Ecos de la Palabra

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Se transfiguró en su presencia

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Cuaresma

Domingo de la II semana

Textos

† Del santo Evangelio según san Marcos (9, 2-10)

En aquel tiempo, Jesús tomó aparte a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos a un monte alto y se transfiguró en su presencia. Sus vestiduras se pusieron esplendorosamente blancas, con una blancura que nadie puede lograr sobre la tierra. Después se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué a gusto estamos aquí! Hagamos tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. En realidad no sabía lo que decía, porque estaban asustados.

Se formó entonces una nube, que los cubrió con su sombra, y de esta nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo amado; escúchenlo”.

En ese momento miraron alrededor y no vieron a nadie sino a Jesús, que estaba solo con ellos.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron esto en secreto, pero discutían entre sí qué querría decir eso de ‘resucitar de entre los muertos’.Palabra del Señor. 

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Mensaje[1]

La liturgia de este segundo domingo de Cuaresma está como dominada por dos montañas que se destacan por su altura, fascinantes y terribles, frente a nuestra vida cotidiana: el Monte Moriá y el Monte Tabor, la montaña de la prueba de Abrahán y la montaña de la transfiguración de Jesús. 

El libro del Génesis nos presenta ese viaje de tres días que afronta el patriarca hacia la cima de la prueba: es el paradigma de todo itinerario de fe y del propio camino de Cuaresma. Abrahán debe renunciar a su paternidad para apoyarse únicamente en la Palabra de Dios. No es su hijo, Isaac, quien le asegura su posteridad, sino solo la Palabra del Señor; y Dios le pone a prueba dándole la posibilidad de la destrucción de sus descendientes.

Después de la prueba, Abrahán recibe a Isaac ya no como hijo de su carne, sino de la promesa divina. Él, que había renunciado a Isaac, le encuentra de nuevo y puede regocijarse como aquel padre misericordioso de la parábola del Evangelio que exclamó: «Había muerto y ha vuelto a la vida». Abrahán acoge a Isaac si le hubiera sido devuelto por Dios, ofreciéndonos un ejemplo de fe que hará que le veneren las generaciones futuras de judíos, cristianos y musulmanes como «Padre de todos los creyentes» . ¡Que la fe de Abrahán nos acompañe en nuestra peregrinación diaria! 

La montaña de la Transfiguración, que la tradición sucesiva identificará con el Tabor, se presenta como punto culminante de la vida de Jesús con los discípulos; y el Señor nos toma y nos lleva consigo a la montaña, como lo hizo con los tres discípulos más íntimos, para vivir con él la experiencia de la comunión con el Padre; una experiencia tan profunda que transfigura su rostro, su cuerpo y hasta sus vestidos. A veces uno olvida que también Jesús tuvo su itinerario espiritual. Ascenso al monte también hubo para Jesús, como para Abrahán , Moisés, Elías y para cada creyente. Jesús sintió la necesidad de subir al monte, es decir, de encontrarse con el Padre. El Tabor fue uno de ellos. 

Podemos ver en la Transfiguración también la liturgia dominical a la que todos estamos invitados para vivir, unidos a Jesús, el momento elevado de la comunión con Dios; y es precisamente durante la santa liturgia cuando podemos repetir las mismas palabras de Pedro: «Rabbí , qué bien se está aquí. Vamos a hacer tres tiendas…». 

Para la comunidad cristiana, para cada creyente, basta con Jesús; sólo Él es el tesoro, la riqueza, la razón de nuestra vida y de la Iglesia misma. Aquella tienda que Pedro quería construir con sus manos, en realidad la había construido Dios mismo cuando «la Palabra se hizo carne , y puso su Morada entre nosotros» (Jn 1, 14); y en cada liturgia aquella tienda de Dios nos hospeda de nuevo. Santo Tomás decía de la Eucaristía que es el lugar donde se construye la Iglesia.


[1] V. Paglia, Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día. 2021

Se transfiguró en su presencia

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Transfiguracion 3

6 de agosto

Transfiguración del Señor

Ciclo A

Textos

† Del evangelio según san Mateo (17, 1-9)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado.

Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve.

De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.

Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”.

Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”.

Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús.

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”. Palabra del Señor.

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Mensaje[1] 

En el texto de Mateo, la narración de la transfiguración comienza con una indicación cronológica -“Seis días después”- que lo vincula con lo precedente, es decir, con la profesión de fe de Pedro, con el primer anuncio claro por parte de Jesús de su pasión y con la declaración de que para ser discípulos es necesario seguirle por el camino de la cruz. “Seis días después” el Maestro lleva a tres de sus discípulos a una montaña alta para concederles la experiencia anticipada de la gloria prometida después de padecer.

En aquella elevada soledad Jesús les muestra su aspecto divino “cambiando de aspecto”. Mateo insiste particularmente en la luz y el fulgor que emanan de él, evocando la figura del Hijo del hombre de Dn 10 y la narración de la manifestación de YHWH en la cumbre del Sinaí (Ex 34,29-33).

Las continuas alusiones a las teofanías del Antiguo Testamento (Ex 19,16; 24,3; 1 Re 19, 11) indican que está pasando algo extremadamente importante: en Jesús la antigua alianza va a transformarse en “nueva y eterna alianza”. La aparición de Moisés y Elías testimonia que Jesús es el cumplimiento de la Ley y los Profetas, el que guiará al pueblo a la verdadera tierra prometida y lo restablecerá en la integridad de la fe en Dios

La intervención de Pedro indica el contexto litúrgico de la fiesta de los Tabernáculos, la más alegre y respladeciente de luces, que conmemoraba el tiempo del Éxodo, cuando Dios bajaba en medio de su pueblo morando también él en una tienda, la tienda del encuentro. La Nube de la Presencia (shekhînah), que ahora desciende y envuelve a los presentes, actualiza y lleva a la plenitud la liturgia: como declara la voz que se oye desde el cielo, Jesús es el profeta “más grande” preanunciado por el mismo Moisés (Dt 18,15), y lo es por ser el Hijo predilecto de Dios.

Ante esta manifestación extraordinaria de gloria, un gran temor se apodera de los discípulos. Jesús los reanima con su gesto y su palabra como el Hijo del hombre de la visión de Daniel. Se vuelve más desconcertante e incomprensible a los discípulos lo que Jesús, ya sólo, les dice: el Hijo del hombre -la figura gloriosa esperada como conclusión de la historia- deberá afrontar la muerte y resucitar.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – J.L. Monge García, Lectio divina para cada día del año. 3., III, 111-112.