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La tentación: endiosarnos

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I Domingo Cuaresma – Ciclo A

Génesis 2, 7-9; 3, 1-7

Salmo 50

Romanos 5, 12-19

Mateo 4, 1-11

1CuaAEl itinerario cuaresmal nos prepara a la celebración de la Pascua, de la que nosotros participamos por nuestro bautismo. La pedagogía de la Iglesia dedica este tiempo a la renovación de la vocación bautismal que de manera ritual se hace en la vigilia pascual diciendo ¡NO! a satanás y ¡SÍ! a Dios.

Este primer domingo de cuaresma contemplamos nuestra vocación de hijos de Dios a la luz de las tentaciones de Jesús en el desierto, para reconocer en nuestra vida el sutil engaño del enemigo que quiere desfigurar en nosotros la imagen de Dios, apartarnos de su voluntad a través de un proceso ‘des-estructurador’ de nuestra condición de ‘hijos de Dios’ cuya dinámica va de la autosuficiencia al endiosamiento pasando por la idolatría.  Recordemos la tentación original, la de Adán y Eva, que seducidos por la serpiente que les dijo «seréis como dioses» traspasaron el umbral de sus límites ante la posibilidad que les presentó el enemigo de conocer, definir y determinar el bien y el mal.

No olvidemos que el evangelista Mateo tiene delante de si una comunidad en la que se encuentran discípulos procedentes del judaísmo. Esto nos ayuda a entender la composición de lugar de la escena de las tentaciones que tiene resonancias del Éxodo, presentando a Jesús en paralelo con Moisés. La escena se sitúa en el desierto, escenario del éxodo, 40 días y cuarenta noches, que recuerdan los 40 años de Israel en el desierto y la tentación, ante la que sucumbió, de desconfiar de Dios, cayendo en la idolatría.

Nos ayuda no perder de vista otro detalle. La escena de las tentaciones se coloca en el evangelio después de la del bautismo. Hay un contraste de escenarios. El bautismo se realiza en medio de un río y entre una multitud, se infiere el verdor y la frescura del lugar, la algarabía y el rumor de las voces de quienes allí se encuentran. En ese contexto Jesús tiene plena conciencia de ser el «Hijo amado» de Dios. La siguiente escena, la que hoy contemplamos, se ubica en el desierto, lugar de soledad y de silencio, de peligro y tentación, de miedo e inseguridad, pero que también es lugar en el que Dios se manifiesta providente, amoroso y protector.

Saquemos de aquí una primera idea provechosa para nuestra experiencia cuaresmal. Entendámosla como una experiencia de desierto a la que nos conduce el Espíritu para renovarnos en el amor primero; para renovarnos en el amor de Dios que en Jesucristo, por medio del bautismo, nos ha hecho hijos amados suyos. Es una oportunidad de renovar nuestra identidad más profunda que muchas veces se ve confundida por los oropeles de este mundo, por el frenesí de la vida diaria, por el anonimato en el que escondemos nuestra existencia o por las ansias locas de dominio de los demás y de la historia para engrandecer nuestra pequeñez.

Vayamos ahora a las tentaciones:

La primera tentación: «Si tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes». Después del ayuno el Señor sintió hambre y en esa circunstancia el tentador se le presentó retándolo para que demostrara su condición de Hijo de Dios a través de un milagro: convertir las piedras en pan.

Esta tentación, se presenta en medio de la fragilidad de una necesidad básica no satisfecha y representa la tentación que en esta circunstancia cualquier hombre y mujer puede experimentar de llegar a ser autosuficiente, de poner al propio servicio las cualidades que Dios ha dado, de concentrar la vida y los esfuerzos de cada día en la satisfacción de las necesidades materiales excluyendo a los demás de la propia vida.

Jesús responde con la fuerza de la Palabra: «No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios». La negativa de Jesús expresa que no es beneficio propio que él realiza su misión sino en función de la realización de la voluntad de Dios, expresada esta en la Santa Escritura.

