Ecos de la Palabra

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No pierdan la paz ni se acobarden

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Martes de la V semana de Pascua

Textos 

† Del evangelio según san Juan (14, 27-31)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden.

Me han oído decir: ‘Me voy, pero volveré a su lado’. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean.

Ya no hablaré muchas cosas con ustedes, porque se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo sepa que amo al Padre y que cumplo exactamente lo que el Padre me ha mandado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este pasaje, con el que concluye el primer coloquio de Jesús con los suyos, es un fragmento compuesto, y contiene palabras de despedida y de consuelo por parte del Maestro, que deja su comunidad y vuelve al Padre.

Jesús, al despedirse de los suyos, les desea la «paz», el shalom, que es el conjunto de los bienes mesiánicos, un don que viene de Dios y que Jesús posee. El motivo del consuelo debe prevalecer sobre el temor y la inquietud: él, Jesús, es la paz.

Por eso añade Jesús una exhortación a la alegría. Aunque estén tristes por el alejamiento y el temor de quedarse solos, la separación de los discípulos respecto a Jesús es el paso hacia un bien mejor. Jesús va al Padre porque «el Padre es más» que él, es la plenitud de su gloria.

Ahora bien, la vuelta del Hijo al Padre está unida de manera inseparable al escándalo de la cruz. Jesús, con las predicciones que les ha hecho sobre su próxima muerte, no sólo pretende sostener la fe de los discípulos en el momento de la pasión, sino que quiere mostrar que los hechos que van a tener lugar forman parte del proyecto de Dios. En consecuencia, los suyos no deberán desanimarse: la fe será su fuerza y su único consuelo.

El tiempo terreno del Maestro está ahora a punto de concluir, le quedan pocos momentos para conversar aún con sus discípulos, «porque se acerca el príncipe de este mundo». Aunque se acerca Satanás, no tiene ningún poder sobre Jesús. Éste no tiene pecado y Satanás no tiene posibilidad de atacarle. La vida de Jesús está bajo el signo de la voluntad del Padre y se entrega libremente a la muerte en la cruz para que el hombre conozca la verdad.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 291-292.

Por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos

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Domingo V de Pascua

Textos

† Del santo Evangelio según san Juan (13, 31-33. 34-35)

Cuando Judas salió del cenáculo, Jesús dijo: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará.

Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado; y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El quinto domingo de pascua, nos permite profundizar en la experiencia de Jesús resucitado de los llamados por el Señor «dichosos los que creen sin haber visto». En efecto, toca a nuestra generación manifestar, con la vida, la victoria de Cristo sobre el poder de la muerte, no como un slogan sino como una experiencia existencial que da sentido a nuestra vida.

Cristo resucitado se hace visible, se manifiesta en una comunidad que vive su mandamiento «aménse los unos a los otros, como yo los he amado», que es el distintivo del discipulado.

Esta es la afirmación central del mensaje de este domingo que se adereza con la contemplación del impulso misionero de Pablo y Bernabé y el horizonte de esperanza que desepeja la lectura del apocalipisis. Nosotros consideraremos sólo el mensaje del evangelio.

El contexto y la estructura

Las primeras palabras del texto que consideramos nos sitúan en el dinamismo de la pascua de Jesús: «Cuando Judas salió del cenáculo….»; ya se nos había dicho que: «era de noche».

El contraste entre la luz y la oscuridad se establece en nuestro texto en los dos que dejan el grupo.

  • Judas salió del cenáculo para alejarse definitivamente de Jesús y se pierde en las tinieblas al ponerse al servicio del poder del mal, encarnado en quienes odian al Maestro.
  • Jesús también se va, de hecho, se está despidiendo, pero su partida no conduce a la oscuridad, por el contrario, manifiesta el fulgor de la gloria, de la que en un texto breve como el que leemos, encontramos cinco menciones.

En el esplendor de esta luz se revela el amor extraordinario e incondicional de Dios por los hombres, una luz que brillará también en la vida de los discípulos cuando sean capaces de amarse con la profundidad y la fidelidad con que lo hizo Jesús crucificado.

El texto que leemos se estructura en dos partes. La primera se refiere a la persona de Jesús y al revelación de la gloria; se habla de la gloria como revelación del misterio de Dios, de la gloria de Jesús y de la gloria del Padre. La segunda, proyecta esta revelación en el estilo de vida de los discípulos; parte del hecho de la separación, se centra en el mandamiento nuevo del amor que será un distintivo de los discípulos y por el que se revelará la presencia del resucitado.

Primera Parte: La revelación de la gloria de Dios.

