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El Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre…

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VI Domingo de Pascua

Ciclo C

Textos

† Del evangelio según san Juan (14, 23-29)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada. El que no me ama no cumplirá mis palabras.

La palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre, que me envió. Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará, todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho.

La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden. Me han oído decir: ‘Me voy, pero volveré a su lado’.

Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Con el sexto domingo entramos en la recta final del tiempo pascual que culmina, después de la celebración de la Ascención del Señor que se celebrá el próximo domingo, con la solemnidad de Pentecostés.

Los textos del evangelio que hemos leído los domingos de este tiempo pascual nos han ayudado a entender que la experiencia de Jesús resucitado nos lleva a la madurez en la fe y nos capacita a ser testigos del Señor cumpliendo con el mandamiento nuevo; todo esto es posible gracias a que Dios mismo pone su morada en nosotros y nos da su Espíritu para que podamos permanecer firmes y fieles testigos de su amor.

El contexto

El texto del evangelio que se proclama este domingo forma parte del discurso de despedida de Jesús, en el contexto de la Última Cena. Jesús anuncia su regreso al Padre y los discípulos se angustian, se llenan de miedo; Jesús ha llegado a ser el punto de referencia de sus vidas; parece que con su partida concluyen abruptamente tres años de seguimiento y que se cancela el futuro anhelado; un sentimiento de temor les invade al verse desprotegidos, sin orientación y huérfanos del amor que los congregó y los sostuvo.

Jesús les pide ubicarse en otra perspectiva: «Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre», para ello, sus palabras adquieren el tono del consuelo, para que sus discípulos «no pierdan la paz ni se acobarden.». Jesús tiene un punto de vista propio sobre su partida y quiere que sus discípulos comprendan su nueva situación ofrecièndoles claves muy precisas y razones para no sentirse abandonados.

Con sus palabras Jesús lleva gradualmente a su comunidad a pasar de la tristeza a la alegría, pues la Pascua no es el final trágico de una historia, sino una presencia suya, novedosa, profunda, y siempre actual, en la vida de todo discípulo.

La Pascua significa una nueva, más profunda y más intensa presencia del Señor en la vida de cada discípulo. Experimentar esta presencia del Resucitado en la propia vida implica captar las formas concretas como el Señor sigue conduciendo a sus discípulos en su seguimiento. A ello responde el evangelio de este domingo, que podemos considerar en dos partes: la primera, el fundamento del seguimiento de Jesús que es amarlo y obedecer su Palabra y, la segunda, ¿Cómo participa el discípulo en el amor del Padre y del Hijo?.

Primera parte:

El fundamento del seguimiento de Jesús: Amarlo y obedecer su Palabra.

El fundamento del discípulado es el amor a Jesús. La forma concreta de este amor es: acoger su persona, con todo lo que Él ha revelado de si mismo y tomar en serio sus enseñanzas, poniéndolas en práctica. El amor es compromiso: «El que me ama, cumplirá mi palabra», dice el Señor.

El discípulo sigue a Jesus a lo largo de su vida escuchando el Evangelio y arraigándolo en su corazón. Su amor, en sintonía con el camino del Evangelio, redundará en gran alegría.

El discipulado es una vida caracterizada por el dinamismo del amor. La observancia de los mandamientos de Jesús por amor, es el mejor testimonio; pues transforma a sus discípulos en imitadores suyos, porque así es como Él se comporta con el Padre: «si  cumplen mis mandamientos permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (Jn 15,10).

El amor del discípulo a Jesús lo incorpora en el dinamismo de un amor más grande que el suyo; no es sólo el amor de Jesús sino también el amor del Padre: «…mi Padre lo amará».

Afirmada la experiencia fundamental que sostendrá al discípulo cuando Jesús haya partido, el Señor hace una serie de revelaciones que hacen concreta la participación en el amor del Padre y del Hijo.

Segunda Parte:

¿Cómo participa el discípulo en el amor del Padre y del Hijo?