Aprendemos del Señor que no podemos encontrar en la satisfacción de las necesidades básicas la justificación de la autosuficiencia. Esto encierra a la persona en si misma, le hace olvidar que lo que se le ha dado es para compartirlo, que necesita de los demás y hay en nosotros una realidad trascendente a la que nos remite cada experiencia, como es el caso del ayuno, que nos hacer recordar que además del pan de cada día hemos de alimentarnos también con la Palabra de Dios que nos ayuda a trascendernos a nosotros mismos al obedecer la voluntad divina.

 La segunda tentación. «Si eres el Hijo de Dios, échate para abajo, porque está escrito: Mandará a sus ángeles que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie en piedra alguna». El tentador quiere engañar a Jesús, aduciendo nuevamente su condición de Hijo, ahora para que manipule a Dios en favor suyo. Le propone un espectáculo, tirase del pináculo del templo, para que Dios, fiel a su Palabra, lo salve de manera espectacular.

El enemigo es astuto, pretende interpretar la Escritura que dice en el Salmo 91: «en sus manos [los ángeles} te llevarán», manipulando el texto para conseguir su propósito. La tentación ya no se ubica en una necesidad básica, sino en el conocimiento; pretende engañar proponiendo una lectura errónea de la Escritura. En la diferencia que hay entre lo que dice el texto, la letra y su sentido, es decir, cómo hay que interpretarla, está el núcleo de esta tentación.1CuaA 2

Es verdad que Dios es bondadoso y asegura su protección, pero esto no quiere decir que haya que tomar al pie de la letra sus palabras y poner a prueba la bondad y providencia divina mediante actos suicidas o temerarios. La respuesta de Jesús es muy inteligente. No discute con el tentador, no dialoga con la tentación, hacerlo supondría enredarse en un juego interminable de palabras, argumentos y justificaciones. La respuesta se basa en la Palabra, es simple: «También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios». Jesús responde nuevamente con la fuerza de la Palabra. Dios no es un títere, en el fondo de esta tentación está la pretensión de estar por encima de Dios. A Dios se le obedece, no se le ponen pruebas.

La tercera tentación. «Luego lo llevó el diablo a un monte muy alto y desde ahí le hizo ver la grandeza de todos los reinos del mundo y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras y me adoras”».  Si en la anterior tentación, el diablo quiso poner en duda el señorío de Dios pretendiendo ponerlo a prueba ahora propone su reemplazo y él mismo se ofrece para ocupar su lugar.

Detrás de la tentación está la idolatría, que tiene como centro el la ambición de poder y el afán de tener que llevan a la persona al endiosamiento de si misma. La respuesta de Jesús es definitiva «Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás» Nuevamente con la fuerza de la Palabra, Jesús manifiesta ante el tentador que Él ha optado por Dios, que en Él esta puesta su confianza y que sólo a Él se debe el culto de adoración.

Encontramos en la respuesta de Jesús un criterio importante para la revisión de vida. ¿A qué le rendimos culto? ¿a qué dedicamos nuestro tiempo, energía, vida y pensamiento? ¿a una realidad creada? Si confiamos más en el saber, en el poder, y en el tener que en Dios, si pretendemos que el mundo gire alrededor nuestro, es probable que hayamos olvidado que el culto de adoración sólo es para Dios y que confundidos por el enemigo hayamos caído en sus redes. Es precisamente lo que quiere el enemigo malo, confundirnos, hacernos perder nuestro centro, la conciencia de nuestra identidad más profunda y de nuestra vocación humana y cristiana, buscando que nos rebelemos a nuestra condición de criaturas, que renunciemos a obedecer a Dios, que lo consideremos irrelevante y que sólo hagamos caso a nuestros instintos, a nuestras ambiciones y deseos.