En la Sagrada Escritura, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, el verbo glorificar significa hacer visible a alguien en el luminoso esplendor de su verdadera realidad; es hacer evidente, hacer visible, sacar a la luz, la verdad más profundo del otro.

A lo largo de su ministerio, Jesús siempre acentuó su relación con el Padre; describía la relación Padre-Hijo en términos de uno que envía y otro que es enviado; las palabras y las obras del Hijo provienen del Padre y ponen en evidencia la relación estrecha que hay entre los dos. Esto se aplica ahora a la Pasión y Muerte de Jesús; la Cruz no es separación ni abandono de parte del Padre, sino todo lo contrario: es la revelación de cuán hondamente Dios está en la vida de Jesús.

Decir que el Hijo glorifica al Padre y que el Padre glorifica al Hijo, indica que el uno revela al otro en la más asombrosa claridad. En el don de su propia vida y en sus consecuencias salvíficas el Padre y el Hijo han llevado a culmen su misión y le han revelado al mundo el esplendor de su relación recíproca y de su relación con la humanidad.

En el momento más oscuro, el de la muerte de Jesús en la Cruz, la luz del amor del Padre y del Hijo y de los dos por el mundo hace radiante el acontecimento.

Jesús es glorificado en el momento de la entrega de su vida; se abandona sin resistencias en el Padre en el momento de su muerte; así manifiesta el profundo amor que le tiene a Él y a nosotros: «Habiendo  amado  a  los  suyos  que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo»

Jesús deja su propia vida en manos de Dios y la entrega por nosotros: así se glorifica a Dios. Mediante esta acción del Hijo, Dios se revela como un papá que merece toda nuestra confianza; no habrá otra forma de entrar en un relación corretcta con él sino a través del abandono total, con absoluta confianza.

Todo esto lo descubrimos a través de la entrega de Jesús: el don de su vida revela el infinito amor de Dios por el mundo. Es Dios dándose a sí mismo.

En el momento de su muerte, el Hijo de Dios encarnado es acogido por el Padre en su misma vida divina, como dice Jesús «en la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo existiese».

EL amor del Padre por el Hijo también se revela en la Cruz. La exaltación de la Cruz nos hace ver una revelación sobre Dios. En ella, además de conocer cuánto ama el Padre al Hijo, vemos también cuán eficaz para salvarnos es esta entrega de amor.

En la exaltación del crucificado Dios se vacía de amor en la humanidad; de su pecho traspasado por la lanza, mana el don del espíritu, fuerza de vida eterna.

Segunda parte:

El amor de los discípulos revela el amor del Padre y del Hijo.

La salida de Judas del cenáculo cambia el panorma de la comunidad de discípulos; se hace evidente la partida de Jesús dejando solos a los discípulos, ante el anuncio de esta partida, «todavía estaré un poco con ustedes», se turbaron de tristeza.

Las palabras de Jesús son de consuelo, habla con ternura, termina la comunión terrena con el grupo de amigos que lo dejaron todo para seguirlo; comienza un nuevo tipo de relación entre el Maestro y los discípulos.

El mandamiento nuevo

Jesús da a sus discípulos el mandamiento del amor: «que se amen los unos a los otros, como yo los he amado»; es la manera concreta como Jesús continuará en medio de su comunidad y, al mismo tiempo, los discípulos serán identificados como tales.

Los discípulos, personalmente y en grupo han sido tratados por Jesús en forma amorosa; ahora su vida debe orientarse por ese mismo amor. La experiencia del amor de Jesús que alcanza su cumbre en la Cruz envuelve completamente la vida de los discípulos. La vida en el amor es la luz de los discípulos.

La novedad del mandamiento está en la experiencia de base: no se trata de un concepto abstracto o de algo genérico, sino que Jesús mismo es la referencia: «como yo los he amado», El comportamiento y las actitudes de Jesús dan los límites y el estilo del amor; por eso, su mandamiento es novedoso, porque sólo los discípulos han experimentado su amor y por que sólo el amor de Jesús, que revela el amor del Padre, se manifiesta plenamente en la Cruz.

Jesús dirá a sus discípulos que el amor de cada uno de ellos por los demás, debe representar la intensidad y la grandeza del amor de Jesús crucificado. El molde del amor de Jesús es la Cruz. No se trata sólo de amar, sino de amar a la manera de Jesús; esto significa, aceptar al otro aún en su pecado; es un amor que ayuda efectivamente, que transforma, un amor que se despoja de si mismo para buscar el bien del otro, como lo hizo Jesús.