A partir del amor de los discípulos por su Maestro, incorporados en la circularidad del amor del Padre y del Hijo, Jesús hace cinco revelaciones en forma de promesa: El Padre y el Hijo harán su morada en ellos; el Espíritu Santo los asistirá; Dios les ofrecerá su paz y les compartirá su alegría, para que crezcan en su fe. Veamos cada una de las promesas.

  1. Somos morada de Dios

En el evangelio de hoy leemos: «El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada

Jesús cambia la forma de entender la relacion del hombre con Dios y con Él. En el Antiguo Testamento, a Dios se le concebía como una realidad exterior y distante al hombre. La relaciòn con Dios se establecia a través de mediaciones, entre ellas sobresalían el Templo y la Ley. Dios se manfiestaba en el ámbito de lo sagrado y el mundo quedaba en el ámbito de lo profano. El hombre para relacionarse con Dios debía sustraerse del mundo. Se podría decir, de alguna manera, que para relacionarse con Dios, el hombre tenía que reunciar a su mundo, a si mismo, para entrar en el mundo de Dios y vivir en su presencia.

Jesús nos enseña que la comunión con el Padre y el Hijo nos transforma en morada de Dios. Con ello cambia el modo de relación entre Dios y nosotros. La comunidad y cada persona se convierten en templo en el que Dios habita; la realidad humana se transforma en santuario de Dios. No hay ya ámbitos exclusivos en los que Dios se manfiieste fuera del hombre mismo.

Dios Padre no es un Dios lejano, se acerca al hombre y vive con él, haciendo comunión con el ser humano, objeto de su amor. Buscar a Dios no exige ir a buscarlo a ningun lugar, sino dejarse encontrar por Él, descubrir y aceptar su presencia en una relación de amorosa intimidad, como la que hay entre un padre con su hijo.

Por otra parte, Jesús nos hizo saber una y otra vez que Ël no vivía en soledad, que Dios esaban con Él. De esta experiencia, Jesús hace partícipes a sus discípulos; no estarán solos, Dios estará con ellos. «El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada.» Quien ama a Jesús no está sólo, no está perdido, ni abandonado a su propia suerte, Jesús y el Padre están a su lado.

En los momentos de soledad, cuando se viven pérdidas o separaciones, es importante tomar conciencia de que Jesús y el Padre con nosotros, que no nos djan abandonados ni desprotegidos. Vivir esta compañía y gustarla es parte importante de la experiencia discípular.

Esta experiencia de ser morada de Dios anticipa el futuro, los discípulos podemos vivir el cielo en la tierra. La comunión con Dios a la que estamos llamados no es una realidad futura, es una realidad presente, dinámica, que crece cada día hasta el día en que el Señor lleve a plenitud su promesa: «volveré y los llevaré conmigo» (Jn 14,3).

  1. Contamos con la asistencia del Espíritu Santo

En el evangelio de hoy leemos: «Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará, todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho». Con estas palabras, Jesús recuerda una vez más que, al partir Él, enviaría al Espíritu Santo.

Profundicemos lo que nos dice ahora. En el Espíritu Santo tendremos quien nos una vez que Jesús haya partido; el Espíritu es enviado del Padre y viene a enseñarnos y recordarnos todo lo que Jesús hizo y nos dijo.  Con el don del Espíritu comprendemos que no estamos solos, que contamos con una ayuda eficaz. No nos esforzamos por comprender la Palabra de Jesús solamente con nuestras fuerzas, sino que el Espíritu nos asiste, nos ayuda.

Esta asistencia del Espíritu Santo es un don del Padre, a quien Jesús imploró que nos diera quien nos consolara, nos asistiera y estuviera con nosotros para siempre. (Cf. Juan 14, 16).

