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Mateo… se levantó y lo siguió

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Tiempo Ordinario
Viernes de la XIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 9-13)

En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. El se levantó y lo siguió.

Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos. Viendo esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: “¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?” Jesús los oyó y les dijo: “No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Mientras camina, Jesús ve a Mateo, un publicano, un recaudador de impuestos que trabaja para el gobernador de la región y para los romanos. Los publicanos eran tildados de deshonestos y tenían fama de aprovecharse de la gente. Se les consideraba impuros porque manipulaban dinero y tenían negocios sucios. Equiparados a ladrones y usureros, eran personas a evitar.

Jesús se acerca y empieza a hablar con él. Cuando terminan de hablar le hace incluso una invitación: «Sígueme». Mateo, a diferencia de muchos hombres que se consideraban religiosos y puros, se pone en pie de inmediato y sigue a Jesús sin dudarlo. Él, que era un pecador, se convierte en un ejemplo de cómo seguir al Señor. Y aún más: con el Evangelio que lleva su nombre se ha convertido en guía para muchos.

También nosotros seguimos a este antiguo publicano y pecador que nos lleva a conocer el amor del Señor Jesús. Mateo invita rápidamente a Jesús a un banquete. Toman parte también en el banquete sus amigos. Es un banquete extraño, ya que los comensales son publicanos y pecadores. Algunos fariseos, escandalizados por aquella escena, dicen a los discípulos: «¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?».

Jesús interviene directamente en la polémica con un proverbio irrefutable por su claridad: «No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos». Para él nunca hay en la tierra una división maniquea entre buenos y malos, entre justos y pecadores. Jesús solo quiere explicar cuál es su misión: él ha venido para ayudar y para curar, para liberar y para salvar. Para seguir y acoger a Jesús y su Evangelio es necesario sentir una herida, sentirse necesitado, abrir el corazón. Por eso, dirigiéndose directamente a los fariseos, añade: «Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios». E invita a todo el mundo a ser como él: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón».

Y, acercándose aún más a cada uno de nosotros, añade: «no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». Por eso no es difícil sentir que tenemos al Señor a nuestro lado. Solo tenemos que admitir, ante Él, que somos necesitados, que no somos tan fuertes como por desgracia muy a menudo queremos aparentar.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 270-271.

Al pasar, lo vio

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mesa de los impuestosTiempo Ordinario

Sábado de la I Semana

 Textos

+ Del evangelio según san Marcos (2, 13-17)

En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a caminar por la orilla del lago; toda la muchedumbre lo seguía y él les hablaba. Al pasar, vio a Leví (Mateo), el hijo de Alfeo, sentado en el banco de los impuestos, y le dijo: “Sígueme”. El se levantó y lo siguió. Mientras Jesús estaba a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaron a la mesa junto con Jesús y sus discípulos, porque eran muchos los que lo seguían.

Entonces unos escribas de la secta de los fariseos, viéndolo comer con los pecadores y publicanos, preguntaron a sus discípulos: “¿Por qué su maestro come y bebe en compañía de publicanos y pecadores?” Habiendo oído esto, Jesús les dijo: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido para llamar a los justos, sino a los pecadores”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús sigue caminando a orillas del lago de Galilea y encuentra a Leví, un publicano, sentado en el despacho de recaudación de impuestos. Era conocida la desconfianza que suscitaban los publicanos, recaudadores de impuestos, y el desprecio con el que eran considerados. Pero Jesús se detiene precisamente delante de aquel pecador. Le mira y le invita a seguirle. Y Leví, sin vacilaciones, deja todo y se pone a seguirlo.

La pequeña comunidad de Jesús crece también en número, sin que Jesús parezca preocupado por la proveniencia o la condición de quien llama a seguirle. En efecto, para formar parte de la comunidad de los discípulos no existen barreras de ningún tipo; no importa cómo seamos, nuestra historia o nuestro carácter. A Leví se le consideraba un pecador público a causa de su oficio de recaudador de impuestos que iban a engrosar las arcas de los opresores romanos. Pero esto no detiene a Jesús.

Para formar parte de la comunidad de discípulos lo que cuenta es escuchar la Palabra del Señor y ponerla en práctica. Para Leví, que será conocido con el nombre de Mateo, al igual que para los primeros cuatro discípulos, ha sido suficiente con escuchar una sola palabra: «Sígueme». Él se levanta, deja su despacho y se pone a seguir a Jesús. El evangelista narra entonces una comida que Leví organiza en honor de Jesús y los discípulos, a la que ha invitado también a sus amigos, publicanos y pecadores. Los fariseos lo acusan públicamente por este comportamiento suyo que consideraban pecaminoso, manifestando así la dureza de su corazón. No consiguen ni ver ni comprender el sentido de la misericordia. Bien diferente es la sensibilidad de Jesús: «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores», replica a sus acusaciones; no es que Jesús considerara justos a los fariseos; eran ellos mismos los que, de forma errónea, se tenían por tales. Pero ciertamente Leví y los otros comensales -como cada uno de nosotros- eran débiles, pobres y pecadores. Y Jesús ha venido precisamente para los débiles y los pecadores. Ha venido incluso para los fariseos. Y alguno de ellos se adherirá a Él. Pero la condición para salvarse reside en sentirse necesitados de la ayuda del Señor.

[1] Cf. V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 60-61.