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Les digo: No juren de ninguna manera, ni por el cielo, ni por la tierra

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11 de junio 

San Bernabé, Apóstol

Textos

† Del evangelio según san Mateo (5, 33-37)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No jurarás en falso y le cumplirás al Señor lo que le hayas prometido con juramento. Pero yo les digo: No juren de ninguna manera, ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es donde él pone los pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey.

Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro uno solo de tus cabellos. Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no.

Lo que se diga de más, viene del maligno”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Es la segunda vez que Jesús empieza con la larga expresión: « Han oído ustedes que se dijo a los antiguos», abriendo así una segunda serie de ejemplos que ilustran la verdadera justicia. Se recuerdan dos preceptos del Antiguo Testamento. 

El primero es sobre la declaración ante Dios, con la que se le invoca como testigo de la verdad de una afirmación. El precepto decía: «No jurarás en falso». Cuando el hombre se dirige a Dios y lo invoca como testigo, debe ser absolutamente sincero y honesto, pues de lo contrario lleva a cabo una acción injuriosa. 

El segundo precepto también hace referencia a las relaciones del hombre con Dios, pero bajo otro aspecto. Cuando se hace una promesa hay que mantenerla. Jesús no niega estos dos preceptos, sino que los profundiza. No basta con evitar el mal. 

El discípulo debe tener una intimidad más profunda y personal con Dios, tanto más cuando puede ofender su santidad aunque observe escrupulosamente esos dos preceptos, como hacían los fariseos. Por eso Jesús afirma radicalmente: «No juren de ninguna manera», porque ya el hecho de jurar como lo hacían los fariseos anula el respeto que se debe a Dios, que quiere el corazón y no la simple observancia de los preceptos con un corazón frío y lejano. 

Jesús no condena el juramento, sino que afirma que no debe hacerse cuando se inspira en sentimientos de desconfianza. Hay que recuperar la confianza entre los hombres. Hoy, por desgracia, la confianza recíproca está como desapareciendo a causa del crecimiento desorbitado del «yo» de uno mismo. Con cierto humor Jesús advierte que no vale la pena jurar «por tu cabeza», pues no tenemos el poder de hacer volver blanco o negro ni uno solo de nuestros cabellos. 

Por otra parte, en cambio, Jesús subraya que el Señor creó al hombre y le dio la dignidad de la palabra. Por eso Jesús dice: «Sea vuestro lenguaje: «Sí, sí», «no, no»: que lo que pasa de aquí viene del Maligno». Nuestras palabras tienen un peso; por eso no deben ser vanas o ambiguas. A través de ellas se muestra nuestro corazón, del mismo modo que pasa con Dios. 

El Maligno intenta aumentar su fuerza con la corrupción de las palabras. El discípulo de Jesús debe aprender a decir «sí» a la vida que viene del Evangelio y a oponer un no firme a las propuestas que llevan al mal para él y para los demás. Es importante saber decir «no», es decir, imponerse una disciplina del corazón. Decir «sí» al Señor que llama, y decir «no» a seducciones y propuestas que solo aparentemente dejarían entrever un bien para nuestra vida. 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 247-248.

Ustedes son la sal de la tierra

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Bernabé apóstol.jpg11 de junio 

San Bernabé, Apóstol

Textos

† Del evangelio según san Mateo (5, 13-16)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo.

No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los discípulos, sal y luz de la tierra. Jesús dice a los discípulos que son la sal de la tierra y la luz del mundo. Cada uno de nosotros sabe que es una pobre persona, llena de límites y de defectos. No somos sal y luz por nosotros mismos, sino únicamente cuando estamos unidos a la verdadera sal y a la verdadera luz, que es Jesús.

Sus discípulos, a diferencia de lo que pasa entre los hombres, no están condenados a esconder ante Dios su debilidad y su miseria. Debilidad y miseria no atentan al poder de Dios, no lo borran; en todo caso lo exaltan. El primero que no se avergüenza de nuestra debilidad es precisamente el Señor; su luz no se ve atenuada por nuestras tinieblas. Y -atención- el Evangelio no muestra desprecio alguno por el hombre; el Señor no muestra ningún tipo de antipatía hacia el hombre.

Él lo sabe todo de nosotros. Y nos ama como somos. Evidentemente, quiere que seamos distintos, que crezcamos en el amor y no en el egoísmo. El amor de Dios por nosotros no es sentimentalismo sino energía de cambio y de ayuda, de apoyo y de defensa. Así pues, Jesús añade: «brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos».

Es la invitación que el Señor nos hace también a nosotros en este tiempo para que seamos trabajadores del Evangelio. Somos sal y luz no por méritos propios sino por gracia. El Señor, que nos ha librado de la soledad y de la muerte reuniéndonos en comunión con él y con los hermanos, nos hace participar de su luz y de su vida para que seamos fermento de amor y luz de esperanza para un mundo que muchas veces vive desarraigado y sin futuro.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 244.