El Espíritu Santo nos entrega la totalidad del Evangelio, que tiene profunda unidad; tiene la misión de enseñarnos a comprender, a apropiarnos y a vivir la Palabra de Jesús. No viene a enseñarnos cosas nuevas; con Jesús la revelación de Dios llegó a su plenitud. Su acción está referida a lo que Jesús ya dijo, recordándolo, profundizándolo e incorporándolo a la propia vida; en otras palabras, nos ayuda a que Jesús, el Verbo de Dios, se encarne en nuestra vida y en nuestra historia.

La asistencia del Espíritu Santo es vital para el discipulado, sin ella no sería posible el seguimiento de Jesús; el Espíritu Santo nos educa interiormente para que podamos seguir con mayor fidelidad al Señor, conducir mejor nuestro proyecto de vida y adquirir todo lo necesario para permanecer en la comunión con el Padre y con el Hijo. El Espíritu Santo nos introduce en la vida de Dios, meta del camino de Jesús y de toda nuestra vida.

  1. Dios nos ofrece su paz

En el evangelio de hoy leemos: «La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo.» Al igual que la promesa anterior, Jesús reitera lo que ya ha dicho y dirá después. Del texto que leemos podemos detenernos a considerar tres características de la paz que Jesús nos da: su origen su fundamento y su consecuencia.

El origen de la paz es Jesús mismo; Él da a sus discípulos «su» paz, es decir, la seguridad y la protección que solamente pueden venir de Él.

Esta paz se fundamenta en los dos anuncios hechos por Jesús: el Padre y el Hijo habitarán en nosotros y el Espíritu Santo nos guía. La paz brota en la vida del bautizado, de quien vive sumergido en Dios y orienta su existencia por el camino del Evangelio.

Como dice reiteradamente la Sagrada Escritura: Si Dios está de nuestra parte, ¿a quién hemos de temer?  La comunión con Dios arranca de raíz las preocupaciones, los miedos y las inseguridades en la experiencia de la fe.

Quien vive en la presencia de Dios y de su Hijo Jesucristo y camina todos los días con la asistencia del Espíritu Santo, enfrenta la vida con paz. Las dificultades de la vida cotidiana, que causa desasosiego y perturbación, no encuentran al discípulo desvalido; las realidades de la vida no pueden sofocarlo en la angustia y el temor, por ello Jesús dice: «No pierdan la paz ni se acobarden».

  1. Dios nos da el don de la alegría

En el evangelio de hoy leemos: «Me voy, pero volveré a su lado’. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo

Con el don de la “alegría” sucede como con el don de la paz: la mayor alegría que hay es la del amor, cuyo fundamento último es la unión perfecta del Padre y el Hijo.

Jesús nos hizo saber que con su muerte, volvia a la casa del Padre, alcanzando así la plenitud del gozo, pues para ël no hay mayor alegría que la perfecta comunión con el Padre.

Los discípulos deberían estar contentos porque Jesús llega a la plenitud; pero el Señor invita a los suyos a alegrarse no sólo por Él, sino por ellos mismos; el hecho de que Jesús alcance la meta es para los discípulos una garantía de que también ellos la alcanzarán: los primeros beneficiados de la plenitud de Jesús son sus discípulos, pues Él los acogerá en su misma plenitud: «Cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde uo esté, estén también ustedes” (Jn, 14, 3).

  1. El crecimiento en la fe

En el evangelio de hoy leemos: «Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean

Jesús ha hablado abiertamente a sus discípulos, con toda transparencia, con mucho amor. Quiere que sus discípulos reflexionen, pero sobre todo quiere que crezcan en su fe.

Todo lo que el Señor ha revelado a los suyos no es para ahondar su angustia, por el contrario, ha sido para que fortalezcan su fe en Él.

Conclusión.

Como a los discípulos en el cenáculo, la tristeza puede invadirnos cuando sentimos a Jesús ausente, como si se hubiera despedido de nuestra vida, sobreviene además la tentación de querer verlo para creer; olvidamos que él mismo dijo: «dichosos los que creen sin haber visto».

