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Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo

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 Cuaresma

Domingo de la II semana

Ciclo C 

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 28-36)

En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes.

De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías. Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño; pero, despertándose, vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con él. Cuando éstos se retiraban, Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías”, sin saber lo que decía.

No había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió; y ellos, al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo.

De la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Cuando cesó la voz, se quedó Jesús solo.

Los discípulos guardaron silencio y por entonces no dijeron a nadie nada de lo que habían visto. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[[1]

El domingo pasado, decíamos que el relato de las tentaciones es el pórtico para iniciar el camino cuaresmal; este domingo podríamos decir que la escena de la transfiguración es el telón de fondo; presenta el horizonte del itinerario y nos ayuda a concentrar nuestra mirada en Jesús el Hijo amado, el elegido, a quien Dios nos invita a escuchar.

El relato retoma un punto que quedó en suspenso el domingo pasado; recordemos que en la última tentación, ubicada en Jerusalén, el tentador se jugó el todo por el todo poniendo a prueba a la fidelidad de Jesús como Hijo de Dios; con la fuerza de la Palabra, Jesús conminó al enemigo malo a no poner a prueba a Dios y el diablo, concluidas las tentaciones, se retiró esperando la hora. Ahora, en la escena de la transfiguración, encontramos de nuevo la referencia a Jerusalén y a la hora de Jesús: «De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías. Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.» Jerusalén es el destino del camino de Jesús, allí vivirá la hora definitiva, será probado nuevamente en su fidelidad como Hijo de Dios.

El contexto

Para introducirnos en la contemplación de la escena de la transfiguración, tomemos en cuenta el contexto del relato.

En el capítulo 8 del evangelio de Lucas, una vez que Pedro ha reconocido a Jesús como Mesías; Él comienza a introducir a sus discípulos en la comprensión del misterio de su persona, anunciándoles su pasión muerte y resurrección; les dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día».

Cuando leemos el evangelio caemos en la cuenta que las palabras y las obras de Jesús, con las que anunciaba el Reino de Dios, fueron aceptadas por algunas y rechazadas por otros. Quienes las rechazaron, comenzaron a hostigarlo, le hacían preguntas capciosas, lo provocaban, lo espiaban y buscaban motivos para acusarlo. Jesús no era ingenuo, sabía lo que sucedía y cada una de estas insidias eran para Él una tentación, una prueba; por eso, en el evangelio de Lucas, en los momentos decisivos de su misión, lo vemos haciendo oración, experiencia en la que se fortalecía para seguir en el camino de entrega amorosa con la que anunciaba y manifestaba la cercanía de Dios.

En este contexto entendemos el anuncio de la pasión que hacía a los discípulos; los veía tan entusiasmados que percibía la ilusión que tenían de un Mesías como muchos lo esperaban: glorioso, poderoso, guerrero, justiciero; Jesús no los engaña, les advierte que la fidelidad al Reino va en otra dirección, que ser testigos del Reino exige dar testimonio de la fidelidad de Dios con la entrega de la propia vida.

Además de anunciarles su pasión, en un segundo momento, Jesús implica también a sus discípulos, diciéndoles «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame». Los discípulos no pusieron resistencia ante este primer anuncio de la pasión; el evangelista nos deja saber por qué: “Pero ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado de modo que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto» (Cf. Lc 9, 45: 18,34). La oscuridad de los discípulos ante el misterio de la Cruz no era porque tuvieran una resistencia interior, sino porque no alcanzaban a comprender lo que significaba; Jesús los llevará por un camino gradual de comprensión.

El relato de la transfiguración conecta directamente con la confesión de Pedro y con el primer anuncio de la pasión; es una forma distinta de anunciar lo mismo, que nos revela el significado del misterio pascual de Jesús y la forma como se implican los discípulos que le siguen; se trata de una revelación más profunda del cómo y por qué el camino del sufrimiento conduce a la gloria de la pascua.

El texto

Nos encontramos ante un relato de teofanía, es decir, de manifestación divina; en el que el ver y el oír ocupan un lugar central. Se distinguen cuatro partes: La primera presenta la circunstancia: Jesús sube al monte a orar con tres discípulos. La segunda presenta la visión de la gloria de Jesús y de los profetas sufrientes. La tercera presenta la audición del querer del Padre que habla desde la nube. La cuarta, la conclusión: Jesús queda sólo y los discípulos callan.

