Ecos de la Palabra

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Tú, sígueme

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pedro y juan Sábado VII de Pascua

Textos

†Del evangelio según san Juan (21, 20-25)

En aquel tiempo, Jesús dijo a Pedro: “Sígueme”.

Pedro, volviendo la cara, vio que iba detrás de ellos el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había reclinado sobre su pecho y le había preguntado: ‘Señor, ¿quién es el que te va a traicionar?’ Al verlo, Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¿qué va a pasar con éste?” Jesús le respondió: “Si yo quiero que éste permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú, sígueme”.

Por eso comenzó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no habría de morir.

Pero Jesús no dijo que no moriría, sino: ‘Si yo quiero que permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?’ Ese es el discípulo que atestigua estas cosas y las ha puesto por escrito, y estamos ciertos de que su testimonio es verdadero.

Muchas otras cosas hizo Jesús y creo que, si se relataran una por una, no cabrían en todo el mundo los libros que se escribieran. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

El último pasaje del evangelio de Juan le da la ocasión a Jesús para pronunciar por última vez el imperativo de la vocación del discípulo: “Tú, sígueme

El contexto del pasaje no nos da el mejor ángulo de Pedro, se trata de una confrontación con el discípulo amado. Pedro le pregunta a Jesús: “Señor, y éste, ¿qué?”,en el sentido de “¿qué será de él?”.  Pedro, a quien Jesús le ha dado a entender que su destino es el martirio, quiere saber cuál será el destino de su compañero.

La respuesta de Jesús es dura: “Si yo quiero que éste permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?” ¿Cómo entender esta reacción?  Ante todo como una invitación a no compararse con los demás: Jesús tiene un camino para cada uno y ninguno es mejor ni peor. Pertenece a la soberana libertad de Jesús indicarle el camino del seguimiento a cada uno. Cada discípulo es invitado a apreciar y respetar el itinerario del otro.

El “Tú, sígueme” es, entonces, la norma de vida del discípulo: su mirada está siempre puesta en el Maestro y, desde ahí, acoge también el amor y estilo de relación que tiene con todos los discípulos.

En el “Tú, sígueme”, Pedro es llamado para hacer lo que Jesús le pida –como por ejemplo, el martirio- sin importar si no se lo pide a los demás. Es aquí donde la pureza de  alcanza su más alto grado.

Las palabras finales del evangelista, nos muestran que la obra de Jesús es infinitamente grande, que siempre nos sobrepasa: aún cuando creamos conocer el Evangelio, siempre hay novedades, hay sorpresas.  Ni siquiera el mismo Juan fue capaz de agotar en su evangelio lo que es el Misterio de Dios.

La profunda humildad que aprende Pedro en la última escena del evangelio es también la profunda humildad del evangelista, quien cierra su obra sabiendo que Jesús siempre le supera. Una actitud que lleva finalmente a la confianza, porque sabemos que, por una parte, el “testimonio es verdadero”, y por otra, que el Resucitado estará siempre ahí realizando las promesas que el evangelista nos hizo contemplar.

Señor, ¿qué va a pasar con éste?

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Jesús Pedro y Juan

Sábado de la VII semana de Pascua

Textos 

† Del evangelio según san Juan (21, 20-25)

En aquel tiempo, Jesús dijo a Pedro: “Sígueme”.

Pedro, volviendo la cara, vio que iba detrás de ellos el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había reclinado sobre su pecho y le había preguntado: ‘Señor, ¿quién es el que te va a traicionar?’ Al verlo, Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¿qué va a pasar con éste?” Jesús le respondió: “Si yo quiero que éste permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú, sígueme”.

Por eso comenzó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no habría de morir.

Pero Jesús no dijo que no moriría, sino: ‘Si yo quiero que permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?’ Ese es el discípulo que atestigua estas cosas y las ha puesto por escrito, y estamos ciertos de que su testimonio es verdadero.

Muchas otras cosas hizo Jesús y creo que, si se relataran una por una, no cabrían en todo el mundo los libros que se escribieran. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El epílogo del evangelio de Juan está relacionado con la misión propia del discípulo amado. El fragmento está formado por dos pequeñas unidades, que también están subdivididas a su vez: predicción sobre el futuro del discípulo amado y segunda conclusión del evangelio. El redactor de este capítulo, a través de una comparación entre Pedro y el otro discípulo, pretende identificar de manera inequívoca al «discípulo a quien Jesús amaba».

La pregunta que Pedro plantea, a continuación, a Jesús sobre la suerte del discípulo amado recibe de parte del Maestro una respuesta que no deja lugar a equívocos, en la que afirma la libertad soberana de Dios respecto a cada hombre.

Pero quizás sea posible proyectar alguna luz sobre estos misteriosos versículos intentando poner de manifiesto cierto fondo histórico del tiempo en el que el autor los escribió. El texto no estuvo provocado realmente por las discusiones que tuvieron lugar en la Iglesia de los orígenes entre los discípulos de Pedro y los del discípulo amado sobre el «poder primacial» del primero. Más bien fue introducido por el redactor del capítulo para demostrar, sobre una base histórica, dos cosas: a) que carecía de fundamento la opinión difundida de que el discípulo amado no había muerto; b) que esa muerte, una vez acaecida, tenía la misma importancia para el Señor que el martirio sufrido por el apóstol Pedro.

Por último, los versículos finales subrayan una cosa simple, pero verdadera: la revelación de Jesús, ligada al ministerio de su persona, es algo tan grande y profundo que escapa al alcance del hombre.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 447-448.