Jesús nos enseña que no hay lugar para la tristeza; con su resurrección ha alcanzado la plenitud, ha vuelto al Padre, pero eso no significa que nos haya abandonado, o que nos haya dejado solos; está presente entre nosotros y la tarea de nuestra fe es descubrirlo.

La celebración de la Pascua nos permite confirmarnos en la fe en el Señor resucitado, en la presencia de Dios en nuestra vida; en la asistencia del Espíritu que nos guía para que nos mantengamos en el camino de Jesús, para que vivamos la paz en medio de las dificultades de la vida ordinaria, para que la comuniòn con Dios sea fuente de nuestra alegría y de fortalecimiento de nuestra fe.

[1] F. Oñoro, Despedida, Si, pero no abandono ¡No estamos huérfanos, Lectio Divina Juan 14, 23-29, CEBIPAL/CELAM F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 162-166.

Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos

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Domingo VI de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (15, 9-17)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena. Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre.

No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, de modo que el Padre les conceda cuanto le pidan en mi nombre. Esto es lo que les mando: que se amen los unos a los otros”. Palabra del Señor.

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Mensaje

Este Domingo, el texto evangélico que escuchamos corresponde a una bellísima página del evangelio según san Juan y nos hace comprender algo sumamente importante: ser cristiano supone un estilo de vida caracterizado por el amor, por la alegría y por el servicio y esto, no es un añadido a la existencia, es la expresión constante de la obra que Dios realiza a través de su Hijo Jesucristo en la vida de quienes lo acogen con un corazón sincero.

Este amor tiene su origen en Dios Padre, se manifiesta en el amor de amigo de Jesús y es al mismo tiempo signo distintivo y misión de quienes son sus discípulos.

El texto de este día hay que leerlo tomando en cuenta el del domingo pasado, en el que contemplamos la alegoría de la vid, la fuerza vivificadora de la savia que llega de la vid al sarmiento, es ahora la fuerza del amor de Jesús que entrega su vida por los que ama. Es así como el amor del Padre llega al mundo, brotando como un torrente en cascada se comunica a través del Hijo a sus discípulos y a través de estos al mundo entero.

Este texto pertenece al conjunto del llamado “discurso de despedida” en el que ante la inminencia del cumplimiento de su misión Jesús deja conocer cómo se hará presente en adelante; la muerte no será una separación sino el comienzo de una experiencia de relación distinta, más profunda que la anterior. El discípulo recibe el flujo del amor de Dios si está unido a Jesús y lo hace llegar a los demás sosteniendo una relación profunda de amor con los hermanos. La experiencia humana para expresar la profunda riqueza de este mensaje es su experiencia de la amistad con Dios, con Jesús y con los demás discípulos.

Dios es la fuente del amor

Lo que nos hace capaces de amar es el amor que hemos recibido. Es el secreto de la vida de Jesús, de su alegría y de su impulso misionero, saberse. Él sabe que es el «Hijo amado». Este amor que viene de Dios es la fuente y el modelo del amor de Jesús por sus discípulos y al mismo tiempo el criterio de su intensidad: «así como el Padre me amó, yo también los he amado a ustedes».

La falta de amor tiene efectos devastadores en la vida de una persona, le impide desarrollarse plenamente y encontrar sentido a la existencia. En la carencia de amor se encuentra la razón de muchas inconsistencias en la personalidad que se manifiestan en la inconstancia, la infidelidad, la violencia, el miedo, la depresión y la inseguridad que a su vez se manifiesta como prepotencia para evitar la sensación de indignidad y rechazo. La búsqueda de culpables o responsables por el amor que no se ha recibido tiene también efectos terribles, llena el corazón de injustos odios y resentimientos en contra de quienes se esperaría recibir como derecho el amor que sólo se puede ofrecer como un don.

Si los demás, aquéllos de quienes esperaríamos, fracasaron en el intento o se mostraron insuficientes para darnos su amor con Jesús no sucede lo mismo. Él está junto a nosotros y nos da su amor en la misma forma y con la misma intensidad con la que Dios ama. Eso significa que somos significativos para Él, que nos encuentra valiosos y que encuentra en nosotros bondad. Con su mirada Jesús nos ayuda a descubrir en nosotros mismos todo lo que Dios nos ha dado, y nos lleva de la mano al autodescubrimiento de que también somos hijos amados de Dios.

