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Tampoco yo te condeno…

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Jesús y la mujer adultera.jpg

Cuaresma

Domingo de la V semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (8, 1-11)

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba.

Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que dices?” Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Pero como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.

Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.

Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie, Señor”.

Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En la misma lógica de la conversión y de la reconciliación a la que nos ha invitado la Palabra de Dios durante esta cuaresma, este domingo, profundizamos en una de las más bellas expresiones de la misericordia: el perdón.

Nos apartamos del evangelio de san Lucas para dar paso a un pasaje del evangelio de Juan que tiene un claro sabor lucano, pues encaja perfectamente en los grandes temas que Lucas desarrolla en su obra y es más afín al estilo y lenguaje de este evangelista que al de Juan.

Se trata del episodio de la mujer sorprendida en adulterio. Es una escena dramática, la mujer no es una víctima inocente y tampoco lo era su cómplice que no aparece por ningún lado; sus acusadores son implacables, se han erigido en jueces y sumariamente quieren aplicar la ley que la condena a muerte; someten el caso a Jesús, que delante de ellos manifiesta el amor misericordioso de Dios y su perdón, experiencia que penetra en lo más íntimo del corazón.

En el fondo hay otro juicio, el que ya han hecho de Jesús y que quieren justificar con una evidencia; el caso que le presentan esconde una trampa, cualquiera que  fuera su respuesta le crearía dificultades; si era condenatoria, sería contradecir su enseñanza; si era absolutoria, sería ir contra la ley. Quieren ponerlo a prueba para justificar la condena de muerte que ya habían hecho sobre él.

Jesús aprovecha la ocasión para dar una magnífica enseñanza sobre el dinamismo del perdón: reconocer el pecado, ser perdonado y perdonar a los demás y lo mismo para quien pretende erigirse como juez: no tiene autoridad para juzgar quien tiene motivos para ser juzgado; sólo quien perdona puede ser perdonado por Dios.

El contexto

Jesús ha pasado toda la noche en oración; de madrugada va al templo en donde «la multitud se le acercaba» buscando su enseñanza. Jesús está en la ciudad santa como maestro, «sentado entre ellos, les enseñaba».

El dato no es de menor importancia. Nos ubica en un escenario que por un lado deja ver que es mucha la gente que reconoce la autoridad de Jesús y al mismo tiempo nos hace entender el significado de aquella escena: todos los ojos están puestos en él, un fracaso podría desautorizarlo definitivamente.

La situación es peligrosa, quienes buscan pretextos para acusarlo, podrían aprovechar cualquier titubeo o imprecisión para emboscarlo en una trampa jurídica, desacreditarlo y llevarlo a juicio. Jesús mismo había dicho que no venía abolir la ley sino a darle plenitud ¿cómo lo hará en este caso?

El juicio de la mujer pecadora

Comienza en drama: «los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio»; el hecho es indudable, nadie dice que se trata de una acusación falsa; más adelante se alude a la flagrancia; lo que llama la atención es que sólo sea acusada la mujer; la ley, en el libro del levítico (20,10) señala que en caso de adulterio, debían morir «tanto el adúltero como la adúltera».

Jesús es abordado y, como maestro, se le presenta el caso para que dé el veredicto; quienes acusan a la mujer: «esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio» presentan el hecho, recuerdan lo que manda la Ley «Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres» pero omiten la referencia al varón; y le piden su veredicto: «¿Tú que dices?».

El juicio velado a Jesús

El evangelista dice que «le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo»; esta nota ayuda a entender que hay otro problema de fondo y es el juicio que los acusadores de la mujer ya han hecho sobre Jesús a quien quieren eliminar y sólo buscan la forma legal de hacerlo, para ello le ponen una trampa.

Si Jesús aprueba el comportamiento de los acusadores, se pondría en contraposición con su propia manera de actuar que era cercana y misericordiosa con los pecadores y aparecería a los ojos de la multitud como un falso maestro.

Si, por el contrario, Jesús no aprueba lo que hacen quienes acusan a la mujer, estaría desconociendo una ley que era muy clara y desestimando un hecho flagrante, dando así motivos también para ser acusado de ser un falso maestro que aparta a la gente del cumplimiento de la Ley y al ser nocivo para el pueblo, tendría que ser quitado de en medio.

