Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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¡Ay de aquel que provoca las ocasiones de pecado!

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Tiempo Ordinario

Lunes de la XXXII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (17, 1-6)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No es posible evitar que existan ocasiones de pecado, pero ¡ay de aquel que las provoca! Más le valdría ser arrojado al mar con una piedra de molino sujeta al cuello, que ser ocasión de pecado para la gente sencilla. Tengan, pues, cuidado.

Si tu hermano te ofende, trata de corregirlo; y si se arrepiente, perdónalo. Y si te ofende siete veces al día, y siete veces viene a ti para decirte que se arrepiente, perdónalo”. Los apóstoles dijeron entonces al Señor: “Auméntanos la fe”. El Señor les contestó: “Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decirle a ese árbol frondoso: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y los obedecería”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús advierte a los discípulos para que no sean motivo de escándalo, es decir, que no sean piedra que hace tropezar. Considera que el escándalo es tan grande que afirma que sería mejor, para quien lo procura, que lo echaran al mar con una piedra al cuello. Y tal vez el primer escándalo que deben evitar los discípulos es el de contradecir con su vida el Evangelio.

Si nuestros comportamientos están lejos del Evangelio e incluso van contra el Evangelio, no solo traicionamos al Señor, sino que además nos convertimos en cómplices del príncipe de este mundo porque fomentamos una vida triste y violenta. Por eso pide a los discípulos: «Tengan, pues, cuidado».

El apóstol Pablo, consciente de ese peligro, advertía también a los ancianos de Éfeso diciendo: «Tengan cuidado de ustedes y de toda la comunidad» (Hch 20, 28). Tener cuidado de uno mismo, del comportamiento que cada uno tiene, de la fidelidad al Evangelio es una tarea primordial para cada discípulo y aún más para los que tienen responsabilidades pastorales.

Jesús añade que la disponibilidad por perdonar también forma parte de la sabiduría. Además, cada uno de nosotros conoce bien su fragilidad y facilidad en caer en pecado. Jesús nos da expresamente la fuerza de perdonar. La capacidad de perdonar no es espontánea. Es más, el perdón hoy es algo raro. Y por desgracia la venganza tiene mucho más espacio en la vida de cada día. Es urgente que la misericordia y el perdón se apliquen con profusión ante la facilidad con la que se afirma el pecado. Perdonar «siete veces», como pide Jesús, significa que hay que perdonar siempre. Evidentemente, no se trata de mostrarse condescendiente con el pecado.

Jesús exige siempre el arrepentimiento por la culpa cometida y el consiguiente cambio de vida. Pero nunca debe faltar la disponibilidad a la misericordia. La misericordia es signo de la presencia de Dios entre los hombres. A este respecto los discípulos comprenden que la misericordia no nace de ellos, comprenden que tienen fuertemente arraigado en ellos el instinto de permanecer en el odio o al menos en la indiferencia. Por eso le piden al Señor: «Auméntanos la fe».

Jesús -sorprendiéndonos tal vez también a nosotros – contesta diciendo que de fe basta una pequeña medida, la medida de un grano de mostaza. Esa pequeña fe, esa pequeña confianza en Dios, es capaz de hacer milagros. Pidámosla al Señor y seremos capaces de arrancar las hierbas amargas del corazón de los hombres y tiraras al fondo del mar.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 413-414.

¿Cuántas veces tengo que perdonar?

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perdon
Cuaresma

Martes de la III semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (18, 21-35)

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete” Entonces les dijo Jesús: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.

Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.

Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.

Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

El Evangelio de hoy, ubicado en el discurso de Jesús sobre las relaciones fraternas propias de la comunidad de los discípulos, nos coloca ante una enseñanza de Jesús sobre la necesidad de perdón.

Pedro toma la iniciativa y se acerca a Jesús para preguntarle: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». La pregunta de Pedro deja entender que él había comprendido ya muy bien que la comunidad de Jesús se construye en el perdón recíproco. Es de esta manera como somos identificados como hijos del Padre celestial.

En la pregunta, Pedro puso un límite: «¿Hasta siete veces?».  La respuesta de Jesús, por su parte, abre el perdón del discípulo hacia un horizonte ilimitado: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» Por lo tanto, el perdón del discípulo no tiene límites, así como tampoco tiene límites el perdón y la misericordia del Padre hacia nosotros.

