Ecos de la Palabra

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El Espíritu de verdad… dará testimonio de mí

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espíritu santo 2Lunes de la VI semana de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (15, 26-16, 4)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Consolador, que yo les enviaré a ustedes de parte del Padre, el Espíritu de verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí y ustedes también darán testimonio, pues desde el principio han estado conmigo.

Les he hablado de estas cosas para que su fe no tropiece. Los expulsarán de las sinagogas y hasta llegará un tiempo, cuando el que les dé muerte creerá dar culto a Dios. Esto lo harán, porque no nos han conocido ni al Padre ni a mí.

Les he hablado de estas cosas para que, cuando llegue la hora de su cumplimiento, recuerden que ya se lo había predicho yo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús, después de haber advertido a los suyos del odio y de las persecuciones por parte del mundo, pretende ahora tranquilizarles diciéndoles que su fiel testimonio, en las duras pruebas que sufrirán por parte de los tribunales del mundo, será apoyado por el testimonio del Espíritu de la verdad, que él mismo les enviará desde el Padre. Más aún, las contradicciones serán el lugar donde se manifieste con poder la acción del Espíritu Santo, que hablará por ellos.

¿Cuál es el contexto del testimonio del Espíritu? El odio del mundo. En este clima de oposición es en el que tendrán que dar testimonio de Cristo los discípulos. Él, sin embargo, una vez glorificado, enviará al Paráclito en unidad con el Padre. El Espíritu «dará testimonio» en favor suyo.

A este testimonio interior del Paráclito se añade el exterior de los discípulos, banco de prueba para la fe cristiana: «Los expulsarán de las sinagogas y hasta llegará un tiempo, cuando el que les dé muerte creerá dar culto a Dios». Estas predicciones del Maestro a los suyos, realizadas con acentos de contenido sufrimiento, revelan la verdad de los acontecimientos que vivirán en breve los discípulos.

Lo subraya para que éstos, a continuación, durante las pruebas, puedan acordarse de cuanto les dijo el Maestro y no tengan que sucumbir así al escándalo, y continúen confiando en él. Los enemigos de la Iglesia pueden pensar que están de parte del justo y tener también a Dios de su parte; pero, como no han visto la verdad de la luz del Padre, reflejada en la persona de Jesús, no han conocido el verdadero rostro del Padre.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 347-348.

El Espíritu Santo les recordará todo cuanto yo les he dicho

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espíritu santo

VI Domingo de Pascua – Ciclo C

Textos

† Del evangelio según san Juan (14, 23-29)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada. El que no me ama no cumplirá mis palabras.

La palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre, que me envió. Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará, todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho.

La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden. Me han oído decir: ‘Me voy, pero volveré a su lado’.

Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Con el sexto domingo entramos en la recta final del tiempo pascual que culmina, después de la celebración de la Ascención del Señor que se celebrá el próximo domingo, con la solemnidad de Pentecostés.

los textos del evangelio que hemos leído los domingos de este tiempo pascual nos han ayudado a entender que la experiencia de Jesús resucitado nos lleva a la madurez en la fe y nos capacita a ser testigos del Señor cumpliendo con el mandamiento nuevo; todo esto es posible gracias a que Dios mismo pone su morada en nosotros y nos da su Espíritu para que podamos permanecer firmes y fieles testigos de su amor.

El contexto

El texto del evangelio que se proclama este domingo forma parte del discurso de despedida de Jesús, en el contexto de la Última Cena. Jesús anuncia su regreso al Padre y los discípulos se angustian, se llenan de miedo; Jesús ha llegado a ser el punto de referencia de sus vidas; parece que con su partida concluyen abruptamente tres años de seguimiento y que se cancela el futuro anhelado; un sentimiento de temor les invade al verse desprotegidos, sin orientación y huérfanos del amor que los congregó y los sostuvo.

Jesús les pide ubicarse en otra perspectiva: «Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre», para ello, sus palabras adquieren el tono del consuelo, para que sus discípulos «no pierdan la paz ni se acobarden.». Jesús tiene un punto de vista propio sobre su partida y quiere que sus discípulos comprendan su nueva situación ofrecièndoles claves muy precisas y razones para no sentirse abandonados.

Con sus palabras Jesús lleva gradualmente a su comunidad a pasar de la tristeza a la alegría, pues la Pascua no es el final trágico de una historia, sino una presencia suya, novedosa, profunda, y siempre actual, en la vida de todo discípulo.