La respuesta de Jesús

Jesús responde con un gesto y con una frase. El gesto es silencioso; «se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo». Se toma su tiempo, lo hace dos veces; la segunda después de pronunciarse, establece un lapso de silencio con el que manifiesta su calma y dominio de la situación y propicio como para que los asistentes tuvieran tiempo de reflexionar el caso a la luz de lo que él mismo les había enseñado.

Los acusadores de la mujer «insistían en su pregunta», dando evidencia de que se habían impacientado y, como para impedirle tiempo de reflexión, lo presionaron pidiéndole una respuesta. Jesús se levantó y les dijo: «aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra».

Con esta frase, Jesús adapta la norma bíblica contenido en el libro del Deuteronomio (17,7) que establece que para condenar a una persona a muerte, se requieren dos o tres los testigos del delito y que sean ellos quienes inicien la ejecución; con ello la ley previene de condenas injustas y de testimonios en falso y hace responsable de la muerte de un transgresor de la ley a quienes son testigos del delito.

Con sus palabras Jesús hizo que los acusadores de la mujer cayeran en la cuenta de que habían considerado el delito y lo habían confrontado con la Ley, pero no habían considerado su autoridad moral para acusar y condenar pues no habían tenido en cuenta sus propios pecados. En el juicio que hacen no pueden presentarse como si fueran intachables y nunca hubieran cometido una falsa; ellos también necesitan de la paciencia, de la misericordia y del perdón de Dios.

Después de pronunciar esta frase «se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo», dejándoles tiempo para la reflexión.

Puestos contra su propia historia, los acusadores y la multitud «comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos»; con su actitud, reconocieron que ninguno estaba libre de culpa; todos se fueron yendo «hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.»

El perdón de Jesús

Jesús se dirige entonces a la mujer acusada de adulterio y establece con ella un diálogo delicado, en su voz no hay reproche ni tono de condena. Le hace dos preguntas y hace dos afirmaciones.

Las preguntas, «dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?» , hacen evidente lo que ha sucedido: los acusadores se han ido y ninguno la ha condenado. Ante ello, Jesús afirma: «Tampoco yo te condeno», liberándola así de la pena de muerte; «Vete y ya no vuelvas a pecar», palabras con las que Jesús absuleve y abre la vida de la mujer a un nuevo horizonte, el comienzo de una nueva historia; el perdón le permite renacer.

Jesús no aprueba el pecado, ni lo relativiza como si no hubiera pasado nada, no niega la verdad de los hechos, los confronta con la misericordia de Dios que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva y por ello, dirigiéndose a la mujer le habla enérgicamente pidiéndole no alejarse de Dios que es el Señor de la vida.

La misericordia de Dios es para todos. Los acusadores tuvieron la oportunidad de reconocerse necesitados del perdón de Dios y de comprender que no debían actuar con presunción de perfección y sin misericordia.

La misericordia salvó la vida de la mujer de dos maneras: de la pena de muerte y de una vida condenada a llevar sobre si el lastre del pecado, al ofrecerle el perdón de Dios que renueva el corazón y lo fortalece para no volver a pecar.

Juzgar y perdonar

Esta escena de perdón de la mujer sorprendida en flagrante adulterio, pone de relieve el contraste que hay entre nuestros juicios sobre los demás, que suelen ser muy exigentes y los que hacemos sobre nosotros mismos, que suelen ser indulgentes. Hay también un gran contraste entre el modo de juzgar del sistema social, que es implacable y el modo de juzgar de Dios que es misericordioso.

Dios no condena al pecador, lo acoge para que se rehabilite. Todos podemos vernos en la imagen de la mujer adúltera, necesitados de ser acogidos, de ser perdonados, de tener una nueva oportunidad.

La misericordia no niega la verdad. A las cosas se les llama por su nombre, sin matices ni eufemismos. El proceso de renovación interior o de superación de actitudes que nos alejan de Dios y de los hermanos requiere confrontar la propia vida con la verdad; sin maximizar o minimizar lo hechos, renunciando a complicidades que esconden las propias faltas y reconociendo la propia fragilidad y los propios errores; sólo así se puede comenzar de nuevo.