Para profundizar esta enseñanza, Jesús introduce enseguida la parábola del “Siervo sin entrañas” que está construida a partir del contraste entre la misericordia de un rey que le perdona a un siervo suyo una deuda incalculable y la crueldad y dureza de ese mismo siervo que no perdona a su compañero que le debe una pequeña suma de dinero.

El perdón que recibimos de Dios, nos da la medida del perdón que debemos dar a los hermanos. Este es el sentido de la respuesta de Jesús a Pedro: «Hasta setenta veces siete» En otras palabras: lo que Dios hace con conmigo es el principio de cuanto debo hacer por el hermano; la misericordia que el Padre derrama sobre nosotros sin medida, acogida en nuestro corazón, debe desbordarse gratuitamente hacia los demás, como gratuitamente nos ha sido dada.

El perdón es lo que hace posible la vida común, en familia y en cualquier grupo humano. Estamos juntos, no porque no nos equivocamos y no nos ofendamos, sino porque perdonamos y somos perdonados. Nuestras limitaciones y defectos en lugar de aislarnos y dividirnos pueden fortalecer la comunión y la unidad cuando el perdón se convierte en una actitud permanente de nuestra vida. Por eso el perdón es una necesidad vital de nuestra convivencia diaria.

¡Tengan, pues, cuidado!

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Jesus enseña 2Tiempo Ordinario

Lunes de la XXXII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (17, 1-6)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No es posible evitar que existan ocasiones de pecado, pero ¡ay de aquel que las provoca! Más le valdría ser arrojado al mar con una piedra de molino sujeta al cuello, que ser ocasión de pecado para la gente sencilla. Tengan, pues, cuidado.

Si tu hermano te ofende, trata de corregirlo; y si se arrepiente, perdónalo. Y si te ofende siete veces al día, y siete veces viene a ti para decirte que se arrepiente, perdónalo”. Los apóstoles dijeron entonces al Señor: “Auméntanos la fe”. El Señor les contestó: “Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decirle a ese árbol frondoso: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y los obedecería”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús advierte a los discípulos para que no sean motivo de escándalo, es decir, que no sean piedra que hace tropezar. Considera que el escándalo es tan grande que afirma que sería mejor, para quien lo procura, que lo echaran al mar con una piedra al cuello. Y tal vez el primer escándalo que deben evitar los discípulos es el de contradecir con su vida el Evangelio.

Si nuestros comportamientos están lejos del Evangelio e incluso van contra el Evangelio, no solo traicionamos al Señor, sino que además nos convertimos en cómplices del príncipe de este mundo porque fomentamos una vida triste y violenta. Por eso pide a los discípulos: «Tengan, pues, cuidado».

El apóstol Pablo, consciente de ese peligro, advertía también a los ancianos de Éfeso diciendo: «Tengan cuidado de ustedes y de toda la comunidad» (Hch 20, 28). Tener cuidado de uno mismo, del comportamiento que cada uno tiene, de la fidelidad al Evangelio es una tarea primordial para cada discípulo y aún más para los que tienen responsabilidades pastorales.

Jesús añade que la disponibilidad por perdonar también forma parte de la sabiduría. Además, cada uno de nosotros conoce bien su fragilidad y facilidad en caer en pecado. Jesús nos da expresamente la fuerza de perdonar. La capacidad de perdonar no es espontánea. Es más, el perdón hoy es algo raro. Y por desgracia la venganza tiene mucho más espacio en la vida de cada día. Es urgente que la misericordia y el perdón se apliquen con profusión ante la facilidad con la que se afirma el pecado. Perdonar «siete veces», como pide Jesús, significa que hay que perdonar siempre. Evidentemente, no se trata de mostrarse condescendiente con el pecado.

Jesús exige siempre el arrepentimiento por la culpa cometida y el consiguiente cambio de vida. Pero nunca debe faltar la disponibilidad a la misericordia. La misericordia es signo de la presencia de Dios entre los hombres. A este respecto los discípulos comprenden que la misericordia no nace de ellos, comprenden que tienen fuertemente arraigado en ellos el instinto de permanecer en el odio o al menos en la indiferencia. Por eso le piden al Señor: «Auméntanos la fe».

Jesús -sorprendiéndonos tal vez también a nosotros – contesta diciendo que de fe basta una pequeña medida, la medida de un grano de mostaza. Esa pequeña fe, esa pequeña confianza en Dios, es capaz de hacer milagros. Pidámosla al Señor y seremos capaces de arrancar las hierbas amargas del corazón de los hombres y tiraras al fondo del mar.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 413-414.