Amor con amor se paga. Para que se de el milagro del amor se requieren dos personas y entre ellas una corriente de reciprocidad. Jesús pide con insistencia a sus discípulos una respuesta pidiéndoles permanecer en su amor. Si recordamos, este término ya había aparecido el domingo pasado en la alegoría de la Vid; ahora al permanecer Jesús le agrega «en el amor» especificando así tres decisiones que el discípulo debe tomar y en las que debe sostenerse: 1) Dejarse amar, 2) Actuar según el querer de Dios, 3) Ser como Jesús.

La insistencia de Jesús de que nuestro amor se demuestra cumpliendo sus mandamientos nos hace entender que el amor el algo más que un sentimiento y que hay que demostrarlo con hechos concretos. Esto da luz a ciertas formas de amor y de amistad caracterizadas por la inconstancia y la irresponsabilidad y que dejan profundas heridas y fracturas emocionales que acompañan toda la vida. Cuando el sentimiento está por encima del compromiso se es incapaz de “responder” de hacerse responsable; se apaga el sentimiento y la otra persona deja de ser significativa y queda abandonada a si misma. Un amor como el de Jesús hace es posible establecer relaciones sólidas y estables, capaces de trascender las carencias y la inmadurez,  de ser consistentes, intensas, sólidas, constantes y satisfactorias. El verdadero amor tiene sabor a eternidad.

El amor nos lleva al gozo. Jesús nos descubre la clave. Donde hay verdadero amor se nota alegría. Y si el amor consiste en guardar sus mandamientos hacerlo no puede ser algo pesado, insoportable, que le quite luminosidad y alegría a la existencia; por el contrario, cumplir los mandamientos de Jesús es fuente de alegría, es lo que Jesús comparte con nosotros y que debe llegar a su plenitud. Es la alegría de amar y ser amado, de ver cómo se realiza la obra de Dios en la historia, de constatar la respuesta de Dios a la oración, de ir al encuentro del Padre y de ver cumplida la misión encomendada.

Esta es la manera como Jesús deja su vida a sus discípulos, les revela y les invita a participar del dinamismo de amor que hay entre él y su Padre. La comunión con Dios es comunión en el amor y en la alegría. Por ello, la alegría también debe alcanzar la plenitud, es la alegría de la salvación,  de la vida redimida, del triunfo de la vida, de la presencia de Jesús Resucitado, de la obra de Dios de que se realiza a través de la misión de los discípulos.

La alegría plena la alcanza quien centra su vida en Jesús, quien realiza su vocación, y es coherente con sus opciones. La alegría de la vida del cristiano tiene su raíz en la certeza de ser amado y en el abandono de la vida en las manos de Dios, lo que da confianza, seguridad, plenitud y fortaleza. El discípulo alcanza su madurez vocacional cuando llega a entender que la mayor alegría de la vida está en causar la alegría de los demás. Esta alegría da entusiasmo, genera creatividad, valentía y audacia, los temores se desvanecen y la vida se llena de sentido al desvivirse por los demás.

Las expresiones del amor

El mandamiento del amor subraya la necesidad y la naturaleza del amor fraterno. Después de colocar su fundamento, Jesús explica cuáles son las expresiones del amor y que son motivo de la inmensa alegría de los discípulos. El amor de Jesús nos hace redefinir el modo como comprendemos nuestras relaciones con los demás.