Este relato lo encontramos en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas; en cada evangelista tiene detalles particulares que ayudan a leer el respectivo relato de manera novedosa. Lucas hace notar que Jesús subió a la montaña «para hacer oración»; habla de la gloria de Moisés y de Elías: «aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor»; indica el tema de conversación de estos personajes con Jesús: «hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén»; advierte que los discípulos  estaban rendidos de sueño» y que «despertándose, vieron la gloria de Jesús»; señala que sólo Pedro tomó la Palabra cuando Moisés y Elías se marcharon y que llamó a Jesús con sumo respeto diciéndole «Maestro»; narra que en la nube, Jesús recibe el calificativo de «Hijo elegido» y destaca al final del relato que los discípulos «guardaron silencio».

Escuchar a Jesús

La parte central del relato se concentra en lo que los discípulos vieron y oyeron en la experiencia de la transfiguración.

La transfiguración acontece en un contexto de oración. Es una experiencia de comunicación intensa de Jesús con su Padre. No conocemos las palabras sino el efecto transformador que tiene en él. El relato no reporta ninguna palabra de Jesús, pero la mirada no se aparta en ningún instante de su persona; en los discípulos, con quienes pueden identificarse quienes leen el relato, predomina una actitud de atención a cada detalle.

El cambio externo que se produce en Jesús no pretende anticipar y confirmar su futura gloria de resucitado, como a veces se insiste. Si así fuera alimentaría el mesianismo equivocado de los discípulos y presentaría la pasión y muerte de Jesús como una representación con un final feliz anticipado.

En esta experiencia que contemplamos junto al relato de las tentaciones, Jesús es confirmado en su identidad y misión: el camino que ha elegido, su estilo de vida y mensaje es lo que Dios quiere. Hay dos elementos que lo corroboran Moisés y Elías que conversan con Él y la voz que sale de la nube.

En las Escrituras, Moisés y Elías no son como el común de los mortales ambos son personajes decisivos dentro de la historia del pueblo de Dios; tuvieron en común que, obeciendo a Dios, fueron servidores del pueblo de Dios y el cumplimento de esta misión les costó mucho sufrimiento; de manera que en el diálogo con Jesús en el relato de su transfiguración ellos son testigos de lo que vivieron en carne propia como profetas rechazados, con una misión que casí les costó la vida; además, Moisé y Eías fueron servidores de los caminos e Dios en medio de la testarudez de un pueblo que en más de una ocasión se puso contra ellos; pero su sufrimiento valió la pena; su testimonio es modelo de la gloria que resplandece desde el dolor que se vive en función de los demás, al servicio de la obra salvífica de Dios en el mundo. Moisés y Elías al lado de Jesús, que está a punto de comenzar el camino decisivo, ellos mismos ahora “rodeados de esplendor”, dan testimonio de que efectivamente por ese camino se llega a la plenitud de la vida.

Más tarde, al final del evangelio, Lucas nos dirá que Todo lo que ha sucedido en el camino y en la Pascua de Jesús fue el cumplimiento de lo que “está escrito en la Ley y en los Profetas” (Lc 24,44), es decir en la Escritura. Moisés y Elías representan la “Ley y los Profetas”.

Desde la nube que cubrió a la montaña Dios dejó oir su voz. La formación de la nube que “los cubrió con su sombra” evoca la divina presencia que llenó con su gloria la tienda del encuentro; la misma gloria de Yahveh que cubrió la santa montaña y en la cual entró Moisés. La nube nos indica dos cosas: Primera: no hay necesidad de la tienda que Pedro quiere hacer, porque Dios mismo es quien la hace al cubrir con la nube la montaña. Segunda: es el Padre, en última instancia, quien conduce a la gloria y quien invita ahora a los discípulos a entrar también en ella. Recordemos que la transfiguración de Jesús es obra de Él.

El elemento central de la manifestación de Dios: « De la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”» Los términos nos recuerdan la escena del bautismo de Jesús; pero notemos que ahora estas palabras no están dirigidas a Jesús sino a los discípulos indicándoles: que Jesús es el “Hijo”, el “Elegido” -título característico del Mesías- y que  a Jesús hay que “escucharlo”.  El imperativo “¡; escúchenlo!” queda resonando en los oídos como la lección más importante del evento de la transfiguración para los discípulos espectadores.

Los discípulos al sentirse envueltos por la nube se asustan; pero es ahí donde son aleccionados sobre lo que se resisten a aceptar: la manera como Jesús realizará su voación mesiánica. Dios confirma, delante de sus discípulos, en su identidad y misión y revela a los discípulos que ése, cuya enseñanza no aceptan o comprenden, cuyos gestos les inquietan, es el Hijo, el Elegido, el Mesías, quien tiene razón y a quien hay que escuchar.