La Pascua significa una nueva, más profunda y más intensa presencia del Señor en la vida de cada discípulo. Experimentar esta presencia del Resucitado en la propia vida implica captar las formas concretas como el Señor sigue conduciendo a sus discípulos en su seguimiento. A ello responde el evangelio de este domingo, que podemos considerar en dos partes: la primera, el fundamento del seguimiento de Jesús que es amarlo y obedecer su Palabra y, la segunda, ¿Cómo participa el discípulo en el amor del Padre y del Hijo?.

Primera parte:

El fundamento del seguimiento de Jesús: Amarlo y obedecer su Palabra.

El fundamento del discípulado es el amor a Jesús. La forma concreta de este amor es: acoger su persona, con todo lo que Él ha revelado de si mismo y tomar en serio sus enseñanzas, poniéndolas en práctica. El amor es compromiso: «El que me ama, cumplirá mi palabra», dice el Señor.

El discípulo sigue a Jesus a lo largo de su vida escuchando el Evangelio y arraigándolo en su corazón. Su amor, en sintonía con el camino del Evangelio, redundará en gran alegría.

El discipulado es una vida caracterizada por el dinamismo del amor. La observancia de los mandamientos de Jesús por amor, es el mejor testimonio; pues transforma a sus discípulos en imitadores suyos, porque así es como Él se comporta con el Padre: «si  cumplen mis mandamientos permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (Jn 15,10).

El amor del discípulo a Jesús lo incorpora en el dinamismo de un amor más grande que el suyo; no es sólo el amor de Jesús sino también el amor del Padre: «…mi Padre lo amará».

Afirmada la experiencia fundamental que sostendrá al discípulo cuando Jesús haya partido, el Señor hace una serie de revelaciones que hacen concreta la participación en el amor del Padre y del Hijo.

Segunda Parte:

¿Cómo participa el discípulo en el amor del Padre y del Hijo?

A partir del amor de los discípulos por su Maestro, incorporados en la circularidad del amor del Padre y del Hijo, Jesús hace cinco revelaciones en forma de promesa: El Padre y el Hijo harán su morada en ellos; el Espíritu Santo los asistirá; Dios les ofrecerá su paz y les compartirá su alegría, para que crezcan en su fe. Veamos cada una de las promesas.

  1. Somos morada de Dios

En el evangelio de hoy leemos: «El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada

Jesús cambia la forma de entender la relacion del hombre con Dios y con Él. En el Antiguo Testamento, a Dios se le concebía como una realidad exterior y distante al hombre. La relaciòn con Dios se establecia a través de mediaciones, entre ellas sobresalían el Templo y la Ley. Dios se manfiestaba en el ámbito de lo sagrado y el mundo quedaba en el ámbito de lo profano. El hombre para relacionarse con Dios debía sustraerse del mundo. Se podría decir, de alguna manera, que para relacionarse con Dios, el hombre tenía que reunciar a su mundo, a si mismo, para entrar en el mundo de Dios y vivir en su presencia.

Jesús nos enseña que la comunión con el Padre y el Hijo nos transforma en morada de Dios. Con ello cambia el modo de relación entre Dios y nosotros. La comunidad y cada persona se convierten en templo en el que Dios habita; la realidad humana se transforma en santuario de Dios. No hay ya ámbitos exclusivos en los que Dios se manfiieste fuera del hombre mismo.

Dios Padre no es un Dios lejano, se acerca al hombre y vive con él, haciendo comunión con el ser humano, objeto de su amor. Buscar a Dios no exige ir a buscarlo a ningun lugar, sino dejarse encontrar por Él, descubrir y aceptar su presencia en una relación de amorosa intimidad, como la que hay entre un padre con su hijo.

Por otra parte, Jesús nos hizo saber una y otra vez que Ël no vivía en soledad, que Dios esaban con Él. De esta experiencia, Jesús hace partícipes a sus discípulos; no estarán solos, Dios estará con ellos. «El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada.» Quien ama a Jesús no está sólo, no está perdido, ni abandonado a su propia suerte, Jesús y el Padre están a su lado.

En los momentos de soledad, cuando se viven pérdidas o separaciones, es importante tomar conciencia de que Jesús y el Padre con nosotros, que no nos djan abandonados ni desprotegidos. Vivir esta compañía y gustarla es parte importante de la experiencia discípular.

