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El Espíritu los irá guiando hasta la verdad plena

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Trinidad RublevLa Santísima Trinidad

Ciclo C

Textos 

† Del evangelio según san Juan (16, 12-15)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder.

El me glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío.

Por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo nuestra mirada de fe se detiene en la contemplación del misterio de Dios que Jesucristo nos ha revelado plenamente en su Pascua y a quien nos referimos, conforme la tradición de la Iglesia, como Santísima Trinidad.

Fuimos bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y con esta misma invocación solemos iniciar nuestras jornadas y también, invocando a las tres divinas personas, recibimos la bendición de Dios.

Este día proclamamos que Dios no es soledad, que es comunidad de amor, que el Padre ama al Hijo, que el Hijo ama al Padre y que el amor del Padre y del Hijo, es el Espíritu Santo de Dios, que inspira nuestra vida, la renueva, la fortalece, la purifica, para que siempre y en todas partes podamos vivir como hijos de Dios y realizar la misión que Jesucristo nos ha confiado.

Detengamos pues a considerar cómo cambia nuestra vida la confesión de fe en Dios que es “un sólo Dios verdadero en tres personas distintas“.

Lo sabemos, porque el Hijo nos lo reveló

Nuestra confesión de fe en Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, no es conclusión de un razonamiento humano, es revelación del mismo Dios por medio de la vida, enseñanza y ministerio de Jesús que alcanzan su plenitud en el misterio pascual.

La pasión, muerte y resurrección del Señor, hace evidente lo que el pueblo del Antiguo Testamento ya presentía; lo que los apóstoles experimentan plenamente en Pentecostés y lo que estos transmiten a las primeras comunidades que, a su vez, lo aceptan y comprenden por el testimonio de sus vidas. Después de la experiencia, vino la formulación de lo vivido y comprendido y se llegó, poco a poco, a la confesión de que Dios es Trinidad Santa.

Jesús había dado muchas pistas. Anticipó que sería el Espíritu de Verdad quien conduciría a los suyos a la verdad completa (Cf. Juan 16,13); bastaría leer los textos del evangelio de Juan meditados durante la pascua, para percatarnos cómo Jesús se presenta cómo el revelador del Padre (14, 9.11), cómo promete a quien le ama que el Padre y el Hijo pondrán en él su morada (14,23); cómo anuncia que el Espíritu Santo enviado por el Padre en nombre de Jesús enseñaría todo a los discípulos (14,26); cómo el amor de Jesús es reflejo del amor con que el Padre lo ha amado (15,9); cómo Jesús pide que la unidad del Padre y del Hijo se proyecte en la unidad de los discípulos (17, 21); cómo Jesús anuncia su regreso al Padre que es también Dios y Padre de los suyos (20,17) y cómo los envía, así como el Padre lo envío a Él, comunicándoles para ello el don del Espíritu Santo (20,21b-22).

Lo que conocemos de Dios es porque Jesús nos lo enseñó y lo que podemos profundizar acerca de este misterio santo es porque el Espíritu Santo interiormente nos conduce. Hoy el texto del evangelio nos lleva nuevamente al Cenáculo, para escuchar con más detenimiento un fragmento de lo que Jesús dijo a sus apóstoles al despedirse de ellos; en este pasaje aparece patente el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El Espíritu Santo perfecciona la fe de los discípulos

El pasaje que leemos inicia con estas palabras «aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender». Jesús, en la intimidad del grupo de discipulos, les dijo todo acerca de Dios, sin embargo, ellos no podían comprenderlo totalmente ni llevarlo a la vida.

Los discípulos no pueden comprender todo lo que implica la relación del Padre y del Hijo. Jesús les compartió todo lo que había oído de su Padre (cf. Jn 15,15), permitiéndoles conocer: las confidencias entre ellos, la obra de ambos en el mundo y el significado para la vida de la revelación del amor y la salvación que vienen de Dios. Era demasiado para poderlo comprender de una vez para siempre.

No se trataba sólo de saber o retener conceptualmente la enseñanza de Jesús sino llevarlo a la vida; esto es precisamente lo que les permitiría una comprensión más plena. Esto es propio del conocimiento que se deriva de la fe. Lo que conocemos por la fe no lo podemos comprender plenamente si no lo vivimos. No hay otro camino.

La dificultad que se presenta es la de nuestra limitada capacidad para entender las enseñanzas de Jesús que, a su vez, deriva de nuestra capacidad limitada para practicarlas. La solución a esta incapacidad es la pedagogía de Jesús que nunca pretendió que los discípulos comprendieran de inmediato cuanto les enseñaba, más bien, favoreció que recorrieran itinerarios, caminos de madurez de la fe, que son posibles por la acción del Espíritu Santo.

