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Fue tentado por el demonio

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Cuaresma

Domingo I

Ciclo C 

Textos

† Del evangelio según san Lucas (4, 1-13)

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y conducido por el mismo Espíritu, se internó en el desierto, donde permaneció durante cuarenta días y fue tentado por el demonio.

No comió nada en aquellos días, y cuando se completaron, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan”. Jesús le contestó: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”.

Después lo llevó el diablo a un monte elevado y en un instante le hizo ver todos los reinos de la tierra y le dijo: “A mí me ha sido entregado todo el poder y la gloria de estos reinos, y yo los doy a quien quiero. Todo esto será tuyo, si te arrodillas y me adoras”. Jesús le respondió: “Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás”.

Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, arrójate desde aquí, porque está escrito: Los ángeles del Señor tienen órdenes de cuidarte y de sostenerte en sus manos, para que tus pies no tropiecen con las piedras”. Pero Jesús le respondió: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”.

Concluidas las tentaciones, el diablo se retiró de él, hasta que llegara la hora. Palabra del Señor. 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Entramos en el camino cuaresmal cruzando el pórtico que nos ofrece el relato evangélico de las tentaciones de Jesús en el desierto. Este año, -ciclo C- leemos el texto del evangelista san Lucas, que acentúa el tema de  “la hora de Jesús” referido al misterio pascual y de “Jerusalén”, como meta del camino de Jesús, donde vivirá su Pascua.

El tema central del texto que leemos es la “tentación”. Tentar es poner a prueba la fidelidad. El tentador es el “diablo” el opositor del plan de Dios que  se incuba de muchas formas en el corazón de hombre y, desde allí, en las relaciones humanas para hacer desgraciada la vida; por eso, la victoria sobre él es el signo de la llegada del Reino de Dios.

El relato subraya no tanto que Jesús haya tenido tentaciones, sino que las venció: «concluidas las tentaciones, el diablo se retiró de él» y esta es la Buena Noticia. El diablo es vencido, no tiene la última palabra; la victoria de Jesús es nuestra victoria; los discípulos de Jesús pasarán también por la prueba de la fidelidad a merced del mismo diablo que los perturbará para que se desconozcan como hijos de Dios. El ejemplo de Jesús, la forma como enfrenta la prueba es, para el discípulo, escuela de fidelidad.

Aunque las tentaciones concluyeron, el evangelio advierte que «el diablo se retiró de él, hasta que llegara la hora». La victoria final se dará en la Pasión, por ello, la experiencia de las tentaciones pide fijar, desde el principio, la mirada en el misterio de la Cruz y en el camino que hay que recorrer para participar de la victoria pascual. Poner la mirada en el misterio de la cruz, se traduce en: fidelidad en el amor y en la entrega de la vida; constancia en salir de si mismo y de superar el encierro en el propio ego; la capacidad de renunciar a ser el centro de todas las cosas, a decir la última palabra, a imponer la propia voluntad, a instrumentalizar a las personas. Todo ello significa abnegación y ante una persona que se niega a si misma, para dar lugar a Dios en su corazón, el diablo es vencido cuando prueba la fidelidad.

Fijémonos en algunos detalles de nuestro texto para profundizar.

1 . “Conducido por el mismo Espíritu..:”

Lucas nos presenta a Jesús como el ungido por el Espíritu de Dios; desde el anuncio de su nacimiento el Ángel dijo a María que el Espíritu Santo descendería sobre ella; en la escena de su Bautismo, el evangelista relata que el Espíritu Santo descendió sobre él; de manera que el el poder de Dios está dentro de él y es quien obra continuamente a través de El; por eso, Jesús puede dar a conocer a Dios, hacer sus obras, hacer su voluntad.

Jesús, desde la Cruz, entrega a los discípulos su Espíritu; se los comunica soplando sobre ellos cuando se les aparece resucitado y el día de Pentecostés lo reciben plenamente para ir por el mundo a ser testigos del amor misericordioso de Dios. En esta misión vivirán pruebas a su fidelidad al Señor y al evangelio; se verán tentados en su capacidad de amar y entregar la vida; sin embargo, el Espíritu que los conduce los sostendrá.

