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Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas

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Martes de la XXIX semana

Textos

† Lectura del santo Evangelio según san Lucas (12, 35-38)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas. Sean semejantes a los criados que están esperando a que su señor regrese de la boda, para abrirle en cuanto llegue y toque. Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela. Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá.

Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús contrapone el rico necio al que sorprende la muerte con el discípulo que espera a su Señor. La vigilancia es una de las dimensiones espirituales fundamentales de la vida cristiana. A aquel que está replegado siempre sobre si mismo y se duerme entre sus cosas, se le pide que levante la mirada y que permanezca esperando el retorno del Señor. Dice Jesús: «estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas».

Tener ceñida la cintura significa estar preparado para la acción inmediata. Así fue la noche de la huida de Egipto. Los israelitas debían tener ceñida la cintura, es decir, debían estar listos para partir de inmediato. La lámpara encendida tenía el mismo significado: estar listo para acudir incluso por la noche. Esperar al Señor es la bienaventuranza del creyente.

En realidad, el Señor está cada día a la puerta de nuestro corazón y llama, como escribe el Apocalipsis. Y dichoso del que abra, porque tendrá una increíble recompensa: el Señor se convertirá en su siervo; se ceñirá la cintura, lo invitará a sentarse y pasará él mismo a servirle. Es como si se hubieran invertido los papeles. Parece algo increíble, pero esa es precisamente la paradoja de la gracia que hemos recibido.

Jesús mismo se presenta como el que sirve. Y no solo se presenta, sino que actúa como un siervo. Durante la última cena se comportó literalmente como un siervo: tras tomar un aguamanil se ciñó con una toalla y se inclinó para lavar los pies de los discípulos, uno por uno. Esta imagen forma parte integrante del mensaje evangélico, del anuncio de un Dios que nos ama tanto que se inclina hasta nuestros pies.

Es lo mismo que pasa cada vez que acogemos al Señor en la oración, o bien en el servicio a los más pobres, y sobre todo en la santa Liturgia en la que él prepara un banquete para alimentarnos con su palabra y su carne. La dicha de esperar al Señor no radica en la acogida que le podemos dispensar nosotros a Él, sino en el beneficio que obtenemos cuando lo acogemos en nuestro corazón. El Señor viene a servimos, a ayudarnos, a liberarnos, para llevamos con Él hasta el cielo.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 391-392.

Estén atentos y vigilantes…. Hagan oración. (Lucas 21, 25-28.34-36)

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calendario liturgico -fanoCon el adviento inicia un nuevo año litúrgico. Este año corresponde al ciclo C y por tanto será san Lucas quien nos acompañará en las celebraciones dominicales.

El adviento es tiempo de preparación para la Navidad y también tiempo de preparación para la última venida del Señor. Este Domingo los textos bíblicos nos hacen poner nuestra mirada más en la segunda venida que en la primera.

El texto del evangelio nos pone frente al evento culminante de la historia. No se trata de una descripción del fin del mundo. La intención del evangelista no es aterrorizar, sino alimentar la esperanza de los discípulos que en medio de las dificultades nunca deben olvidar que el Señor vendrá de nuevo y que está promesa se cumplirá pues las palabras del Señor no dejarán de cumplirse.

El evangelista anuncia el cumplimiento de la promesa y habla de los signos que precederán a la segunda venida. Estos signos, conocidos como escatológicos, se presentan con el  lenguaje que los profetas utilizaron cuando anunciaron los grandes juicios de Dios sobre Israel y la humanidad asociando al universo entero a estos acontecimientos. En el lenguaje profético el ser humano al ser juzgado por Dios debía presentarse ante Él acompañado de toda la creación.

Los trastornos cósmicos que menciona el evangelio enseñan que cuando Dios deja de sostener el mundo la creación entera se ve amenazada y corre el peligro de derrumbarse. Cuando el mundo se desestabiliza sufre la humanidad y se angustia pues comienza a ver incierto su futuro.

El abrirse de los cielos da paso a la aparición del Hijo del Hombre, que viene a juzgar al mundo. Es el cumplimiento de la promesa, un anuncio de esperanza, pues quien juzga es Aquél que por nosotros y por nuestra salvación se hizo hombre. Por ello la invitación «Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobren ánimo y levanten la cabeza porque se acerca su liberación». Cuando el Señor vuelva, llegará la redención final de la opresión y de la aflicción del pueblo de Dios. Será la hora de la justicia que esperan con alegría quien han sufrido en la historia.

Esperar pues la venida del Señor es motivo de esperanza y no de miedo, pues la historia de nuestro mundo, en el que las fuerzas del mal campean y en el que en ocasiones es difícil percibir cómo obra la justicia de Dios, se completará con la venida de Jesucristo, el Señor que llevará a culmen su obra de justicia y hará que reine la fraternidad.fano adviento

Pero la esperanza cristiana no puede vivirse sólo como expectación, supone actitudes concretas que los discípulos deben asumir ante la venida de Jesús. SI el Señor viene, debemos ponernos en movimiento, salir a su encuentro, no podemos esperarlo con los brazos cruzados y si no sabemos cuando vendrá entonces, para evitar sorpresas, es necesario estar preparados. Para ello nos instruye el evangelio.

En primer lugar «estar atentos». Es un llamado al discernimiento de los acontecimientos de la vida. Hay que estar listos para reconocer los signos y por tanto pendientes de la modorra espiritual que puede entorpecer el discernimiento. Lucas la describe como «corazón embotado». El corazón puede embotarse por el libertinaje, al que se llega por la pérdida de valores y la falta de criterios de comportamiento; además; también por la fuga de la realidad, Lucas alude al abuso del alcohol, nosotros podríamos añadir todo tipo de adicciones  y, finalmente, por las preocupaciones del mundo que podríamos identificar con el estrés al que nos sometemos por el exceso de trabajo y nuestras obsesiones consumistas.

Cuando el corazón se embota perdemos la tensión espiritual, el corazón se distrae y no puede reconocer al Señor que viene a nuestro encuentro. La advertencia es clara. Si queremos reconocer al Señor cuando vuelva debemos estar familiarizados con Él, y para ello es necesario dedicar tiempo a las «cosas espirituales» y no vivir obsesionados con las cosas terrenas.

Después del llamado a «estar atentos» Lucas nos exhorta a la vigilancia y para ello indica el camino de la oración. La «oración constante» es sinónimo de «vigilancia del corazón»: nos hace mantener fija la mirada en lo que es esencial; nos hace llevar a la presencia de Dios nuestras vivencias y nos ayuda a valorarlas confrontándolas con su voluntad; y anticipa la comunión de amor que da sentido a lo que hacemos y endereza nuestros pasos en la dirección de la plenitud.

01advC - fsnoLa oración constante fortalece y ayuda mantenerse en la vocación de amar; quien ora aprende a ubicarse en los conflictos, manteniendo su identidad y su vocación de comunión y por ello puede salir  ileso de ellos; ser constante en la oración ayuda también a permanecer disponibles en el servicio y aguardar sin miedo el último día.

El fin de los tiempos no se prepara pues haciendo cábalas sobre cuándo y cómo será el fin del mundo. Al creyente eso no le interesa, porque ya sabe que al final nos espera el juicio y la justicia de Dios sobre la historia y esto le llena de esperanza.

El discípulo de Jesús espera confiado el regreso de su Señor y lo hace encontrándose con Él en los signos en los que Él ha perpetuado su presencia –Palabra, Eucaristía y Pobres-, orando con constancia, llevando una vida recta y permaneciendo siempre disponible en el servicio para que en el mundo reinen la fraternidad y la justicia.