Hay muchos tipos de faltas. Jesús no se presenta obsesionado con esta falta de adulterio como si se presentan los acusadores; llama pecado a la falta y le dice a la mujer que no vuelva a pecar; en ningún lugar Jesús señala que las faltas en materia sexual sean más graves que las que se cometen en otros ámbitos de la vida; más aún,  si lo vemos hablando con más dureza sobre la hipocresía y la injusticia de los fuertes y poderosos y tratar con indulgencia a los que los intérpretes de la ley calificaban como pecadores y malditos. Las faltas, faltas son y su gravedad tiene que ver con la materia de la falta y la decisión de incurrir en ella implicando la voluntad, la conciencia y libertad.

Por ello, es muy difícil juzgar sobre las faltas de los demás, pues sólo podemos juzgar lo que vemos y no lo que no vemos. Resulta fácil lanzar piedras, juzgar y acusar a los demás. Jesús nos invita a no enjuiciar ni condenar fríamente a los demás, desde la supuesta objetividad de hechos que esconde la interpretación subjetiva que nosotros hemos hecho de los mismos. Jesús nos enseña a comprender las faltas de los demás desde la conducta personal; antes de arrojar piedras, hemos juzgar nuestro propio pecado. Lo que muchas personas necesitan no es la condena sino a alguien que les ayude y les ofrezca la posibilidad de rehabilitarse; un corazón misericordioso y una mano amiga que ayude a levantarse.

Corresponde a cada persona confrontar su vida con el amor de Dios y con esta luz, reconocer las propias faltas, experimentar el arrepentimiento y dolor por haberlas cometido y acogerse a la misericordia de Dios; es un proceso que cristaliza en la experiencia sacramental de la reconciliación; acudimos a este sacramento, para reconocer con vergüenza y dolor las propias culpas poniéndolas delante de la misericordia de Dios y escuchar junto con las palabras de la absolución el imperativo de Jesús: vete y no vuelvas a pecar.

 

[1] Fi. Oñoro, El perdón de la pecadora y el pecado de los acusadores. Juan 8, 1-11, CEBIPAL; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 101-104.

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere…

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V Domingo de Cuaresma – Ciclo B

Enseguida un fragmento de una homilía del Papa Benedicto XVI, en un Domingo como este, V de Cuaresma, pero de 2009, en su visita pastoral a la Parroquia romana del Santo Rostro de Jesús en La Magliana


Queridos hermanos y hermanas:

En el pasaje evangélico de hoy, san Juan refiere un episodio que aconteció en la última fase de la vida pública de Cristo, en la inminencia de la Pascua judía, que sería su Pascua de muerte y resurrección. Narra el evangelista que, mientras se encontraba en Jerusalén, algunos griegos, prosélitos del judaísmo, por curiosidad y atraídos por lo que Jesús estaba haciendo, se acercaron a Felipe, uno de los Doce, que tenía un nombre griego y procedía de Galilea. “Señor —le dijeron—, queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21). Felipe, a su vez, llamó a Andrés, uno de los primeros apóstoles, muy cercano al Señor, y que también tenía un nombre griego; y ambos “fueron a decírselo a Jesús” (Jn 12, 22).

En la petición de estos griegos anónimos podemos descubrir la sed de ver y conocer a Cristo que experimenta el corazón de todo hombre. Y la respuesta de Jesús nos orienta al misterio de la Pascua, manifestación gloriosa de su misión salvífica. “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre” (Jn 12, 23). Sí, está a punto de llegar la hora de la glorificación del Hijo del hombre, pero esto conllevará el paso doloroso por la pasión y la muerte en cruz. De hecho, sólo así se realizará el plan divino de la salvación, que es para todos, judíos y paganos, pues todos están invitados a formar parte del único pueblo de la alianza nueva y definitiva.

A esta luz comprendemos también la solemne proclamación con la que se concluye el pasaje evangélico: “Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32), así como el comentario del Evangelista: “Decía esto para significar de qué muerte iba a morir” (Jn 12, 33). La cruz: la altura del amor es la altura de Jesús, y a esta altura nos atrae a todos.