También a nosotros el Señor nos da su Espíritu, lo recibimos lo recibimos sacramentalmente en el bautismo y confirmación; es este Espíritu el que nos guía en las experiencias de desierto, como la cuaresma, para que descubriendo las pruebas que el diablo pone a nuestra fidelidad, seamos capaces de vencer la tentación. La certeza de que el Espíritu nos conduce, nos hace enfrentar con serenidad nuestras tentaciones y la realidad de nuestro propio pecado, no para instalarnos en ellas, sino todo lo contrario, para renovar nuestra fidelidad en el amor.

2. “…se internó en el desierto.»

La referencia al desierto en Lucas tiene el valor de un espacio de preparación para el ejercicio del ministerio encomendado por Dios.

El desierto es el espacio geográfico-espiritual donde madura el líder que tendrá que enfrentar después duras pruebas. Moisés y Elías, Juan el Bautista y Jesús, vivieron períodos de maduración en el desierto. También el pueblo de Israel, vivió durante el éxodo cuarenta años en el desierto, período de prueba y tentación del que no salió bien librado.

Lo vivido en el desierto por Jesús es lo mismo que Él, y después sus discípulos, vivirán en la misión. La experiencia del desierto es el comienzo mismo de la misión y en ella se condensa simbólicamente la vida y la misión de los discípulos de Jesús que, en la precariedad experimentarán la providencia de Dios; en la debilidad, la fortaleza del Espíritu y en la tentación, la victoria de Dios.

3. “…donde permaneció durante cuarenta días.”

El número cuarenta es simbólico en la Biblia, significa el tiempo propicio, el tiempo necesario; este símbolo está a la base de nuestra cuaresma, no sólo del nombre, sino de su significado.

Lucas nos invita a recorrer los pasos del éxodo como modelo de tiempo de formación personal y comunitaria. Los pasos del líder serán también los del pueblo. Las pruebas de Jesús son también las pruebas de sus discípulos misioneros y las de todo aquel que configura su vida en él. El evangelio sintetiza la vida del bautizado como el recorrer, ungidos por el Espíritu, el camino de la vida que no está exento de tentaciones y dificultades.

La Cuaresma es pues experiencia de desierto, de purificación, de madurez espiritual; tiempo propicio para hacer las cuentas consigo mismo frente a Dios; tiempo necesario para tomar conciencia de las propias tentaciones, para caer en la cuenta de que nuestra fidelidad no es indefectible y de reconocer -con dolor y valentía- las decisiones, palabras, pensamientos y acciones, conscientes, libres y voluntarias, que nos han alejado de Dios, que han hecho daño a nuestros hermanos y nos han dañado a nosotros mismos.

4. “… y fue tentado por el demonio.”

Así como Adán y Eva, en el paraíso terrenal, fueron tentados por la insidia de la serpiente “el más astuto de los animales” y cayeron, Jesús fue tentado por el diablo en el desierto y salió victorioso. Nos contemplamos pues en el icono que retrata los orígenes de la humanidad probada en su fidelidad a Dios. El discípulo, probado también en su fidelidad, como Adán y Eva y como Jesús, tiene la posibilidad de caer en la tentación como aquellos, o de vencerla, como Jesús, aprendiendo de él a decir NO al tentador y SI al proyecto de Dios. Para lograrlo requerirá del discernimiento que enseña la Palabra de Dios.

El Evangelio que meditamos nos enseña a descubrir los terrenos y las rutas de las tentaciones y cómo vencerlas.

Los terrenos de la tentación

El tentador aprovecha la situación de fragilidad; cuando Jesús “sintió hambre” hizo su aparición para cuestionar su identidad más profunda: “Si eres Hijo de Dios”; orillando con ello a la confusión, como diciendo: si Dios fuera tu padre, no tendrías por qué sufrir.

Descubrimos así el sentido de la tentación: poner a prueba la identidad de Jesús como Hijo de Dios, de la que depende la obediencia a su proyecto de salvación y el cumplimiento de la tarea mesiánica, para hacer prevalecer los proyectos humanos, construidos a partir del egoísmo, dejando de lado toda auto trascendencia -hacia Dios y hacia los hermanos- generadora de justicia y fraternidad.

