Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivo de la etiqueta: VII Jueves de Pascua

Quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que me has dado

0

Ultima Cena 5 

 Jueves VII de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (17, 20-26)

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre, no sólo te pido por mis discípulos, sino también por los que van a creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti somos uno, a fin de que sean uno en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado.

Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que su unidad sea perfecta y así el mundo conozca que tú me has enviado y que los amas, como me amas a mí.

Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que me has dado, para que contemplen mi gloria, la que me diste, porque me has amado desde antes de la creación del mundo.

Padre justo, el mundo no te ha conocido; pero yo sí te conozco y éstos han conocido que tú me enviaste. Yo les he dado aconocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que me amas esté en ellos y yo también enellos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje

En la última sección de su oración, Jesús ora en palabras que alcanzan a la totalidad de la Iglesia y abraza a todos los creyentes de todos los tiempos, incluyéndonos a nosotros.

Esta parte de la oración de Jesús está centrada en tres peticiones:

  • Jesús ora para que los discípulos logren la unidad y esta unidad evangelice el mundo.
  • Jesús ora para que los discípulos puedan llegar a la contemplación de la gloria de Jesús en la amistad eterna con él.
  • Jesús ora para que vivan habitados por el amor de Jesús y sean transparencia de él en el mundo.

Detengámonos en la segunda petición: «Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que me has dado, para que contemplen mi gloria, la que me diste, porque me has amado desde antes de la creación del mundo

El amor siempre pide unión y esta unión pide eternidad. Por eso cuando dos amantes se declaran el amor generalmente se dicen “para siempre”. Esto es lo que Jesús ora en la segunda parte de su oración por todos los discípulos de la historia. Ora el futuro del amor, el futuro de la relación de discipulado.

Aquí Jesús dice que sus discípulos, no solos sino en comunidad, estarán siempre con él. Recordemos que lo que dio pie a las últimas enseñanzas de Jesús fue precisamente el hecho inminente de la separación, el “yo me voy” de Jesús.

El Señor quiere que estemos siempre junto a Él, “para que contemplen mi gloria”. Contemplar la gloria: ser como él. Y esta gloria que contemplamos es algo que nosotros actualmente experimentamos. Contemplamos la gloria en el Verbo encarnado, en el rostro humano de Jesús, que no es otra cosa que el rostro divino que nosotros estamos llamados a tener.

No hay nada más bello que estar junto con Jesús. Esta promesa nos ha venido acompañando a lo largo de todo este tiempo pascual, con la lectura de Juan. Jesús ya había dicho: “Si alguno me sirve que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor”.

Que sean uno, como tú y yo somos uno

0

jesús orante.jpgJueves de la VII semana de pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (17, 20-26)

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre, no sólo te pido por mis discípulos, sino también por los que van a creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti somos uno, a fin de que sean uno en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado.

Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que su unidad sea perfecta y así el mundo conozca que tú me has enviado y que los amas, como me amas a mí.

Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que me has dado, para que contemplen mi gloria, la que me diste, porque me has amado desde antes de la creación del mundo.

Padre justo, el mundo no te ha conocido; pero yo sí te conozco y éstos han conocido que tú me enviaste. Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que me amas esté en ellos y yo también en ellos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

En la tercera parte de su «oración sacerdotal » dilata Jesús el horizonte. Antes había invocado al Padre por sí mismo y por la comunidad de los discípulos. Ahora su oración se extiende en favor de todos los futuros creyentes. Tras una invocación general, siguen dos partes bien distintas: la oración por la unidad y la oración por la salvación.

Jesús, después de haber presentado a las personas por las que pretende orar, le pide al Padre el don de la unidad en la fe y en el amor para todos los creyentes. Esta unidad tiene su origen y está calificada por «lo mismo que», es decir, por la copresencia del Padre y del Hijo, por la vida de unión profunda entre ellos, fundamento y modelo de la comunidad de los creyentes.

En este ambiente vital, todos se hacen «uno » en la medida en que acogen a Jesús y creen en su Palabra. Este alto ideal, inspirado en la vida de unión entre las personas divinas, encierra para la comunidad cristiana una vigorosa llamada a la fe y es signo luminoso de la misma misión de Jesús. La unidad entre Jesús y la comunidad cristiana se representa así como una inhabitación: «Yo en ellos y tú en mí». En Cristo se realiza, por tanto, el perfeccionamiento hacia la unidad.

A continuación, Jesús manifiesta los últimos deseos en los que asocia a los discípulos los creyentes de todas las épocas de la historia, y para los cuales pide el cumplimiento de la promesa ya hecha a los discípulos.

En la petición final, Jesús vuelve al tema de la gloria, recupera el de la misión, es decir, el tema de hacer conocer al Padre, y concluye pidiendo que todos sean admitidos en la intimidad del misterio, donde existe desde siempre la comunión de vida en el amor entre el Padre y el Hijo. La unidad con el Padre, fuente del amor, tiene lugar, no obstante, en el creyente por medio de la presencia interior del Espíritu de Jesús.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 433-434.