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Cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron

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2 de noviembre

Conmemoración de todos los Fieles Difuntos

Textos

+ Del evangelio según san Mateo (25, 31-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante él todas la naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda.

Entonces dirá el rey a los de su derecha: `Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediente y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme´. Los justos le contestarán entonces: `Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos ? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?´ y el rey les dirá: `Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron´.

Entonces dirá también a los de la izquierda: `Apártense de mí, malditos; vayan al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles; porque estuve hambriento y no me dieron de comer, sediento y no me dieron de beber, era forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y encarcelado y no me visitaron´.

Entonces ellos le responderán: `Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o dediento, de forastero o desnudo, enfermo o encarcelado y no te asistimos? Y él les responderá: `´Yo les aseguro que, cuando no lo hicieron con uno de aquellos más insignificantes, tampoco lo ficieron conmigo´. Entonces irán éstos al castigo eterno y los justos a la vida eterna”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La escena que contemplamoa es grandiosa: Jesús, en el papel de rey, está sentado en el trono «con todos sus ángeles». Ante él, como en un inmenso escenario, se encuentran reunidas «todas las naciones». Sólo hay una división entre ellos, la relación que cada uno ha tenido con el Hijo del hombre presente en cada pobre. 

El juez mismo, de hecho, se presenta como el que tiene sed, hambre, el desnudo, el extranjero, el enfermo, el encarcelado. «Tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber». El diálogo entre el Rey y los interlocutores de los dos grupos enfoca este aspecto desconcertante: el juez glorioso del final de los tiempos, que todos los interlocutores reconocen como «Señor», tenía el rostro de ese mendigo que pedía limosna por las aceras de nuestra ciudad, de ese anciano abandonado en el hospital para enfermos crónicos, de esos extranjeros que llaman a nuestras puertas y que a menudo se ven rechazados, de los encarcelados que apenas reciben visitas. 

La repetición de las seis situaciones de pobreza (se repite hasta cuatro veces en pocos versículos), con la correspondiente lista de la ayuda prestada o denegada, tal vez quiere indicar la frecuente repetición de esas situaciones en la vida de cada día por todo el mundo. 

Este Evangelio nos viene a decir que el encuentro decisivo entre el hombre y Dios (decisivo porque sobre ello seremos juzgados de manera definitiva) no tiene lugar en un marco de gestos heroicos y extraordinarios, sino en nuestros encuentros de todos los días, en el ofrecer ayuda a quien la necesita, dar de comer y de beber a quien tiene hambre y sed, en el acoger y proteger a quien está abandonado. 

La identificación de Jesús con los pobres -los llama incluso sus hermanos – no depende de sus cualidades morales o espirituales; Jesús no se identifica sólo con los pobres buenos y honestos. Los pobres son pobres, sin mas, y como tales en ellos encontramos al Señor. Se trata de una identidad objetiva: ellos representan al Señor porque son pobres pequeños, débiles. Porque Jesús mismo se ha hecho pobre y débil. 

Es aquí, por las calles que recorremos día con día, que tiene lugar el juicio final, y los pobres serán realmente nuestros abogados. Es bueno preguntarse si tanto nosotros como nuestras comunidades vivimos esta dimensión cotidiana de la caridad: si estamos de su parte, o por el contrario, estamos del lado de aquellos a los que su presencia les resulta un fastidio. 

El papa Francisco, plenamente consciente de que todos seremos juzgados en relación a esto, nos recuerda una extraordinaria verdad: «Toquemos la carne de Jesús tocando la carne de los pobres». Es una de las verdades más hermosas y revolucionarias del Evangelio, que nosotros los cristianos estamos llamados a vivir y a testimoniar. Este año, marcado por la pandemia provocada por la propagación del COVID19, el Santo Padre ha querido que la indulgencia que se concede para el día dos de noviembre se extienda a todo el mes e incluye para alcanzarla y aplicarla por el descanso eterno de los fieles difuntos la práctica obras de misericordia.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 105-106.

Si el grano de trigo, sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo

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fieles difuntos 2 de noviembre

Conmemoración de todos los Fieles Difuntos

Textos

† Del evangelio según san Juan (12, 23-28)

Entre los que habían llegado a Jerusalén para adorar a Dios en la fiesta de Pascua, había algunos griegos, los cuales se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le pidieron: “Señor, quisiéramos ver a Jesús”.

Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús y él les respondió: “Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado. Yo les aseguro que si el grano de trigo, sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna.

El que quiera servirme, que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor. El que me sirve será honrado por mi Padre.

Ahora que tengo miedo, ¿le voy a decir a mi Padre: ‘Padre, líbrame de esta hora’? No, pues precisamente para esta hora he venido. Padre, dale gloria a tu nombre”. Se oyó entonces una voz que decía: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”.

De entre los que estaban ahí presentes y oyeron aquella voz, unos decían que había sido un trueno; otros, que le había hablado un ángel. Pero Jesús les dijo: “Esa voz no ha venido por mí, sino por ustedes. Está llegando el juicio de este mundo; ya va a ser arrojado el príncipe de este mundo. Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Dijo esto, indicando de qué manera habría de morir. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

«Queremos ver a Jesús». Ésta es la petición de algunos griegos que habían subido al culto durante la fiesta. «Queremos ver» a ese maestro que habla como nunca un hombre lo había hecho. «Queremos ver» al que tiene misericordia de los pecadores, que no ha venido a juzgar sino a salvar al mundo. «Queremos ver a Jesús». Es la petición de nuestro mundo extraviado, confuso, marcado por la violencia y la guerra, arrastrado por las razones del conflicto que endurecen los corazones, que siembran la enemistad, que arman las manos y las mentes de tantos.

«Si el grano de trigo, sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto» dice Jesús. Para él no bastaba venir a la tierra, aunque esto ya mostraba su increíble amor por los hombres; quería donar toda su vida hasta el final. No es que Jesús buscase la muerte; al contrario, tenía miedo de morir. En la Carta a los Hebreos, que leemos como segunda lectura, está escrito que Cristo, «habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente». Sin embargo -y aquí está el gran misterio de la cruz- la obediencia al Evangelio y el amor por los hombres fueron para Jesús más preciosos que su propia vida.

Jesús no vino a la tierra para «quedar infecundo», sino para dar «mucho fruto». Y el camino para dar fruto lo indica con las siguientes palabras: «El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna». Es una frase que parece incomprensible, y en ciertos aspectos lo es porque resulta totalmente ajena al sentir común. Todos amamos conservar la vida, custodiarla, preservarla.

Nadie se ve empujado a «odiarla», corno parece en cambio sugerir el texto evangélico; basta pensar en los cuidados que proporcionamos a nuestro cuerpo y en las atenciones que le reservamos. El sentido de los dos términos -amar y odiar- debe entenderse a la luz de la propia vida de Jesús, de su modo de comportarse, de querer, de entregarse. Jesús ha vivido toda la vida amando a los hombres más que a sí mismo, y la cruz es la hora en que este amor se manifiesta con mayor claridad. La vida de cada uno de nosotros es como un grano que puede dar frutos extraordinarios, incluso más allá de nuestra existencia tan breve y de nuestras capacidades tan limitadas.

La opción de Jesús no es indolora; su amor no es un sentimiento vacío, una sensación, sino una elección fuerte, apasionada, que afronta el mal porque es más fuerte que el mal. «lleno de horror», «triste hasta el punto de morir». ¡Pobre Jesús! Frente al mal se queda turbado, como todo hombre, pero no huye lejos buscando una situación nueva, no se refugia en las cosas por hacer, no descarga la responsabilidad sobre otros, no hace pactos con el enemigo, no maldice, no se engaña con la fuerza de la espada.

Jesús se encomienda al Padre, que lo ha mandado para salvar a los hombres. La victoria sobre la turbación ni es el fatalismo o el coraje, sino la confianza en el amor del Padre que da gloria, es decir, la plenitud de lo que cada uno es. Dice Jesús: «¿Qué voy a decir?¡Padre, líbrame de esta hora!» No, Jesús se confía al Padre. Podríamos también nosotros hacer lo mismo en la hora del dolor, de la tristeza, de las tinieblas, para que en nuestra debilidad se vea la gloria de Dios, es decir, que se manifieste la fuerza extraordinaria del amor.

Y el Padre no dejó de hacer oír su voz, que vino del cielo: «Le he glorificado y de nuevo le glorificaré». Jesús explica a la gente que aquella voz había venido para ellos y no para él. Es la voz del Evangelio, que nos impulsa a abrir los ojos, a no dejar las cosas para mañana, sino a entender hoy el secreto de ese grano que muere para dar fruto.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 138-139.