Esta experiencia de ser morada de Dios anticipa el futuro, los discípulos podemos vivir el cielo en la tierra. La comunión con Dios a la que estamos llamados no es una realidad futura, es una realidad presente, dinámica, que crece cada día hasta el día en que el Señor lleve a plenitud su promesa: «volveré y los llevaré conmigo» (Jn 14,3).

  1. Contamos con la asistencia del Espíritu Santo

En el evangelio de hoy leemos: «Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará, todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho». Con estas palabras, Jesús recuerda una vez más que, al partir Él, enviaría al Espíritu Santo.

Profundicemos lo que nos dice ahora. En el Espíritu Santo tendremos quien nos una vez que Jesús haya partido; el Espíritu es enviado del Padre y viene a enseñarnos y recordarnos todo lo que Jesús hizo y nos dijo.  Con el don del Espíritu comprendemos que no estamos solos, que contamos con una ayuda eficaz. No nos esforzamos por comprender la Palabra de Jesús solamente con nuestras fuerzas, sino que el Espíritu nos asiste, nos ayuda.

Esta asistencia del Espíritu Santo es un don del Padre, a quien Jesús imploró que nos diera quien nos consolara, nos asistiera y estuviera con nosotros para siempre. (Cf. Juan 14, 16).

El Espíritu Santo nos entrega la totalidad del Evangelio, que tiene profunda unidad; tiene la misión de enseñarnos a comprender, a apropiarnos y a vivir la Palabra de Jesús. No viene a enseñarnos cosas nuevas; con Jesús la revelación de Dios llegó a su plenitud. Su acción está referida a lo que Jesús ya dijo, recordándolo, profundizándolo e incorporándolo a la propia vida; en otras palabras, nos ayuda a que Jesús, el Verbo de Dios, se encarne en nuestra vida y en nuestra historia.

La asistencia del Espíritu Santo es vital para el discipulado, sin ella no sería posible el seguimiento de Jesús; el Espíritu Santo nos educa interiormente para que podamos seguir con mayor fidelidad al Señor, conducir mejor nuestro proyecto de vida y adquirir todo lo necesario para permanecer en la comunión con el Padre y con el Hijo. El Espíritu Santo nos introduce en la vida de Dios, meta del camino de Jesús y de toda nuestra vida.

  1. Dios nos ofrece su paz

En el evangelio de hoy leemos: «La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo.» Al igual que la promesa anterior, Jesús reitera lo que ya ha dicho y dirá después. Del texto que leemos podemos detenernos a considerar tres características de la paz que Jesús nos da: su origen su fundamento y su consecuencia.

El origen de la paz es Jesús mismo; Él da a sus discípulos «su» paz, es decir, la seguridad y la protección que solamente pueden venir de Él.

Esta paz se fundamenta en los dos anuncios hechos por Jesús: el Padre y el Hijo habitarán en nosotros y el Espíritu Santo nos guía. La paz brota en la vida del bautizado, de quien vive sumergido en Dios y orienta su existencia por el camino del Evangelio.

Como dice reiteradamente la Sagrada Escritura: Si Dios está de nuestra parte, ¿a quién hemos de temer?  La comunión con Dios arranca de raíz las preocupaciones, los miedos y las inseguridades en la experiencia de la fe.

Quien vive en la presencia de Dios y de su Hijo Jesucristo y camina todos los días con la asistencia del Espíritu Santo, enfrenta la vida con paz. Las dificultades de la vida cotidiana, que causa desasosiego y perturbación, no encuentran al discípulo desvalido; las realidades de la vida no pueden sofocarlo en la angustia y el temor, por ello Jesús dice: «No pierdan la paz ni se acobarden».

  1. Dios nos da el don de la alegría

En el evangelio de hoy leemos: «Me voy, pero volveré a su lado’. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo

Con el don de la “alegría” sucede como con el don de la paz: la mayor alegría que hay es la del amor, cuyo fundamento último es la unión perfecta del Padre y el Hijo.

Jesús nos hizo saber que con su muerte, volvia a la casa del Padre, alcanzando así la plenitud del gozo, pues para ël no hay mayor alegría que la perfecta comunión con el Padre.

Los discípulos deberían estar contentos porque Jesús llega a la plenitud; pero el Señor invita a los suyos a alegrarse no sólo por Él, sino por ellos mismos; el hecho de que Jesús alcance la meta es para los discípulos una garantía de que también ellos la alcanzarán: los primeros beneficiados de la plenitud de Jesús son sus discípulos, pues Él los acogerá en su misma plenitud: «Cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde uo esté, estén también ustedes” (Jn, 14, 3).

