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Por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos

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Domingo V de Pascua

Textos

† Del santo Evangelio según san Juan (13, 31-33. 34-35)

Cuando Judas salió del cenáculo, Jesús dijo: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará.

Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado; y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El quinto domingo de pascua, nos permite profundizar en la experiencia de Jesús resucitado de los llamados por el Señor «dichosos los que creen sin haber visto». En efecto, toca a nuestra generación manifestar, con la vida, la victoria de Cristo sobre el poder de la muerte, no como un slogan sino como una experiencia existencial que da sentido a nuestra vida.

Cristo resucitado se hace visible, se manifiesta en una comunidad que vive su mandamiento «aménse los unos a los otros, como yo los he amado», que es el distintivo del discipulado.

Esta es la afirmación central del mensaje de este domingo que se adereza con la contemplación del impulso misionero de Pablo y Bernabé y el horizonte de esperanza que desepeja la lectura del apocalipisis. Nosotros consideraremos sólo el mensaje del evangelio.

El contexto y la estructura

Las primeras palabras del texto que consideramos nos sitúan en el dinamismo de la pascua de Jesús: «Cuando Judas salió del cenáculo….»; ya se nos había dicho que: «era de noche».

El contraste entre la luz y la oscuridad se establece en nuestro texto en los dos que dejan el grupo.

  • Judas salió del cenáculo para alejarse definitivamente de Jesús y se pierde en las tinieblas al ponerse al servicio del poder del mal, encarnado en quienes odian al Maestro.
  • Jesús también se va, de hecho, se está despidiendo, pero su partida no conduce a la oscuridad, por el contrario, manifiesta el fulgor de la gloria, de la que en un texto breve como el que leemos, encontramos cinco menciones.

En el esplendor de esta luz se revela el amor extraordinario e incondicional de Dios por los hombres, una luz que brillará también en la vida de los discípulos cuando sean capaces de amarse con la profundidad y la fidelidad con que lo hizo Jesús crucificado.

El texto que leemos se estructura en dos partes. La primera se refiere a la persona de Jesús y al revelación de la gloria; se habla de la gloria como revelación del misterio de Dios, de la gloria de Jesús y de la gloria del Padre. La segunda, proyecta esta revelación en el estilo de vida de los discípulos; parte del hecho de la separación, se centra en el mandamiento nuevo del amor que será un distintivo de los discípulos y por el que se revelará la presencia del resucitado.

Primera Parte: La revelación de la gloria de Dios.

En la Sagrada Escritura, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, el verbo glorificar significa hacer visible a alguien en el luminoso esplendor de su verdadera realidad; es hacer evidente, hacer visible, sacar a la luz, la verdad más profundo del otro.

A lo largo de su ministerio, Jesús siempre acentuó su relación con el Padre; describía la relación Padre-Hijo en términos de uno que envía y otro que es enviado; las palabras y las obras del Hijo provienen del Padre y ponen en evidencia la relación estrecha que hay entre los dos. Esto se aplica ahora a la Pasión y Muerte de Jesús; la Cruz no es separación ni abandono de parte del Padre, sino todo lo contrario: es la revelación de cuán hondamente Dios está en la vida de Jesús.

Decir que el Hijo glorifica al Padre y que el Padre glorifica al Hijo, indica que el uno revela al otro en la más asombrosa claridad. En el don de su propia vida y en sus consecuencias salvíficas el Padre y el Hijo han llevado a culmen su misión y le han revelado al mundo el esplendor de su relación recíproca y de su relación con la humanidad.

En el momento más oscuro, el de la muerte de Jesús en la Cruz, la luz del amor del Padre y del Hijo y de los dos por el mundo hace radiante el acontecimento.

Jesús es glorificado en el momento de la entrega de su vida; se abandona sin resistencias en el Padre en el momento de su muerte; así manifiesta el profundo amor que le tiene a Él y a nosotros: «Habiendo  amado  a  los  suyos  que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo»

Jesús deja su propia vida en manos de Dios y la entrega por nosotros: así se glorifica a Dios. Mediante esta acción del Hijo, Dios se revela como un papá que merece toda nuestra confianza; no habrá otra forma de entrar en un relación corretcta con él sino a través del abandono total, con absoluta confianza.

Todo esto lo descubrimos a través de la entrega de Jesús: el don de su vida revela el infinito amor de Dios por el mundo. Es Dios dándose a sí mismo.

En el momento de su muerte, el Hijo de Dios encarnado es acogido por el Padre en su misma vida divina, como dice Jesús «en la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo existiese».