De esta forma se revelará que Jesús está vivo y presente en medio de sus discípulos. Cada uno de los discípulos, en su forma de amar, hará presente a Jesús. La característica más importante de Jesús es el amor a su Padre Dios y al prójimo; la presencia del Resucitado se verificará precisamente en el amor de los discípulos, que alimentados del manantial inagotable del amor del Padre, se transformarán en fuentes de amor para su prójimo, al estilo de Jesús.

El amor de los discípulos revela la presencia del Resucitado.

El amor del Padre y del Hijo, capacitan a los discípulos para hacer presente en el mundo la fuerza de este amor. Jesús no nos pide nada que no nos haya dado antes, nos ofrece la experiencia de su amor, creando entre Él, nootros y los que nos rodean, una nueva dinámica relacional.

Acoger el amor de Jesús para recibirlo y ofrecerlo, es participar de su glorificación: el amor de los discípulos manifiesta el amor de Jesús; así el amor fraterno y misericordioso de los discípulos, a titulo personal y en comunidad, adquiere un rasgo sacramental constitutivo del discipulado; los distingue como discípulos al manifestar en su amor el amor del Padre y del Hijo.

La comunidad de los discípulos permanecerá como una lámpara siempre radiante ante el mundo. El amor recíproco al interior de ella y proyectado fuera de ella, será el reflejo de la relación que tiene con Jesús. La vida de la Iglesia se convierte así en un anuncio vivo de la presencia del Resucitado en el mundo.

 

[1] Oñoro F., En qué se conoce a un discípulo de Jesús, el amor a la manera del crucificado Juan 13, 31-35;; CEBIPAL/CELAM;  F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 158-161.

El que me ha visto a mí, ha visto al Padre

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quien me ha vistoSábado IV de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (14, 7-14)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”.

Le dijo Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús le replicó: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Entonces por qué dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras.

Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aun mayores, porque yo me voy al Padre; y cualquier cosa que pidan en mi nombre, yo la haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo.

Yo haré cualquier cosa que me pidan en mi nombre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús acababa de decir a los apóstoles que él es el camino para llegar al Padre que está en los cielos. No les dejaba sin orientación, pues el que escucha y pone en práctica su palabra llega a conocer al Padre. Jesús les daba otra aclaración: «Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto».

Los verbos «conocer» y «ver» se refieren a la dimensión de la fe, un conocimiento y una visión que va más allá de la dimensión visible y concierne al más allá de Dios. Felipe, como para cerrar definitivamente el discurso, le pide: «Muéstranos al Padre y eso nos basta». Jesús responde con un reproche dolorido: «¿Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre.».

Penetramos aquí en el corazón de la fe cristiana y en el de toda búsqueda religiosa. Jesús afirma claramente que a Dios, el creador del cielo y de la tierra, le encontramos a través de él. «A Dios nadie le ha visto nunca», escribe Juan en su primera Carta (4, 12). Es Jesús, que le ha conocido, quien nos le revela, por ello, si queremos ver el rostro de Dios, debemos descubrir el de Jesús; si queremos conocer el pensamiento de Dios, es suficiente con conocer el Evangelio; si queremos entender el modo de actuar de Dios, debemos observar el comportamiento de Jesús.

El Padre del cielo está cerca de la vida de los hombres, como lo estaba Jesús: es un Dios que hace resucitar a los muertos, que se hace niño con tal de estar a nuestro lado, que llora por el amigo muerto, que recorre los caminos de los hombres, que se para, que cura y se apasiona por todos; es verdaderamente el Padre de todos.

Jesús añadió palabras aún más atrevidas, que solo él puede pronunciar. Dice que si permanecemos unidos a él, también nosotros llevaremos a cabo sus obras, es más, Jesús dice que las haremos mayores. Son palabras que en general olvidamos y, en cualquier caso, meditamos poco. Nos parecen exagerado o inverosímiles. A menudo nos sucede que nos creemos que somos más realistas y verídicos que el Evangelio. En realidad, seguimos así una lectura mundana del Evangelio y renegamos de su fuerza

El Evangelio tiene un poder que le viene de contener la Palabra misma de Dios, que es siempre creadora de vida y amor. Si nos alimentamos de las palabras del Evangelio, nuestras palabras serán fuertes y eficaces; comenzando por la oración: « cualquier cosa que pidan en mi nombre, yo la haré».

Sí, nuestra oración, si se hace en el nombre de Jesús, es fuerte y poderosa, llegará directamente al corazón de Dios, y él se rendirá, por así decir, ante nuestras palabras. Pero también las palabras de la predicación, la consolación y la exhortación que pronunciaremos en el nombre de Jesús tendrán la fuerza de cambiar el corazón de quienes escuchan y de la sociedad en la que vivimos.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 192-193.