La transfiguración desvela el sentido profundo de los acontecimientos, pero no dispensa a los discípulos de vivir la realidad en su dureza y ambigüedad. Aunque Pedro deseaba la contrario, la visión termina muy pronto y deja a todos frente a la realidad cotidiana. Es preciso que los discípulo afronten el mensaje y el camino de Jesús.

Ante la fragilidad que experimentamos en las tentaciones, cuando somos probados en nuestra fidelidad de hijos de Dios y discípulos de Jesús; ante la resistencia a tomar la cruz y seguir a Jesús, que se experimenta en las incomprensiones y en el sufrimiento que son consecuencias de amar entregando la vida y de ser testigos de la verdad y la justicia, la oración y la escucha de la Palabra nos ayudan a interpretar nuestra historia y nos confirman en las opciones que hemos hecho cuando estas corresponden a la voluntad de Dios; sin embargo, no debemos olvidar que las experiencias espirituales no son para separarnos de la realidad, sino para ayudarnos a discernir y afrontar la historia en toda su profundidad, para ayudarnos a seguir a Jesús y como discípulos suyos, entregar la vida siendo testigos del Reino de Dios.

[1] F. Oñoro, La Transfiguración de Jesús: con la mirada puesta en la meta del camino y a la escucha del Maestro. Lucas 9,28b-36. CEBIPAL; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 87-90

Se transfiguró en su presencia

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Cuaresma

Domingo de la II semana

Textos

† Del santo Evangelio según san Marcos (9, 2-10)

En aquel tiempo, Jesús tomó aparte a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos a un monte alto y se transfiguró en su presencia. Sus vestiduras se pusieron esplendorosamente blancas, con una blancura que nadie puede lograr sobre la tierra. Después se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué a gusto estamos aquí! Hagamos tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. En realidad no sabía lo que decía, porque estaban asustados.

Se formó entonces una nube, que los cubrió con su sombra, y de esta nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo amado; escúchenlo”.

En ese momento miraron alrededor y no vieron a nadie sino a Jesús, que estaba solo con ellos.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron esto en secreto, pero discutían entre sí qué querría decir eso de ‘resucitar de entre los muertos’.Palabra del Señor. 

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Mensaje[1]

La liturgia de este segundo domingo de Cuaresma está como dominada por dos montañas que se destacan por su altura, fascinantes y terribles, frente a nuestra vida cotidiana: el Monte Moriá y el Monte Tabor, la montaña de la prueba de Abrahán y la montaña de la transfiguración de Jesús. 

El libro del Génesis nos presenta ese viaje de tres días que afronta el patriarca hacia la cima de la prueba: es el paradigma de todo itinerario de fe y del propio camino de Cuaresma. Abrahán debe renunciar a su paternidad para apoyarse únicamente en la Palabra de Dios. No es su hijo, Isaac, quien le asegura su posteridad, sino solo la Palabra del Señor; y Dios le pone a prueba dándole la posibilidad de la destrucción de sus descendientes.

Después de la prueba, Abrahán recibe a Isaac ya no como hijo de su carne, sino de la promesa divina. Él, que había renunciado a Isaac, le encuentra de nuevo y puede regocijarse como aquel padre misericordioso de la parábola del Evangelio que exclamó: «Había muerto y ha vuelto a la vida». Abrahán acoge a Isaac si le hubiera sido devuelto por Dios, ofreciéndonos un ejemplo de fe que hará que le veneren las generaciones futuras de judíos, cristianos y musulmanes como «Padre de todos los creyentes» . ¡Que la fe de Abrahán nos acompañe en nuestra peregrinación diaria! 

La montaña de la Transfiguración, que la tradición sucesiva identificará con el Tabor, se presenta como punto culminante de la vida de Jesús con los discípulos; y el Señor nos toma y nos lleva consigo a la montaña, como lo hizo con los tres discípulos más íntimos, para vivir con él la experiencia de la comunión con el Padre; una experiencia tan profunda que transfigura su rostro, su cuerpo y hasta sus vestidos. A veces uno olvida que también Jesús tuvo su itinerario espiritual. Ascenso al monte también hubo para Jesús, como para Abrahán , Moisés, Elías y para cada creyente. Jesús sintió la necesidad de subir al monte, es decir, de encontrarse con el Padre. El Tabor fue uno de ellos. 