  1. El crecimiento en la fe

En el evangelio de hoy leemos: «Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean

Jesús ha hablado abiertamente a sus discípulos, con toda transparencia, con mucho amor. Quiere que sus discípulos reflexionen, pero sobre todo quiere que crezcan en su fe.

Todo lo que el Señor ha revelado a los suyos no es para ahondar su angustia, por el contrario, ha sido para que fortalezcan su fe en Él.

Conclusión.

Como a los discípulos en el cenáculo, la tristeza puede invadirnos cuando sentimos a Jesús ausente, como si se hubiera despedido de nuestra vida, sobreviene además la tentación de querer verlo para creer; olvidamos que él mismo dijo: «dichosos los que creen sin haber visto».

Jesús nos enseña que no hay lugar para la tristeza; con su resurrección ha alcanzado la plenitud, ha vuelto al Padre, pero eso no significa que nos haya abandonado, o que nos haya dejado solos; está presente entre nosotros y la tarea de nuestra fe es descubrirlo.

La celebración de la Pascua nos permite confirmarnos en la fe en el Señor resucitado, en la presencia de Dios en nuestra vida; en la asistencia del Espíritu que nos guía para que nos mantengamos en el camino de Jesús, para que vivamos la paz en medio de las dificultades de la vida ordinaria, para que la comuniòn con Dios sea fuente de nuestra alegría y de fortalecimiento de nuestra fe.

 

 

[1] F. Oñoro, Despedida, Si, pero no abandono ¡No estamos huérfanos, Lectio Divina Juan 14, 23-29, CEBIPAL/CELAM F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 162-166.

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos

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vidMiércoles V de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (15, 1-8)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto.

Ustedes ya están purificados por las palabras que les he dicho. Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer. Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde.

Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La Palabra de Dios subraya la necesidad de «permanecer» en Jesús, un tema especialmente querido para Juan. En su primera carta escribe: «Quien guarda sus mandamientos mora en Dios y Dios en él»; Y en la parábola de la vid y de los sarmientos, los términos «permanecer» y «morar» son el corazón.

Isaías, en el admirable «canto de la viña», describe la desilusión de Dios con Israel, su viña que había cuidado, plantado, cavado, defendido, pero de la que solo ha obtenido frutos amargos. Sin embargo, en las palabras de Jesús hay un cambio bastante singular. La vid ya no es Israel sino él mismo: «Yo soy la vid verdadera». Nadie lo había dicho nunca antes.

Para entender completamente estas palabras, es necesario situarlas en el contexto de la última cena, cuando Jesús las pronunció. Jesús se identifica con la vid, especificando que es la «verdadera» vid, obviamente para diferenciarse de la «falsa»; y añade: «Yo soy la vid; ustedes los sarmientos». Los discípulos están unidos al Maestro y forman parte integrante de la vid: no hay vid sin sarmientos y viceversa. Es un vínculo que va mucho más allá de nuestros altibajos psicológicos y nuestra condición buena o mala.

El Evangelio continúa: «Todo sarmiento que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto». Sí, precisamente quienes «dan fruto» conocen también el momento de la poda. Son aquellos cortes que, de vez en cuando, precisamente como sucede en la vida natural, es necesario realizar para que podamos estar «sin mancha». El texto del evangelio no significa que Dios mande dolores y sufrimientos a sus hijos mejores para ponerles a prueba o purificarles. El Señor no tiene necesidad de intervenir con los sufrimientos para mejorar a sus hijos.

La vida espiritual es siempre un itinerario o, si se quiere, un crecimiento. No hay ninguna edad en la vida que no exija cambios y correcciones, exactamente, podas. Estos cortes, a veces también muy dolorosos, purifican nuestra vida y hacen correr con mayor frescura la savia del amor del Señor. Jesús repite seis veces: «Permanezcan en mi». Es la condición para dar fruto, para no secarse y por tanto ser cortados y quemados.

Quizá aquella tarde los discípulos no entendieron. Jesús indicaba un camino para quedarse con él: se permanece en él si «sus palabras permanecen en nosotros», como Jesús mismo subraya. Es el camino que emprendió María, su madre, la cual «guardaba todas estas cosas Y las meditaba en su corazón». Es el camino que escogió María, la hermana de Lázaro, que se quedaba a los pies de Jesús para escucharle. Es el camino· seguido por cada discípulo.

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 194-195