El mandamiento del amor se expresa así: «este es mi mandamiento: que se amen los nos a los otros como yo los he amado». La formulación comienza con el imperativo «ámense». Para el discípulo el amor no es opcional, es esencial. Como hemos dicho, el amor más que un sentimiento es una decisión. Cuando las relaciones se manejan sólo en el plano sentimental se vuelven efímeras, pues se fundamentan en emociones pasajeras, se sostienen por la simpatía y se destruyen por la antipatía. El amor es una fuerza moral, que se fundamenta en la obediencia a la voluntad de Dios, porque se sabe que sólo a través de ese camino se puede alcanzar la plenitud. Cumplir el mandamiento de Jesús supone un salto cualitativo en nuestra manera de tejer relaciones humanas.

Este mandamiento identifica a Jesús. Lo llama «mi mandamiento» indicando que es él quien lo da y que es el criterio distintivo de la vida de Jesús en el discípulo. Su contenido es el mismo amor de Jesús: «como yo los he amado». La forma como Jesús se comporta don sus discípulos define la calidad y diferencia del verdadero amor. Para poder amar cómo él es necesario ser como él. En otras palabras nuestras relaciones de amor y de amistad tienen que ser como las de Jesús que dio la vida por sus discípulos, los hizo sus amigos más que sus servidores y les confió su misión.

El amor de Jesús constituye una comunidad. El amor del discípulo también debe hacerlo. Lo que Jesús hace por sus discípulos ellos deben hacerlo por el mundo, para llegar a formar de forma verdadera y duradera la familia del Padre. Por ello la comunidad de los discípulos está llamada a ser una comunidad de amigos de Jesús edificada sobre la entrega, el servicio y la amistad y al mismo tiempo una comunidad misionera, porque son elegidos, enviados y sus obras tienen el respaldo de Dios.

El amor de Jesús construye una comunidad de amigos, que implica relaciones estables, concretas y visibles. Jesús se manifiesta como amigo tomando la iniciativa, dando calidad a la relación –de siervo a amigo- y contenido -conocer y hacer la voluntad del Padre-. La única forma de tener amigos es comenzar a serlo. Por ello Jesús toma la iniciativa, se hace amigo. Su dicho «nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» se vuelve verdadero en la historia de su pasión. Hacer lo que hizo Jesús comienza con dar un valor supremo a la vida del amigo, de la persona amada, al grado que todo lo demás se vuelva relativo y esto, con la intención de «dar la vida» para que la otra persona «tenga vida plena». Se trata de hacer vivir, de promover la vida, de hacerla bella.

Jesús hace de nosotros sus discípulos amados y su amor puede ser acogido o rechazado. Acogerlo implica cumplir el deseo de Jesús «ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando» y lo que Jesús nos manda es «ámense los unos a los otros». A Jesús se le responde formando una comunidad de amigos, capaces de amarse con libertad, de alcanzar la intimidad, de un amor generoso hasta la entrega de la vida, es decir, de arriesgarse completamente por otra persona a través del respeto, la amabilidad, el servicio, la solidaridad y el perdón.

El paso de ser siervo a ser amigo está dado en el «conocer» el querer del Padre en la persona de Jesús. Esto supone el discernimiento espiritual del discípulo para conocer lo que el Padre quiere de Jesús y en él, lo que quiere del discípulo. El amigo se involucra porque conoce y comparte. El «amarse unos a otros» supone que en la comunidad todos se hacen amigos en el Señor y que al mismo tiempo que tienen con él una relación persona, entre ellos no se ignoran sino que se entregan unos a otros, al estilo de Jesús, haciéndose amigos.

Enviados

El amigo involucra al otro en su vida. Es lo que hace Jesús. Nos involucra en si misión. Él es el enviado y por ello nos envía a dar un fruto duradero. Corresponde al discípulo tomar la iniciativa en el amor, compartir lo que es y lo que tiene, y abrir el corazón para generar una verdadera comunidad. Los discípulos deben vivir y morir por los demás para continuar la misión de Jesús que es «dar vida al mundo». El amor es el fruto que se espera de los discípulos de Jesús, éste se vive en la donación. El verdadero discípulo hace comunidad donde se presenta y cuando la comunidad está bien cimentada en el amor el proyecto de Jesús despliega su fuerza misionera y transforma el mundo.

