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Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón

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El Sagrado Corazón de Jesús
Ciclo A

Textos

† Del evangelio según san Mateo (11, 25-30)

En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos.

Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré.

Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

En el texto que escuchamos en este día de la solemnidad del Sagrado Corazón, Jesús nos abre su intimidad y nos deja conocer su corazón. Como discípulos somos invitados a aprender de Él, a transformar nuestro corazón, cooperando con la acción del Espíritu Santo, para que sea semejante al corazón de Jesús.

Primera lección: Gratitud y confianza con el Padre

La primera palabra del evangelio de hoy es una oración de alabanza que lleva el sello de la experiencia particular de Jesús.  Esta oración llena de gratitud, dirigida al “Padre”, de quien se reconoce y alaba su bondad, Él el “Señor del cielo y de la tierra”, que gratuitamente, sin mérito nuestros nos deja conocer el misterio de su amor misericordioso que nos redime y del que nos hace sus testigos.

Jesús nos muestra la estrecha vinculación que existe entre el Padre y Él, junto con la posibilidad que nos da de participar de esa comunión. En la raíz del discipulado está la relación del Padre y del Hijo, es la realidad en que se funda todo el conocimiento de Dios y el paradigma o modelo de la comunión con Dios a la que nos llama el Señor Jesús.

Como deja entender Jesús, la buena comunicación con Dios y la constante relación con Él, nos permiten conocer los misterios y las verdades que están al interior de nuestra vocación y de nuestra misión cristiana.

Los “sabios y entendidos” son, en el contexto de este evangelio, los maestros de la ley y los fariseos, quienes conocen la Ley de Moisés, pero rechazan a Jesús porque les parece insignificante. Lo rechazan, no porque no comprendan sus palabras a nivel intelectual, sino precisamente porque captando bien lo que ha enseñado se niegan rotundamente a aceptarlo. Ellos no están abiertos a la nueva propuesta de salvación y vida que proviene del Reino, cuya irrupción definitiva anuncia Jesús. Aún siendo grandes teólogos, ellos prefieren seguir atados a su normativa, a un sistema de vida rígido que los indispone para leer los signos vivos de la presencia de Dios en Jesús de Nazareth.

En cambio los “pequeños” son los que con sencillez de corazón han abierto de par en par las puertas de su corazón para recibir la revelación de Jesús y le han acogido efectivamente. Los “pequeños” son los que –no importa su condición social- tienen una actitud diferente que parte del reconocimiento de que “no se la saben toda” y, por tanto, desean vivamente aprender y vivir más al Maestro.

Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Esta revelación que el Hijo hace del Padre es la que el Padre ha manifestado a los sencillos: que todos nos hagamos uno con Él y para Él.

Segunda lección: humildad y mansedumbre

El texto que leemos está lleno de compasión. Jesús llama a sí a los que están fatigados y sobrecargados por la vida: incluye desde el publicano al que llamó para que le siguiera hasta el pequeño grupo de hombres y mujeres que lo eligieron como Maestro; desde las muchedumbres abatidas que finalmente encuentran en él un pastor hasta los que no tienen quien se ocupe de ellos; desde quien vive oprimido por la violencia de los ricos hasta los que sufren la violencia de la guerra, el hambre y la injusticia. Para todas esas personas resuenan, llenas de ternura y sensibilidad, estas palabras del Señor: «Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré».

Toca a nosotros ser la voz de Jesús, su Iglesia debe gritar a las multitudes del mundo la invitación de Jesús a encontrar descanso en Él. ¿Intento yo decir, con humildad y delicadeza, esas mismas palabras a la gente que conozco? Aquella invitación de Jesús que también nosotros hemos recibido a través de alguien, ¿se la repetimos nosotros a otros que la esperan?

Para la mentalidad mundana la gente cansada y oprimida, no es productiva, es problemática y es mejor que esté fuera de circulación. El discípulo de Jesís, debe ser con su amor, un alivio para quienes sufren, padecen injusticias o no soportan la vida. Y el reposo no es otro que Jesús mismo: recostarse sobre su pecho y alimentarse de su Palabra.

Jesús, y solo él, puede añadir: «Tomen mi yugo sobre ustedes». Este yugo es el Evangelio, exigente y suave a la vez, como él. El verdadero yugo es unirse a Él. Solo somos libres si nos unimos a aquel que nos saca de los angostos límites de nuestro yo. Por eso añade: «aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón». Son las dos características que Jesús indica a todos, camino de bienaventuranza, es decir, de felicidad que podemos dar y recibir.

El manso y humilde hace la vida más fácil a los demás, al contrario del arrogante, del irascible, del soberbio, que vive mal y hace el mal. Aprendan de mí, es decir, háganse discípulos míos. Lo necesitamos nosotros y lo necesitan las muchedumbres de este mundo, que esperan escuchar una vez más la invitación de Jesús: «Vengan y encontrarán descanso».

 

 

 

[1] Cf. Oñoro F. Mateo 11, 2-27: Una reveladora oración de Jesús. CEBIPAL/CELAM.

 

Deja las noventa y nueve.. y va en busca de la que se le perdió..

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sagrado-corazon-de-jesusViernes siguiente al segundo domingo después de Pentecostés 

El Sagrado Corazón de Jesús

Textos

† Del evangelio según san Lucas (15, 3-7)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos y a los escribas esta parábola: “¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido’.

Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentirse”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy la Iglesia celebra la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y la liturgia nos ayuda a contemplar el misterio del amor de Dios a través del corazón de su Hijo que se revela a nosotros como el corazón de un buen pastor.

La imagen del pastor es muy querida por los profetas y ya Ezequiel había hablado de ella: «Aquí estoy yo, para cuidar personalmente de mi rebaño y velar por él… las reuniré de los países y las conduciré de nuevo a su suelo» (34, 11.13) El Evangelio de Lucas, como si quisiera continuar las palabras del profeta, reproduce las palabras de Jesús que se identifica con el buen pastor que siente un amor tan grande por sus ovejas que está dispuesto a dar su propia vida por ellas.

El Evangelio de Juan, dice que el Buen Pastor ama a las ovejas conoce una a una (10, 3), no como una masa indistinta; de hecho de cada una conoce la voz, el nombre, la historia, lo que necesita, y vierte todo su afecto y su esperanza en cada una. En una sociedad como la nuestra que se ha hecho virtual, anónima e individualista, es fácil que te olviden y desaparezcas.

El corazón de Jesús no olvida a nadie; el Señor nos ama y nos conoce a cada uno. Pero muchas veces somos nosotros, quienes nos alejamos y terminamos cansados y oprimidos, como aquellas muchedumbres que conmovieron el corazón de Jesús, porque le parecían como «ovejas que no tienen pastor» (Mt 9, 36).

El pastor bueno, recuerda Jesús, deja a las noventa y nueve ovejas en el redil para ir a buscar a la oveja perdida. «Buscaré la oveja perdida, tomaré a la descarriada», decía el profeta Ezequiel (34, 16). Jesús no abandona a ninguna de sus ovejas; siempre las recoge, las guarda y, quizás no una vez sino muchas, ha tenido que dejar a las otras noventa y nueve ovejas para ir a buscarnos a cada uno de nosotros y cargamos a hombros.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 230-231