La enseñanza de este Domingo es clara. Ubicarnos existencialmente en ella es capital para recorrer con provecho el camino cuaresmal. La presencia del enemigo malo es una realidad en nuestra vida. Pretende hacer irrelevante en nosotros nuestra conciencia bautismal, que nos olvidemos que somos hijos de Dios o que no le demos importancia; que desconozcamos a Dios o que nos sea indiferente. Achatado el horizonte de la trascendencia, diluida cualquier referencia de tipo  moral o ética en nuestra conducta, negada la fraternidad y contaminada la inocencia que nos permite descubrir la bondad de Dios en la creación y en las personas, el enemigo pretende cantar victoria pues impide así el advenimiento del Reino. Aprovechemos la oportunidad no sólo de renovar, sino de profundizar en nuestra vocación bautismal, enfrentando en primer lugar la verdad de nuestra fragilidad, reconociendo la verdad de las tentaciones del maligno en nuestra propia existencia y renovando nuestra confianza en Dios que con la fuerza de su Palabra, nos hace salir victoriosos de ellas.

…y fue tentado por Satanás (Mc 1,12-15)

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 Primer domingo de cuaresma – ciclo B

La cuaresma

La cuaresma es el tiempo propicio para «progresar en el conocimiento de Cristo, abrirse a su luz para llevar una vida más cristiana». Es un camino de renovación interior que nos lleva a celebrar existencialmente la Pascua. La Iglesia, en la liturgia cuaresmal nos ayuda poniendo a nuestra contemplación  algunas de las más bellas páginas de la Biblia invitándonos a meditar en diversas etapas de la historia de la salvación en las que Dios forma, educa y hace alianza con su pueblo, alianza que se renovará de manera definitiva en Jesús de Nazaret y de la que nosotros participamos por el bautismo.

Cada año, el primer domingo de Cuaresma nos lleva a contemplar a Jesús, en el desierto, tentado por el demonio. Esta emocionante escena es el preludio de todo el ministerio de Jesús y también de los caminos que el discípulo está llamado a recorrer en el seguimiento del Maestro. Contemplando esta escena la pedagogía cuaresmal nos ubica al inicio del camino de renovación espiritual, en la lucha que se da en el corazón del discípulo de Jesús para permanecer fiel a la alianza que en el bautismo se ha hecho con Él.

… el Espíritu le empujó al desierto, 

Una vez que Jesús ha asumido el proyecto del Padre como suyo, los primeros pasos de su camino lo llevan a la consolidación de la experiencia vivida. El Espíritu lo conduce al desierto, el espacio de la maduración, de la formación, de la escucha. Curiosamente el Espíritu no lo ha conducido inmediatamente a la misión, sino a la experiencia del combate con el maligno.

Para el hombre de la biblia el desierto es una imagen ambivalente. Al mismo tiempo que evoca un lugar inhóspito, peligroso, silencioso, lugar de penurias y donde habita el mal, es también el lugar de la purificación, de la renovación de la alianza, de la experiencia del cuidado amoroso de Dios que hace sentir de manera palpable su fidelidad.

… y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás.

A diferencia de Mateo y Lucas, el relato de Marcos es muy austero. No describe con detalle la experiencia de Jesús ni nos dice en qué consisten las tentaciones pero nos hace entender que duran los 40 días y que lo que está a prueba es la fidelidad de Jesús al camino trazado por el padre. No se trata pues de momentos puntuales y aislados en la vida de Jesús, sino de una constante que también se reproducirá, como punto de partida para la misión, en la vida de sus discípulos.

Las tentaciones atraviesan la vida de Jesús y en todas ellas Jesús constantemente renueva su fidelidad al proyecto del Padre. El evangelio es elocuente al presentarnos a Jesús en la disyuntiva de elegir un camino distinto al trazado por Dios para su Mesías. Así sucede cuando los fariseos que le piden demostraciones de poder (cfr. Mc 8,11-13); cuando Simón que acaba de confesarlo como Hijo de Dios vivo intenta apartarlo del camino (Mc 8,33); cuando siente inminente su muerte y pide a Dios que aleje de él esa prueba (Mc 14,35) y cuando quienes lo crucificaron lo desafían a bajarse de la cruz (Mc 15,30).

…estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían.

Llama la atención que la escena ubica a Jesús entre los animales del campo. El desierto es un lugar en el que la gente corría peligro al verse a merced de los animales salvajes. El estar entre ellos, conviviendo pacíficamente, evoca el ideal mesiánico anunciado por Isaías según el cual, cuando llegara el Mesías, animales tan diferentes como el lobo  y el cordero, la vaca y la osa, estarían juntos, simbolizando así el fin de la violencia.