EL amor del Padre por el Hijo también se revela en la Cruz. La exaltación de la Cruz nos hace ver una revelación sobre Dios. En ella, además de conocer cuánto ama el Padre al Hijo, vemos también cuán eficaz para salvarnos es esta entrega de amor.

En la exaltación del crucificado Dios se vacía de amor en la humanidad; de su pecho traspasado por la lanza, mana el don del espíritu, fuerza de vida eterna.

Segunda parte:

El amor de los discípulos revela el amor del Padre y del Hijo.

La salida de Judas del cenáculo cambia el panorma de la comunidad de discípulos; se hace evidente la partida de Jesús dejando solos a los discípulos, ante el anuncio de esta partida, «todavía estaré un poco con ustedes», se turbaron de tristeza.

Las palabras de Jesús son de consuelo, habla con ternura, termina la comunión terrena con el grupo de amigos que lo dejaron todo para seguirlo; comienza un nuevo tipo de relación entre el Maestro y los discípulos.

El mandamiento nuevo

Jesús da a sus discípulos el mandamiento del amor: «que se amen los unos a los otros, como yo los he amado»; es la manera concreta como Jesús continuará en medio de su comunidad y, al mismo tiempo, los discípulos serán identificados como tales.

Los discípulos, personalmente y en grupo han sido tratados por Jesús en forma amorosa; ahora su vida debe orientarse por ese mismo amor. La experiencia del amor de Jesús que alcanza su cumbre en la Cruz envuelve completamente la vida de los discípulos. La vida en el amor es la luz de los discípulos.

La novedad del mandamiento está en la experiencia de base: no se trata de un concepto abstracto o de algo genérico, sino que Jesús mismo es la referencia: «como yo los he amado», El comportamiento y las actitudes de Jesús dan los límites y el estilo del amor; por eso, su mandamiento es novedoso, porque sólo los discípulos han experimentado su amor y por que sólo el amor de Jesús, que revela el amor del Padre, se manifiesta plenamente en la Cruz.

Jesús dirá a sus discípulos que el amor de cada uno de ellos por los demás, debe representar la intensidad y la grandeza del amor de Jesús crucificado. El molde del amor de Jesús es la Cruz. No se trata sólo de amar, sino de amar a la manera de Jesús; esto significa, aceptar al otro aún en su pecado; es un amor que ayuda efectivamente, que transforma, un amor que se despoja de si mismo para buscar el bien del otro, como lo hizo Jesús.

De esta forma se revelará que Jesús está vivo y presente en medio de sus discípulos. Cada uno de los discípulos, en su forma de amar, hará presente a Jesús. La característica más importante de Jesús es el amor a su Padre Dios y al prójimo; la presencia del Resucitado se verificará precisamente en el amor de los discípulos, que alimentados del manantial inagotable del amor del Padre, se transformarán en fuentes de amor para su prójimo, al estilo de Jesús.

El amor de los discípulos revela la presencia del Resucitado.

El amor del Padre y del Hijo, capacitan a los discípulos para hacer presente en el mundo la fuerza de este amor. Jesús no nos pide nada que no nos haya dado antes, nos ofrece la experiencia de su amor, creando entre Él, nootros y los que nos rodean, una nueva dinámica relacional.

Acoger el amor de Jesús para recibirlo y ofrecerlo, es participar de su glorificación: el amor de los discípulos manifiesta el amor de Jesús; así el amor fraterno y misericordioso de los discípulos, a titulo personal y en comunidad, adquiere un rasgo sacramental constitutivo del discipulado; los distingue como discípulos al manifestar en su amor el amor del Padre y del Hijo.

La comunidad de los discípulos permanecerá como una lámpara siempre radiante ante el mundo. El amor recíproco al interior de ella y proyectado fuera de ella, será el reflejo de la relación que tiene con Jesús. La vida de la Iglesia se convierte así en un anuncio vivo de la presencia del Resucitado en el mundo.

 

[1] Oñoro F., En qué se conoce a un discípulo de Jesús, el amor a la manera del crucificado Juan 13, 31-35;; CEBIPAL/CELAM;  F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 158-161.

“Yo soy la vid verdadera…” (Jn 15,1-8)

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  V Domingo de Pascua

Este domingo, la liturgia, con su pedagogía pascual, nos lleva, a partir de la contemplación de la alegoría de la Vid, a profundizar nuestra relación con Jesucristo y a comprender la transformación vital que se realiza en nosotros cuando correspondemos a la obra que Dios. El punto central de esta alegoría está en «dar frutos». Esta hermosa comparación, tomada de la vida campestre, ilumina el sentido de nuestra vid, llamada a ser radiante, productiva, feliz y capaz de expresar la fuerza vital que recibe del Señor Jesús.