Aquí se encierra un secreto importante para el éxito de la evangelización: entenderla y realizarla como un proceso que articula, en distintas etapas, la fe que profesamos con la vivencia de esa misma fe; esto, si bien pide mucha paciencia, resulta muy eficaz, se le apuesta a la calidad del resultado poniendo toda la atención en el proceso.

El Espíritu Santo ayuda a profundizar el misterio de Dios

El texto que leemos hoy nos dice: «cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena». Esta frase tan breve, nos ayuda a entender la obra del Espíritu Santo.

  • En primer lugar, es una obra pedagógica. Si nos fijamos con atención, la expresión «los irá guiando» nos hace entender que la tarea es progresiva; que el Espíritu nos acompaña pacientemente en un proceso que procede gradualmente, es decir, poco a poco.
  • En segundo lugar, es una obra focalizada, que tiene como horizonte la Verdad; se trata de la presencia del amor de Dios en el mundo, llevada a cabo en la vida y ministerio de su Hijo, quien nos dijo de si mismo: «Yo soy la Verdad».
  • En tercer lugar, la obra del Espíritu tiene una finalidad que es «la verdad plena», es decir, la verdad completa, que nos permite una visión global y perfecta de la obra que Dios ha querido llevar a cabo en el mundo, en fidelidad con la Creación y con el pueblo de la alianza.

Esta visión global de la obra de Dios, que nos permite el Espíritu Santo, nos ayuda a encontrar la unidad interior, personal y comunitaria, en medio de la fragmentación de la vida humana y de las situaciones históricas; con ello nos proporciona una fuerza transformadora y orientadora, pues nos permite unificarlo todo en la plenitud de Cristo, que, desde la visión de nuestra fe, es la meta de la historia.

El Espíritu Santo nos guía para centrarlo todo en el Plan de Dios, en la persona de Jesús que es quien lo ha llevado a cabo mediante el movimiento de “bajar del cielo”, es decir, proceder, venir del Padre y “subir al cielo”, volver a Él, consumada su misión salvífica  en el mundo. El Hijo vino del Padre, a traer la luz de su amor a las tinieblas y estructuras egoístas del mundo; volvió al Padre, pasando por la Cruz, para llevarnos a los que caminamos en comunión con Él a la plenitud de la vida en la comunión de amor con Dios.

¿Cómo nos conduce el Espíritu hasta la verdad completa?

El texto que leemos nos dice que el Espíritu: «no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder. El me glorificará…»

Lo primero que aprendemos es que el Espíritu hace resonar el mensaje de Jesús, pero no hablará por su cuenta. Lo que caracteriza la obra del Espíritu es su fidelidad en su relación con Jesús. Su actitud es similar a la que tiene Jesús con el Padre, y que el mismo Jesús nos hizo conocer al decirnos «el que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a él es lo que hablo al mundo».

Además, el Espíritu Santo «anunciará las cosas que van a suceder»; no debemos entenderlo como revelación del futuro sino de cómo tienen que reaccionar los discípulos ante las visicitudes de la historia. El Espíritu Santo no permite que los vericuetos de la historia desvíen a los discípulos; por el contrario, los lleva a hacer presente y actual la Palabra del Señor en el mundo que les toca vivir; por ello, el Espíritu mantiene sintonía con los discípulos y éstos, deben acogerlo e invocarlo constantemente.

Finalmente, el Espíritu dará gloria a Jesús, «lo glorificará». Esto nos remite a la plenitud de la obra de Cristo en el mundo, llevarnos a la comunión con Dios. Jesús comparte todo con el Padre, y esto, lo comparte con nosotros; la comunidad de amor, es comunión de bienes.

La obra del Espíritu se identifica con el obrar de Jesús. El Espíritu participa de la vida que está en el Padre y el Hijo y lo transmite a los discípulos; gracias a Él podemos adentrarnos y participar del amor del Padre y del Hijo: su estima, valoración, admiración, escucha/obediencia, el estar contentos el uno del otro. El Espíritu recibe de Jesús lo que nos comunica.

Así, la comunidad de los discípulos queda envuelta en la fuerza e intensidad del amor que es propio de Dios. El Espíritu no sólo hace que la Palabra de Jesús resuene en nuestro oídos; sobre todo, hace que resuene en nuestro corazón; su tarea es re-cordar, traer de nuevo al corazón, todo lo que Jesús hizo y dijo para revelarnos el amor misericordioso de Dios.

Conclusión

Somos hijos de Dios que es amor, por ello vivimos inquietos y sedientos de amor y lo que más nos duele es una mala relación. El impulso de salir de nosotros para encontrarnos con los demás y compartirles lo mejor de nosotros mismos lo tenemos en nuestro ADN de bautizados.

Al entrar Jesús en nuestra vida, nos rescata de la soledad y aislamiento; sana nuestra capacidad de comunicarnos, sana nuestras relaciones poniéndolas en la perspectiva del amor que viene de Dios y allí hace converger todo, haciendo brotar en nosotros una nueva capacidad de amar, que tiene su origen en la comunión con Dios que es fuente de vida y de amor.