El discípulo de Jesús no puede olvidar que ha sido elegido no debido a sus méritos sino por amor. La Iglesia se construye en la acogida de todos los que han sido elegidos y esto exige tener un corazón abierto a todos por encima de las simpatías y de las relaciones de mayor cercanía que se establecen con facilidad con unos más que con otros. Lo esencial en la vida comunitaria es el compartir la vida que el Señor nos da y aprender a compartir el proyecto del Señor, como proyecto comunitario que cada generación reformula con el aporte de todos.

La elección no es un privilegio sino una misión, no es en beneficio propio sino para ser testigo de la obra de Dios. Por ello los elegidos son enviados, son destinados a ponerse en camino y a dar fruto, capaces ubicarse en cualquier lugar y de salir de si mismos para dar vida y formar una comunidad evangelizadora capaz, a su vez, de salir de si misma para ir al encuentro del mundo.

Toda la obra de Cristo y de la Iglesia es del Padre y es Él quien respalda la obra de los discípulos y les concede lo necesario para que realicen la obra de Jesús en el mundo. Esto supone un vínculo permanente de los discípulos con el Padre mediante la oración confiada que le presenta las necesidades del mundo, sus sufrimientos y anhelos y la conciencia de que el trabajo que se realiza está en sus manos. Todo lo que comienza con el amor del Padre culmina con la fidelidad del discípulo que permaneciendo en el amor de Jesús hace visible el amor divino y lleva a la presencia de Dios las necesidades del mundo entero.

Si me aman, cumplirán mis mandamientos

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El Greco. The Feast in the House of Simon, 1608/1

Domingo VI de Pascua

Ciclo A

Textos

† Del evangelio según san Juan(14, 15-21)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de verdad.

El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes.

No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes.

Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán.

En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes. El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama.

Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él”. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

Este domingo, el escenario de nuestra contemplación es una vez más el cenáculo; la atmósfera de emociones es de sentimientos encontrados por el dolor y la separación y el atisbo de consuelo que las palabras de Jesús dejan en el corazón de los discípulos. Jesús sabe bien que sus discípulos están conmovidos por el dolor de la separación y por la incertidumbre de lo que sucederá cuando Él ya no esté con ellos.

En el texto que leemos Jesús demuestra que así como no abandonó a sus discípulos, tampoco nos abandona a nosotros; que siempre estará presente; así como el Padre y Él son uno, así es uno con nosotros, y siempre vivirá entre nosotros. Jesús anuncia la venida del Espíritu de Verdad, que será de gran ayuda para sus discípulos y anuncia también su propia venida.

El mandamiento del amor, es el marco del texto que contemplamos. Lo que Jesús ha enseñado no se anula con su partida, sino que su enseñanza conserva validez para siempre. Sólo quien se atiene a sus mandamientos puede recibir el Espíritu y abrirse al amor de Jesús y del Padre. No se puede pretender amar a Jesús sin practicar sus mandamientos.

  1. Amar a Jesús y practicar sus mandamientos.

El amor de los discípulos por Jesús se manifiesta en el dolor que experimentan por la separación. La sinceridad de su deseo que Jesús permanezca entre ellos requiere la puesta en práctica de sus mandamientos, que también es expresión del amor por su maestro.

En el evangelio de Juan, la exhortación «ámense unos a otros como yo los he amado» es la única que se define prácticamente como mandamiento de Jesús. Al mismo tiempo, lo que Jesús hace de palabra y de obra, es algo que el discípulo está llamado a hacer: «el que crea en mí hará las obras que yo hago».

Por tanto, poner en práctica los mandamientos es tomarse en serio y con fe sus enseñanzas y orientar la propia vida y conducta, por su testimonio. Jesús permanece presente en su Palabra y en las exigencias que ella implica. Quien se deja guiar por la Palabra de Jesús, lo sigue, permanece unido a Él y conserva su amor.