Por otra parte el servicio de los ángeles evoca la protección de Dios, indicando así que Dios está junto a su Hijo en los momentos de fidelidad y de qué lado está en los conflictos de la historia. Se presenta a Jesús como un nuevo Adán, prototipo de una humanidad nueva en la que se encarna y en la que forma a sus discípulos que, al seguirlo, están llamados a identificarse con Él.

¿Cómo actúa Satanás?

El enemigo hace, en quien permite que el mal se anide en su corazón, que se olvide de que es imagen de Dios y de que tiene la dignidad de Hijo de Dios. La persona se encierra en su ego, es feliz aislándose, porque desconfía de los demás; justifica todo con tal de tener lo que considera necesario para una vida plena. Pierde la capacidad de ver en la creación la presencia de Dios; en las cosas, en las criaturas y en las personas ve objetos que puede manipular para llenar sus necesidades.

Sin embargo el mal es débil, no tiene existencia por sí mismo, sólo puede subsistir engañando y tomando prestada la existencia que le concedamos en nuestras vidas. Este es el testimonio de los santos, que vivieron como nosotros los embates del mal y nos enseñan que el mal no tiene fuerza en sí, sobrevive por la fuerza que el ser humano le proporciona.

San Ignacio en una de las reglas para el discernimiento de espíritus subraya que el enemigo es flaco por fuerza y solamente fuerte por grado, es decir, débil por naturaleza y envalentonado cuando nos apocamos. Para san Ignacio la única manera de vencerlo es darle la cara, enfrentarlo, desenmascararlo, ponerlo al descubierto, pues ante la resolución de quien ha descubierto sus trucos, el demonio no tiene poder.

El mal es descrito como un parásito que no tiene existencia real más allá de la que cada quien le adjudique con sus pensamientos, actitudes y acciones egoístas. Pero no por eso es menos peligroso: actúa conquistando la conciencia, haciéndonos creer que somos seres egoístas y crueles, haciendo que el corazón de carne con el que Dios nos creó se convierta en un corazón de piedra, insensible al hermano.

El mal se anida en los pensamientos del ser humano y se manifiesta en las actitudes que Pablo describió en sus cartas como «obras de la carne»: injusticia, perversidad, codicia, maldad, envidia, homicidio, pleitos, engaños, malicia, difamación, traición, odio de Dios, ultrajes, altanería, habilidad para hacer el mal, insensatez, etc. (Rom 1, 29).

La presencia del mal en la vida humana es bastante más compleja y sutil que sus manifestaciones más obvias. Su acción destructiva no es siempre perceptible ya que puede enmascararse de múltiples formas, hasta en los más altos ideales. Pero en cualquier caso, deja en quien lo padece una sensación de vacío interior, sinsentido, aislamiento y desánimo, más allá de las alegrías efímeras que proporcionan los satisfactores materiales o intelectuales que se procura.

Si reconocemos que el mal actúa así en nuestra vida y reconocemos que presentamos los síntomas de sus obras, ¿cómo podemos ser liberados de él? Precisamente la respuesta existencial a esta pregunta, centrada en el encuentro con Cristo, es el centro y meta de toda la mistagogía cristiana. De aquí la importancia de no sólo preparar para el bautismo, sino de formar en la perseverancia, para que los signos elocuentes de la experiencia bautismal tengan un significado existencial.

El discípulo de Jesús debe saber que pasará por las pruebas de su Maestro. La cuaresma es un tiempo propicio para confrontar la verdad de la propia vida con el proyecto de Dios, para revisar las formas sutiles en las que el maligno enemigo ha logrado engañarnos, de fortalecernos en la certeza de que Dios siempre es fiel y que con su auxilio podemos salir victoriosos del asedio de Satanás.

Hagamos la experiencia del desierto cuaresmal, a ello nos ayudan la oración, el ayuno y la penitencia. Que renovada, con la ayuda de Dios, la fidelidad a nuestra identidad fundamental podamos vivir y permanecer en la dinámica de la Pascua, de la vida que Dios nos da en su Hijo Jesucristo.