La obra del Hijo de Dios es darnos la vida eterna de Dios, para que el amor  con el que es amado por el Padre, es decir su Espíritu, esté en nosotros y nosotros en Dios. En Dios no hay lugar para la muerte, por ello, quienes creemos en Él y en Cristo estamos en comunión con él, sabemos que aunque tengamos que pasar por el trauma de la muerte física, viviremos para siempre porque Dios, Trinidad Santa, habita en nosotros.

A la luz de este misterio que contemplamos profundizamos lo que significa estar bautizados -inmersos- en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Como bautizados estamos llamados a vivir dentro del misterio de Dios, que nos sobrepasa, que nos habita, que nos vivifica y nos transforma para que seamos en el mundo imagen fiel de su esencia misma que es el amor.

La comunión con Dios no se realiza en automático ni de manera mágica; supone para nosotros darle a Dios un lugar en nuestra vida:

  • Él es Creador y Padre, lo que nos pide el respeto y cuidado de su obra creador y la atención amorosa a su voluntad para obedecerla con obsequiosa fidelidad;
  • Él es Hijo Redentor, pide de nosotros vivir como redimidos, es decir, amados y libres para amar, haciendo el bien a todos, particularmente a los que sufren y están más necesitados;
  • Él es Espíritu Santificador, que nos mueve interiormente para que nos identifiquemos plenamente con el Hijo y a través de una vida santa, demos honor y gloria a la Trinidad Santa.

 

 

[1] F. Oñoro, Un Dios Amor que nos invita al gozo de su vida en comunidad, Lectio Divina Juan 16, 12-15. CEBIPAL/CELAM.

…. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28,16-20)

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Santísima Trinidad

El Domingo que sigue a Pentecostés celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad. Podríamos decir que es la fiesta del Misterio de Dios que, como dijera Rudolf Otto, es un misterio tremendo y fascinante.

La Palabra Santa nos deja conocer la intimidad de Dios que no es un monolito sino una comunidad de personas. El texto evangélico que hoy leemos es el único lugar del Nuevo Testamento que presenta juntos los tres nombres que conforman esta comunión de amor: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Todos los cristianos hemos sido bautizados en el nombre de estas tres divinas personas, es decir, hemos sido llamados a vivir inmersos en el misterio de Dios. El bautismo nos inserta en la vida íntima de la Trinidad y nos hace pertenecer a la familia divina al ponernos en relación con el Padre que nos engendra a una vida nueva; con el Hijo que nos salva y con el Espíritu Santo que nos comunica la vida divina.

El final del evangelio de Mateo que hoy escuchamos nos ayuda a entender el sentido de la encarnación. El Hijo de Dios se hizo hombre para revelarnos el amor del Padre y para comunicarnos el Espíritu Santo. La encarnación y la redención no tienen otra finalidad que la de incorporarnos a la vida íntima de Dios, que es una vida de amor, de un amor tan intenso que hace que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo sean un solo Dios: «no una sola Persona, sino tres Personas en una sola naturaleza»

Para los creyentes cristianos es de capital importancia saber que Dios es Uno y Trino; pero más importante todavía es vivir en comunión con las Personas divinas. Dios ha revelado su intimidad. La razón humana puede llegar y reconocer la existencia del Dios pero no alcanza ni siquiera a imaginarse su intimidad; el mismo Dios, con una iniciativa de amor, nos permite acercarnos a ella. A través del don del Espíritu que recibimos de Jesucristo es que podemos clamar «Abba, Padre» introduciéndonos en una relación filial y fraterna en el dinamismo del amor.

En virtud de esta relación amorosa, filial y fraterna, no nos acercamos a Dios con temor ni con la sumisión de los esclavos, porque «no hemos recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor» Dios en su gran generosidad no introduce en su vida íntima, en su vida de familia, que implica una relación filial con él y nos hace hermanos en Cristo. Esta manera de relacionarnos con Dios es obra del Espíritu Santo.

La participación en la vida íntima de Dios ha sido posible por el misterio de la Encarnación y de la Redención llevada a cabo por Jesús en su pasión, muerte y resurrección. Al injertarnos en Cristo por el Bautismo, recibimos el don del Espíritu que nos permite llamar Padre a Dios y que como hijos, nos pide la misma obediencia de Jesucristo, la de presentarle a Dios el único sacrificio que le es agradable: la ofrenda de nuestra propia vida realizada y consumida en el amor que  a su vez verifica que nuestra comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es auténtica.

De aquí derivan algunas exigencias pues el amor auténtico implica todas nuestras capacidades humanas. El amor de Dios es como un fuego que purifica en nosotros la escoria del egoísmo para que con nuestro amor purificado seamos plenamente imagen y semejanza de Dios, capaces de hacerlo presente en el mundo.