Este es también para nosotros el terreno de la tentación y el diablo prueba nuestra fidelidad en los momentos de fragilidad, cuando pasamos por dificultades, vivimos momentos de sufrimiento o de dolor, llevándonos a la pregunta ¿dónde esta ese Dios a quien llamas Padre? ¿si Dios es tu Padre, porque sufres? Con esta prueba, el diablo provoca en nosotros confusión, para que desconfiemos de Dios, renunciemos a obedecer sus mandamientos, nos constituyamos en dioses de nosotros mismos y como consecuencia veamos a los demás no con ojos de fraternidad sino de rivalidad.

Jesús nos enseñó en el Padre Nuestro a decir: “No nos dejes caer en la tentación”. No perdamos de vista que se refiere a esta tentación, la que nos hace dudar de Dios, de que nosotros somos sus hijos, de que nos ama con amor misericordioso, de que nos perdona, nos cuida y nos salva. Jesús inserta a quienes le siguen en la experiencia de Dios Padre en quien hay que poner la confianza y la seguridad y les da, junto con el don del Espíritu, el poder de liberación de las insidias del enemigo y del poder del mal que atormenta al hombre.

La tentación es una realidad en la vida de todo creyente. Se presenta cada vez que surge la pregunta ¿vale la pena vivir según Dios? ¿no habrá mejores propuestas?; la tentación se presenta en los momentos en que la relación con Dios como Padre se debilita, y esto puede suceder en experiencias de precariedad física, anímica o espiritual; cuando se pierde la esperanza y se cae en la desesperación o cuando se asume la difundida mentalidad que hace creer que es mejor vivir poco tiempo disfrutando, que mucho tiempo padeciendo.

Preguntas claves para saber que en que grado está presente está la tentación en tu vida podrían ser: ¿qué tan sólida es tu relación con Dios como Padre? ¿cómo le expresas tu amor y obediencia de hijo? ¿al servicio de qué y de quién desgastas tu vida? ¿Al servicio de quien están tu persona, tiempo, capacidades, recursos? ¿Las relaciones con las personas con las que convives las estableces en clave de fraternidad o de rivalidad?

Las rutas de la tentación

Vale la pena notar, meditando con mayor detenimiento el texto que consideramos, de dónde provienen las tentaciones. Cada una de las tres pruebas por las que pasa Jesús nos da una pista para comprender nuestras propias pruebas

La primera tentación recorre la ruta de las necesidades vitales. El símbolo es el alimento, que es necesario para la subsistencia; su carencia causa desasosiego, angustia y origina muchas dificultades. Jesús afirma, citando el Deuteronomio, que “No sólo de pan vive el hombre”. La satisfacción de las necesidades vitales es necesaria para subsistir, pero no aseguran la vida.

La vida del hombre no puede reducirse a solucionar las necesidades inmediatas; esto lo entendemos bien cuando entendemos la diferencia entre “vivir para trabajar” y “trabajar para vivir”.  El hombre está llamado a vivir con plenitud y la sabiduría para alcanzarla está en saber apoyarse -como Jesús lo hizo- en un Dios que es Padre, que como tal es bueno; siempre fiel y que  nunca abandona a sus hijos en sus necesidades.

La segunda tentación recorre la ruta de la necesidad de tener status o poder. Quien tiene solucionado el problema de la satisfacción de las necesidades vitales está expuesto a la tentación de pensar que la realización de la vida está en tener una posición de superioridad respecto a los demás, posición que le de poder y gloria.

La búsqueda del poder y la gloria contradicen el señorío de Dios, que es Padre y a todos nos hace hermanos ubicándonos en una relación de igualdad y de servicio, no de dominación y sometimiento. Esta tentación se presenta cuando el discípulo pierde de vista que el Reino de Dios tiene un valor preeminente sobre cualquier otro valor y que para poseerlo no tiene que competir con nadie, pues es un don que el Padre da a quienes se reconocen pobres. Por ello, el discípulo debe estar vigilante a que en su corazón no se infiltren otros intereses y mantener una relación justa con las personas y con las cosas y aprender a tener un lugar en la comunidad por el camino del compartir y del servicio y por este mismo camino aspirar a participar de la gloria de Dios.

