Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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¿Cuántos panes tienen?

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cinco panes y dos pescados 8 de enero o martes después de Epifanía

Textos

† Del santo evangelio según san Marcos (6, 34-44)

En aquel tiempo, al desembarcar Jesús, vio una numerosa multitud que lo estaba esperando, y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. Cuando ya atardecía, se acercaron sus discípulos y le dijeron: “Estamos en despoblado y ya es muy tarde. Despide a la gente para que vayan por los caseríos y poblados del contorno y compren algo de comer”. El les replicó: “Denles ustedes de comer”. Ellos le dijeron: “¿Acaso vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?” El les preguntó: “¿Cuántos panes tienen? Vayan a ver”.

Cuando lo averiguaron, le dijeron: “Cinco panes y dos pescados”. Entonces ordenó Jesús que la gente se sentara en grupos sobre la hierba verde y se acomodaron en grupos de cien y de cincuenta. Tomando los cinco panes y los dos pescados, Jesús alzó los ojos al cielo, bendijo a Dios, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran; lo mismo hizo con los dos pescados.

Comieron todos hasta saciarse, y con las sobras de pan y de pescado que recogieron llenaron doce canastos. Los que comieron fueron cinco mil hombres. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús es presentado como pastor compasivo que se conmueve ante la muchedumbre que lo sigue porque son como «ovejas sin pastor»; como un nuevo Moisés, primero instruye al pueblo con su palabra y después la alimenta multiplicando los panes y los peces. En esta tarea incluye también a sus discípulos: «denles ustedes de comer». El tema teológico que está en el trasfondo de todo el relato es la formación del nuevo pueblo de Dios, que será cuidado y alimentado por Dios, como lo fue el pueblo de Israel en el desierto; la mediadora será la comunidad de discípulos y el alimento la Eucaristía. Los discípulos no pueden desentenderse de las necesidades humanas; Dios se manifiesta en la compasión y no se puede predicar la Palabra del Señor si quien lo hace no es capaz de conmoverse ante las necesidades de los demás, compadecerse y hacer algo para remediarlas.

Otro detalle. Cinco mil hombres comieron hasta saciarse y sobraron «doce canastos llenos de trozas de pan y de pescado». Nada debe perderse de la mesa preparada por Jesús, debe alcanzar para todos y se debe pensar también en los que no están en ese momento allí. Los discípulos no se maravillan tanto del poder milagroso de su Maestro, cuanto del poder que tiene para dar a los hombres lo necesario para vivir bien cada día. Las palabras que dice y los hechos que Jesús realiza a favor de la humanidad no son sólo hermosas palabras o cosas teóricas, sino realidades que inciden sobre la vida y la historia de las personas y las transforman abriendo el horizonte ilimitado de la comunión con Dios.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 2, 170.

¿De dónde me conoces?

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felipe y natanael 

5 de enero

Texto

+ Lectura del santo Evangelio según san Juan (1, 43-51)

En aquel tiempo, determinó Jesús ir a Galilea, y encontrándose a Felipe, le dijo: “Sígueme”. Felipe era de Betsaida, la tierra de Andrés y de Pedro.

Felipe se encontró con Natanael y le dijo: “Hemos encontrado a aquel de quién escribió Moisés en la ley y también los profetas.

Es Jesús de Nazaret, el hijo de José”. Natanael replicó: “¿Acaso puede salir de Nazaret algo bueno?” Felipe le contestó: “Ven y lo verás”.

Cuando Jesús vio que Natanael se acercaba, dijo: “Este es un verdadero israelita en el que no hay doblez”. Natanael le preguntó: “¿De dónde me conoces?” Jesús le respondió: “Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera”. Respondió Natanael: “Maestro, tú eres del Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”.

Jesús le contestó: “Tú crees, porque te he dicho que te vi debajo de la higuera. Mayores cosas has de ver”. Después añadió: “Yo les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El encuentro con Jesús no limita ni restringe, ni mucho menos empobrece la vida de quien se acerca a él. Más bien nos abre los ojos y el corazón. Jesús nos hace salir de una vida cerrada para introducirnos en un horizonte más grande. Es una visión opuesta a la de quien sigue pensando que Jesús pide privaciones, limita la libertad o frena la alegría.