Podemos ver en la Transfiguración también la liturgia dominical a la que todos estamos invitados para vivir, unidos a Jesús, el momento elevado de la comunión con Dios; y es precisamente durante la santa liturgia cuando podemos repetir las mismas palabras de Pedro: «Rabbí , qué bien se está aquí. Vamos a hacer tres tiendas…». 

Para la comunidad cristiana, para cada creyente, basta con Jesús; sólo Él es el tesoro, la riqueza, la razón de nuestra vida y de la Iglesia misma. Aquella tienda que Pedro quería construir con sus manos, en realidad la había construido Dios mismo cuando «la Palabra se hizo carne , y puso su Morada entre nosotros» (Jn 1, 14); y en cada liturgia aquella tienda de Dios nos hospeda de nuevo. Santo Tomás decía de la Eucaristía que es el lugar donde se construye la Iglesia.


[1] V. Paglia, Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día. 2021

Su rostro se puso resplandeciente como el sol

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Transfiguracion 2

Cuaresma

Domingo de la II semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (17, 1-9)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado.

Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve.

De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.

Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”.

Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”.

Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús.

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Este Domingo segundo de cuaresma, como en contrapunto con el evangelio de las tentaciones que consideramos el domingo pasado, contemplamos la escena de la transfiguración del Señor. Si la primera semana de cuaresma nos concentramos en la humanidad probada de Jesús, a la luz del texto que hoy consideramos,  nos concentramos en su humanidad glorificada. Descubriremos a la luz de este pasaje que nuestra vocación es manifestar a Dios.

Enseguida, se propone lo que el P. José Luis Sicre SJ, estudioso de la Sagrada Escritura escribe para una mejor comprensión del pasaje evangélico de este Domingo.

“En el evangelio […] también queda claro el tema: Jesús, que renuncia a asegurarse la vida, obtiene la victoria simbolizada en la transfiguración. Así lo anuncia a los discípulos: «Les aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto llegar a este Hombre como rey». Esta manifestación gloriosa de Jesús tendrá lugar seis días más tarde.

El relato podemos dividirlo en tres partes: la subida a la montaña, la visión, el descenso de la montaña. Desde un punto de vista literario es una teofanía, una manifestación de Dios, y los evangelistas utilizan los mismos elementos que empleaban los autores del Antiguo Testamento para describirlas. Por eso, antes de analizar cada una de las partes, conviene recordar algunos datos de la famosa teofanía del Sinaí, cuando Dios se revela a Moisés.

La teofanía del Sinaí

Dios no se manifiesta en un espacio cualquiera, sino en un sitio especial, la montaña, a la que no tiene acceso todo el pueblo, sino sólo Moisés, al que a veces acompaña su hermano Aarón, o Aarón, Nadab y Abihú junto con los setenta dirigentes de Israel. La presencia de Dios se expresa mediante la imagen de una nube espesa, desde la que habla. Es también frecuente que se mencione en este contexto el fuego, el humo y el temblor de la montaña, como símbolo de la gloria y el poder de Dios que se acerca a la tierra. Estos elementos demuestran que los evangelistas no pretenden ofrecer un informe objetivo, “histórico”, de lo ocurrido, sino crear un clima semejante al de las teofanías del Antiguo Testamento.

La subida a la montaña

Jesús sólo elige a tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan. La exclusión de los otros nueve no debemos interpretarla sólo como un privilegio; la idea principal es que va a ocurrir algo tan importante que no puede ser presenciado por todos. Se dice que subieron «a una montaña alta y apartada». La tradición cristiana, que no se contenta con estas indicaciones generales, la ha identificado con el monte Tabor, que tiene poco de alto (575 m) y nada de apartado. Lo evangelistas quieren indicar otra cosa: usan el frecuente simbolismo de la montaña como morada o lugar de revelación de Dios. Entre los antiguos cananeos, el monte Safón era la morada del panteón divino. Para los griegos se trataba del Olimpo. Para los israelitas, el monte sagrado era el Sinaí (u Horeb). También el Carmelo tuvo un prestigio especial entre ellos, igual que el monte Sión en Jerusalén. Una montaña «alta y apartada» aleja horizontalmente de los hombres y acerca verticalmente a Dios. En ese contexto va a tener lugar la manifestación gloriosa de Jesús, sólo a tres de los discípulos.

La visión

En ella hay cuatro elementos que la hacen avanzar hasta su plenitud. El primero es la transformación del rostro y las vestiduras de Jesús. El segundo, la aparición de Moisés y Elías. El tercero, la aparición de una nube luminosa que cubre a los presentes. El cuarto, la voz que se escucha desde el cielo.