Jesús es la Vid verdadera

¿Cuál es la obra que Dios hace en nosotros a través de la persona de Jesús? La respuesta a esta pregunta, crucial para un discípulo del Señor, la encontramos en la primera parte de la alegoría.

Jesús se presenta diciendo «Yo soy la Vid verdadera». ¿Qué quiere decirnos el Señor con esto? Entenderlo nos pide recordar que el pueblo de Israel se representaba a si mismo como la «viña del Señor» y que la historia de infidelidades del pueblo de Israel para con Dios eran simbolizadas con las uvas amargas –los malos frutos- de la viña. En Jesús, la vid verdadera, se producen finalmente los frutos que Dios ha esperado durante siglos y quienes estén injertados a Él producirán los mismos frutos de vida plena y auténtica que Él produce con su obediencia al Padre.

El Viñador es el Padre

Después de auto-presentarse Jesús dice: «mi Padre es el viñador» comparando a Dios con un jardinero que cuida con dedicación de su viña, que está a favor de la vida y de que ésta brote, se desarrolle y madure. Con esta imagen se nos comunica una imagen amable de Dios que nos ayuda a entender el sentido de su presencia en nuestras vidas. El trabajo del viñador es vital si se quieren conseguir buenos frutos. Le corresponde escoger la planta, buscando la mejor; ocuparse de ella, revisarla día con día y librarla de todo lo que pueda amenazarla e impedir que produzca los mejores frutos. La revisión cuidadosa del viñador le hace distinguir los sarmientos que no dan fruto de los que si dan. A los que no dan fruto los corta, son improductivos, son follaje excesivo para la planta que roba la savia a las demás ramas y compromete la calidad del fruto. Los sarmientos fecundos también reciben la mano benéfica del viñador: los poda, los limpia y los recorta para que el impulso vital de la planta se concentré en la producción de uvas de buena calidad.

Viéndonos nosotros mismos como la viña del Señor podemos decir que esta función purificadora la realiza la Palabra de Dios que nos hace entender en qué aspectos de nuestra vida tenemos que trabajar para realizar plenamente nuestra vocación y comprender cómo Dios trabaja en nuestras debilidades, particularmente en las que detienen nuestro crecimiento porque absorben nuestra vida. Dios nos purifica misteriosamente con la Cruz de su Hijo  y nos colma con la fuerza de su amor para que podamos “dar fruto”

La Palabra nos purifica en el amor y nos da la capacidad de limar las asperezas de las malas relaciones, de sanar las relaciones fracasadas, de acortar las distancias; nos sumerge siempre en una comunión profunda con Dios que se irradia en las relaciones que tenemos con las personas con las que día a día compartimos la existencia. ¿Quién no ha experimentado en medio de la desolación, la tristeza, del sentimiento de fracaso o de debilidad que la fuerza de la Palabra hace brotar desde dentro una vitalidad renovada que se manifiesta como amor, paz y gozo?

El fruto que Dios espera y por el que se esmera realizando su obra en nosotros es nuestra identificación con Cristo, vid verdadera a la que somos injertados en el bautismo para que en nosotros resurja la fuerza de la vida de Jesús, y así nuestra existencia tenga el calor, la felicidad, la integridad, la paz, la belleza de su vida y ésta se refleje en nuestro rostro.

Nuestra responsabilidad: permancer

La segunda parte de la alegoría nos deja entender que algo nos toca a nosotros. La obra de Dios requiere de nuestro compromiso, del esfuerzo de permanecer incorporados a Jesús.  Por eso Jesús pide una sola cosa: «permanezcan en mi». El verbo permanecer indica estar con él, habitar en él, cimentarse en él y hacerlo con constancia y con fidelidad. Seguir a Jesús es permanecer en Él en todas las circunstancias de la vida y de la historia, acogiendo y expresando siempre su Vida.