A veces la vida evangélica se ha presentado de una forma gris y triste, llena de renuncias. Pero el Señor dona una vida llena de sentido, y, con frecuencia, detrás de las objeciones que se hacen a las exigencias del Evangelio, se esconde el deseo de permanecer prisioneros de una vida pequeña. Pero el Señor  tiene un proyecto ambicioso: confiarnos su diseño de salvación. Y ya estas primeras páginas del Evangelio de Juan nos lo muestran

A partir de aquellos pobres pescadores comienza la historia de esa singular fraternidad que se ha creado en tomo a Jesús, y que todavía hoy continúa en el mundo. Después del encuentro con Andrés, Juan y Pedro, el tumo es de Felipe. También a él le dice Jesús: «sígueme». Y así sucedió. A su vez, Felipe cuenta a Natanael el encuentro que ha tenido con el Rabí de Nazaret: «Hemos encontrado al Mesías».

Natanael replica con su habitual honestidad y perspicacia, actitud que Jesús alaba, pero que no es suficiente para salvarlo. Sólo el encuentro con Jesús de Nazaret -aunque se piense que de Nazaret no puede venir nada bueno- ilumina el corazón de ese justo que se siente conocido en profundidad. Jesús le promete que verá cosas mucho mayores que las que acaba de ver. Es el proyecto de este peculiar Maestro hacia aquel pequeño grupo de seguidores. Tal vez ellos ni siquiera se den cuenta, pero el Señor les confía su misma misión. Más adelante dirá a Pedro y a todos los discípulos que le siguen que recibirán cien veces más de cuanto han dejado.

En el discipulado cristiano  no es el discípulo quien busca al mejor maestro para nutrirse de su sabiduría y prestigio; por el contrario, es el maestro quien elige al discípulo, lo conoce, sabe cuáles son sus límites y posibilidades y así, lo llama y  lo incorpora a compartir su vida.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 49-50.

Yo lo vi

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3 de enero

Textos

+ Lectura del santo Evangelio según san Juan (1, 29-34)

En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacía él, y exclamó: “Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’.

Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel”.

Entonces Juan dio este testimonio: “Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”. Palabra del Señor.

Fondo musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio sigue acompañando nuestros pasos detrás de Jesús. Juan abre este periodo de la vida pública de Jesús con la narración de su bautismo en el Jordán. Este, al ver a Jesús venir hacia él, lo reconoce: es el Mesías. Aunque no lo había conocido antes a pesar de estarle preparando el camino con su palabra y con el bautismo de penitencia-, intuye que está ante el Mesías de Dios. Esperaba encontrarle, y el momento por fin había llegado y en este pasaje del Evangelio aparece de forma mucho más claro que es Jesús quien va al encuentro del Bautista, como viene al encuentro de cada uno de nosotros.

Juan declara: «Yo no le conocía». La afirmación podría parecer poco creíble, ya que los Evangelios los presentan como parientes y coetáneos. En todo caso Juan no conocía el verdadero rostro de Jesús: el del Mesías, salvador. Ahora, tras haber realizado su camino interior con la práctica de la penitencia y de la escucha, lo reconoce y da testimonio de él afirmando ante las multitudes que se habían congregado junto al Jordán: «He ahí el cordero de Dios».

Hay un momento en la vida de todo creyente en que el Señor que no se conocía es finalmente conocido y amado. Este momento, en el que se abren los ojos y se reconoce a Jesús como salvador, es sin embargo el resultado de un camino interior hecho de lucha contra nuestro orgullo y autosuficiencia y de escucha de la Palabra, de oración comunitaria y personal, de amor hacia los pobres. Quien persevera en este camino alcanzará el momento en que los ojos del corazón se abren y podrá reconocer a Jesús como el Señor de su vida. Y como el Bautista, también él dará testimonio de él ante los hombres.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 47.