La tercera tentación recorre la ruta del endiosamiento; que se manifiesta en el afán de querer controlarlo todo, incluso a Dios. A la raíz de esta tentación no está la carencia para satisfacer necesidades vitales, ni el deseo de tener poder y gloria, sino una relación equivocada con Dios que se apoya en una visión falsa de Él. Las anteriores tentaciones han insistido en el señorío de Dios que es Padre bueno; pero se puede llegar a querer manipular la bondad de Dios, poniendo a prueba la veracidad de su Palabra mediante peticiones que violan las leyes de la naturaleza.

En el relato de Lucas, el tentador pide a Jesús, tratando de confundirlo con un el texto del Salmo 91, que se ponga en peligro para ver si es cierto que Dios manda a sus ángeles a protegerlo; la edición moderna sería la de quien sin el menor esfuerzo de su parte pretendiera que Dios de solución a todos sus problemas. El discípulo no debe olvidar que la confianza en Dios y asumir las responsabilidades de la vida van de la mano.

Que el escenario de la última prueba haya sido Jerusalén no es casual; justamente allí, Jesús será llevado al patíbulo y necesitará la protección de Dios; allí Jesús enseñará con su gesto de abandono lo que es la confianza en Dios Padre, la manera concreta de vencer la última tentación

¿Cómo vence Jesús las tentaciones?

Jesús es nuestro modelo de vida; de él que nos viene la fuerza para la lucha contra las tentaciones que nos presenta el diablo para confundirnos en nuestra identidad de hijos de Dios. Jesús nos enseña a dirigirnos al Padre, no para pedir ser eximidos de la tentación sino para suplicar no caer en ella, es decir, el poder vencerla. En las respuestas de Jesús al diablo, está la clave de la victoria.

“Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”. La primera tentación Jesús la vence poniendo la mirada en la necesidad fundamental. Nos enseña a alargar nuestros horizontes y no limitarnos a sobrevivir sino a buscar la vida plena.

“Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás”. Jesús nos enseña que la tentación de buscar el poder y la gloria, se vence postrándose en adoración, actitud orante que libera de la esclavitud de los ídolos y permite dar a cada cosa su justo lugar en la vida; la relación con los demás no se establece en clave de poder o prestigio sino de cooperación y servicio. Dios es el único que da la vida y la paz.

“Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”. Con esta respuesta, Jesús evoca la fórmula de la alianza con Dios: “ustedes serán mi pueblo y yo sere su Dios”; el reconocimiento de Dios en la vida, implica la renuncia a querer controlarlo todo y poner la voluntad de Dios bajo el dominio de la propia voluntad. El conocimiento de Dios a través de su Palabra y de su Hijo Jesucristo es el camino para crecer en la confianza y abandonarse a Él en la prueba definitiva.

Conclusión

En el relato de las tentaciones encontramos los puntos fundamentales del camino cuaresmal.

En esta experiencia de desierto, aprendamos de Jesús que, en el combate contra el adversario, responde con tranquilidad, pero también con contundencia, claridad y decisión. Ante el diablo, Jesús no expresa miedo ni impaciencia; actúa así porque está seguro de que Dios es Padre y no lo abandona.

En el bautismo hacemos promesas; renunciamos a Satanás y proclamamos nuestra fe en Dios que es Padre. La cuaresma nos enseña a vivir con autenticidad como hijos de Dios. Jesús sostuvo su cuaresma con la oración, tratando de captar en todo instante cuál era el querer de la Padre e implorando siempre la fuerza de Dios para sostener su “sí” en la hora de la tentación ¿Qué nos corresponde hacer a nosotros?

[1] Cf. Oñoro Fidel, Jesús y el demonio combaten en el desierto: Lucas 4,1-13, Centro Bíblico Pastoral para América Latina, 2007.

Fue tentado por Satanás

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Cuaresma

Domingo de la I semana – B

Textos

† Del evangelio según san Marcos (1, 12-15)

En aquel tiempo, el Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto, donde permaneció cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivió allí entre animales salvajes, y los ángeles le servían.

Después de que, arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio”Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

El miércoles hemos comenzado el camino de la Cuaresma, una propuesta simple, directa, para que penetre en las muchas costumbres que nos hacen ser siempre iguales a nosotros mismos, incapaces de rebajarnos a un comienzo que es siempre necesariamente pobre.

