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Bauticen a los pueblos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

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Domingo después de Pentecostés

Santísima Trinidad

Evangelio

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (28, 16-20)

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado.

Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.

Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. Palabra del Señor. 

Mensaje

El Domingo que sigue a Pentecostés celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad. Podríamos decir que es la fiesta del Misterio de Dios que, como dijera Rudolf Otto, es un misterio tremendo y fascinante.

La Palabra Santa nos deja conocer la intimidad de Dios que no es un monolito sino una comunidad de personas. El texto evangélico que hoy leemos es el único lugar del Nuevo Testamento que presenta juntos los tres nombres que conforman esta comunión de amor: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Todos los cristianos hemos sido bautizados en el nombre de estas tres divinas personas, es decir, hemos sido llamados a vivir inmersos en el misterio de Dios. El bautismo nos inserta en la vida íntima de la Trinidad y nos hace pertenecer a la familia divina al ponernos en relación con el Padre que nos engendra a una vida nueva; con el Hijo que nos salva y con el Espíritu Santo que nos comunica la vida divina.

El final del evangelio de Mateo que hoy escuchamos nos ayuda a entender el sentido de la encarnación. El Hijo de Dios se hizo hombre para revelarnos el amor del Padre y para comunicarnos el Espíritu Santo. La encarnación y la redención no tienen otra finalidad que la de incorporarnos a la vida íntima de Dios, que es una vida de amor, de un amor tan intenso que hace que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo sean un solo Dios: «no una sola Persona, sino tres Personas en una sola naturaleza»

Para los creyentes cristianos es de capital importancia saber que Dios es Uno y Trino; pero más importante todavía es vivir en comunión con las Personas divinas. Dios ha revelado su intimidad. La razón humana puede llegar y reconocer la existencia del Dios pero no alcanza ni siquiera a imaginarse su intimidad; el mismo Dios, con una iniciativa de amor, nos permite acercarnos a ella. A través del don del Espíritu que recibimos de Jesucristo es que podemos clamar «Abba, Padre» introduciéndonos en una relación filial y fraterna en el dinamismo del amor.

En virtud de esta relación amorosa, filial y fraterna, no nos acercamos a Dios con temor ni con la sumisión de los esclavos, porque «no hemos recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor» Dios en su gran generosidad no introduce en su vida íntima, en su vida de familia, que implica una relación filial con él y nos hace hermanos en Cristo. Esta manera de relacionarnos con Dios es obra del Espíritu Santo.

La participación en la vida íntima de Dios ha sido posible por el misterio de la Encarnación y de la Redención llevada a cabo por Jesús en su pasión, muerte y resurrección. Al injertarnos en Cristo por el Bautismo, recibimos el don del Espíritu que nos permite llamar Padre a Dios y que como hijos, nos pide la misma obediencia de Jesucristo, la de presentarle a Dios el único sacrificio que le es agradable: la ofrenda de nuestra propia vida realizada y consumida en el amor que  a su vez verifica que nuestra comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es auténtica.

De aquí derivan algunas exigencias pues el amor auténtico implica todas nuestras capacidades humanas. El amor de Dios es como un fuego que purifica en nosotros la escoria del egoísmo para que con nuestro amor purificado seamos plenamente imagen y semejanza de Dios, capaces de hacerlo presente en el mundo.

Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo

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Trinidad Rublev 2 La Santísima Trinidad

Textos

† Del evangelio según san Juan (3, 16-18)

“Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él.

El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios”. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

Ante todo tengamos presente que si nosotros confesamos que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, lo hacemos gracias a la enseñanza, la vida y el misterio de Jesús. Pero ya desde antes –en el Antiguo Testamento- el pueblo de la Biblia lo presiente y, después, poco a poco, cuando los apóstoles hacen la experiencia pascual, la vida y la fe de las primeras comunidades cristianas lo comprenden de manera inequívoca.

La experiencia de un Dios Trino es fe y vida, vida y fe. No hay duda que la intimidad de los Tres fue vivida espontáneamente por los primeros cristianos después de la Pascua cuando ya se había cumplido la promesa de Jesús sobre la venida del Paráclito: “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa” (Juan 16,13). Pero después de la experiencia viene la “formulación” de lo vivido y comprendido; es así como se va llegando poco a poco a la confesión de que Dios es Trinidad Santa.

A partir de Pentecostés, plenitud del tiempo pascual, cuando Jesús y el Padre han entregado lo más íntimo de sí, el amor infinito del uno por el otro, el Espíritu Santo, nos guía “hasta la verdad completa” (16,13) y es en el ámbito de este don que proclamamos y celebramos esta solemnidad de la Trinidad Santa. Es la Fiesta de nuestro Dios Trinidad, el Dios familia, de nuestros padres y madres, el Dios de nuestros hermanos y hermanas.

La pregunta es, entonces, ¿quién es la Trinidad?, ¿qué significa creer en este Dios hoy?, ¿cómo podemos orar al Dios Trino? Nuestro conocimiento de Dios proviene en definitiva de Jesús. Por eso volvamos al Cenáculo para escuchar maravillados y agradecidos, de la boca de Jesús, la revelación sobre el amor de los Tres.

El Evangelio de Juan, con un texto del capítulo 3, nos presenta el diálogo entre Jesús y Nicodemo y nos ubica en la perspectiva espiritual del “nacer de nuevo” (Jn 3,3ss). Hablar de Dios, sobre él, nos pone siempre en camino, nos invita a un itinerario espiritual, en nosotros y en cada una de nuestras relaciones cotidianas.

Los versículos 16-18 condensan maravillosamente toda la historia de la salvación en gruesas pinceladas, van a lo esencial: Dios nos amó tanto que nos dio a su querido Hijo, para que tengamos vida en abundancia envió a su Hijo a salvar, no ha juzgar (3,17) y la salvación está en creer, según la óptica de este evangelio (3,18). Creemos en un Dios de Vida, quien nos ama entregando a su Hijo Único y quiere nuestra salvación.

Celebremos pues el misterio que está en el centro de nuestra fe, del cual todo procede y al cual todo vuelve. El misterio de la unidad de Dios y, a la vez, de su subsistencia en tres Personas iguales y distintas. Padre, Hijo y Espíritu Santo: la unidad en la comunión y la comunión en la difetencia.

Conviene que los cristianos, en este gran día, seamos conscientes de que este misterio está presente en nuestras vidas: desde el Bautismo —que recibimos en nombre de la Santísima Trinidad— hasta nuestra participación en la Eucaristía, que se hace para gloria del Padre, por su Hijo Jesucristo, gracias al Espíritu Santo. Y es la señal por la cual nos reconocemos como cristianos: la señal de la Cruz en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

 

 

 

[1] Tomado de la página en facebook de Virginia Raquel Azcuy. Teóloga argentina.

 

Domingo de la Santísima Trinidad

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Portada Subsidio Domingo Santísima Trinidad 7 junio 2020

 

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