La transformación de Jesús la expresaba Marcos con estas palabras: «sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no es capaz de blanquearlos ningún batanero del mundo» (Mc 9,3). Mateo omite esta comparación final y añade un dato nuevo: «su rostro brillaba como el sol». La luz simboliza la gloria de Jesús, que los discípulos no habían percibido hasta ahora de forma tan sorprendente.

«De pronto, se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él». Moisés es el gran mediador entre Dios y su pueblo, el profeta con el que Dios hablaba cara a cara. Sin Moisés, humanamente hablando, no habría existido el pueblo de Israel ni su religión. Elías es el profeta que salva a esa religión en su mayor momento de crisis, hacia el siglo IX a.C., cuando está a punto de sucumbir por el influjo de la religión cananea. Sin Elías habría caído por tierra toda la obra de Moisés. Por eso los judíos concedían especial importancia a estos dos personajes.

El hecho de que se aparezcan ahora a los discípulos (no a Jesús) es una manera de garantizarles la importancia del personaje al que están siguiendo. No es un hereje ni un loco, no está destruyendo la labor religiosa de siglos, se encuentra en la línea de los antiguos profetas, llevando su obra a plenitud.

En este contexto, las palabras de Pedro proponiendo hacer tres chozas suenan a simple despropósito. Pero son simple consecuencia de lo que dice antes: «qué bien se está aquí». Cuando el primer anuncio de la pasión, Pedro rechazó el sufrimiento y la muerte como forma de salvar. Ahora, en la misma línea, considera preferible quedarse en lo alto del monte con Jesús, Moisés y Elías que seguir a Jesús con la cruz. Como en el Sinaí, Dios se manifiesta en la nube y habla desde ella.

Sus primeras palabras reproducen exactamente las que se escucharon en el momento del bautismo de Jesús, cuando Dios presentaba a Jesús como su siervo. Pero aquí se añade un imperativo: «¡Escúchenlo!» La orden se relaciona directamente con las anteriores palabras de Jesús, que han provocado tanto escándalo en Pedro, y con la dura alternativa entre vida y muerte que ha planteado a sus discípulos. Ese mensaje no puede ser eludido ni trivializado. «¡Escuchadlo!»

El descenso de la montaña

Dos hechos cuenta Mateo en este momento: La orden de Jesús de que no hablen de la visión hasta que él resucite y la pregunta de los discípulos sobre la vuelta de Elías.

Lo primero coincide con la prohibición de decir que él es el Mesías (Mt 16,20). No es momento ahora de hablar del poder y la gloria, suscitando falsas ideas y esperanzas. Después de la resurrección, cuando para creer en Cristo sea preciso aceptar el escándalo de su pasión y cruz, se podrá hablar con toda libertad también de su gloria.

En síntesis

Este episodio no está contado en beneficio de Jesús, sino como experiencia positiva para los apóstoles. Después de haber escuchado a Jesús hablar de su pasión y muerte, de las duras condiciones que impone a sus seguidores, tienen tres experiencias complementarias: 1) ven a Jesús transfigurado de forma gloriosa; 2) se les aparecen Moisés y Elías; 3) escuchan la voz del cielo.

Esto supone una enseñanza creciente: 1) al ver transformados su rostro y sus vestidos tienen la experiencia de que su destino final no es el fracaso, sino la gloria; 2) al aparecérseles Moisés y Elías se confirman en que Jesús es el culmen de la historia religiosa de Israel y de la revelación de Dios; 3) al escuchar la voz del cielo saben que seguir a Jesús no es una locura, sino lo más conforme al plan de Dios.”

En nuestro camino cuaresmal propicio para renovar nuestra vocación bautismal la escena de la transfiguración nos ayuda entender con una imagen el sentido de haber sido incorporado a Cristo por el bautismo. Los bautizados tenemos que manifestar a Dios con nuestra vida, símbolo de ello es la vestidura blanca  y la vela encendida del bautismo que identifica a quienes creen en Jesucristo que es Luz de Luz. Esto será sólo posible asumiendo todas las consecuencias del seguimiento, también la cruz.

Como los discípulos del evangelio, también a nosotros nos asusta el fracaso, no da miedo el sufrimiento y la muerte; como a ellos, Jesús nos enseña que incluso estas experiencias humanas tienen sentido cuando nos confiamos plenamente en Dios que no nos abandona y esto lo hacemos aceptando al Señor en nuestra vida, acogiendo su Reino, viviendo el mandamiento del amor hasta el extremo de entregar la vida por los amados de Dios.