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Uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza

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El Sagrado Corazón de Jesús

Textos

† Del evangelio según san Lucas (15, 3-7)


+ Lectura del santo Evangelio según san Juan (19, 31-37)
Como era el día de la preparación de la Pascua, para que los cuerpos de los ajusticiados no se quedaran en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día muy solemne, los judíos pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitaran de la cruz.
Fueron los soldados, le quebraron las piernas a uno y luego al otro de los que habían sido crucificados con Jesús.
Pero al llegar a él, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza e inmediatamente salió sangre y agua.
El que vio da testimonio de esto y su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera lo que dice la Escritura: No le quebrarán ningún hueso; y en otro lugar la Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.
 Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

Hoy la Iglesia celebra la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Aunque es un pasaje que se introdujo en la liturgia más bien recientemente, tiene sus raíces en el mismo corazón del cristianismo. 

El prefacio de la Liturgia, como si quisiera mostrar su sentido profundo, nos invita a contemplar el misterio del amor de Jesús: «colgado en la cruz, en su amor sin límites dio la vida por nosotros, y por la herida de su costado salió sangre y agua, símbolo de los sacramentos de la Iglesia, para que todos los hombres, atraídos hacia el corazón del Salvador, bebieran con alegría de la fuente perenne de la salvación». 

La Liturgia canta el «corazón» de Jesús como fuente de salvación. Escribe Juan: «Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua». Este pasaje litúrgico nos invita a todos a centrar nuestra atención en el misterio de aquel corazón que se vacía para nuestra salvación. 

Es un corazón de carne, que se emocionó, que lloró, que se enterneció, que se apasionó, nunca por sí mismo sino por los demás. No hizo preferencias con nadie, salvo con los más pobres, los más pequeños, los más débiles y los pecadores. 

No es un corazón como el nuestro, que a menudo es de piedra, insensible incluso frente a un amor tan grande. La compasión y la conmoción de aquel corazón fueron el punto de partida de la vida pública de Jesús. Escribe Mateo (9, 36) que Jesús, yendo por las ciudades y los pueblos de Galilea, se conmovió por las muchedumbres que acudían a él porque estaban vejadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor. Y empezó a reunirlas y a ocuparse de ellas. 

Con Jesús llegó finalmente el pastor bueno del que hablaba el profeta Ezequiel: «aquí estoy yo, para cuidar personalmente de mi rebaño y velar por él. Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas. Las recobraré de todos los lugares». El Evangelio de Juan nos invita a fijar nuestra mirada en aquel crucifijo, en aquel corazón corazón que se dejó atravesar por nosotros, para dar a los hombres la fuerza de amar.


[1] V. Paglia, Comunidad de Sant’Egidio., La palabra de Dios cada día. 2021, 254-255.