Jesús afrontó el mal en el desierto, «tentado por Satanás», dice el evangelio de Marcos. Comienza así la agonía de Jesús, es decir, la lucha entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal. Toda la vida de Jesús fue una agonía, una lucha contra el Mal. Por esto «el tiempo se ha cumplido». Significa que finalmente ha venido el Señor, es decir, el que combate al enemigo del hombre, al que siembra división, al que está detrás del instinto de dividirse y combatirse.

Es necesario convertirse a esta lucha. Jesús nos pide cambiar nuestra vida y unirnos a él porque ama a los hombres y no quiere que su vida se pierda; la quiere mejor, a salvo de la triste mediocridad. Quien no cambia su vida se conserva igual a sí mismo, y termina por someterse a los ídolos mudos y sordos, tal vez sin haberlo elegido conscientemente.

La Cuaresma es un itinerario. Y se hace invitación insistente y afectuosa para hombres que lamentablemente prefieren soluciones rápidas, fáciles e inmediatas, que no eligen rebajarse a una disciplina del corazón, creyendo tener siempre a disposición todas las opciones. En realidad sólo está dispuesto a cambiar quien se da cuenta del abismo de su corazón y no se asusta de él, ya que es ahí donde comienza el camino del arrepentimiento. 

Cuaresma es un tiempo de perdón y de alegría porque reencontramos nuestro corazón escuchando a un Padre que nos ama y nos renueva. La Cuaresma es la invitación insistente a acoger la propuesta de cambiar el mundo partiendo de nuestro corazón. Como el pecado y la complicidad con el mal tienen siempre un efecto sobre los demás, de la misma manera nuestro cambio podrá construir un mundo de paz. Un corazón bueno embellece y humaniza la vida de muchos. Los discípulos de Jesús están llamados a ser personas de corazón que se toman en serio la vida de los demás. El primero en hacerlo ha sido Jesús mismo. Jesús exhorta: «crean en el Evangelio». Creer en el Evangelio significa confiarse al amor del Padre que abraza al hijo y lo reviste de su perdón sin méritos, sin expiaciones, tan sólo porque ha vuelto a Él. Creer en el Evangelio quiere decir que esa palabra es camino de paz, y que el mundo puede cambiar. Creer en el Evangelio es también creer en la fuerza de la oración.[1]

En este tiempo de Cuaresma abramos con frecuencia el Evangelio, hagamos silencio de nuestras razones para escuchar la Palabra de Dios. Invoquemos al Señor junto a los enfermos, los que sufren, los que son golpeados por el mal, y descubriremos de nuevo la alianza de amor que el Señor ha establecido con nosotros. Él donó la tierra a los hombres, pero advirtiéndoles que respetasen la vida del hombre, su sangre, para que nadie viviera desentendiéndose de la vida del otro. El mandamiento de Dios se opone a la violencia. El hombre que se convierte, que se vuelve pacífico, reconstruye esta alianza. En lo profundo del corazón humano existe un enorme deseo de paz. 

La Cuaresma es precisamente el tiempo oportuno para reencontrar dentro de nuestro corazón y el del prójimo ese arco iris de paz, para que termine el diluvio de la violencia. Que los muchos que escrutan el cielo implorando ayuda y protección, que piden paz y esperanza, puedan ver pronto ese arco iris que parte de nuestros corazones para posarse sobre todos los que acogen la paz.


[1] V. Paglia, Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 104-105

Retírate, Satanás

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TentacionesCuaresma

Domingo de la I semana – A

Textos

† Del evangelio según san Mateo (4, 1-11)

En aquel tiempo, Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Pasó cuarenta días y cuarenta noches sin comer y, al final, tuvo hambre.

Entonces se le acercó el tentador y le dijo: “Si tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”.

Jesús le respondió: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, échate para abajo, porque está escrito: Mandará a sus ángeles que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie en piedra alguna”.

Jesús le contestó: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”.

Luego lo llevó el diablo a un monte muy alto y desde ahí le hizo ver la grandeza de todos los reinos del mundo y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras y me adoras”.

Pero Jesús le replicó: “Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás”.