El amor a Jesús no consiste en palabras, sentimientos o recuerdos, más bien se demuestra o verifica en la capacidad de escucha y en la obediencia a las enseñanzas del Maestro. El verdadero amor se traduce en seguimiento a Jesús, amarlo es adherirse a él y apropiarse su voluntad.

  1. La promesa del Espíritu consolador

Quien está unido a Jesús, de la manera como se ha descrito anteriormente, recibe por parte de Dios el don prometido: el Espíritu Santo.

Al Espíritu se le llama Paráclito, es decir consolador, abogado, ayudador.  Es ayuda divina para la vida de los discípulos; hace posible el seguimiento; capacita para vivir el mandamiento del amor; asiste a los discípulos en los momentos difíciles y en las tribulaciones. La acción del Espíritu Santo se describe con precisión: viene como un nuevo apoyo, Jesús se va pero deja su Espíritu.

Jesús habla de otro Paráclito. Hasta ahora Jesús lo ha sido; el ha apoyado a sus discípulos; se ocupó de ellos, se puso a su servicio, los guio, les dio ánimo y fortaleza. Como Buen Pastor, nunca los abandonó a su suerte, siempre estuvo con ellos. Ahora que se va, no quedarán solos, les dará el Espíritu Santo, que estará siempre con ellos, al lado de ellos y en ellos.

También se refiere al Espíritu como «Espíritu de la Verdad». Con esta definición lo presenta como Aquel que hace permanecer a los discípulos en la «Verdad» transmitida por Jesús, es el que da testimonio de Él, como el que continúa con su ministerio terrenal y los protege de los falsos maestros y de las opciones equivocadas.

Quienes han rechazado a Jesús «no lo pueden recibir». Sólo si creemos en Jesús y nos decidimos por cumplir sus mandamientos, estamos abiertos al Espíritu Santo, podemos recibirlo y experimentar su acción.

  1. El regreso de Jesús

Jesús asegura a sus discípulos que no quedarán «huérfanos». La ausencia de Jesús no los dejará a la deriva, ni expuestos a la orfandad; por el contrario, la ausencia del Maestro da paso a la nueva presencia del Paráclito.

Jesús vivirá su pascua, su muerte, su resurrección y su ascensión al cielo, pero volverá. Anuncia su muerte y también su resurrección; Él mismo, resucitado vendrá a su encuentro y lo verán, como de hecho sucedió y lo contemplamos en los relatos pascuales.

Los discípulos no sólo verán al Señor, sino que participarán de su misma vida. La compañía permanente del Espíritu es para los que estén en comunión de vida con Jesús resucitado. Al Espíritu Santo lo percibe vivo el creyente que vive de la vida de Jesús resucitado, así como sucedió el día de la resurrección en que el Señor sopló sobre sus discípulos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo».

El mundo, quienes se oponen al plan de Dios, sabe que Jesús murió en la cruz, saben de su muerte pero no conocen su vida. Jesús volverá exclusivamente a sus discípulos y se les mostrará como el viviente. El día pascual es un día grandioso, pues en él se revela completamente Jesús: «aquel día, comprenderán que yo estoy en mi Padre y ustedes en mi y yo en ustedes».

Con la resurrección de Jesús se demuestra que Dios está junto a Él, aunque aparentemente haya estado ausente en la pasión; está junto a Él con todo su amor y su potencia, confirmándolo como Mesías y como Hijo amado y dejando claro que las obras que realiza en el nombre del Padre son auténticas.

La resurrección también hace evidente el vínculo que Jesús tiene con los discípulos: se muestra y se deja reconocer como el que Vive, sólo a ellos. El encuentro de los discípulos con el resucitado es un nuevo impulso y un fundamento duradero para creer todo lo que Él dijo de su unión perfecta con el Padre y sobre su vínculo indisoluble con ellos.

 

[1]F. Oñoro, Jesús no nos abandona. El mandato del amor y las promesas de Jesús.Lectio Divina Juan 14, 15-21, CEBIPAL/CELAM