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Los perritos, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños

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Tiempo Ordinario

Jueves de la V semana

Textos

Del evangelio según san Marcos (7, 24-30)

En aquel tiempo, Jesús salió de Genesaret y se fue a la región donde se encuentra Tiro. Entró en una casa, pues no quería que nadie se enterara de que estaba ahí, pero no pudo pasar inadvertido. Una mujer, que tenía una niña poseída por un espíritu impuro, se enteró enseguida, fue a buscarlo y se postró a sus pies.

Cuando aquella mujer, una siria de Fenicia y pagana, le rogaba a Jesús que le sacara el demonio a su hija, él le respondió: “Deja que coman primero los hijos. No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. La mujer le replicó: “Sí, Señor; pero también es cierto que los perritos, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños”.

Entonces Jesús le contestó: “Anda, vete; por eso que has dicho, el demonio ha salido ya de tu hija”. Al llegar a su casa, la mujer encontró a su hija recostada en la cama, y ya el demonio había salido de ella. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Terminada la polémica de Jesús con los fariseos sobre la pureza y los ritos de purificación, el texto de Marcos nos propone el episodio de la mujer sirofenicia. Jesús vuelve de nuevo a tierra pagana y allí permanece por un tiempo para cumplir con una auténtica y verdadera misión de evangelización. 

El evangelista Marcos parece subrayar en los capítulos 7 y 8 la determinación de Jesús de ir más allá de las fronteras del pueblo judío. Saliéndose de los confines de Israel Jesús quiere mostrar de forma directa que el Evangelio no está reservado sólo para algunos pueblos o grupos, o únicamente a determinadas personas. No hay nadie en el mundo que sea ajeno al Evangelio, nadie que no pueda -es más, que no deba- ser tocado por la misericordia del Señor. 

El ejemplo de la mujer sirofenicia, tal como lo cuenta el evangelista, parece «obligar» a Jesús a ensanchar los límites de su misión. En este caso es la oración de esta mujer la que doblega el corazón de Jesús: ella insiste en pedir la curación de su hija enferma. Es un ejemplo para todos los creyentes: así se reza. Por otra parte es el mismo Jesús el que ha insistido en más ocasiones sobre la perseverancia en la oración: «Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abre» (Lc 11, 9-10). 

La insistencia de esta pobre mujer nos ayuda a comprender la misericordia y la bondad de Dios: el Señor no sabe resistirse a la oración sincera de sus hijos, ni siquiera de aquellos considerados lejanos de la fe de su pueblo. Esta mujer perseveró en la oración y Jesús la escuchó, yendo mucho más allá de sus peticiones: no le dio sólo las migajas, sino la plenitud de la vida para la hija. Verdaderamente el corazón del Señor es grande y rico en misericordia; a nosotros se nos pide sólo dirigirnos a Él con fe. Dice Jesús al final de la parábola sobre la eficacia de la oración: «Si, pues, ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 13). 


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 91-92.

Una siria de Fenicia y pagana, le rogaba a Jesús…

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Sirofenicia 2Tiempo Ordinario

Jueves de la V semana

Textos 

+ Del evangelio según san Marcos (7, 24-30)

En aquel tiempo, Jesús salió de Genesaret y se fue a la región donde se encuentra Tiro. Entró en una casa, pues no quería que nadie se enterara de que estaba ahí, pero no pudo pasar inadvertido. Una mujer, que tenía una niña poseída por un espíritu impuro, se enteró enseguida, fue a buscarlo y se postró a sus pies.

Cuando aquella mujer, una siria de Fenicia y pagana, le rogaba a Jesús que le sacara el demonio a su hija, él le respondió: “Deja que coman primero los hijos. No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. La mujer le replicó: “Sí, Señor; pero también es cierto que los perritos, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños”.

Entonces Jesús le contestó: “Anda, vete; por eso que has dicho, el demonio ha salido ya de tu hija”. Al llegar a su casa, la mujer encontró a su hija recostada en la cama, y ya el demonio había salido de ella. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús salió pocas veces de los límites de Israel. Como confiesa en otro lugar (en el paralelo de este episodio evangélico en Mt 15,24), no se sentía enviado más que «a las ovejas perdidas» de su pueblo Israel. Pero hizo algunas excepciones: fue a Fenicia, hizo una breve escapada «a la región de Tiro y Sidón». Aquí le salió al encuentro una mujer cuyo origen pagano subraya el evangelista: «Era pagana, sirofenicia de origen».

No hace falta decir que Jesús, para encontrar a gente no judía, no necesitaba salir de la tierra de Israel. En sus tiempos, aunque aún no se llamara Palestina, su tierra era ya una provincia romana. Y, como tal, tenía a la cabeza un gobernador con sede en Cesarea, Poncio Pilato. Un poco por todas partes, iban surgiendo en el país centros ciudadanos con una fuerte presencia extranjera, sobre todo en Galilea, desde Tiberíades a Séforis.

Para encontrarse con gentiles no era necesario, por tanto, que Jesús se aventurase en tierra extranjera; sin embargo, lo hace y, evidentemente, lo hace a propósito. Eso significa que su misión está destinada a atravesar las fronteras de su tierra, de su pueblo, de su nación. Sin embargo, no inmediatamente, no ahora.

Jesús mantiene inicialmente una actitud de extrema reserva frente a la mujer sirofenicia. Antes que nada le recuerda que la distinción entre judíos y gentiles ha sido querida por Dios y, en cuanto tal, ha de ser respetada, al menos en lo que se refiere a la precedencia: en el banquete mesiánico tienen que saciarse primero los invitados, los que tienen derecho, después también los otros, con lo que quede. Para expresar esta distinción imposible de suprimir, emplea Jesús unos términos casi antipáticos: los judíos son los «hijos», los gentiles son sólo «perritos». No se puede poner en el mismo plano a los unos y a los otros: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».

Después dará a su misión un horizonte universal. Escenas como la que contemplamos hacen evidente que también los que no pertenecen al pueblo de Israel buscan a Dios con corazón sincero y tienen una fe grande.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 231-232.