Entonces lo dejó el diablo y se acercaron los ángeles para servirle. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

El itinerario cuaresmal nos prepara a la celebración de la Pascua, de la que participamos por nuestro bautismo. La pedagogía de la Iglesia dedica este tiempo a la renovación de la vocación bautismal que se hace en la vigilia pascual diciendo ¡NO! a satanás y ¡SÍ! a Dios.

Este primer domingo de cuaresma contemplamos nuestra vocación de hijos de Dios a la luz de las tentaciones de Jesús en el desierto, para reconocer en nuestra vida el sutil engaño del enemigo que quiere desfigurar en nosotros la imagen de Dios, apartarnos de su voluntad a través de un proceso ‘des-estructurador’ de nuestra condición de ‘hijos de Dios’ cuya dinámica va de la autosuficiencia al endiosamiento pasando por la idolatría.  Recordemos la tentación original, la de Adán y Eva, que seducidos por la serpiente que les dijo «seréis como dioses» traspasaron el umbral de sus límites ante la posibilidad que les presentó el enemigo de conocer, definir y determinar el bien y el mal.

No olvidemos que el evangelista Mateo tiene delante de si una comunidad en la que se encuentran discípulos procedentes del judaísmo. Esto nos ayuda a entender la composición de lugar de la escena de las tentaciones que tiene resonancias del Éxodo, presentando a Jesús en paralelo con Moisés. La escena se sitúa en el desierto, escenario del éxodo, 40 días y cuarenta noches, que recuerdan los 40 años de Israel en el desierto y la tentación, ante la que sucumbió, de desconfiar de Dios, cayendo en la idolatría.

Nos ayuda no perder de vista otro detalle. La escena de las tentaciones se coloca en el evangelio después de la del bautismo. Hay un contraste de escenarios. El bautismo se realiza en medio de un río y entre una multitud, se infiere el verdor y la frescura del lugar, la algarabía y el rumor de las voces de quienes allí se encuentran. En ese contexto Jesús tiene plena conciencia de ser el «Hijo amado» de Dios. La siguiente escena, la que hoy contemplamos, se ubica en el desierto, lugar de soledad y de silencio, de peligro y tentación, de miedo e inseguridad, pero que también es lugar en el que Dios se manifiesta providente, amoroso y protector.

Saquemos de aquí una primera idea provechosa para nuestra experiencia cuaresmal. Entendámosla como una experiencia de desierto a la que nos conduce el Espíritu para renovarnos en el amor primero; para renovarnos en el amor de Dios que en Jesucristo, por medio del bautismo, nos ha hecho hijos amados suyos. Es una oportunidad de renovar nuestra identidad más profunda que muchas veces se ve confundida por los oropeles de este mundo, por el frenesí de la vida diaria, por el anonimato en el que escondemos nuestra existencia o por las ansias locas de dominio de los demás y de la historia para engrandecer nuestra pequeñez.

Las tentaciones:

La primera tentación: «Si tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes». Después del ayuno el Señor sintió hambre y en esa circunstancia el tentador se le presentó retándolo para que demostrara su condición de Hijo de Dios a través de un milagro: convertir las piedras en pan.

Esta tentación, se presenta en medio de la fragilidad de una necesidad básica no satisfecha y representa la tentación que en esta circunstancia cualquier hombre y mujer puede experimentar de llegar a ser autosuficiente, de poner al propio servicio las cualidades que Dios ha dado, de concentrar la vida y los esfuerzos de cada día en la satisfacción de las necesidades materiales excluyendo a los demás de la propia vida.

Jesús responde con la fuerza de la Palabra: «No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios». La negativa de Jesús expresa que no es beneficio propio que él realiza su misión sino en función de la realización de la voluntad de Dios, expresada esta en la Santa Escritura.

Aprendemos del Señor que no podemos encontrar en la satisfacción de las necesidades básicas la justificación de la autosuficiencia. Esto encierra a la persona en si misma, le hace olvidar que lo que se le ha dado es para compartirlo, que necesita de los demás y hay en nosotros una realidad trascendente a la que nos remite cada experiencia, como es el caso del ayuno, que nos hacer recordar que además del pan de cada día hemos de alimentarnos también con la Palabra de Dios que nos ayuda a trascendernos a nosotros mismos al obedecer la voluntad divina.