Muy oportunamente la liturgia nos hace meditar este texto del evangelio de san Juan en este quinto domingo de Cuaresma, mientras se acercan los días de la Pasión del Señor, en la que nos sumergiremos espiritualmente desde el próximo domingo, llamado precisamente domingo de Ramos y de la Pasión del Señor. Es como si la Iglesia nos estimulara a compartir el estado de ánimo de Jesús, queriéndonos preparar para revivir el misterio de su crucifixión, muerte y resurrección, no como espectadores extraños, sino como protagonistas juntamente con él, implicados en su misterio de cruz y resurrección. De hecho, donde está Cristo, allí deben encontrarse también sus discípulos, que están llamados a seguirlo, a solidarizarse con él en el momento del combate, para ser asimismo partícipes de su victoria.

El Señor mismo nos explica cómo podemos asociarnos a su misión. Hablando de su muerte gloriosa ya cercana, utiliza una imagen sencilla y a la vez sugestiva: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). Se compara a sí mismo con un “grano de trigo deshecho, para dar a todos mucho fruto”, como dice de forma eficaz san Atanasio. Y sólo mediante la muerte, mediante la cruz, Cristo da mucho fruto para todos los siglos. De hecho, no bastaba que el Hijo de Dios se hubiera encarnado. Para llevar a cabo el plan divino de la salvación universal era necesario que muriera y fuera sepultado: sólo así toda la realidad humana sería aceptada y, mediante su muerte y resurrección, se haría manifiesto el triunfo de la Vida, el triunfo del Amor; así se demostraría que el amor es más fuerte que la muerte.

Con todo, el hombre Jesús, que era un hombre verdadero, con nuestros mismos sentimientos, sentía el peso de la prueba y la amarga tristeza por el trágico fin que le esperaba. Precisamente por ser hombre-Dios, experimentaba con mayor fuerza el terror frente al abismo del pecado humano y a cuanto hay de sucio en la humanidad, que él debía llevar consigo y consumar en el fuego de su amor. Todo esto él lo debía llevar consigo y transformar en su amor. “Ahora —confiesa— mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora?” (Jn 12, 27). Le asalta la tentación de pedir: “Sálvame, no permitas la cruz, dame la vida”. En esta apremiante invocación percibimos una anticipación de la conmovedora oración de Getsemaní, cuando, al experimentar el drama de la soledad y el miedo, implorará al Padre que aleje de él el cáliz de la pasión.

Sin embargo, al mismo tiempo, mantiene su adhesión filial al plan divino, porque sabe que precisamente para eso ha llegado a esta hora, y con confianza ora: “Padre, glorifica tu nombre” (Jn 12, 28). Con esto quiere decir: “Acepto la cruz”, en la que se glorifica el nombre de Dios, es decir, la grandeza de su amor. También aquí Jesús anticipa las palabras del Monte de los Olivos: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42). Transforma su voluntad humana y la identifica con la de Dios. Este es el gran acontecimiento del Monte de los Olivos, el itinerario que deberíamos seguir fundamentalmente en todas nuestras oraciones: transformar, dejar que la gracia transforme nuestra voluntad egoísta y la impulse a uniformarse a la voluntad divina.

benedicto-xvi-mexico-1Queridos hermanos y hermanas, este es el camino exigente de la cruz que Jesús indica a todos sus discípulos. En diversas ocasiones dijo: “Si alguno me quiere servir, sígame”. No hay alternativa para el cristiano que quiera realizar su vocación. Es la “ley” de la cruz descrita con la imagen del grano de trigo que muere para germinar a una nueva vida; es la “lógica” de la cruz de la que nos habla también el pasaje evangélico de hoy: “El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna” (Jn 12, 25). “Odiar” la propia vida es una expresión semítica fuerte y encierra una paradoja; subraya muy bien la totalidad radical que debe caracterizar a quien sigue a Cristo y, por su amor, se pone al servicio de los hermanos: pierde la vida y así la encuentra. No existe otro camino para experimentar la alegría y la verdadera fecundidad del Amor: el camino de darse, entregarse, perderse para encontrarse.