Ecos de la Palabra

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Al que da fruto lo poda para que dé más fruto

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vidMiércoles V de Pascua

Textos 

†Del evangelio según san Juan (15, 1-8)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto.

Ustedes ya están purificados por las palabras que les he dicho. Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer. Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde.

Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Pasamos a la lectura de la segunda parte del discurso de despedida de Jesús, que abarca todo el capítulo 15 hasta el versículo 4 del capítulo siguiente. En el pasaje que leemos hoy, Jesús usa el evocativo símbolo de la vid y los sarmientos. Para los oyentes de Jesús era fácil visualizar la enseñanza, observando cómo se cultiva, como crecía y cómo se producía la uva. Vamos entrar también nosotros en esta imagen.

En las palabras “Yo soy la vid verdadera”, Jesús no está diciendo que el Israel bíblico sea una falsa vid. Lo que quiere decir es que Él es la verdadera vid de la cual el pueblo de Abraham fue un símbolo, una imagen. Es decir, que es Jesús quien produce al final el fruto que Dios ha estado buscando a lo largo de la historia. Dios Padre, es el jardinero que se ocupa de su viña. Los discípulos son los sarmientos.

Hay dos tipos de ramas: las ramas que dan fruto y las ramas que no dan fruto. Por lo tanto los discípulos de Jesús podemos ser clasificados en dos tipos. La diferencia está en producir fruto o no.

La tarea del Padre como viñador. Se describen dos tareas: La primera, es cortar, arrancar, la rama que no da fruto. La segunda, es limpiar las ramas que sí dan fruto. Esto lo hace con su Palabra. Cuando se retiran bien los frutos se pueden recoger después más y mejores. Quien sabe darse a los demás, le vienen más dones y tiene luego mucho más.

Lo propio de un discípulo es estar siempre dando más y más frutos. Para ello la Palabra de Dios va haciendo su trabajo interno: se va volviendo en savia de vida que fructifica en muchos signos de superación y crecimiento; esta es la manera como poco a poco vamos mejorando y pareciéndonos cada vez más a Jesús. Dos grandes frutos son: la oración eficaz y un testimonio que manifiesta la gloria de Dios.

La vida espiritual es siempre un itinerario. No hay etapa en la vida que no exija hacer cambios o correcciones, a veces dolorosas, que purifican y hacen correr con mayor frescura la savia del amor del Señor.

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos

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vidMiércoles V de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (15, 1-8)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto.

Ustedes ya están purificados por las palabras que les he dicho. Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer. Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde.

Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La Palabra de Dios subraya la necesidad de «permanecer» en Jesús, un tema especialmente querido para Juan. En su primera carta escribe: «Quien guarda sus mandamientos mora en Dios y Dios en él»; Y en la parábola de la vid y de los sarmientos, los términos «permanecer» y «morar» son el corazón.

Isaías, en el admirable «canto de la viña», describe la desilusión de Dios con Israel, su viña que había cuidado, plantado, cavado, defendido, pero de la que solo ha obtenido frutos amargos. Sin embargo, en las palabras de Jesús hay un cambio bastante singular. La vid ya no es Israel sino él mismo: «Yo soy la vid verdadera». Nadie lo había dicho nunca antes.

Para entender completamente estas palabras, es necesario situarlas en el contexto de la última cena, cuando Jesús las pronunció. Jesús se identifica con la vid, especificando que es la «verdadera» vid, obviamente para diferenciarse de la «falsa»; y añade: «Yo soy la vid; ustedes los sarmientos». Los discípulos están unidos al Maestro y forman parte integrante de la vid: no hay vid sin sarmientos y viceversa. Es un vínculo que va mucho más allá de nuestros altibajos psicológicos y nuestra condición buena o mala.

El Evangelio continúa: «Todo sarmiento que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto». Sí, precisamente quienes «dan fruto» conocen también el momento de la poda. Son aquellos cortes que, de vez en cuando, precisamente como sucede en la vida natural, es necesario realizar para que podamos estar «sin mancha». El texto del evangelio no significa que Dios mande dolores y sufrimientos a sus hijos mejores para ponerles a prueba o purificarles. El Señor no tiene necesidad de intervenir con los sufrimientos para mejorar a sus hijos.

La vida espiritual es siempre un itinerario o, si se quiere, un crecimiento. No hay ninguna edad en la vida que no exija cambios y correcciones, exactamente, podas. Estos cortes, a veces también muy dolorosos, purifican nuestra vida y hacen correr con mayor frescura la savia del amor del Señor. Jesús repite seis veces: «Permanezcan en mi». Es la condición para dar fruto, para no secarse y por tanto ser cortados y quemados.

Quizá aquella tarde los discípulos no entendieron. Jesús indicaba un camino para quedarse con él: se permanece en él si «sus palabras permanecen en nosotros», como Jesús mismo subraya. Es el camino que emprendió María, su madre, la cual «guardaba todas estas cosas Y las meditaba en su corazón». Es el camino que escogió María, la hermana de Lázaro, que se quedaba a los pies de Jesús para escucharle. Es el camino· seguido por cada discípulo.

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 194-195