La segunda tentación. «Si eres el Hijo de Dios, échate para abajo, porque está escrito: Mandará a sus ángeles que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie en piedra alguna». El tentador quiere engañar a Jesús, aduciendo nuevamente su condición de Hijo, ahora para que manipule a Dios en favor suyo. Le propone un espectáculo, tirase del pináculo del templo, para que Dios, fiel a su Palabra, lo salve de manera espectacular.

El enemigo es astuto, pretende interpretar la Escritura que dice en el Salmo 91: «en sus manos [los ángeles} te llevarán», manipulando el texto para conseguir su propósito. La tentación ya no se ubica en una necesidad básica, sino en el conocimiento; pretende engañar proponiendo una lectura errónea de la Escritura. En la diferencia que hay entre lo que dice el texto, la letra y su sentido, es decir, cómo hay que interpretarla, está el núcleo de esta tentación.

Es verdad que Dios es bondadoso y asegura su protección, pero esto no quiere decir que haya que tomar al pie de la letra sus palabras y poner a prueba la bondad y providencia divina mediante actos suicidas o temerarios. La respuesta de Jesús es muy inteligente. No discute con el tentador, no dialoga con la tentación, hacerlo supondría enredarse en un juego interminable de palabras, argumentos y justificaciones. La respuesta se basa en la Palabra, es simple: «También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios». Jesús responde nuevamente con la fuerza de la Palabra. Dios no es un títere, en el fondo de esta tentación está la pretensión de estar por encima de Dios. A Dios se le obedece, no se le ponen pruebas.

La tercera tentación. «Luego lo llevó el diablo a un monte muy alto y desde ahí le hizo ver la grandeza de todos los reinos del mundo y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras y me adoras»».  Si en la anterior tentación, el diablo quiso poner en duda el señorío de Dios pretendiendo ponerlo a prueba ahora propone su reemplazo y él mismo se ofrece para ocupar su lugar.

Detrás de la tentación está la idolatría, que tiene como centro el la ambición de poder y el afán de tener que llevan a la persona al endiosamiento de si misma. La respuesta de Jesús es definitiva «Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás» Nuevamente con la fuerza de la Palabra, Jesús manifiesta ante el tentador que Él ha optado por Dios, que en Él esta puesta su confianza y que sólo a Él se debe el culto de adoración.

Encontramos en la respuesta de Jesús un criterio importante para la revisión de vida. ¿A qué le rendimos culto? ¿a qué dedicamos nuestro tiempo, energía, vida y pensamiento? ¿a una realidad creada? Si confiamos más en el saber, en el poder, y en el tener que en Dios, si pretendemos que el mundo gire alrededor nuestro, es probable que hayamos olvidado que el culto de adoración sólo es para Dios y que confundidos por el enemigo hayamos caído en sus redes. Es precisamente lo que quiere el enemigo malo, confundirnos, hacernos perder nuestro centro, la conciencia de nuestra identidad más profunda y de nuestra vocación humana y cristiana, buscando que nos rebelemos a nuestra condición de criaturas, que renunciemos a obedecer a Dios, que lo consideremos irrelevante y que sólo hagamos caso a nuestros instintos, a nuestras ambiciones y deseos.

La enseñanza de este Domingo es clara. Ubicarnos existencialmente en ella es capital para recorrer con provecho el camino cuaresmal. La presencia del enemigo malo es una realidad en nuestra vida. Pretende hacer irrelevante en nosotros nuestra conciencia bautismal, que nos olvidemos que somos hijos de Dios o que no le demos importancia; que desconozcamos a Dios o que nos sea indiferente.

Achatado el horizonte de la trascendencia, diluida cualquier referencia de tipo  moral o ética en nuestra conducta, negada la fraternidad y contaminada la inocencia que nos permite descubrir la bondad de Dios en la creación y en las personas, el enemigo pretende cantar victoria pues impide así el advenimiento del Reino.

Aprovechemos la oportunidad no sólo de renovar, sino de profundizar en nuestra vocación bautismal, enfrentando en primer lugar la verdad de nuestra fragilidad, reconociendo la verdad de las tentaciones del maligno en nuestra propia existencia y renovando nuestra confianza en Dios que con la fuerza de su Palabra, nos hace salir victoriosos de ellas.