Si la obra del Padre-viñador en nosotros es para que demos el mismo fruto de su Hijo que es la vid verdadera, permanecer en Jesús indica que nuestra tarea es encarnar su dinamismo vital, hasta poder decir con Pablo «vivo, pero ya no soy yo, es Cristo que vive en mi» (Gal 2,20). Así como el sarmiento está unido a la vid y recibe de ésta la savia benéfica que le permitirá dar buen fruto, así también Jesús permanece en nosotros y de él recibimos el impulso del Espíritu para transformarnos en Él. Por ello en nuestra vida espiritual no podemos ser ni autosuficientes ni conformistas, la tarea de nuestra santificación es tarea compartida, es obra de Dios y es obra nuestra.

Los frutos en la alegoría de la vid se refieren a la fecundidad espiritual y apostólica del discípulo. Así como no hay frutos si el sarmiento no está unido a la vid, tampoco el discípulo puede hacer nada si no tiene con Jesús una relación dinámica, radical y constante. La clave para el éxito de la misión que se confía al discípulo es la construcción progresiva, cada vez más honda y fuerte, de la «comunión» con el Señor. Cualquier intento de lograr algún resultado prescindiendo de Jesús está destinado al fracaso. Sin Jesús un discípulo no puede hacer nada, está perdido en el mundo, no tiene identidad, ni misión, ni ruta,  vive una espiritualidad vacía y una piedad doble, por un lado cumplidora y por otro caprichosa, que busca salirse siempre con la suya.

Si el sarmiento no da frutos, lo cortan, se seca y lo queman. Su existencia está condicionada al fruto. Lo mismo el discípulo, su destino personal depende de su capacidad de dar vida y ésta, de su permanente y vital vinculación con Jesús. No es que Dios sea cruel y decida por nosotros; cada persona se daña a si misma cuando orienta equivocadamente su vida y la encierra en su ego olvidándose que lo mejor de si mismo: su tiempo, sus virtudes, cualidades, carismas, capacidades, tiene sentido cuando es don para los demás.  Jesús no nos llama a tener una amistad individualista con Él, a una piedad privada; la espiritualidad debe llevar al discípulo a comprometerse con el mundo. De nuestro compromiso con la vida de los demás depende nuestro destino.

Cuando una persona vive en comunión con Jesús los frutos se ven y ponen en evidencia un discipulado intenso. Los frutos son el criterio verificador de una verdadera vida espiritual, no son abstractos, se trata de la vivencia de lo que Jesús dice en sus enseñanzas, Él permanece en nosotros cuando obedecemos su Palabra, nosotros permanecemos en Él cuando cumplimos sus mandamientos, es decir, cuando amamos y perdonamos; cuando nos abandonamos en Dios y entregamos incondicionalmente  nuestra vida comprometiéndonos en el servicio y en la misión.

En una vida comprometida de esta manera la oración se vuelve eficaz; se alcanzan los logros que nuestros esfuerzos esperan realizar. Esto, porque nuestra vida está en sintonía con el querer de Dios. La eficacia de la oración está condicionada al plan de Dios, un plan que conoce quien está en comunión de vida con Jesús. Orar no consiste en pretender arrancar de Dios lo que yo quiero que haga, sino pedirle con confianza el cumplimiento de su promesa, el cumplimiento de su voluntad.

Junto a la oración un testimonio atractivo.

Por el estilo de vida de los discípulos, por el gozo, el amor y la paz que irradian –que son los dones pascuales de Jesús- , por su compromiso concreto a favor de la vida en el mundo, los discípulos atraen a mucha gente hacia esta novedosa experiencia de Dios. Y esta fecundidad misionera hace que el Padre sea glorificado, reconocido y acogido como Dios de la vida.

Esto supone para el discípulo dejar que Dios sea en él, permitirle manifestarse y ello sólo es posible si con humildad y verdad se reconocen las situaciones personales, los hábitos, tendencias, obsesiones, traumas, fracasos, necesidades etc., que consumen el impulso vital y se decide a podarlos, se les trabaja para que permitan que la vida de Dios  y el esfuerzo personal se concentre en los aspectos de la vida más prometedores y fecundos.

Es necesario tener el coraje de tomar decisiones dejando de lado los intereses secundarios para concentrarse en los prioritarios. Y esto vale para todos los ámbitos de la vida, particularmente cuando se trata de hábitos, modos de ser y de pensar que nos hacen daño o le hacen daño a otros. Es así como se moldea en nuestra vida de discípulos la vida de Jesús y nos vamos transformando en Él. Lo que Dios quiere es nuestra felicidad, nuestra integridad, nuestra santidad. No quiere que nos quedemos frustrados por la esterilidad sino que nuestro proyecto de vida sea exitoso, que se refleje en nuestro rostro la belleza de la vida, la belleza del discípulo, la belleza de Dios.