en su nombre y le acompaña en múltiples experiencias que le dan una capacidad habitual de discernimiento para saber distinguir lo que viene de Dios.

Samuel responde al llamado gracias a la mediación de Elí, responde con total disponibilidad. Su respuesta es hoy la respuesta vocacional por excelencia: “Habla Señor, que tu siervo escucha….” Hoy también Dios llama colaboradores que quieran llevar adelante su proyecto de salvación sobre la humanidad y sigue siendo necesaria la mediación creíble de hombres y mujeres que enseñen a los más jóvenes a distinguir la voz de Dios.

Dios no llama en situaciones ideales, sino en contextos concretos, llenos de contradicciones y de dificultades en los que quiere hacer sentir su cercanía y su amor misericordioso a través de la respuesta fiel de las personas a las que llama.

Así lo vemos en la segunda lectura, en la exhortación de San Pablo a los Corintios: ¡Glorifiquen a Dios con sus cuerpos! Esta exhortación nos resulta más comprensible si situamos el mensaje de San Pablo en su contexto. En Corinto, ciudad portuaria, con un gran movimiento comercial, profusa movilidad humana y permisividad moral, comienzan a darse, en la comunidad cristiana, divisiones alarmantes, escándalos sumamente graves, ruptura del sentido comunitario, falta de solidaridad entre los hermanos y graves dudas sobre cuestiones fundamentales para la fe.

Una lectura, fuera de contexto, de este mensaje paulino encontraría en él la base para un moralismo rancio que a su vez justificaría a quienes sin más afirman que el cristianismo condenó la dimensión erótica del amor humano, por lo que la Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, convierte en amargo lo más hermoso de la vida.

En su encíclica Deus Caritas est,el Papa Benedicto XVI, nos invita a detenernos a reflexionar en la verdad del amor humano y del amor divino y nos ayuda, con la claridad de su pensamiento, a entender correctamente la dimensión erótica del amor humano. El cuerpo humano es constitutivo e inseparable de la persona humana integral. El amor erótico, que implica cercanía, ternura, corporalidad, forma parte de la humanidad querida por Dios, pero no lo es todo, cuando se le absolutiza, se erige en divinidad despiadada que esclaviza a las personas. Por ello debemos llevar la Buena Noticia de Jesús a todas las dimensiones de la vida. La redención de Cristo alcanza todos los rincones de la existencia, incluso aquellos que, por deformación de la conciencia o por conveniencia, solemos disociar de la vocación cristiana, como son los deseos y necesidades de nuestro cuerpo y la vivencia de la propia sexualidad.

El pasaje que hoy leemos en el evangelio es el de la llamada de los primeros discípulos. El evangelista ha puesto especial cuidado en presentarnos la lógica de la dinámica vocacional como una dinámica de encuentro vivo y profundo con Jesús y de proclamación de este encuentro a otros.

Dos discípulos, después de que han escuchado a su maestro Juan el Bautista referirse a Jesús con el mismo término que Isaías se refería al Mesías, se pusieron a seguirlo. Jesús al darse cuenta se vuelve hacia ellos y les pregunta ¿Qué buscan? Los discípulos de Juan no le preguntan por la casa donde vive sino por la realidad que ofrece a los hombres. Es como si le dijeran: ¿Cuál es tu mundo? ¿En qué universo te mueves? ¿qué pasa contigo?

La respuesta de Jesús es sencilla: vengan y experiméntenlo ustedes mismos. Así se puede entender el  verbo «ver». Los discípulos se pusieron en marcha para experimentar, observar y abrirse plenamente a Jesús. Fueron y se quedaron con Él aquel día, entraron en su mundo, compartieron su intimidad. El narrador observa que eran las cuatro de la tarde. Para los contemporáneos de Jesús un día se compone de tarde y mañana y no de mañana y tarde como para nosotros. Las mañanas del encuentro con los hombres han de ser precedidas por las tardes del encuentro con Jesús. No puede ser de otra manera para poder transmitir algo de valor a los hombres. Es necesario pasar de la experiencia personal, íntima, auténtica y transformadora al anuncio gratuito, convincente y generoso. Este es el paso que observamos en esta bella narración vocacional. Andrés anuncia discipuladoa su hermano Simón lo que ha visto y oído y lo llevó a Jesús.

El encuentro con Simón es descrito sobriamente. Jesús se le quedó mirando, lo reconoció y le cambió el nombre. El Señor nos trata de la misma forma; nos mira fijamente y con cariño porque no le somos indiferentes. Ser discípulo no es lo mismo que ser, como se dice ahora, “fans” de alguien, ni ser seguidor acrítico de un líder carismático. El camino del discipulado es el camino de una comunidad que vive y comparte con el Maestro su vida, enseñanza y misión.

El Señor nos reconoce porque somos significativos para Él, nos llama por nuestro nombre porque lo sabe, conoce nuestra historia, nuestras debilidades y nuestros miedos y aún así no duda en llamarnos y confiar en nosotros. Compartir la intimidad con Él, ver nuestra vida a la luz de la suya nos lleva a una comprensión más profunda de nosotros mismos, nos hace entender a qué nos llama Dios, es decir, nos hace tomar conciencia de nuestra vocación. Fue lo que le sucedió a Simón, su nuevo nombre lo abrió a una dimensión de su existencia que él desconocía, le hizo entender su misión en el plan de Dios para con los hombres.

Todos tenemos un nombre y una misión para la obra de Dios en el mundo, en el aquí y ahora de nuestra existencia. Descubrirlo es una de las mayores aventuras de amor que implica la vocación cristiana, que no es otra cosa que la llamada de Dios a la vida buena del evangelio, a la plenitud y gozo de todas las dimensiones de nuestra existencia.